El “caso Zaidín” y la formación de identidades postnacionales

Por José Luis López de Lizaga

 

Las migraciones transforman en un problema real y acuciante la cuestión, en apariencia un tanto abstracta y académica, de la formación de identidades políticas distintas de las identidades nacionales. La extensión de derechos civiles, políticos y sociales a personas pertenecientes no ya sólo a otros países, sino a otras culturas completamente diferentes, sólo puede fundamentarse sobre una comprensión postnacional (en el sentido de Habermas) de la identidad política. En este mismo blog se ha producido en fechas recientes un debate muy interesante desde la perspectiva de esta cuestión de las identidades políticas: un caso en el que un conflicto más bien anecdótico (y por otro lado, no muy diferente de las numerosísimas fricciones que se producen en el trato cotidiano entre los inmigrantes y la población autóctona) permite ilustrar un problema político importante.

La anécdota tuvo lugar el pasado mes de agosto. Se trata de la absurda y muy descortés negativa de la alcaldesa de Zaidín (Huesca) a que los inmigrantes disfrutasen de una comida que el ayuntamiento ofrece a los vecinos con ocasión de las fiestas patronales. Esta decisión originó un pequeño escándalo, sobre todo porque tuvo eco en los medios. Y también suscitó un debate bastante intenso en este blog. Pero lo interesante, desde el punto de vista de la teoría política, no es desde luego la xenofobia de esta alcaldesa, sino el tipo de argumentos que se manejaron en esta pequeña polémica.

Por lo pronto, no tienen desperdicio las palabras de la alcaldesa, publicadas en El País (del 12-VIII): “Hay que poner control. Sin control se sentarían todos los inmigrantes y dejarían fuera a la gente del pueblo. Además, estamos viviendo una situación en España que todos conocemos. No nos hagamos los sordos. No hagamos tanta demagogia. Soy a la primera a quién le duele. Estamos viviendo una situación que alguien tiene que poner control, alguien tiene que hacerlo en su localidad”. El mensaje está claro: ya basta de hipocresía – viene a decir la alcaldesa. Todos sabemos que los inmigrantes nos están invadiendo, y a este paso, y si nadie lo remedia, terminarán por quedarse con todo, desde los almuerzos patronales hasta las plazas en las guarderías, los puestos de trabajo, las camas de los hospitales públicos.

Lo cierto es que estas palabras resumen muy bien los tópicos de un discurso xenófobo muy extendido en la sociedad española. Muchos de los comentarios que pudieron leerse en este blog repetían el argumento (y sobre todo el tono, ese tono que parece estar diciendo “¡Hablemos claro de una vez! ¡Todos pensamos lo mismo aunque no lo digamos!”). Otras lo exacerbaban hasta convertirse en insultos y en muy graves faltas de respeto. Pero lo importante es que no se trata aquí de opiniones aisladas: los españoles (los de Zaidín, pero también los de Talayuela, o Madrid, o Zaragoza) perciben la inmigración como una amenaza masiva, y no les convencen de lo contrario ni el número real de inmigrantes, todavía relativamente bajo, ni todos los indicadores que señalan los beneficios económicos que la inmigración reporta.

Ahí están, para demostrarlo, los excelentes informes anuales publicados por SOS Racismo (el último de ellos: Informe anual sobre el racismo en España). En toda Europa, los partidos tradicionales (es decir, no sólo la ultraderecha) recurren crecientemente a tópicos xenófobos. Aznar, en un artículo en el Financial Times (16-X-2005), habla también del fracaso del multiculturalismo y de la necesidad de recuperar las raíces cristianas de la identidad occidental.

Y en Caspe, Zaragoza, surgió en julio de 2005 una iniciativa ciudadana de recogida de firmas para solicitar nada menos que la expulsión de los inmigrantes del pueblo. ¿Cómo debemos interpretar estas manifestaciones de xenofobia? ¿Son residuos de una identidad nacional que cada vez tiene menos futuro en un mundo en el que los Estados nacionales pierden su peso político? ¿O son más bien expresiones reactivas, formas agudizadas de una identidad nacional muy fuerte que quizás no existía hasta ahora, y que se forma como respuesta a las propias migraciones?

El final del “caso Zaidín” es, en mi opinión, ambivalente si se lo examina a la luz de estas preguntas. La alcaldesa dio marcha atrás y amplió el número de comensales, para que pudiesen participar los inmigrantes. Al parecer, éstos no acudieron, porque naturalmente ya les habían ofendido bastante. Así pues, sucedió en Zaidín lo que no podía dejar de suceder: hubo que ampliar los derechos para dar cabida a la población inmigrante, pues evidentemente, y por más que esta alcaldesa opine que “ya es hora de hablar claro”, la xenofobia sólo es fuente de conflictos sociales que pueden llegar a ser gravísimos.

Los derechos se extendieron. Pero, ¿lo hizo también la autocomprensión política de los ciudadanos? ¿Es la identidad de los vecinos de Zaidín más universalista, más “postnacional” que antes? Por muchísimos motivos (por lo pronto morales, pero también pragmáticos) las instituciones están obligadas a extender los derechos a la población inmigrante. Pero aún está por ver si a estas medidas acompaña realmente una universalización de las identidades políticas.

 

(Resumen de la intervención en la mesa redonda “Las migraciones en la blogoesfera académica”, celebrada en Instituto de Filosofía del CSIC el 16-11-2006)

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