La identidad y sus riesgos políticos

“Los esquemas clásicos de pertenencia de cada uno a su medio, a su patria, a su nación y a su mundo están cambiado profundamente. […] el interrogante, que en el fondo está marcando una época, en la que las esperanzas colectivas parecen haber desertado de la vida cotidiana, es el de la identidad, el de cómo ser uno mismo en un mundo en plena transformación” (Sami Nair: Y vendrán…, Planeta, Barcelona, 2006, pág. 16)

Quizás debido al hecho de que el sentido de la propia identidad responda a una necesidad ampliamente compartida – cuya conciencia se agudiza ciertamente en situaciones de desarraigo, como las que padecen con frecuencia los inmigrantes – , la noción de identidad es una de esas palabras comodín sobre las que se pueden generar discursos de muy distintos tenor y oportunidad. La identidad es una palabra en busca de su significado, siendo objeto de contradictorias interpretaciones y múltiples malentendidos.

Entre estos últimos destaca el frecuente equívoco de vincular el término identidad a una forma de pertenencia única. Al proceder de este modo, se incurre en un grosero desconocimiento de las múltiples pertenencias que todos los seres humanos poseemos y de las mutaciones que en estas pertenencias experimentamos todos a lo largo de la vida. Esa ignorancia afecta al sentido mismo de la noción de identidad tanto en su dimensión individual como colectiva. No se trata tan sólo de un equívoco cognitivo, sino de un desvarío práctico. Mediante ese concepto compartimentado y estanco de identidad se genera un lenguaje nocivo en el que, como bien ha visto Amin Maalouf en su ensayo Identidades asesinas (Alianza Editorial, Madrid, 2001), predomina el antagonismo violento y sesgado del nosotros frente al ellos.

En casos extremos, la pureza atribuida a la forma identitaria de un determinado grupo construida en torno a una única pertenencia sirve de expediente legitimatorio de políticas de autoafirmación y, como contrapartida, de negación del diferente. Ese tenebroso desvarío consistente en enfocar la identidad desde una perspectiva unívoca y excluyente se encuentra sin duda en la mente de quienes impulsan hechos tan repulsivos como la mal llamada limpieza étnica y de la que tan desgarradores experiencias hemos tenido en tiempos recientes. Guerras fraticidas y genocidios han emanado del empozoñado manantial de una identidad así concebida: “Empieza reflejando”, como sostiene Maalouf en el mencionado texto, “una aspiración legítima, y de súbito se convierte en un instrumento de guerra” (págs. 45-46). Esta deriva indeseable es, en todo caso, una posibilidad abierta y desgraciadamente no remota, pero no toda búsqueda de la identidad conlleva esos riesgos.

Recientemente, Amartya Sen, Premio Nobel en Economía, en un recomendable libro titulado Identity and Violence, pone en cuestión el concepto de identidad, tratando de mostrar cómo el sentido de pertenencia a una particular etnia o grupo social o religioso, sentido que cualquier persona puede albergar, puede llevarla a desarrollar en ocasiones un comportamiento letal y nocivo. Caer en “la trampa de la identidad” supone un grave riesgo para la convivencia, pues implica adoptar unas lentes distorsionadas que atribuyen a cada ser humano una única identidad e impiden ver las otras identidades que cada persona alberga. Se trata de una burda confusión mental que convierte a seres humanos multidimensionales en seres humanos unidimensionales. Hay algo profundamente perverso en el hecho de empujar a la gente hacia los compartimentos cerrados de la singularidad identitaria. Se ocultan así las múltiples filiaciones que hacen de los seres humanos las complejas e intrincadas criaturas que somos.

 

Etiquetas:

Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios

Querido Juan Carlos, queridos lectores del Blog:

Resulta de enorme interés plantear cuáles son -han sido o pueden ser- los riesgos políticos del concepto de identidad. En cierto sentido, quizás aquel que más interesa a este foro de debate, el concepto mismo de identidad es una construcción política.

