EL MERCADO DE LAS IDEAS (1)
“Mercado” es una palabra que no deja a nadie indiferente. Personificación del mal radical para algunos, solución de todos los problemas para otros. Cuando hablamos de las relaciones de la ciencia con el mercado, la cosa se pone aún más caliente. Pues bien, ahora no sólo vamos a discutir si la ciencia está “demasiado contaminada” o “demasiado poco fertilizada” por el mercado, sino algo incluso más radical: ¿es la ciencia misma un mercado?
Naturalmente, la respuesta es “no”. La ciencia no es un mercado: si consideramos que el mercado es un sistema de interacción social cuyos elementos mínimos (sus “átomos”) son cada unade las acciones de compraventa de bienes o servicios, resulta obvio quelos “átomos” principales del sistema de interacción social en el queconsiste la ciencia no consisten en “comprar” o “vender” nada. Desdeluego, hay que comprar muchas cosas para llegar a hacer buena ciencia:hay que equipar laboratorios, contratar investigadores, pagar el recibodel teléfono, satisfacer los royalties empleados, etcétera,etcétera; de la misma manera, antes de poner un producto en el mercadoa disposición de los clientes, la empresa que lo produce ha tenido quecomprar materias primas, pagar salarios, instalar fábricas, transportarbienes de un lado para otro, pagar impuestos, y mil cosas así. Pero ladiferencia esencial entre lo que hace una empresa con losbienes y servicios que ha producido gracias a todos esos recursos, y loque hace un “agente científico” con lo que ha producido con los suyos,es que la empresa pone en el mercado su producción, es decir, el producto final, un bien o un servicio, está destinado a ser vendido, mientras que el “productor científico” suele regalarsus productos finales: no los vende, sino que los publica –en generalsin recibir ninguna compensación monetaria a cambio– en alguna revistaespecializada, o en un congreso, para que otros “productores” loconozcan y lo puedan utilizar libremente.
Yaveo delante de mí las numerosas manos que empiezan a protestar,burlándose en muchos casos de la supuesta ingenuidad que transpira elpárrafo anterior. “¡Pero si la ciencia de hoy en día está dirigidabásicamente a conseguir resultados comercializables, o sea, a conseguir patentes!”,se me dirá, y soy del todo consciente de que ello es así. Cualquieraque haya echado un vistazo a la biografía de la recién nombradaministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmedia, tendrá esto en lacabeza a estas alturas. Pero no hay que olvidar que, por cada patenteque se solicita (unos dos millones al año en todo el mundo) hay muchosmás artículos que se publican gratis et amore. Además, en lamayoría de las disciplinas científicas, es rarísimo el que se produzcanresultados patentables, lo que no quiere decir que algunos productos deesas disciplinas no se puedan comercializar con provecho, aunque no el“producto científico final” propiamente dicho, es decir, el artículo (“paper”)y las ideas y datos nuevos que contiene. Otras manos insistirán en quetambién los artículos, o las revistas que los incluyen, o (no digamos)los libros, son mercancías que se compran y venden, y este mercadoeditorial es, con toda seguridad, un auténtico mercado. Pero el producto como tal de la investigación científica no es tanto la revista o el libro (estos son más bien “envoltorios”), sino la información que hay en ellos: en el caso de una patente, hay que pagar por utilizar la información revelada por la patente, no por accedera ella (o no necesariamente), mientras que en el caso de una revista,una vez que uno (o su biblioteca) ha pagado la suscripción, no haylímites para el uso que puedas hacer del “contenido epistémico” de susartículos.
No es inimaginable un futuro en el que toda la nueva información científico-tecnológica que se p
rodujerafuese “de pago”, es decir, patentables: lo único que haría falta seríaun sistema de control lo bastante efectivo como para averiguar quién haempleado cada “descubrimiento” en su propia actividad investigadora oindustrial. De hecho, a mí me han caído buenas broncas por imaginarme (¡que no proponer!) un sistema así (en mi libro Ciencia pública – ciencia privada). Pero el caso es que la ciencia actual, y no digamos la del pasado, aún está dominada cuantitativamente por la práctica de los descubrimientos regalados, si bien es cierto que la financiaciónde la investigación científica procede, en cada vez mayor medida, delos ingresos que las propias instituciones investigadoras (públicas oprivadas) obtienen gracias a las patentes de aquellos descubrimientos que no regalan.
Pero, dicho esto (que la ciencia no esun mercado, aunque está relacionada intensa e intrínseca mente conmuchos de ellos), hay que decir también que, por supuesto, la ciencia sí que es un mercado. La paradoja es posible porque, como todo economista sabe bien, la verdad es que el propio mercado tampoco es un mercado. Me explico: el conjunto de realidadessociales a las que nos referimos con la expresión “el mercado” estánmuy lejos de formar un conjunto homogéneo, pues los procesos deintercambio concretos son muy diferentes unos de otros. Además, lo que tenemos en la cabeza (nuestro “concepto” de mercado) son realmente diferentes modelosespecíficos de mercado (el mercado de competencia perfecta, elmonopolio, y todos aquellos modelos abstractos que los economistas sededican a desarrollar), ninguno de los cuales suele encajar exactamente con ninguno de los merca
dos“reales”. Es decir, para entender los mercados (reales) como mercados(modelos abstractos), es necesario “forzar” en cierta medida losprimeros para que encajen en las categorías que definen a los segundos.O sea, que la interpretación de una realidad social como “un mercado”es siempre hastsa cierto punto metafórica. Entender la cienciacomo un mercado no implica tal vez, por lo tanto, nada más que extenderel alcance de la metáfora un poquito más: “vamos a ver qué cosasinteresantes podemos decir sobre la investigación científica si laintentamos entender como si fuera un mercado”. Para ello, loque tendremos que hacer es lo que hacemos con el resto de los mercados(desde el mercado de letras del tesoro, al mercado negro de armamentos,pasando por el mercado de abastos de mi barrio): ajustar nuestrascategorías mentales para que encajen con los hechos que deseamosanalizar.
Este análisis nos permitirá hacer fundamentalmente dos cosas: por una parte, arrojará alguna luz (o barro) sobre las interaccionesen las que en el fondo consiste la actividad social que llamamos“investigación científica” (sección 2), y por otra parte, nos ayudará aenfrentarnos con armas conceptuales más poderosas a la crecienterealidad social de la “mercantilización” de la ciencia (sección 3).
(CONTINUARÁ)
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Y puede ser interesante ver el concepto de copyleft aplicado a la investigación, en referencia a lo que planteabas de patentes.
Espero que el enlace pueda ser útil.
http://biology.plosjournals.org/perlserv/?request=get-document&doi=10.1371/journal.pbio.0050058