The Case for Making Small U.S. Manufacturers a Priority


http://www.businessweek.com/articles/2013-04-09/the-case-for-making-small-u-dot-s-dot-manufacturers-a-priority

Primero hay que leer el artículo, porque muestra que la preocupación por las empresas más débiles, las PyMEs, y sin embargo tan importantes como las grandes corporaciones, es algo que se da en todo el mundo.

es evidente por ello, que en todas partes cuecen habas. En unos sitios, sin embargo, son habitas, que hay que aderezar con jamón; en otros, son judiones de La Granja, todo depende del entorno en el que se comparen. En cualquier caso, hay preocupación por la industria, y más exactamente por la manufacturera. Hay enorme preocupación por el tamaño de las empresas, ya que tienen dificultades para financiarse, innovar, exportar e internacionalizarse, y todo esto en EE.UU., donde nos parecería que son todas grandes. Bueno, no es así pero casi si lo comparamos con España.

En fin, como en casi todas partes. Hay una frase al final que me parece relevante: “Executives at larger companies should be invested in small manufacturing’s success, since their own success often depends on them”. Coincide en gran medida con la propuesta de Louis Gallois, en su informe sobre la competitividad en Francia, en el que señala que debe existir una mayor cooperación entre las grandes corporaciones y las PyMEs, y de be existir, por parte de las grandes, una mayor “solidaridad” con las pequeñas y medianas, sin las cuales no podrán seguir siendo grandes.

Habrá que hablar del Informe Gallois sobre la competitividad en Francia. Vaya informe importante

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La Ciencia de los Inversores


Hace unos días en “El Faro de Vigo”, (http://www.farodevigo.es/opinion/2010/09/25/galicia-ciencia-rey-midas/475772.html) del 25 de septiembre, leía un artículo publicado por un Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Santiago de Compostela. El título ya era preocupante porque “La Ciencia del Rey Midas” parece hacer referencia al mito, frente a lo que entiendo por Ciencia, la capacidad para comprender las leyes que rigen la naturaleza y poder aplicar esta comprensión.

Como siempre, los caminos hacia este objetivo de comprensión son desconocidos; muchos de ellos no llevan a ninguna parte y otros no son tan buenos como esperaríamos, pero eso no depende de la ciencia, sino de nuestra capacidad para plantear el problema de forma adecuada y darle la solución más fehaciente.

En fin, leí el artículo y sinceramente me causa que desde la Universidad se transmita esta idea. Solo comentaré algunos aspectos del artículo porque si entramos en otros, nos meteremos en la historia de la España  académica e industrial y su presente competitivo. No es tema ahora, pero es quizá el más importante si queremos que algún día cambie.

Para empezar, el artículo parece poner en duda que la economía actual se base en el conocimiento. Desde luego, el uso de la Ciencia y la Tecnología no evita el trabajo y mucho menos el del capital. Y no me sorprende tanto por la duda sobre la economía actual como por la duda sobre la economía a lo largo de la Historia. La economía, desde la metalurgia, la agricultura o la navegación con ballestilla, siempre se ha basado en el conocimiento.

Un conocimiento empírico, sin duda, y no es sino hasta, pongamos que Galileo que experimenta para demostrar, cuando la Ciencia da respuestas, permite comprender y hace avanzar la tecnología y con ella la economía.

Esa, creo, es la Ciencia triunfante: la comprensión del fenómeno hasta tal punto que permite predecir y aplicar soluciones. He de suponer que el Catedrático de Historia Antigua de una Universidad con más de 500 años de historia, no ha escrito sobre pergamino con pluma de ganso. Desde luego, y si así fuese, a mi me ha llegado su pensamiento en formato digital. Física cuántica y aplicación de la física cuántica a la escritura y transmisión del conocimiento.

El conocimiento que tenía el Beato de Liébana sobre el Apocalipsis fue transmitido, claro,  aunque sobre pergamino y escrito a mano con plumillas y demás enseres necesarios. Con paciencia y una hermosura que nos asombra aplicaba la tecnología de su tiempo.

Yo creo que la discusión sobre si la economía se basa o no sobre el conocimiento está obsoleta. No sigo. Que la Ciencia tiene mucho que ver con la economía tampoco me parece un tema de discusión. La economía ha ido acompañada siempre por nuevos conocimientos científicos y/o tecnológicos y en los últimos dos siglos y medio el avance ha sido absolutamente espectacular en su incremento. Yo todavía recuerdo los teléfonos de bakelita y la solicitud de una conferencia, por poner un solo ejemplo. Hoy hablo con Chile desde cualquier lugar, a la hora que quiera, siempre que no despierte a mi interlocutor. Esto es Ciencia triunfante.

Estoy convencido de que quien escribe el artículo ya casi no maneja originales de los manuscritos, sino reproducciones digitalizadas, que intercambia con colegas en cualquier lugar del mundo de manera casi instantánea. Esto también es Ciencia triunfante, por supuesto compuesta de pequeños trocitos de Ciencia, a veces aparentemente sin sentido, pero que dan soporte al entendimiento global.

Para hacer Ciencia es no solo necesario, sino imprescindible, invertir en Ciencia. Cuando hablo de inversión, hablo de rentabilidad, pero no se me pongan nerviosos: la rentabilidad podemos medirla de muchas formas: desde la rentabilidad por el conocimiento que genera, quizá ahora sin aplicación, o para la pura comprensión de nuestra historia y nuestro yo individuales o colectivos, hasta la rentabilidad en bolsa porque la empresa, la universidad o el catedrático ha solicitado una patente con la que abordar el mercado.

La inversión en Ciencia ha de ser rentable la haga el Estado o la haga la empresa. La mediremos de diferente manera, pero ha de ser rentable porque en caso contrario no sería inversión. Habría que titularla de aportación a fondo perdido, regalo, donación sin retorno…. Cualquier cosa menos inversión y no creo que ninguna de las instituciones esté para regalar dinero, menos si es público.

Dice el Catedrático de Historia Antigua que la crisis económica no ha podido ser frenada por la inversión en Ciencia. Me pregunto qué tendrán que ver los mercados y quizá la avaricia humana con la Ciencia. Desde mi modesto punto de vista, absolutamente nada. Y desde luego, bien consciente soy de que la economía española se ha apoyado (y sigue) en exceso sobre la generación de escaso valor añadido. Quizá a ello hemos contribuido todos.

De lo que no me cabe ninguna duda, tampoco a ningún organismo internacional dedicado a estos asuntos, es que la inversión en Ciencia hace más ricos a los países. La inversión la hace la sociedad en su conjunto, bien a través del Estado vía impuestos, bien a través de la inversión empresarial.

