LAS MIGRACIONES, FACTOR DE MULTICULTURALIDAD

Aunque el tema de la diversidad cultural no es nuevo, ha sido relanzado en las sociedades occidentales más pujantes, sin duda como consecuencia de los fenómenos inmigratorios, que las tienen como principales destinatarios. El de los países miembros de la Unión Europea quizá sea el caso más evidente, a cuyas tierras, diariamente, intentan arribar desplazados del creciente Tercer Mundo -jugándose las más de las veces la vida en ello- y millones más aspiran con conseguirlo algún día.

Estos procesos migratorios tienen características bien definidas. Por un lado, están los países ricos que son doblemente protagonistas de estas situaciones: asisten, desconcertados, a una inmigración en gran parte no deseada, pero sin duda provocada en buena medida por las políticas destructivas e inhumanas que obligan a aplicar, bajo pretexto de colaboración, a los países menos desarrollados. Políticas que, es bien sabido, hunden cada vez más a Estados que, además de la histórica pérdida de sus bienes y riquezas, ahora tienen que sufrir el éxodo de sus propios habitantes, obligados a huir de situaciones desesperantes sin más aspiración que la de lograr, al fin, una vida aceptablemente digna. Se trata de una aspiración tan humana, tan básica, y que sin embargo no parece tener legitimidad ante cada vez más sectores de un mundo desarrollado que se esfuerza en reducir esta compleja realidad a un mero asunto de seguridad, consiguiendo así una inquietante y tendenciosa equiparación entre los términos inmigración y delincuencia.

Y entre todo ello, los inmigrantes -que son personas, por mucho que produzca rubor tener que recordarlo- quienes luego de no soportar más las crisis totales de sus propios países (que incluyen crisis sociales y financieras y hasta conflictos armados, siempre con el trasfondo económico como principal causante), deben cargar no sólo con el desarraigo, sino con la cada vez más demonizada etiqueta de inmigrantes, condición que, si rápidamente no se cambian las tendencias y se aborda el asunto de manera responsable y racional, puede llegar a condenar a quienes la reciben a una condición de vida inaceptable e incoherente con las prédicas de un Primer Mundo que incluso (y con mayor frecuencia) se permite hacer la guerra en pro de los derechos humanos, pero que a la hora de reconocer éstos a las personas que llegan a sus territorios se limitan a estigmatizarlos y a perseguirlos.

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