En tiempos de crisis, ¿hay que restringir a los inmigrantes el acceso a los servicios sociales?

La grave crisis en la que desde hace tiempo estamos inmersos tiene un enorme impacto en la vida cotidiana de toda la sociedad española. Su rostro más  trágico se muestra, sin duda, en el galopante crecimiento de la tasa de desempleo. Y aunque el paro afecta a todas las capas de la población, si hay un sector especialmente vulnerable a sus dramáticas consecuencias, ése sería ciertamente el de los inmigrantes.

Lo más curioso del caso es que, siendo unas de las primeras víctimas de la aguda crisis, los inmigrantes están empezando a ser objeto de voces que los inculpan de las graves repercusiones que la crisis tiene en el mercado laboral y en el sistema estatal de bienestar en su conjunto.

“Hay pateras a disposición de los inmigrantes que deseen volver por donde vinieron”

(El Roto)

En este sentido ha de entenderse un reciente artículo titulado “La excepcionalidad española”, firmado por David Reher y Blanca Sánchez Alonso y publicado en el diario “El País”. Estos dos autores sostienen que la intensa corriente migratoria que ha arribado a España a lo largo de la presente década no obedece fundamentalmente al vigoroso crecimiento económico experimentado por el país, sino a unas leyes que conceden enormes facilidades a los inmigrantes – al menos en comparación con otros países de nuestro entorno – para que accedan a las prestaciones sanitarias y de educación. Acceso para el que les faculta el mero hecho de estar empadronados. En esto estribaría – según los mencionados autores – el hecho diferencial que explicaría el enorme volumen de la inmigración en España.

Ante esta situación, dichos autores no propugnan la adecuación de los servicios públicos al aumento de la población, tal como se ha defendido ya en este mismo blog. No consideran que si hay servicios sociales saturados por el aumento de población, como ya sucedía con la educación y la sanidad incluso con anterioridad a la presente situación de crisis económica, la respuesta más consecuente del Estado debería consistir  en incrementar los medios y la correspondiente dotación económica, nunca en reducir los derechos de los inmigrantes que con su esfuerzo han contribuido a las alegrías de otros tiempos. En cambio, estos dos autores lo único que sugieren es restringir los requisitos para poder acceder a los servicios públicos. La crisis se presenta así como una simple coartada.

Aparte de la falta de oportunidad del artículo de marras, justo en un momento en que tantos inmigrantes pasan por circunstancias difíciles, la propia hipótesis de partida de estos dos autores no se esta suficientemente contrastada. Esto es lo que ha puesto de manifiesto un prestigioso demógrafo en un escrito de respuesta, que, dada la contundencia de sus argumentos, se reproduce a continuación en su integridad.

Vinieron a trabajar

Por Juan Antonio Fernández Cordón

Un ejemplo famoso entre economistas es la gran coincidencia entre la actividad de las manchas solares y los ciclos económicos, insuficiente a todas luces para establecer una relación de causa-efecto entre los dos fenómenos. Esto viene a cuento del artículo que publican los profesores Reher y Sánchez Alonso en la edición de ayer miércoles 18 de febrero de su diario. Aceptar que la pretendida “generosidad social” de la ley de 2000 ha actuado como determinante principal de un fenómeno tan complejo como el flujo migratorio de los últimos años, exigiría, en mi opinión, algo más de lo que ofrece el artículo. Si hay una excepcionalidad española clara durante ese periodo es la descomunal burbuja inmobiliaria, con la construcción, en algunos años, de más viviendas que en todo el resto de la Unión Europea. Sin tener que leer el BOE, los extranjeros que aspiraban a emigrar de su país podían saber que había trabajo en España y que era fácil que los empresarios contrataran a inmigrantes sin papeles, siempre que aceptaran cobrar menos que los autóctonos. Además, la masiva participación de las mujeres en el mercado laboral generó una gran demanda de cuidadoras (de niños y de ancianos) en un país con un apoyo a la conciliación de la vida laboral y familiar muy inferior al de muchos países de la Unión Europea.

Por otra parte, si la facilidad de acceso a la sanidad y otros servicios sociales hubiese sido determinante, tendríamos en España una población extranjera con un peso mayor de dependientes y de no trabajadores. Esto no es así. Como es bien sabido, la tasa de ocupación de los inmigrantes ha estado siempre por encima de la de los españoles (hasta la llegada de la crisis, al menos) y la proporción de personas mayores, grandes demandantes de servicios sanitarios, es del 6% entre inmigrantes y del 18% entre españoles.

Llegaron muchos inmigrantes a España y una elevada proporción encontró un puesto de trabajo: en cualquier país, éstos se beneficiarían de la protección social pública. Aquí también. ¿Por qué entonces surgen, precisamente ahora, estas interpretaciones? La crisis se ha cebado sobre los más débiles, los inmigrantes, y en estos momentos pueden beneficiarse de la protección social (sanidad, prestaciones de desempleo o escuela para sus hijos) sin estar trabajando. Es, efectivamente, el momento de replantearse la generosidad de 2000 y negarles sus derechos. Seguro que una parte de la opinión acogerá con agrado estas conclusiones científicas, de la misma manera que una parte de los trabajadores ingleses hizo huelga para evitar la contratación de extranjeros. Está visto que los malos tiempos tienden a hacer aflorar lo peor de nosotros.
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Comentarios

El enorme volumen de la inmigración en España es el resultado de múltiples factores. Muchos de ellos se señalan en las intervenciones de este blog. Lo que no se recuerda y sí, parece ser un factor importante, es la creación de las redes de inmigrantes que fomentaron los flujos migratorios de la Europa del Este o América Latina en los últimos años. Estas redes se han fortalecido de tal manera que en los últimos, poblaciones enteras de España llevan el sello de la extranjería. Pueblos de la Valaquia rumana se trasladaron a Coslada, o a Castellón de la Plana por poner sólo algunos ejemplos. Fue la voz y su eco.