No es atrevido decir que la mayoría de los filósofos post-modernos estarían de acuerdo en afirmar, siguiendo la vieja escuela de Nietzsche [las verdades son metáforas que se han olvidado que lo son], que las identidades, así, inevitablemente en plural, son "ficciones" que se quieren hacer pasar por esencias. Son "relatos" que se quieren hacer pasar por sustancias.

Pero lo importante, en mi opinión, no es tanto andar descubriendo cuánto de invención tiene cualquier afirmación identitaria (algo que no costaría demasiado esfuerzo: pensemos en cómo ese proceso de "Nation-Building" que caracterizó al último tercio del siglo XIX forjó identidades políticas cuya consistencia se debió a un esfuerzo múltiple y muy creativo por abastecer las nuevas conciencias nacionales de elementos que antes no habían sido patrimonializados en ninguna clave excluyente -la lengua, los nombres, los ritos religiosos, los santorales, las tradiciones, las artesanías…-). Por supuesto que debajo de esas construcciones políticas que llamamos -sobre todo a partir del siglo XIX- "identidades nacionales" existe un interés por patrimonializar una serie de elementos que puedan servir como marcadores de diferencia (el ethnos -la raza-, la fides -la confesión religiosa- o la tierra, han sido los más prolijamente empleados, los más insidiosamente utilizados) entre un "nosotros" y un "ellos", entre un territorio, una patria, un pueblo, y lo que queda fuera, esa zona extraterritorial adonde se suele arrojar al impuro [exilios o campos de concentración], de donde suele venir todo lo amenazante [el bárbaro, el conquistador].

Crear identidades es crear miedos tácticos y amenazas estratégicas: la identidad no podría vivir sin esta lógica inmunitaria que distingue entre lo mío y lo ajeno conforme a una mirada obsesivamente autodefensiva y violentamente preventiva que sirve para seguir alimentando el mito de lo propio.

Pese a todo, lo que nos debe preocupar no es tanto el descubrimiento de un corazón de mentira en el interior de esos "Frankenstein" que llamamos identidades (cuerpos contingentes hechos con los restos de los muertos convenientemente patrimonializados), sino algo más difícil de abordar: ¿por qué la identidad sigue siendo para muchos un valor social cuando el paisaje filosófico ya no está dispuesto a contemplarla ni siquiera como ruina? Esta "malignización" de la identidad (el título, seguramente legítimo, probablemente justo, de "Identidades asesinas", es en cierto modo uno de los pistoletazos de salida de esta asociación entre identidad y riesgo maligno) da a veces pie a un olvido todavía más peligroso: el olvido de la necesidad de encontrar categorías políticas que puedan dar razonablemente acomodo a "aquello" que la identidad ya no da cobijo de forma suficientemente abierta, debidamente democrática y convenientemente solidaria: me refiero a la expresión de una inmarchitable , plural e incómoda búsqueda de pertenencia.

Hoy, las redes de pertenencia son, a efectos sentimentales, sociales, económicos, laborales, familiares, culturales, etc., extraordinariamente porosas, mestizas y abiertas -para bien o para mal, es decir, el carácter abierto de estas redes genera simultáneamente promesas y angustias, esperanzas e inseguridades-. Esto las vuelve imposibles de ser ni recogidas "en" ni resumidas "por" ninguna categoría identitaria cerrada, que se empeñe en la vieja retórica inmunitaria y proteccionista, que insista en doblar el mundo en un horizonte de lo propio y auténtico (mi fe, mi etnia, mi lengua, mi estatus, mi formación, mis prejuicios) y un desierto de lo extranjero e inauténtico. Entre el foro y lo foráneo. Zygmunt Bauman, bien conocido por los lectores de estas páginas, ha bautizado estas identidades que ya no son coágulos "esenciales" de formas cerradas de pertencia sino redes muy mezcladas, hechas de conciertos tácticos "hasta nueva fecha", de sintonías provisionales con los otros "listas para ser removidas a petición de cualquiera de las partes", de acuerdos frágiles que ni nacen de un fondo metafísico indubitado ni pueden remtirise a una verdad última que los fundamente por completo… a esas nuevas inserciones frágiles, a esas nuevas formas débiles de pertenencia, que exigen asunción de riesgos, que exigen familiaridad con el peligro, que exigen en esa misma medida creatividad y mesura, responsabilidad y flexibilidad, Bauman la llama ‘identidades líquidas’.

