Las fronteras ante la inmigración: ¿inútiles por incontrolables?

El viaje que emprenden los emigrantes africanos hacia las costas europeas, especialmente hacia España e Italia, se parece en lo fundamental al que realizan los latinoamericanos hacia el norte del río Bravo: en ambos casos se intenta salir de las privaciones y penurias en búsqueda de una vida más digna. Aunque con algunas diferencias reseñables, el nivel de riesgo asumido también resulta equiparable. España está a las puertas del continente más pobre y desheredado del planeta. Como el río Bravo, el Mediterráneo marca una zona de fractura en donde se concentran todas las contradicciones entre países ricos y pobres, o, como prefieren decir aquellos que combinan la habilidad semántica y el tacto diplomático, entre el Norte y el Sur.

Las características de este éxodo masivo en el continente americano, concentrado desde hace décadas en la frontera entre México y Estados Unidos, justo también en la línea geopolítica que separa a ricos y pobres, deberían ser estudiadas con mucha atención desde la Unión Europea, con la idea de ahorrarse esfuerzos inútiles. Aquí, donde  el fenómeno es relativamente nuevo, no valdrán tampoco ni las vallas, ni la policía fronteriza, ni el ejército, ni la armada, ni los vuelos de observación, ni las cámaras de televisión, ni los sofisticados sistemas de sensores. Ninguno de estos procedimientos sirve para impedir que los inmigrantes entren en un país, ni para detener a los que azuzados por la desesperación quieren sacar a su familia de la miseria. Unos doce millones de inmigrantes se han introducido clandestinamente en Estados Unidos en la última década pese a todos los empeños puestos por la administración de este país. Las vallas y todos los artilugios de vigilancia que se instalan en las fronteras para contener la inmigración ilegal sólo sirven para agudizar el ingenio para burlarlas, agravar el riesgo físico y encarecer el peaje debido a los traficantes. No se conoce frontera alguna que constituya una barrera infranqueable, pero no por ello las fronteras han perdido significación en nuestro mundo.

 

Aunque con los procesos de globalización la soberanía de los Estados ha perdido intensidad, las fronteras estatales siguen estando dotadas en la práctica de una enorme relevancia jurídico-política, pues con ellas se designan a qué derecho está sometida una población, indican qué personas e instituciones ejercen autoridad sobre un determinado territorio y, en definitiva, definen el cuerpo de ciudadanos que integran la comunidad política.

 

Si las fronteras delimitan el territorio sobre el que un Estado puede ejercer legítimamente su jurisdicción, su soberanía o suprema potestad, la ciudadanía constituye el mecanismo legal del que se vale Estado para distinguir entre los miembros de su asociación política y los que no pertenecen a ella. Fronteras y ciudadanía desempeña de consuno un cometido constitutivo en relación con el Estado y la comunidad política. No se acaban ahí sus funciones: juegan también una función policial, que se pone de manifiesto en el control de los flujos migratorios, pues las fronteras se erigen como muros reales para intentar contener a quienes desean inmigrar y no poseen los papeles adecuados de ciudadanía que les autorizaría a hacerlo.

 

Fronteras y ciudadanía se dan de la mano también para poner trabas a la libertad de tránsito y residencia (reconocida, por ejemplo, por el art. 12 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos adoptado en 1966). Reforzadas las fronteras con la justificación de controlar nuevas formas de delincuencia, apenas pueden ocultar su función de barreras frente a quienes huyen de la miseria y de la guerra. Su mantenimiento implica apostar por la persistencia de modelos de exclusión y contención que se han demostrado tan ineficaces como injustos.

 

APOSTILLA (incluida el 06-10-2006):

El miedo a la “desnaturalización” de un país por el incremento del número de inmigrantes no es más que el pánico ideológico de perder hegemonía y control social, pavor a la pérdida de homogeneidad grupal que nunca, o casi nunca, ha existido. Toda sociedad es el resultado de siglos de relaciones, de presencias y de historia, pero una sociedad es, por encima de todo, el conjunto de las personas que la componen en un momento determinado.

