Asirios en Alicante (Rescatando el recuerdo de la aventura española)
Entre los meses de abril y septiembre del año dos mil siete, el Museo Arqueológico de Alicante ofreció una exposición poco habitual en España, y cuyo solo título descubría el qué y el cómo de la misma: “Arte e Imperio. Tesoros Asirios del British Museum”.
Comisariada por los Dres. John E. Curtis y Julian E. Reade1, quienes no tuvieran la fortuna entonces de verla, pero sívisitado en Londres el Museo Británico, entenderán que la citada muestra2haya ejercido sobre las personas que pudierondisfrutarla en Alicante, el impactante efecto de un inesperadodeslumbramiento: el verdadero rostro de Asiria y su realidad cultural.
Acaso y para la mayoría de nosotros, el nombre de Asiria evoca dibujos de guerreros sanguinarios, la silueta de una bella y malvada reina Semíramis, o las murallas de una perversa Nínive, asociada a la leyenda bíblica de Jonás y la ballena. Pero la exposición mostraba cosas mucho más reales y profundas: esculturas y relieves de belleza notable, bronces magníficos, marfiles justamente famosos, cerámicas, arreos, sellos cilíndricos tallados y documentos escritos, muchos documentos oficiales y privados de tipo jurídico o contable, listas de dioses, leyendas literarias, bilingües temáticos, léxicos para eruditos, textos médicos, matemáticos o de observaciones astronómicas, cartas privadas … De la disposición y variedad del material resultaba evidente una cosa: que Asiria fue bastante más que la forjada por los tópicos: una amplia y profunda realidad histórica y cultural, primera potencia entre los siglos IX y fines del VI a. C.
Los museos de Berlín, París y Londres guardan excelentes colecciones asirias, porque de aquellos países partieron los grandes descubridores de Nínive, Jorsabad y Assur como P. E. Botta, V. Place, A. H. Layard o W. Andrae. Lo sabemos. Lo suponíamos incluso. Pero tal vez pocos sepan que Madrid atesora algunos restos testimoniales –es verdad-, pero extremadamente valiosos para españoles e iberoamericanos, en el Museo Arqueológico Nacional y la Real Academia de la Historia. La fortuna quiso que al tiempo que se redescubría el mundo asirio a mediados del siglo XIX, un par de españoles por demás singulares, el embajador en Estambul don Antonio López Córdoba, y el cónsul, viajero y estudioso Adolfo Rivadeneyra, unieran sus nombres a la historia de la ciencia en Oriente3. En 1851, el primero obtuvo de su amigo A. H. Layard, fragmentos de relieves asirios hoy conservados en la Academia de la Historia. Pocos años después, el segundo nos legó quizás algo más valioso: la imagen de las ruinas asirias visitadas en el curso de su viaje por la región en 1869, recogidas en un relato fascinante y lleno de sutiles observaciones de todo tipo, su Viaje de Ceylán a Damasco, Golfo Pérsico, Mesopotamia, Ruinas de Babilonia, Nínive y Palmira, en 1871 publicado en Madrid, y del que disponemos hoy de una excelente edición moderna4.
La exposición organizada en Alicante era, por así decirlo, una muestra “llave en mano”. Tenía que ser así pues, sin tradición en Oriente, los museos españoles no habrían podido llenar una sala con colecciones asirias ligadas a nuestro patrimonio. Pero la integración en ella de las referencias precisas a las personas de nuestros viajeros a Oriente, y en especial de estos dos prototipos singulares, como Antonio López Córdoba y Adolfo Rivadeneyra, habría permitido que los visitantes supieran de sus aventuras y aportaciones en el mejor marco: una magna colección sobre Asiria en España. En la sección que J. E. Curtis y J. E. Reade dedicaron a los descubrimientos británicos, dotada con libros, acuarelas, dibujos y dos magníficos retratos al óleo -uno A. H. Layard y otro de su esposa, pintado éste en 1870 y en Madrid, por nuestro Vicente Palmaroli-, los dos españoles habrían recuperado el puesto que merecen en la historia y en nuestra estima. Pero en todo caso, la exposición de Alicante ha marcado un hito en España. Que ella nos sirva como estímulo para recuperar la historia de las aventuras más dignas de nuestro siglo XIX.
Para saber más:
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1.- | J. E. Curtis, J. Read Arte e Imperio. Tesoros asirios del British Museum MARQ-Museo Arqueológico de Alicante, Alicante 2007 |
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2.- | Políptico distribuido entre los visitantes de la exposición en el Museo Arqueológico de Alicante. |
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3.- | J. Mª Córdoba, Mª C. Pérez Díe “La aventura arqueológica española en Oriente. Nacimiento y desarrollo de una ciencia nueva” En J. Mª Córdoba y Mª C. Pérez Díe (Eds.) La arqueología española en Oriente Ministerio de Cultura, Madrid 2006 160 pp. Vid. pp. 11-24. |
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4.- | Adolfo Rivadeneyra Viaje de Ceilán a Damasco Edición de Fernando Escribano Miraguano Ediciones, Madrid 2006 334 pp. |
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Comentarios
La realidad es, que existe un monopolio de la cultura material asiria, y de Oriente en general, en ciertos países europeos, que por circunstancias de la historia tuvieron la posibilidad de trabajar en Oriente de manera directa, y a su vez llevarse con ellos numerosas muestras de valor, dándoles la oportunidad de poseer, en sus propios países, parte de una cultura tan rica como es la de Oriente.
Pero estos hechos históricos no deberían limitar la posibilidad de conocer culturas como la asiria, por aquellos países, que como España, no tuvieron, en su momento, un contacto tan directo con Oriente, y por ellos carecen de una tradición en Oriente.
Por esta razón, este tipo de exposiciones pueden ser realmente interesantes como instrumentos de acercamiento a la sociedad, tanto para aquellos que ya poseen un conocimiento previo, mayor o menor, como para aquellos que se adentran en ella por primera vez.





“Una exposición como cura a los tópicos”
El artículo tiene gran valor en la medida de que nos imforma de un evento de importancia a la hora de, por un lado, llenar el hueco dejado por la ignorancia sobre el legado cultural asirio en particular y próximo oriental en general (eclipsado siempre por la cansina fascinación sobre Egipto), y por otro, poner en nuestro conocimiento la existencia de una representación española en aquel mundo de descubrimientos cracterizado por un influjo propio de novela que supone el siglo XIX.
Por otro lado, el conocimiento de la realidad del legado asirio nos permitirá un acercamiento a esta cultura fuera de tópicos y del sesgo que supone esa visión orientalista que cubre de un manto irreal el conocimiento sobre esta disciplina.