Laicidad, migraciones e integración social – Habermas

La integración de inmigrantes procedentes de otras culturas y religiones no es una calle de sentido único. No basta con exigir a los inmigrantes que aprendan la lengua y que se adapten a la cultura del país de llegada. También los ciudadanos autóctonos deben ampliar sus horizontes para aprender a comprender las formas de vida culturales de sus nuevos compatriotas. A medida que los poros compactos de la cultura nacional se van abriendo con la convivencia intercultural propiciada por la inmigración se van transformando también nuestras percepciones sobre aquellos que son diferentes a nosotros mismos.

 

Para combatir el odio y la violencia debemos introducir las reglas del Estado de derecho, con aplomo pero sin imposiciones ni afán de provocar. Entre esas reglas está la igualdad de derechos entre hombre y mujer, así como la pertinencia de las ciencias institucionalizadas en el saber secular. Ello no impide, sin embargo, el uso del velo en las calles y en los puestos de trabajo europeos, pues tal práctica es también un símbolo legítimo de la imagen personal pública de una cultura minoritaria muy marcada por su religión. Es en este contexto crecientemente multicultural donde resulta imprescindible un nuevo concepto de ciudadanía para hacer que todo el mundo se sienta integrado en el Estado donde habita.

 

La difusión de clichés y prejuicios no ayuda en nada a la integración de inmigrantes que profesan creencias distintas a las mayoritarias en el país de acogida. Entre esos clichés se encuentra, por ejemplo, la extendida opinión de que el Islam en su conjunto, y no sólo su versión fundamentalista, es incompatible con un sistema político democrático. Al menos nosotros, los españoles, como ciudadanos de un país con una arraigada tradición católica, deberíamos ser bastante prudentes y recordar que la Iglesia Católica no llegó a reconciliarse con la democracia y los derechos humanos hasta el Concilio Vaticano II, es decir, hasta hace apenas cuatro décadas. No existe ningún motivo razonable para asumir que el variado mundo del Islam no será capaz de seguir una evolución similar.

 

Tampoco ayuda mucho a la integración social pretender por decreto que la convivencia social se asiente sobre valores religiosos particulares, aunque sean los de la mayoría. En los Estados europeos viven en la actualidad tantos ciudadanos no cristianos que sería inaceptable fundamentar el orden político tan sólo sobre valores cristianos. Eso no implica, sin embargo, negar la enorme contribución histórica que la moral de la justicia judía y la ética del amor cristiana han aportado a la formación del  universalismo igualitario en el que nos reconocemos tantos europeos.

 

Sólo un poder político laico, constituido en la forma de un Estado de derecho, y que se mantenga neutral ante las distintas cosmovisiones con las que se identifican los miembros de una sociedad, puede garantizar una convivencia tolerante y en igualdad de derechos entre comunidades religiosas diversas. 

 

[Parte del contenido de este mensaje procede de una entrevista a Jürgen Habermas, publicada en el diario La Vanguardia, con ocasión de la traducción de uno de sus últimos libros: Entre naturalismo y religión (Paidós, Barcelona, 2006)]

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