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Comentarios

Yo, desde luego, aspiro a un mundo sin fronteras entre las personas. Se trata de una utopía, porque no existe, pero no es una utopía irrealizable (como podría ser la descripción de una comunidad humana imaginada en la que no hay egoísmo, envidia o relaciones de poder); las fronteras políticas son una construcción socio-cultural humana: no han existido siempre y de lo que será en el futuro sabemos poco, como poco sabían nuestros antepasados de lo que sucede ahora. Fijémonos en la Unión Europea, donde las fronteras interiores casi no existen ya.

Ahora bien, eso no impide que nos podamos desprender fácilmente de nuestras construcciones socioculturales. Ciertamente, es posible en teoría que un Estado-nación suprimiera simple y unilateralmente todas sus fronteras (físicas o jurídicas) con todos los países del mundo. El problema es si sería deseable (para este país e incluso para los posibles emisores de migrantes), o si este acto avanza verdaderamente hacia un mundo sin fronteras. En un sistema las cosas están relacionadas entre sí, y este acto conllevaría determinadas consecuencias negativas que habría que valorar y no pueden obviarse.

Así pues, yo creo que es conveniente llevar una doble línea. Primero: pensar cuáles son las condiciones objetivas que tienen que darse para acabar con las fronteras y cómo debe llegarse hasta allí, y trabajar sinceramente porque se cumpla este proceso. Segundo: no olvidar el "mientras tanto". Dado que es muy previsible que a corto y medio plazo todos los Estados-nación modernos conserven las fronteras e impidan la libre circulación de personas (salvo en el seno de organizaciones transnacionales), debemos a la gente del presente una reflexión acerca de qué hacer en un mundo CON fronteras, que es el que, de momento, tenemos.

El control de acceso en las fronteras seguirá por muchos años; la cuestión es que, si ese control no elimina PARA NADA los "problemas" de los movimientos migratorios (que implican efectos positivos, pero también negativos, para los países receptores, pero también para los de origen) hay que asumir alguna otra estrategia, aunque sea una estrategia adaptada a un mundo con fronteras.



http://www.tiempos-interesantes.blogspot.com/

Las fronteras son muros inútiles. Véase: en lo que llevamos del 2006 ya han llegado a las costas española unas 20.000 personas a bordo de pateras y cayucos En todo el año 2005 fueron 11.700. Su dramático viaje con la vida en juego, copa los titulares de prensa y focaliza el fenómeno de la inmigración irregular. Pero la inmensa mayoría de los extranjeros que se quedan a vivir en España sin papeles han entrado de otra forma menos arriesgada y llamativa: con su pasaporte en regla, diciendo que viene a hacer turismo, con un permiso por tres meses. Según las estimaciones de expertos y ONG, en España hay poco más de un millón de extranjeros sin papeles. Las vías de entrada, para la mayor parte de ello, han sido los aeropuertos y la frontera terrestre con Francia.

Mientras haya inmigrantes que, aun estando en el paro, vivan mejor y dispongan de más prestaciones sociales en cualquier país de la Unión Europea que trabajando 16 horas diarias en su lugar de origen, será difícil de evitar que continúen llegando cayucos a nuestras costas. Y dudo que sirva de nada el que más patrulleras y aviones vigilen el mar, o que se den subvenciones a los gobiernos de países africanos incapaces de controlar las mafias que trafican con la miseria humana, si no es que estén comprados por ellas.

Sé que la solución no es fácil; la única que veo viable, aunque a largo plazo, es la que dio en 1967 el papa Pablo VI en su encíclica Populorum progresio. En la misma decía que el desarrollo es el nuevo nombre de la solidaridad; y abogaba por que los países ricos ayuden a los pobres con la tecnología y formación adecuada que permita a sus habitantes explotar sus recursos y vivir de su agricultura.

No se trata de enviar dinero que suele acabar en las manos de políticos corruptos, sino de que el Primer Mundo, que ya está globalizando la economía, se comprometa también en la globalización de la educación y el desarrollo tecnológico del Tercer Mundo.