Si pensamos sólo en los rumanos que a partir de 2002 tuvieron “libre” la circulación” por el espacio comunitario, ellos crearon su movilidad circulatoria, más allá de los intereses de integración: sanidad o educación. Lo único que deseaban era mejorar su calidad de vida en su país de origen, y por ello no dudaron en sacrificar parte de su existencia. Pero casi siempre pensando en el retorno. Y en un principio, poco les importó la documentación, buscaron la supervivencia como forma de vida: empleándose como internas en casas, cuidando niños, mayores, o trabajando en las obras de construcción.

Hace pocos días, se presentaron los últimos datos de la inmigración en la Comunidad de Madrid. Los rumanos siguen ocupando la primera posición, (205.748 personas) pero los flujos aumentaron sólo en un 5% respecto al 2008, a pesar del ingreso del país en la Unión Europea. Hace poco, dos meses escasos, se levantó la moratoria que les impedía trabajar libremente en España. Muchos ya piensan que de poco les sirve si no encuentran trabajo.

Los inmigrantes, desde luego, nunca leyeron el BOE al escoger España para su proyecto migratorio. Más aún. Muy pocos llegan a conocer, realmente, la política del país de acogida, para perseguir intereses. Y si bien es cierto que la regularización de 2005 facilitó la obtención de documentación o de empleo, fue España en sí misma, como sociedad acogedora la que hizo que ellos estén aquí, y que fomenten a través de las redes sociales su presencia.

Y hablando de los rumanos, el colectivo más numeroso de inmigrantes en España, según un estudio llevado a cabo recientemente por la Universidad de Bucarest, y financiado por la Fundación SOROS, una tercera parte de ellos, piensa en el retorno.

Ciertamente, no son buenos los tiempos para la inmigración, pero tampoco es un buen momento, para las críticas hacia este colectivo. No hay que tener miedo al extranjero en tiempos difíciles, sino buscar la solidaridad.

Cuando la sociedad es un puzzle ya terminado, en el que sólo queda sitio para unas determinadas piezas, es hora de marchar a un tablero más despejado. El ser humano es sabio. Y las redes que crea, también. Por ello, muchos de los inmigrantes, al vivir en su propia piel la escasez, se irán. En la misma cadena en la que llegaron. Y muchos otros… dejarán de venir. Al menos por un tiempo…

Al filósofo Sandro Mezzadra le debemos una observación que resulta muy pertinente en este contexto: la inmigración está escribiendo una historia alternativa que desafía los conceptos de nacionalidad, territorio, identidad y memoria.

Entonces, ¿por que se van a modificar las condiciones de acceso a las prestaciones sociales en función de la nacionalidad de cada persona?

Ya está bien de considerar a los inmigrantes como aves de paso. Más allá de que nos sintamos más o menos identificados con este país, necesitamos sentirnos arraigados. Demandamos vivir en la legalidad, poder votar y, sobre todo, no ser considerados sólo mano de obra. El modelo migratorio de trabajador temporal está caducado en gran medida.

La sociedad española está cada vez más agobiada por el desempleo, es verdad, pero si no tenemos una mirada más amplia podemos perder la perspectiva de la integración hacia dentro. Para ello no deberíamos dejar trabajar con dos herramientas: por un lado, la educación de los menores inmigrantes y, por otro, la articulación democrática de la diversidad cultural.

Yo como soy muy solidario y muy progre, quiero que vengan todos los inmigrantes del planeta que lo deseen.

Yo ya les he cedido mi puesto de trabajo, no me importaria cederles mi casa tambien, y trasladarme yo para debajo de un puente, no importa , lo que importa es ser solidario, y progre y no ser racista.

Un saludo,y animo que aqui es todo el mundo Welcome.

No hay que confundir el emigrante con el ciudadano. El mayor error de un país es conceder la ciudadanía a inmigrantes sin poder dar a estos ‘nuevos ciudadanos’ un mejor nivel de vida en términos económicos. De este modo, emigrantes salen de sus países en búsqueda de un mundo mejor y se encuentran que no tienen ni eso: un mundo mejor. Por eso antes de salir tendrían que elegir en dónde puede encontrarse ese mundo mejor para ellos.
Ha de quedar claro que si se les concede la ciudadanía entonces tienen el mismo derecho que cualquier otro ciudadano, con independencia de su origen, y, por tanto, pueden reclamar todo tipo de derechos. Y yo me pregunto: ¿por qué un emigrante que viene a un país para hace dinero ha de tener derecho a ayuda social pagada por los ciudadanos? Si no hay trabajo, ¿por qué está en ese pais? Desde mi punto de vista, para estar mal, ¡me voy al mio!

Aunque la legislación en cuestión de nacionalidad puede variar mucho de un país a otro, por regla general la ciudadanía no se otorga de manera inmediata. Lo normal es más que se exija varios años de residencia regular en el país e incluso demostrar conocimiento del país. En cualquier caso, la ciudadanía tan sólo se obtiene tras haber echado raíces en dicho país. Y ello pasa, además de por residir en él, por haber trabajado en él y, en la mayoría de los casos, por contribuir a los gastos comunes con el pago de impuestos. Lo que resulta poco justificado es mantener durante años y años a los inmigrantes con permiso de residencia privados del estatuto de ciudadanía.

(requerido)

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