Ambos están tan íntimamente relacionados que la Ciencia financiada por los Estados tiene oficinas para trasladar a la sociedad el conocimiento científico derivado de su inversión en investigación científica a través sus instituciones y los estados e instituciones compran tecnología desarrollada por las empresas.

La ya casi olvidada Estrategia de Lisboa de 2000, formulada por la Unión Europea, fijaba que Europa debería ser un área esencialmente volcada en la generación de conocimiento, financiado en un tercio por el Estado y en dos tercios las empresas (y no olvidemos que una parte sustancial del presupuesto del Estado está financiado por las empresas)

Sin duda una buena gestión de la investigación, y da igual que sea en Historia Antigua que la desarrollada en el LHC (el enorme acelerador de partículas europeo), en antropología o en nanotecnología es cosa  de todos: de los científicos, de los universitarios, de los administradores públicos y de las empresas.

Las empresas, si han son las que han de hacer la inversión, y esto es muy deseable, se encargarán de que sea rentable: su cuenta de resultados, sus accionistas así se lo van a exigir. No estoy tan seguro de que eso se haga siempre con la financiación pública de LA I+D, ya sea esta pública o privada.

Decía un científico-profesor-empresario norteamericano de la Universidad de Stanford (algo bastante común por otra parte en esas latitudes) que “el mundo de la ciencia acepta menos el riesgo que el empresarial”. Viene a decir que si un empresario fracasa en su inversión, empezará de nuevo y se le llama para saber qué ha fallado, que tan importante es saber qué hacer como qué no hacer. Si un académico falla en los planteamientos científicos que hace, que se vaya olvidando de la financiación. Allí es altamente competitiva porque los recursos, a pesar de su dimensión, son limitados.

Y en Estados Unidos hay efectivamente una importantísima financiación por parte de las empresas, algo que aquí desgraciadamente estamos lejos de alcanzar. Pero también las empresas compiten encarnizadamente por los recursos del Estado, enormes, dedicados a investigación en todas áreas de conocimiento.

Se cita en el artículo de Faro de Vigo que “afirmar que como las empresas punteras generan investigación, consecuentemente la investigación genera empresas es una falacia basada en la confusión entre causa y consecuencia”. Doy dos ejemplos para la meditación sobre la inversión en Ciencia en, por ejemplo,  Estados Unidos y que creo que dan respuesta a la afirmación anterior.

Research- and technology-intensive universities, especially via their entrepreneurial spinoffs, have a dramatic impact on the economies of the United States […]. A new report on just one such university, the Massachusetts Institute of Technology, indicates conservatively that, if the active companies founded by MIT graduates formed an independent nation, their revenues would make that nation at least the seventeenth-largest economy in the world. A less conservative direct extrapolation of the underlying survey data boosts the numbers to 25,800 currently active companies founded by MIT alumni that employ about 3.3 million people and generate annual world sales of $2 trillion, producing the equivalent of the eleventh-largest economy in the world (“Entrepreneurial Impact: the role of MIT”. www.kauffman.org/uploadedFiles/MIT_impact_brief_021709.pdf

Otro, con la filosofía de lo que ha de ser la inversión en ciencia.

Stanford University’s spirit of innovation and entrepreneurship has always played an important role in the university’s history. Our faculty and students are immersed in entrepreneurship as well as its natural extensions to industry.

Research and teaching at Stanford are synergistic: research intimately intertwines the professor with his or her subject material; teaching sharpens and broadens students’ minds as their research approaches. The result of this dynamic is that research funding bears fruit in the lab and its benefits spill over to the classroom. Research drives innovation and empowers education.

The entrepreneur then benefits from a research-driven university through a myriad of ways: direct research, classroom lessons, discussions with faculty, the cross-fertilization of ideas from different disciplines, and even the entrepreneurial spirit of Stanford.

In the last several decades, over 4,668 companies were founded by 4,232 members of the Stanford University community. That figure includes grads as well as non-grads and faculty. (See methodology page for further details).

Companies such as Cisco Systems, Google, Hewlett-Packard, Sun Microsystems and Yahoo! saw their technical beginnings here and their commercial prosperity in nearby Silicon Valley. Understanding these successes, codifying that knowledge and disseminating it to future generations of entrepreneurs is an opportunity and an obligation that we must seize. (Stanford University, www.stanford.edu/group/wellspring/)

Yo recomendaría unas lecturas sobre el desarrollo de la industria occidental (y me refiero a Europa y Estados Unidos fundamentalmente) a partir de la segunda mitad del Siglo XVIII, basada en el desarrollo de la ciencia básica y de cuya comprensión y resultados surge la industria que hoy nos permite tener la vida que tiene Occidente.

Yo creo que no es necesario seguir insistiendo en este asunto. La ciencia, se haga donde se haga, habrá de hacerse bien, lo que implica universidades y empresas competitivas, que gestionen bien los recursos, siempre escasos. Ello implica, inevitablemente, una relación de “negocio” entre el mundo académico y el empresarial.

Sé que hablar de negocio en el mundo universitario o de la investigación es un anatema cuando se escribe desde el mundo de la empresa. Pero yo también creo que las universidades saben, unas mejor que otras, que la investigación es un negocio: aplicar recursos para obtener algo, “aunque solo sea conocimiento sobre el Beato de Liébana” nuevo y de calidad.

Las Universidades saben que esto es así, que tienen que ser más mucho más competitivas, como desde el mundo empresarial español sabemos que tiene que haber más empresas interesadas en la ciencia y la tecnología y que tomen esta inversión como tal: rentable y por ello bien planificada, con objetivos claros y con la aplicación de los recursos necesarios en tiempo y forma. Por cierto, vía fundamental, aunque no la única, para ser más competitivas.

Lo sabemos las dos partes, pero como decía Mariano José de Larra, “es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas“.

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Sobre el Plan ADO para la Competitividad


A raíz de la publicación de unas reflexiones que hice el pasado mes de julio, sin duda arriesgadas, sobre la posibilidad de crear y desarrollar un Plan ADO para la Competitividad empresarial en España, he recibido una serie de comentarios, sugerencias, reflexiones y algunas aportaciones, sin duda todas ellas de interés y que he agradecer.

Una de las aportaciones la hacen Pera Escorsa y Ramón Maspons, en su libro “Objetivo: medallas olímpicas” (Alianza Editorial, 1996) y que agradezco enormemente porque llevan a cabo un análisis en profundidad de la gestación y gestión de un plan complejo, pero que demuestra que si se estructuran las ideas y se consigue aunar ideas, esfuerzos e ilusión, finalmente se logran los objetivos.