Leyendo estos días tantas propuestas, opiniones y demás, me asombra que todo lo que está ocurriendo en África y su consecuencia en Canarias no se esperaba. No hay que ser muy inteligente para saber que los flujos migratorios aumentarían cada vez más ante la exclusión que han padecido, y siguen padeciendo, los países subsaharianos, donde la pobreza se ha convertido en el único alimento que tienen.

La UE y España, con su nefasta política de inmigración, se tambalean hacia el caos. Los del Norte hemos perdido dicho norte y los del Sur mueren por encontrarlo, ¡qué rocambolesca es la vida!

La desesperación da fuerza al ser humano aunque signifique la muerte. Total, como dicen muchos inmigrantes: "Sólo tengo que perder la vida". Así es, sólo tienen que perder la vida puesto que en sus países de origen no la sienten como tal. Es en Europa donde esa carencia de vida renace, donde su supuesto futuro tiene una oportunidad. Y sin embargo, en esta Europa civilizada, industrializada y mantenida en gran parte por África, se quiere solucionar la inmigración con fronteras, acuerdos, soldados, repatriaciones etcétera.

África está despertando de su sumisión, pide a gritos, con la salida de tantos miles de personas, ser escuchada y atendida. ¿Y qué hace la UE? Pues, "con su mísera humanidad", volverse hacia ella con el fin de acotarla desde el disfraz de los convenios.

Es inútil prohibir "vivir".

El endurecimiento de las medidas de control de las fronteras provoca que cambien los puntos de entrada de los inmigrantes, así como que se readapten los medios utilizados, pero no elimina en absoluto los flujos indeseados por parte de los receptores de los mismos. Aunque no existen soluciones completas ni definitivas, se deberían buscar medidas que ampliasen las posibilidades de inmigrar de manera regular.

Buenas noches,

Me ha gustado mucho el artículo, así como algunos de los comentarios que se han hecho, como los de Marían o Juan, especialmente.

Me gustaría leer más respecto a esa "posible solución" que se ha planteado más arriba.

¿Alguien podría recomendarme algún texto que pudiera leer en la red?

Y, después de leer el artículo y los comentarios quisiera hacerles una pregunta: ¿Porqué los governantes parece que estén ciegos ante una posible solución de la inmigración ya nombrada por Pablo VI y compartida también por algunos de nosotros?

Pueden, si quieren, mandarme información sobre los artículos o cualquier comentario que gusten, a la dirección lk866@hotmail.com

Gracias,

nichi

El Estrecho y las tumbas sin nombre.

"Inmigrante nº 10. D. E. P.". Y nada más. Es la tumba en el cementerio de Tarifa (Cádiz) de uno de los centenares de africanos anónimos que en los últimos años han perdido la vida en el mar al intentar ganar las costas españolas. En este camposanto hay 25 lápidas sin nombre, las mismas que el famoso fotógrafo brasileño Sebastião Salgado inmortalizó con el Estrecho de Gibraltar al fondo en su conocida exposición "Éxodos". Pero Salgado podía haber elegido otra decena de cementerios andaluces o canarios para mostrar el final del viaje de estos inmigrantes desconocidos: Rota, Algeciras, Barbate, Arona, Puerto del Rosario….

En los cementerios españoles hay enterrados, al menos, 328 inmigrantes sin identificar. Esta cifra es la estimación más fiable basada en los datos de la Guardia Civil, porque en realidad no hay ningún registro oficial que contabilice los ´sin papeles` muertos. Ninguna Administración se ha molestado en hacer una lista que recoja dónde están inhumados los cuerpos de los africanos que nunca nadie reclamó.

Sólo los funcionarios del programa de identificación de cadáveres Fénix de la Guardia Civil tienen algún dato fiable, aunque siempre posterior a 1998, cuando nació este organismo. Desde entonces, han pasado por los laboratorios de la Guardia Civil todos y cada uno de los inmigrantes muertos en las playas o rescatados del mar. Exactamente 150 cuerpos: 73 cadáveres recogidos en Cádiz, tres en Almería y 74 en las islas Canarias.

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