Forma parte de las tareas principales de la filosofía política ser capaz de proponer y debatir nuevas categorías de lo político en que la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos partan de la asunción de la contingencia, del desenmascaramiento de esas posiciones de interés (la identidad nacional es una de ellas) que se quieren hacer pasar por necesidades esenciales e intocables para así poder imponerse al margen de la crítica y en un régimen de inmunidad al debate. Precisamente las migraciones son un fenómeno extraordinariamente adecuado para reflexionar sobre cómo el pensamiento político puede producir nuevas pertinencias de sentido social sin incurrir en las viejas y tópicas impertinencias de la violencia autodefensiva. Las migraciones saturan de diferencia hábitats que se querían protegidos en base a su valor "natural". El riesgo de verdad reside antes bien en creer que nuestros marcos sociales de pertenencia son algo así como una "Naturaleza", algo parecido a una bioesfera de la identidad que reclame para sí una lógica inmunitaria frente a cuerpos extraños y patógenos. Roberto Esposito ha recordado en alguno de sus libros más comentados cómo a veces no caemos en la cuenta de que todos somos fruto de un error inmunitario. Que todos fuimos extraños en otro cuerpo. Y que, si finalmente nacimos, fue gracias a que "otro cuerpo" olvidó aniquilarnos. Todos somos hijos de un silencio inmunitario. Vivimos porque la violencia autodefensiva de otra identidad se reprimió debidamente.

Es sorprendente ver como a medida que el mundo se hace más pequeño el aldeanismo se hace más grande; como el esfuerzo por elevar el nivel cultural parece producir un aumento del alarde de la identidad aldeana en sus diferentes versiones, estatalista, nacionalista, comarcalista, o de las identidades étnicas, religiosas, futbolísticas, culturales, etc.

Cómo el ser humano se resiste a descubrir su propia y única esencia: la de ser humano sin más aditamentos que el estrictamente de ser racional, que es lo que lo distingue de los demás seres vivos que se le parecen.

Esta exacerbación de lo inane frente a lo esencial es adecuadamente manipulado por los jerarcas políticos y religiosos que pretenden, de este modo, que la gente renuncie voluntariamente a ser libres a condición de ser aceptados por el "grupo", de estar dispuestos a considerar al otro el "enemigo", el "equivocado", el "malo", ….. Y cuanto mayor sea la necedad de uno de estos grupos, más justificación habrá para el nacimiento del siguiente.

Es comprensible que la gente privada de recursos intelectuales, indefensa ante un mundo que no entiende, se agrupe buscando la "protección de lo familiar". Es, pues comprensible que un inmigrante adopte esta reacción animal hasta que consigue entender el idioma del país al que ha ido, con el que ya se puede comunicar con sus semejantes. A partir de ese momento deja de tener razón funcional, tanto para él como para el natural del país, la exaceerbación del mantenimiento de esas "identidades".

Sobre todo esas identidades agresivas y no oferentes hacia los demás .

Muchas responsabilidad tienen nuestros jerarcas políticos y religiosos con la venta de sus emponzoñadas "identidades" y su "única verdad".

Pero tampoco podemos pasarnos toda la vida echándoles a los demás la culpa de nuestra abdicación: la de negarnos a pensar.

El nacionalismo, como la intolerancia religiosa, racial, etc., se pasan viajando pero, sobre todo, leyendo, razonando. La razón es la única que nos puede ayudar a ser seres humanos, es decir, a ser razonables.