Me ha resultado de enorme interés asimismo, la aportación que me remite un lector y que por su interés transcribo sin hacer comentario alguno. El sentido común que destila indica su larga experiencia vital y yo solo puedo alegrarme de que nuestras ideas le hayan suscitado el escribir estos párrafos compartiéndolos con nosotros. Ahí van sus reflexiones

Los antiguos griegos concedieron a los atletas más famosos, que habían alcanzado la victoria en los juegos Olímpicos, Piticos, Istmicos e Inemeos, unos honores tan extraordinarios que, no sólo recibían los aplausos del público en los escenarios cuando se levantaban con su palma y su corona, sino que, al volver victoriosos a sus propios países, eran conducidos como triunfadores en una cuadriga hasta las calles de sus ciudades de origen y además estaban exentos de pagar ciertos impuestos durante toda su vida, como premio acordado por el Estado.

Al recapacitar ahora sobre estas costumbres, no deja de admirarme que no concedan honores similares, o aún mayores, a los hombres de ciencia y escritores que aportan innumerables beneficios a todos los pueblos y a lo largo de los tiempos. Ciertamente, sería mucho mejor establecer esta costumbre, pues los atletas consiguen fortalecer simplemente sus músculos, mediante sus entrenamientos, pero los escritores no sólo perfeccionan su propia inteligencia sino también la de todos los hombres y con la información de sus libros, fijan unas normas instructivas para alentar el talento y el ingenio de todos los hombres.

¿Qué utilidad ha proporcionado a la humanidad el hecho de que Milón de Crotona resultara invicto en todas sus competiciones?, ¿qué provecho han prestado otros muchos vencedores, si no es el de disfrutar de la fama entre sus conciudadanos mientras vivieron?

Pero, las enseñanzas de Pitágoras, Demócrito, Platón, Aristóteles y de otros muchos pensadores, elaboradas día a día gracias a su incesante trabajo, han dado unos frutos nuevos y espléndidos tanto a sus propios conciudadanos como a todo el mundo.

Quienes han degustado sus abundantes enseñanzas desde la infancia, poseen una inmejorable sensibilidad intelectiva, establecen unas costumbres dignas y civilizadas en las ciudades, un cuerpo de derechos justos y unas leyes sin las que la ciudad no puede mantenerse a salvo. Puesto que de la sabiduría de los hombres de ciencia han emanado tan importantes beneficios para todos, tanto individual como colectivamente, en mi opinión deben concedérseles palmas y coronas y, además, se les debe tributar los honores del triunfo, juzgándoles dignos moradores de las mansiones de los dioses.

                                                 Atentamente,

                                                 Vitruvio. De Arquitectura. Libro IX (ca.23-27 a.d.C)

No sabe el amable lector lo que me asombra que nada haya cambiado en los 2.017 años que lleva vividos. Pero sobre todo, me asombra más si cabe, el sentido común que le hace sorprenderse ante lo que describe y que nada tiene que ver con la tecnología, la innovación, la economía…. Subyace a todas.

Gracias de Nuevo, Sr. Vitruvio.

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Competitividad y estrategia en las empresas familiares


Competitividad y estrategia en las empresas familiares.

La formación como aspecto clave en su desarrollo

 “España pierde competitividad”, “El deterioro económico y laboral resta competitividad a España”… titulares de diferentes diarios generalistas y económicos del 9 de septiembre de 2009.  Había muchos más y todos del mismo tenor.

En aquellas fechas, septiembre de 2009, el ranking de competitividad del World Economic Forum (WEF), situaba a España en el puesto 33. Un año más tarde, leemos en las mismas fuentes que España ha caído hasta el puesto 42, nueve posiciones que nos sitúan en los últimos puestos de una lista que ya no puede ampliarse mucho más porque fuera de ella la competitividad no existe (http://www.weforum.org/en/initiatives/gcp/Global%20Competitiveness%20Report/index.htm).

Los análisis sobre las causas de esta caída siguen siendo esencialmente los mismos y entre ellos destaca claramente la falta de formación tanto en el periodo formativo como posteriormente en la etapa empresarial. En Madrid ya me lo había dicho un respetado presidente de una de las grandes asociaciones sectoriales: las empresas son pequeñas y tienen los empresarios enormes carencias de formación empresarial.

Evidentemente esto tiene mucho que ver no solo con la cultura empresarial española, que tiene uno de sus más claros reflejos en la predominancia abrumadora de las micropymes, tan pequeñas que apenas tienen capacidad para formar a sus gestores y empleados y menos para contratar personal cualificado.

Escribí sobre ello en un post en Abril de 2007. En cualquier caso, apenas si hice mención al hecho de que el número de empleados en medianas empresas, con entre 50 y 250 empleados es muy similar en España y el resto de los grandes países industrializados europeos.

La inmensa mayoría de estas empresas son empresas familiares, creadas hace 40, 50 años, gestionadas por la segunda generación y comenzando la tercera a involucrarse en el día a día, pero siempre con el peso de la “experiencia” de los fundadores.

Entrecomillo “experiencia” no con ánimo peyorativo ni mucho menos. Es difícil, muy difícil, crear una empresa, ponerla en el mercado, mantenerse durante todos estos años y dejarla a la siguiente generación. Es un mérito que apenas se reconoce y que, sin embargo es fundamental porque es el que crea los tejidos empresariales en todos los países.

La experiencia es esencial, pero el traspaso y la cesión de responsabilidades están llenos de dificultades. El mundo empresarial cambia, se amplía y se compite con todo el mundo stricto sensu; la tecnología transforma a las empresas y la manera de gestionarlas y las personalidades, la formación y las ambiciones son diferentes. Quizá la segunda generación tenga menos experiencia (recoge una empresa que tiene ya su historia), pero más conocimientos.

En cualquier caso, la gestión de una empresa en una economía tan cambiante y en un escenario confuso y de crisis, es todo un reto. Si, además, la empresa es familiar y está en proceso de traspaso de competencias, el proceso se complica, ya que no solo intervienen cuestiones técnicas, de conocimiento, tecnológicas, de mercado… ya importantísimas de por sí. Intervienen en el cambio, además, aspectos emocionales que, sin darnos cuenta, se “cuelan” en la toma de decisiones, complicando más, si cabe, la gestión del cambio.

