La inmigración y el lenguaje como arma

El nombre dado a las cosas tiene un poder casi mágico. Dar un determinado nombre a una persona o a un grupo implica definirlo, establecer una medida de control sobre cómo se percibe socialmente. No es de extrañar entonces que, tal como sucede con otras cuestiones controvertidas (piénsese en el aborto o en la eutanasia), el tratamiento social de la inmigración se libre tanto en el nombre dado a las cosas como en la redacción de las leyes. En último término, la utilización de un determinado lenguaje es un componente esencial en la lucha por la conciencia pública.

Los ordenamientos jurídicos y las autoridades administrativas de muchos países sólo reconocen la plena condición humana al ciudadano, una condición que según parece no se adquiere únicamente siendo hombre, sino siendo miembro de alguna tribu particular. En el día a día de muchos individuos, esta distinción resulta crucial, pues afecta directamente a su bienestar personal y conduce implícitamente a su jerarquización social. Sus efectos más directos se perciben, sin duda, en el mundo de la inmigración y, particularmente, en el ámbito laboral; su rastro es incluso perceptible en el lenguaje coloquial: mientras que un ciudadano nacional sin trabajo es un «parado», un inmigrante sin trabajo es tildado –y tratado– con harta frecuencia de «ilegal». La lucha por el reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos es también una lucha por el lenguaje.

 

Si los tertulianos más agresivos y xenófobos distinguen a los inmigrantes sin documentación con la denominación de “extranjeros ilegales”, algunos defensores de los inmigrantes prefieren llamarlos “refugiados económicos”. El lenguaje dista mucho de ser neutral. La terminología elegida implica una toma de posición. Se busca intencionadamente influir en la opinión pública, crear una determinada mentalidad y lograr que ésta resulte predominante. Por eso cada palabra se disputa acaloradamente. Las palabras suficientemente repetidas acaban interiorizándose. Ni a los políticos ni a los periodistas ni a ningún creador de opinión se le oculta el hecho mil veces constatado de que en la vida social lo que la mayoría cree que es, es.

 

Para obtener la aceptación de una determinada opinión parece que no importa violar las reglas de la semántica. Así, por ejemplo, de nada vale que sólo quepa usar el adjetivo ‘ilegal’ para modificar acciones y cosas (como aparcamientos en determinados lugares o drogas alucinógenas), pero no para calificar a personas. Ninguna persona como tal puede ser considerada ilegal.

 

 

P.S. Sobre el uso del lenguaje metáforico para referirse a las migraciones, véase un ilustrativo artículo de Enrique Santamaría

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Comentarios

me perese q es un buen tema para lacomunicacion de las personas en todo el mundo

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