El paradigma de este comportamiento es el que nos revela la anécdota de Alberto Einstein. Cuando el funcionario que estaba rellenando su formulario de inmigración para entrar en los USA le preguntó: "¿raza?", él, sin inmutarse, le contestó: "humana, por supuesto".

Ha pasado más de medio siglo desde aquella feliz anécdota, pero parece que el número de razas, racillas, racetas, y razúnculas va en aumento de mano de los terroristas de toda laya, y hay muchas, empeñados en impedirnos ser seres humanos; es decir, seres racionales.

me parece interesante todo lo que menciona, ese es un problema que lo estamos viviendo en la actualidad en Bolivia, donde se está fomentando la división, el odio, el no respeto a los que piensan diferente, etc. y lo lamentable es que esta situación nos puede llevar a enfrentamientos. sin embargo, también se debe mencionar que no siempre la búsqueda de identidad tiene efectos y riesgos negativos, sino más bien de revalorizar lo que fuimos.

El nombre de la identidad colectiva y para preservarla frente a quienes vienen de fuera se hacen auténticas barbaridades, que contravienen los derechos humanos más elementales. El pasado día 24 se publicón en el El País una carta que no tiene realmente desperdicio y que reproduzo a continuación en su integridad:

CENTROS PARA MIGRANTES: ¿CÁRCELES?

Todos sabemos que actualmente la inmigración es una de las cuestiones principales en el orden del día de la Unión Europea. El Parlamento Europeo ha comenzado a debatir una propuesta de "directiva referente a las normas y procedimientos comunes aplicables en los Estados miembros para el retorno de los nacionales de países terceros en situación de residencia ilegal". Dicha propuesta concierne a todos los nacionales de países terceros que residan ilegalmente en un Estado miembro y no toma en consideración las razones de su situación irregular. El contenido de la propuesta deja claro que la Comisión está adoptando un enfoque represivo de la regulación del "fenómeno de la migración", concentrándose en "la lucha contra la inmigración ilegal". Incluye muchos puntos objetables, en particular, la institucionalización de la detención administrativa en centros de detención temporal. Con esta legislación dicha detención podría ser extendida hasta un máximo de seis meses.

Las condiciones en los centros de detención temporal de migrantes son muy similares a las que imperan en las prisiones, y a veces incluso peores. Después de haber visitado estos centros, ONG, agencias internacionales, delegaciones parlamentarias y periodistas han denunciado la iniquidad, la deshumanización y la degradación de estos lugares, donde se violan con frecuencia los derechos humanos y las libertades fundamentales y los migrantes son víctimas de violencia.

La detención administrativa es jurídicamente absurda, impone sanciones penales (detención) por delitos administrativos, como la entrada irregular en el territorio nacional o la simple expiración de visados y permisos de estancia. Dado que la "detención administrativa temporal" puede ser extendida a seis meses, ya no se puede seguir calificándola de "temporal". Este instrumento no permite mantener bajo control la migración ilegal y también es ineficaz para la identificación de migrantes. Los centros de detención temporal son, con frecuencia, estructuras gestionadas de manera poco clara, donde se suele denegar la entrada a las organizaciones de derechos humanos y de migrantes.

En los 25 Estados miembros hay 178 centros de detención temporal y se han construido otros en países candidatos o vecinos. Ante esta barbarie, ¿terminaremos teniendo a las personas inmigrantes cómo en la película ´Hijos de los hombres´? (Firmada: Mariam Moruno. Extranjería Ezker Batua-Berdeak)

En concordancia por lo expresado en el ‘post’ de cabecera, considero que la noción de ‘identidad’ posee un doble flio que se esgrime cuando surge un contexto de conflicto: se trata de un concepto que, queriendo unir, divide, y queriendo dividir, excluye, de tal manera que, si alguna vez sirvió como estandarte para la emancipación, hoy puede resultar una forma encubierta de opresión.

(requerido)

(requerido)


*