Hasta ahora, se ha ido tirando con el “Protocolo Familiar”: un documento que dice qué se hará cuando el fundador no esté al frente de la gestión o inicie su retirada. Se trata de armar un procedimiento, un protocolo de actuaciones que permitan el aterrizaje suave de los nuevos gestores.

En cualquier caso pocos protocolos familiares  tienen en cuenta los aspectos emocionales, éticos y de responsabilidad: la inmensa mayoría de ellos son documentos jurídicos y, por ello, alejados de estos aspectos.

He tenido la suerte de trabajar con José Ramón Sanz Pinedo, Presidente de la Comisión de Innovación y Nuevas Tecnologías de CEIM y de la Cámara de Comercio durante ocho años. José Ramón ha sido la segunda generación de la empresa familiar y como presidente se enfrenta al reto de hacerla más competitiva, global e innovadora. La transforma en multinacional.

Ahora pasan las responsabilidades, compartidas, a la tercera generación. Y digo compartidas porque su objetivo ha sido que a la nueva estructura de toma de decisiones se llegue a través de un proceso continuo, que va desde la formación hasta una cada vez mayor capacidad de decisión y siempre guiado por el compromiso, la lealtad y el objetivo común de dar continuidad.

Todo este proceso podría ser una casualidad, un caso aislado, quizá una rareza. Pero no. José Ramón Sanz no hace las cosas sin una estrategia claramente definida en la que cada uno sabe en cada momento qué ha de hacer y una permanente comunicación para adaptarse al inevitable cambio del entorno, lo que permite adaptar la estrategia sin variar los objetivos.

Y todo esto se puede enseñar. José Ramón Sanz es un entusiasta de comunicar a los demás lo que ha aprendido, compartirlo y aprovechar el conocimiento de los demás para mejorar el suyo propio. Esto es lo que va a hacer en el MBA de Dirección de la Mediana Empresa que próximamente va a dar comienzo en la Escuela de Organización Industrial.

Me cuelgo una medallita. Cuando el Presidente AEDHE, Jesús Martín, preocupado por la situación del tejido empresarial del Henares, compuesto fundamentalmente de empresas familiares, le propone al Director de la EOI un MBA en este tema tan específico, Alfonso González me pregunta quién podría hacerlo y no dudo: José Ramón Sanz.

El MBA de Dirección de la mediana Empresa (www.eoi.es/portal/guest/curso/166//) de la EOI tiene como objetivo fundamental formar a los participantes (con responsabilidades en su empresa y más de 5 años de experiencia) a desarrollar una visión empresarial estratégica, que además de dotarles de habilidades directivas para gestionar con éxito su empresa, les ayude a desarrollar el espíritu emprendedor, y fomentar la ética empresarial y una mentalidad abierta al cambio y a la innovación.

No es poco y este post lo escribo porque sé con seguridad que va a ser de enorme utilidad para aquellos que lo sigan. Los objetivos y el programa que plantea el MBA se derivan de la larga y exitosa experiencia profesional de José Ramón Sanz y de la capacidad de la EOI para poner a disposición de los asistentes los conocimientos y herramientas de gestión.

Por la experiencia de José Ramón Sanz en la gestión del cambio en empresas familiares, en las que como decía antes, se cuelan aspectos que van más allá de los puramente técnicos, el MBA incluye un módulo específico en el que se analizan las interacciones entre empresa, familia y patrimonio.

AEDHE va a participar de forma activa en el desarrollo del MBA. Como no podía ser de otra manera, la Asociación de una de las mayores concentraciones industriales de España está altamente comprometida con sus afiliados y, en estos momentos, muy preocupada con la situación de su tejido empresarial.

A los efectos de la crisis (falta de financiación, retracción de la economía, desconcierto en la toma de decisiones, mercado de trabajo complejo, entre otros), se une un serio proceso de deslocalización de grandes empresas, a las que aportan productos y servicios las medianas empresas a las que se dirige este MBA. Por lo tanto, AEDHE estará presente no solo fomentando la participación de sus empresarios sino aportando directivos que compartan experiencias con los asistentes.

Es este sin duda uno de los aspectos más innovadores: el compartir casos reales entre empresarios (que en muchos casos van a actuar como “profesores”), planteando problemas a los que cada uno, desde su propia experiencia y circuntancia, da una solución, enriqueciendo enormemente la posible solución. No en vano, será obligatoria la presentación de un Plan de Negocio realista y sujeto al análisis, críticas y aportaciones de los profesores.

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¿Un Plan ADO para la Competitividad?


En este supermes de Julio de 2010, glorioso para el deporte español, le preguntaban en una entrevista de televisión al Secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky, tras el tercer triunfo en Tour de Alberto Contador, sobre cuál era el secreto de esta explosión de nuestros deportistas en disciplinas tan dispares como el fútbol, la Fórmula 1, el Baloncesto o el tenis por citar algunos de ellos.

Me quedó grabada la respuesta de Lissavetzky. Vino a decir que no hay secreto, ni casualidades. Esto es el resultADO del Plan ADO (Asociación de Deportes Olímpicos).

El Plan ADO se puso en marcha 1988, ante los pobres resultados obtenidos por los deportistas olímpicos españoles a lo largo de la historia. Ante el reto de organizar los Juegos de Barcelona en 1992, se crea la Asociación de Deportes Olímpicos, sin ánimo de lucro, con el objetivo de  “promover y desarrollar la práctica de la alta competición de los deportes incluidos en los programas olímpicos”. Los resultados de Barcelona ’92 atestiguan que es válida la experiencia

Si lo comparamos con la evolución de la productividad de las empresas españolas, y siempre hablaré en términos globales, y con la competitividad de nuestra economía, podríamos decir que esta situación se asemeja a nuestros resultados olímpicos: grandes expectativas, buenos deseos y pocas medallas.

La comparación se hace más clara si consideramos los destellos producidos por “milagros” como los de  Paco Fernández Ochoa, Severiano Ballesteros o Manolo Santana, que parecen surgidos de la nada. También hay empresas españolas formidables, pero no dan lugar a un Supermes de Julio de la competitividad de España. Tenemos a Inditex, y a Telefónica, Indra y otras cuantas. No más de 12.000, dice COTEC y lo confirman las estadísticas, nacionales e internacionales.

El Plan ADO, en primer lugar, y creo que es de ahí de donde viene su éxito, pensó a largo plazo y eso es importante en nuestro país. Cada uno de los sucesivos Juegos Olímpicos desde Seúl en 1988 (Barcelona, Atlanta, Sídney, Atenas, Pekín y los próximos de Londres en 2012) representa en sí mismo un hito, al que hay que llegar con unos objetivos cumplidos en cuanto a la selección, formación y apoyo a los deportistas, cubriendo en cada hito más disciplinas deportivas y mejor ranking en el medallero.  La competición, más tarde, hará la selección final, pero antes hay que hacer los deberes.

