Archivo de diciembre, 2006

Acceso a la ciudadanía española sin arraigo previo

Existe una forma de adquirir la nacionalidad española que no deja de ser curiosa y, en consecuencia, digna de ser objeto de reflexión y debate. Me refiero a la ley del Estatuto de la ciudadanía española en el exterior, aprobada recientemente (Ley 40/2006, del 14 de diciembre), que otorga la posibilidad de optar a la nacionalidad española a los nietos de españoles de origen, aunque ninguno de los progenitores haya nacido en España, que se supone que emigraron, voluntariamente o forzados por el hambre, y también a los que se exiliaron por razones políticas, durante o tras la Guerra Civil, para salvar su vida y la de sus familiares.

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Regularización de inmigrantes por ‘arraigo social’

Gran parte de los inmigrantes que llegan a España lo hacen sin tener todos los papeles en regla para poder fijar legalmente su residencia en este país. Esto es un dato bien conocido y no representa ninguna novedad. Tampoco lo es que esta situación de irregularidad no resulta irreversible. En estricta aplicación del principio de arraigo establecido en el reglamento de ejecución de la Ley de Extranjería vigente actualmente en España (Ley Orgánica 4/2000, reformada por la 8/2000), se puede proceder a la regularización de inmigrantes que se encuentren en situación irregular siempre que cumplan con unos determinados requisitos.< ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />

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Laicidad, migraciones e integración social – Habermas

La integración de inmigrantes procedentes de otras culturas y religiones no es una calle de sentido único. No basta con exigir a los inmigrantes que aprendan la lengua y que se adapten a la cultura del país de llegada. También los ciudadanos autóctonos deben ampliar sus horizontes para aprender a comprender las formas de vida culturales de sus nuevos compatriotas. A medida que los poros compactos de la cultura nacional se van abriendo con la convivencia intercultural propiciada por la inmigración se van transformando también nuestras percepciones sobre aquellos que son diferentes a nosotros mismos.

 

Para combatir el odio y la violencia debemos introducir las reglas del Estado de derecho, con aplomo pero sin imposiciones ni afán de provocar. Entre esas reglas está la igualdad de derechos entre hombre y mujer, así como la pertinencia de las ciencias institucionalizadas en el saber secular. Ello no impide, sin embargo, el uso del velo en las calles y en los puestos de trabajo europeos, pues tal práctica es también un símbolo legítimo de la imagen personal pública de una cultura minoritaria muy marcada por su religión. Es en este contexto crecientemente multicultural donde resulta imprescindible un nuevo concepto de ciudadanía para hacer que todo el mundo se sienta integrado en el Estado donde habita.

 

La difusión de clichés y prejuicios no ayuda en nada a la integración de inmigrantes que profesan creencias distintas a las mayoritarias en el país de acogida. Entre esos clichés se encuentra, por ejemplo, la extendida opinión de que el Islam en su conjunto, y no sólo su versión fundamentalista, es incompatible con un sistema político democrático. Al menos nosotros, los españoles, como ciudadanos de un país con una arraigada tradición católica, deberíamos ser bastante prudentes y recordar que la Iglesia Católica no llegó a reconciliarse con la democracia y los derechos humanos hasta el Concilio Vaticano II, es decir, hasta hace apenas cuatro décadas. No existe ningún motivo razonable para asumir que el variado mundo del Islam no será capaz de seguir una evolución similar.

 

Tampoco ayuda mucho a la integración social pretender por decreto que la convivencia social se asiente sobre valores religiosos particulares, aunque sean los de la mayoría. En los Estados europeos viven en la actualidad tantos ciudadanos no cristianos que sería inaceptable fundamentar el orden político tan sólo sobre valores cristianos. Eso no implica, sin embargo, negar la enorme contribución histórica que la moral de la justicia judía y la ética del amor cristiana han aportado a la formación del  universalismo igualitario en el que nos reconocemos tantos europeos.

 

Sólo un poder político laico, constituido en la forma de un Estado de derecho, y que se mantenga neutral ante las distintas cosmovisiones con las que se identifican los miembros de una sociedad, puede garantizar una convivencia tolerante y en igualdad de derechos entre comunidades religiosas diversas. 

 

[Parte del contenido de este mensaje procede de una entrevista a Jürgen Habermas, publicada en el diario La Vanguardia, con ocasión de la traducción de uno de sus últimos libros: Entre naturalismo y religión (Paidós, Barcelona, 2006)]

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Migraciones, neotribalismo e identidades analógicas

Por Fernando Bayón< ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />

 

Selecciono un aspecto candente vinculado a los fenómenos migratorios que creo que están encontrando un eco enorme en la blogoesfera. Este circuito de retroalimentación entre migraciones e internet está aún por desarrollar, pero abre campos de enorme interés, en mi opinión. Me refiero al fin de las grandes colecciones museísticas de la experiencia. La blogoesfera está “metiendo el hombro” en ese agrietamiento generalizado de los órdenes que clasificaban y distinguían las tradiciones culturales (un fenómeno estudiado por Néstor García Canclini).

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El “caso Zaidín” y la formación de identidades postnacionales

Por José Luis López de Lizaga< ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />

 

Las migraciones transforman en un problema real y acuciante la cuestión, en apariencia un tanto abstracta y académica, de la formación de identidades políticas distintas de las identidades nacionales. La extensión de derechos civiles, políticos y sociales a personas pertenecientes no ya sólo a otros países, sino a otras culturas completamente diferentes, sólo puede fundamentarse sobre una comprensión postnacional (en el sentido de Habermas) de la identidad política. En este mismo blog se ha producido en fechas recientes un debate muy interesante desde la perspectiva de esta cuestión de las identidades políticas: un caso en el que un conflicto más bien anecdótico (y por otro lado, no muy diferente de las numerosísimas fricciones que se producen en el trato cotidiano entre los inmigrantes y la población autóctona) permite ilustrar un problema político importante.

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