El Plan ADO selecciona promesas, deportistas que apuntan excelentes maneras, que tienen, tras una exhaustiva selección previa, capacidades, aptitudes y actitudes de ganadores. Pero no solo eso es suficiente. Estas condiciones se dan por supuestas, como en la mili el valor. Ahora toca formarlos, entrenarlos, reforzar esas capacidades innatas para que finalmente opten a ser ganadores.

Es evidente que todo esto requiere una gran planificación, creernos que no somos diferentes y convencernos de que si no habíamos conseguido medallas hasta entonces era porque no habíamos puesto los medios, no porque no fuésemos igual de capaces.

El Plan ADO obtiene recursos de los Presupuestos Generales del Estado, pero, y sobre todo, del patrocinio empresarial, que ve en este patrocinio prestigio, que asimila los valores del esfuerzo y del  espíritu competitivo y de superación a sus propios valores empresariales. En definitiva, significa que el deporte tiene prestigio social, y no hablo solo del fútbol: el deportista es esforzado, consistente, persistente, leal con su equipo y capaz de sufrir para lograr los objetivos sin trampas. Cuando las hay, se los  castiga sin misericordia.

Cuando estaba escuchando al Secretario de Estado para el Deporte, me preguntaba si no se podría hacer esto con las empresas: un Plan ADO para la Competitividad, en el que se eligen empresas, se las entrena, se les da cobertura, se les otorga prestigio social, y se las apoya para que ganen medallas.

Esto no se puede hacer con 10 empresas, como no se hace con 10 deportistas. Hay que tener un número suficiente, y  bien seleccionado, que compense el fracaso, algo implícito tanto en el deporte como en la empresa.

Tampoco se puede hacer con alevines. A los alevines y juveniles se los trabaja, se los sigue y se los entrena en los clubes, unos más dedicados y con mejores, que no siempre significa más, recursos.

Creo asimismo que no sería conveniente centrarse solo en los sectores “emergentes” o de alta tecnología. Estos, evidentemente, son esenciales para ganar en competitividad y tienen en gran medida sus propias reglas. Creo que son los sectores mal llamados “tradicionales” los que nos han de sacar del estancamiento en el que se halla nuestra competitividad. He hablado sobre ello en alguno de los artículos anteriores y creo que es necesario reforzar, consolidar y acrecer las mejores empresas de estos sectores para que compitan en condiciones de conseguir podio.

Las empresas deberían tener un tratamiento similar al de los deportistas. Han de tener un recorrido, una historia tutelada y conocida, contrastable y evaluable (como en los campeonatos), en la que se hayan observado sus capacidades, sus habilidades y sus actitudes y aptitudes. A partir de ahí hay que trabajar con ellas, con entrenadores, financieros, expertos en internacionalización, apoyo en la I+D+i, y, sobre todo, en la estrategia empresarial.

Me parece que es éste un tema clave y bastante olvidado, la estrategia empresarial. Da la impresión de que la estrategia, tomada como “(en un proceso regulable), conjunto de las reglas que aseguran una decisión óptima en cada momento”, es cosa de las grandes empresas: se fusionan, compran, se desprenden de áreas de negocio poco rentables, se financian en los mercados de valores, tienen estrategias de I+D+i coherentes con sus estrategias de mercado y éstas se apoyan en las de marketing…. En fin, de alguna manera adoptan las herramientas y los procedimientos que les permiten “tomar decisiones óptimas en cada momento”.

Esto no asegura el éxito, pero el no hacerlo sí garantiza el fracaso. ¿Acaso no podemos lograr que medianas y pequeñas empresas con determinadas características y de diferentes sectores puedan ser seleccionadas, entrenadas y puestas a competir en mercados globales?

Estoy convencido de que se puede hacer. Y al igual que no se entrena igual a un futbolista que a un navegante a vela, cada tipo de empresa requerirá su propio programa, un tiempo diferente y diferentes recursos. Enlaza esto con lo que comentaba en anteriores artículos de este blog: necesitamos un cambio en la estructura de  nuestro sector empresarial y eso podemos lograrlo fortaleciendo empresas, haciéndolas crecer y consolidarse.

Pero necesitamos, como en el Plan ADO, creernos que lo podemos hacer, poner los medios, los recursos y tener fe y paciencia, ser conscientes de que llevará tiempo y, en definitiva, ser constantes.

Pues empecemos. Cada día perdido nos aleja de conseguir una medalla empresarial.

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¿Qué cambio de modelo, qué reforma estructural?


¿Qué cambio de modelo?
La verdad es que he perdido la cuenta de cuándo se inició la discusión sobre la necesidad de realizar un cambio de modelo productivo en España. Creo que hace al menos tres años, en 2007, se empezaron a oír y leer opiniones sobre la necesidad de cambiar nuestro modelo productivo, altamente concentrado en sectores en los que el valor añadido era bajo, la cualificación del personal era igualmente baja y, por ello, el valor añadido era, singularmente bajo comparando con los países de desarrollo similar al nuestro.
Una vez reconocida la crisis que nos afectaba, reconocida sobre todo por la brutalidad del impacto que ha generado en el empleo, a nuestra capacidad productiva y a la productividad española, el cambio de modelo se ha transformado en el mantra que se repite cada vez que avanzamos por la crisis y el horizonte de recuperación sigue igualmente lejano debido a la crisis.
La vía rápida para transformar el modelo, en el contexto de este mantra, parece sencillo: incrementar el gasto “del” I+D+i y hacer una reforma profunda del mercado de trabajo. Con ello, en poco tiempo, estaremos de nuevo a la altura de los indicadores de calidad de nuestro entorno: desempleo, cualificación, productividad, y, por supuesto, creación de empresas innovadoras.
La dificultad parece que reside en materializar el mantra del cambio de modelo. El gasto en I+D+i se ha reducido (vale, se han incrementado los presupuestos en forma de créditos: si a una empresa le cuesta financiar el circulante, financiar la “I” le costará mucho más, como se está demostrando por el nivel de cumplimiento de los programas) y el número de empresas innovadoras no crece; el número de patentes apenas se mueve y las exportaciones de equipos, bienes y servicios de media-alta y alta tecnología no se incrementan de forma significativa.
Sin embargo, parece que la Ley de Economía Sostenible viene a resolver el problema: una miríada de ideas, unas en forma de Planes, otras de Decretos-Leyes, otras simplemente Leyes, como la de Enterramiento Geológico de CO2…. Se discute sobre esta Ley de leyes, que incluye, incluso, a aquellas que según mi parecer deberían englobar e informar la sostenibilidad, como es la de la Ciencia y la Innovación.
Me da que un cambio como el que precisa este modelo productivo no se hace por Decreto-Ley ni por Ley Orgánica. Requiere tiempo, mucho tiempo diría yo; dinero, diría asimismo que mucho; y cultura y reconocimiento del esfuerzo que hay que hacer, asumiendo que no se modificará el objetivo a alcanzar durante el tiempo, mucho, insisto, que haya de durar el esfuerzo y el sacrificio que ello suponga .
Pero llevar a cabo todo esto me parece que requiere una profundísima reforma estructural, reforma que afectaría, y en gran medida en mi opinión, a la estructura del tejido empresarial.

¿Qué reforma estructural?
El 17 de abril de 2007 escribí en este mismo Blog (El tamaño importa en la I+D empresarial) que “en España se da una situación que […] dificulta más el proceso de innovación si utilizamos como referente la dimensión de las empresas (y hay sin duda otros muchos)”. Utilizaba datos de la OCDE que muestran la escasa dimensión de nuestras PyMEs al compararlas con las de los países más potentes económicamente y en términos de I+D (lo que suele ir altamente correlacionado)
Añadía que “si son las grandes empresas las que generan un efecto de arrastre sobre las PyMEs como demandantes de innovación integrada en su cadena de valor, entonces sí tenemos en España un más que considerable déficit, que se pone de manifiesto […] cuando creamos la categoría PyMEs [por el muy limitado número de grandes empresas manufactureras en nuestro tejido empresarial y la dependencia orgánica exterior de la mayoría de las que hay]”.
Esta misma reflexión ha sido expuesta recientemente, con mayor precisión, por el Presidente de COTEC, José Ángel Sánchez Asiaín, en la presentación del Informe COTEC 2009, en el que con gran precisión indica que “el tamaño es un claro determinante de la productividad de las empresas”, y añade que “<> y en <>, la productividad en las empresas de menos de 20 empleados es <> de la productividad que logran <>”.
Compara finalmente, en términos macroeconómicos, lo que esto representa: “En España, las PyMEs dan ocupación al 82% del total de los trabajadores, mientras que en Alemania dan empleo al 60%. Y que esas empresas, las pequeñas, generan en España el 60% del PIB, mientras que en Alemania solo aportan el 46%”.
Creo que es ésta la gran reforma estructural que España ha de llevar a cabo y sin la que las demás, los esfuerzos tendrán, mutatis mutandi, la misma productividad que una fuerza de trabajo empresarial enormemente atomizada, como reflejan las anteriores cifras.
Sin duda no va a ser sencillo, sobre todo si en España seguimos sin definir qué vamos a hacer con nuestras empresas para poder llegar a ser realmente competitivos. Hace unos meses, y en este mismo Blog, me refería a la pasión por la creación de nuevas empresas (Políticas de creación de empresas. ¿Y por qué no consolidar las que ya tenemos?), y un cierto olvido de la consolidación, del crecimiento, de las estrategias de crecer a partir de lo ya consolidado.
Parece que es políticamente más correcto hablar de creación que de consolidación, de nacimiento que de crecimiento, como si solo lo nuevo fuera bueno, moderno, progresista…. Creo que hemos de recapacitar seriamente sobre este tema, porque insisto en que siendo principalmente un asunto de medios o recursos, es, además y sobre todo, cultural, algo más difícil de modificar que los demás aspectos de la actividad empresarial.
Parece claro, y así parece demostrado, que la dimensión de la empresa tiene una clara influencia sobre su capacidad de innovación y sin duda Shumpeter hace una profunda reflexión sobre este asunto.
Una de las hipótesis básicas de Shumpeter indica que son las grandes empresas las que realizan los avances tecnológicos mediante sus actividades en I+D. El economista austriaco pensaba que las PyMEs eran incapaces de llevar a cabo de forma eficiente esta actividad. La constatación es más evidente en el marco de un mismo sector, de forma que las condiciones de competencia y mercados sean similares.
Esto lleva a que uno se interese por la distribución del tamaño de las empresas en los sectores que configuran el PIB y la intensidad de sus actividades en I+D+i. Asumida la anterior hipótesis, explicaría en gran medida la competitividad nacional y/o regional teniendo en cuenta la distribución de empresas por sectores y el tamaño de las mismas en una determinada área geográfica.
De acuerdo a esta hipótesis de Shumpeter, las grandes empresas, que ejercen en cierta medida una actuación monopolística llegando incluso modificar su entorno, actuarían como tractoras del avance tecnológico, debido a la propia estructura del mercado, que ofrece economías de escala que las PYMES no pueden utilizar o lo hacen en mucha menor medida frente a un determinado nivel del riesgo inherente a la I+D+i: gestión, financiero, regulatorio, contratación, mercado…
Si seguimos este razonamiento, las PyMEs tendrían una menor propensión a realizar proyectos de I+D por encima de ese determinado nivel de riesgo por no poder asumirlo. Tenderían, por el contrario y por una cuestión de ratio coste/beneficio, a seguir, imitar y asimilar los resultados desarrollados por las grandes empresas.
Sin embargo, y existen claras evidencias, hay que señalar que la formalización de las actividades innovadoras de las PyMEs tiene sus propias “reglas” en cuanto a la flexibilidad, adaptabilidad y eficiencia en el uso de los recursos, si bien esto requiere un tamaño mínimo que dé soporte a la necesaria estructura que permita llevar a cabo estas funciones.
Sin duda hay diferencias entre los sectores en función del valor que aportan sus procesos o productos, pero es preciso hablar en términos amplios para alcanzar a vislumbrar el problema que representa la escasez de dimensión.
De hecho, se indica en la literatura que esta manera de actuar de las PyMEs en I+D les lleva a ser más eficientes como agentes innovadores que las grandes empresas y que por ello producen un mayor número de nuevos productos y patentes por unidad de inversión que las grandes empresas a las que están ligadas.
Es este un planteamiento que el Presidente de COTEC hace en el discurso de presentación del Informe COTEC 2009. En el “Decálogo” de medidas que señala la Fundación como fundamentales para incrementar nuestra competitividad, aparece en el Punto 9 la necesidad de “aprovechar el mercado de las grandes empresas y de las administraciones como “<
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Creo que es imprescindible plantearse, antes que el cambio de modelo, antes que definir “el sector a desarrollar” (lo comenta, y me asombra, Raúl Heras en su artículo “La España que ya no existe” [MÁS, nº 198, del 7.6.2010]), antes incluso que los procesos de transferencia de tecnología y de mejora y facilitación de las relaciones universidad empresa… antes que nada, insisto, creo que hemos de plantearnos el modelo de estructura del empresariado.
En 2005, el Consejo Superior de Cámaras publicó un análisis sobre el impacto del tamaño en la capacidad competitiva de las empresas, y comparaba la estructura del sector empresarial español con el europeo. El Presidente del Consejo Superior de Cámaras decía en la Introducción que el conocimiento “de los factores que condicionan la competitividad y su relación con el tamaño empresarial, proporcionan una información muy valiosa para el diseño de nuevos instrumentos y políticas que tengan como fin el desarrollo de la actividad empresarial y el incremento de la competitividad”.
Pienso que, a tenor de lo mostrado por la OCDE y los datos aportados por el Presidente de COTEC, entre otros, poco se ha avanzado en España en este terreno y creo, asimismo, que sin esa transformación me parece difícil modificar el modelo productivo para que sea más competitivo. Ahora tendremos que plantearnos cómo llevarla a cabo y creo que no faltan ni ideas, ni método, ni medios. ¿Quizá voluntad?
Habrá que analizarlo más adelante, pero cuanto antes.

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Doppler y medicina


Doppler y Medicina. Los caminos de la Ciencia llevan a lugares inesperados

Tengo alta la tensión, y podría decir que hay razones para ello. En cualquier caso, no voy a entrar en cuánto de alta, pero el caso es que la nefróloga que me atiende me ha propuesto una serie de pruebas que más se parecen a una profunda ITV que a un puro chequeo médico: los aparatos de diversos tipo dominan, al menos en principio, a la sabiduría galénica.
La primera prueba ha sido un Eco-Doppler de arterias renales. Cuando el doctor que realizaba las pruebas diagnósticas por imagen estaba trabajando, no dejé de mirar la pantalla, tratando de “ver algo”. Es ahí donde la medicina entra en acción. Si solo fuera la imagen no podría ser más que, acaso, un bonito cuadro.
De cualquier manera, mientras veía las imágenes en la pantalla y escuchaba los ecos que lanza el aparato y que son recogidos como olas en los gráficos, pensaba en el origen de este aparato, no excesivamente grande, de aspecto algo usado ya, en una habitación en la penumbra y conmigo tumbado en una camilla a su lado.
Minutos antes de salir hacia la consulta de imagen médica (antes eran palpaciones, golpecitos, olores, tensiones, vista si la lesión estaba fuera…. utilizando los propios sentidos), recuperé de Internet mis pocos y ya antiguos conocimientos sobre el efecto Doppler, que la prueba diagnóstica utiliza.
La base científica sobre la que se basa este aparato que le permite al médico observar cómo circula la sangre por mis arterias renales, se basa en un trabajo del astrofísico austríaco Christian Doppler, publicado en 1842 (ya son 168 años) en un Tratado cuyo título en alemán, impronunciable para mí, se puede traducir al castellano como “Sobre el color de la luz en estrellas binarias y otros astros”.
A primera vista, nada que ver con mis riñones ni con mi tensión alta, aunque haya razones suficientes para ello. Si profundizamos un poco más en el Efecto Dppler, resulta que se trata de de que por efecto del movimiento relativo de dos cuerpos, las ondas que uno de ellos, o los dos, emitan o generen se verán alteradas para el otro observador, cambiando su longitud de onda.
Este efecto, que inicialmente Doppler describe para la luz (las estrellas que se alejaban “alargaban” la longitud de onda de su luz emitida, tendiendo ésta hacia el rojo) se comprueba que igualmente se cumple en las ondas sonoras. Lo describe Hipólito Fizeau y desde entonces los franceses hablan del Efecto Doppler-Fizeau (y va servido el Sr. Doppler…).
Cualquiera puede comprobar cómo la sirena de una ambulancia que se acerca tiene un sonido más agudo, por acortarse la longitud de onda de su pitido que cuando esta misma ambulancia se aleja, en que se oye el sonido más grave al aumentar la longitud de la onda sonora.
Nada que ver con mi riñón…. todavía.
Como la prueba es una Eco-Doppler, interviene asimismo la ecografía. La ecografía utiliza los ecos de una emisión de ultrasonidos dirigida, en este caso, hacia mis riñones. Las ondas ultrasónicas emitidas por un transductor rebotan en mis riñones y se recoge su eco por otro transductor. Un ordenador procesa las diferencias entre las ondas emitidas y las recibidas y forma una imagen que solo entiende el especialista en la pantalla.
Nada que ver con mis riñones, excepto que éstos han servido para que las ondas reboten en ellos.
Como el diagnóstico se hace por Eco-Doppler, se ve que es la combinación de los dos efectos antes mencionados. Mediante el cálculo de la variación en la longitud de onda de un flujo cualquiera, el de mis arterias renales por ejemplo, la ayuda del ordenador, la sabiduría galénica y mi asombro, se puede determinar y visualizar la velocidad y dirección de ese flujo. No sé todavía si estaba bien o mal o regular.
Sí sé que me daba la risa de emoción, al mirar la pantalla y recordar que todo aquello había empezado con un buen hombre, científico, austríaco, mirando las estrellas y preguntándose por qué unas eran más azules y otras más rojizas, simplemente por el placer de preguntárselo y poder darle una explicación satisfactoria. Estoy seguro de que no pensaba en mis riñones.
El aparato, no demasiado grande, metido en una habitación a media luz, no parecía nada del otro mundo. Solo ponía General Electric, de los Estados Unidos, con su característico logo con letras un tanto antiguas. Alguien en esta empresa, en sus laboratorios de I+D, había recogido el conocimiento del austríaco y lo puso a funcionar. Ahora lo venden por todo el mundo para poder ver nuestros riñones.
Esto del saber, y aplicarlo, viene de lejos, en el tiempo y en el espacio y siempre hay que recorrer los caminos inexplorados. Quizá lleguen a algún sitio y sólo hay que hacerse preguntas inteligentes. Qué le vamos a hacer, pero la ciencia y sus aplicaciones a la vida cotidiana son así.

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Políticas de creación de empresas. ¿Y por qué no consolidar las que ya tenemos?


No oigo hablar y no leo más que sobre la necesidad de crear nuevas empresas. Sin embargo, me gustaría más oír hablar del tipo de empresa que se quiere impulsar. Tampoco estoy muy seguro de si se miden, o no, de la manera más objetiva posible, las expectativas de supervivencia y crecimiento de las empresas que puedan crearse.
La creación de nuevas empresas siempre ha sido un proceso imprescindible en sociedades avanzadas. Así lo demuestran los países más ricos, con mercados muy abiertos y activos, y los países que empiezan a serlo. La creación de empresas enriquece el tejido productivo incorporando conocimiento y creatividad, ofrece servicios y productos mejorados, ya sea en coste o prestaciones y, si la empresa va bien, genera empleo, paga impuestos y da trabajo a otras empresas.
La creación de nuevas empresas debe ser, pues, un proceso continuo porque siempre surgen oportunidades de mercado, que si no se crean, para empresarios creativos.
Soy un ferviente defensor de las políticas de creación de empresas, pero tengo la impresión de que éstas, a veces obsesivas, nos deslumbran y distraen de otras tareas que en mi opinión son ahora más importantes, como son las de consolidación y apoyo al crecimiento de las empresas que ya existen.
Las políticas de creación de empresas son más eficientes cuando el entorno es muy activo, condicionante esencial para su desarrollo, ya sea de empresas jóvenes o maduras. Este entorno tiene mayor influencia en las primeras, porque demandan más recursos y presentan más incertidumbres. Vivimos ahora momentos en los que las incertidumbres, propias y de entorno, no faltan.
Unas 300.000 PyMEs han desaparecido en el último año, en plena crisis. Me surgen una serie de preguntas sobre ello, como por ejemplo cuántas de ellas tendrán más de dos años, cuánto valor añadido aportaban al crearse, cuál o cuáles son las empresas y sectores que desaparecen con mayor rapidez…. Evidentemente, cuanto más valor añadido aporten desde un principio, mayores serán sus posibilidades de sobrevivir.
El hecho de que una empresa desaparezca es una auténtica tragedia, porque ¿sabe alguien cuántas empresas van a crear los trabajadores que quedan desempleados?; ¿se puede estimar cuántas empresas nuevas se necesitarán para recolocar a los trabajadores despedidos?
Se pueden estimar los recursos necesarios para emplear de nuevo a estos trabajadores y crear nuevas empresas. Fondos de desempleo, formación para los trabajadores despedidos que quieren crear su propia empresa, infraestructuras de soporte, financiación para aguantar las primeras etapas en el mercado, hacerlas crecer y dotarlas de una masa crítica que las permita no ya sobrevivir, sino hacer mercado, crecer, internacionalizarse….En definitiva, transformarse en una empresa viable.
Porque el fin último de la creación de empresas es crecer y crecer para generar más recursos, crear más empleo, ganar más mercados y dar trabajo a más empresas. No es otro el fin de una empresa sino crear más valor que aquel con el que nació, para el empresario, para los trabajadores, para la sociedad.
En las circunstancias en las que estamos ahora, creo que sería mucho más eficiente apoyar la consolidación y crecimiento de las empresas que todavía sobreviven. Y por supuesto, será mucho más eficiente apoyar a aquellas que tienen capacidades razonadas de supervivencia, lo que implica un apoyo selectivo: los recursos son limitados y no se puede estar en todas partes.
Indudablemente, los riesgos de crear o consolidar una empresa no son comparables sino diferentes. El de una empresa nueva es siempre mayor que el de una que está en el mercado, que tiene talento acumulado y recursos en el entorno.
Existe otro fenómeno que me preocupa. España se caracteriza por un tejido empresarial especialmente pequeño. De hecho, tenemos la mitad de empleados en grandes empresas y el doble de empleados en micropymes que en Alemania, Francia, Gran Bretaña, Suecia… Esta escasa masa crítica empresarial hace difícil alcanzar la necesaria estructura competitiva para innovar, para internacionalizarse, para financiarse. Y tenemos, además, una estructura del PIB que asimismo nos diferencia por el escaso peso del sector industrial y por su capacidad innovadora.
Con todo lo anterior no quiero decir que no haya que impulsar políticas de creación de empresas. Insisto, sin embargo, en que es más eficiente consolidar que crear, especialmente cuando los recursos no sobran, y sí digo que en las políticas de creación de empresas hay que ser muy cauteloso y exigente con los proyectos que se impulsan.
Tampoco quiero decir que haya que salvar a todas las empresas que están en apuros. Sí digo, en cambio, que hay que analizar estos casos y tratar por todos los medios razonables, que se salven aquellas que razonadamente puedan salvarse. Habrá que apoyarlas en su financiación, su innovación, su internacionalización, en su estrategia de crecimiento, en su I+D…
Y sí digo que es necesario tener una mezcla lo más eficiente posible de ambas políticas. Cada momento tendrá más componentes de uno que de otro y ahora me da que el componente esencial debería ser el de consolidación. Tenemos que impedir la desaparición de empresas.
Creo, además, que hay publicitarlo tanto o más que el esfuerzo que se hace para fomentar la creación de nuevas empresas para transmitir un mensaje de confianza.
Porque no se trata solo de una cuestión de recursos. Se trata también de generar confianza: se apoya a las empresas que tienen experiencia, capacidad de lucha, esfuerzo e innovación y, por ello, de supervivencia. Esto genera confianza no solo en los empresarios activos, lo que es imprescindible, sino en los que quieren serlo.
Creo tenemos que consolidar lo que tenemos y, además, hacer que crezca, tanto en número de empresas como el tamaño medio de éstas. Cuesta mucho esfuerzo al empresario, a los trabajadores, a la sociedad, alcanzar la necesaria masa crítica que las haga competitivas para sobrevivir a momentos malos, como los que pasamos.
Insisto, por ello, en que es necesario exigir el máximo valor añadido a las empresas que se crean y a aquellas a las que se apoya, como garantía de una mejor supervivencia. Sin ese valor añadido, sin esa capacidad competitiva no superarán la más mínima brisa. No digamos ya una tormenta ni mucho menos una crisis.

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La educación en la competitividad de España medida por el Foro Económico Mundial


“España pierde competitividad”, “Los impuestos y el mercado laboral lastran la competitividad en España”, “El deterioro económico y laboral resta competitividad a España”… son titulares de diferentes diarios generalistas y económicos del 9 de septiembre de 2009. Hay muchos más y todos del mismo tenor Seguir leyendo »

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Sobre el modelo de crecimiento de la economía española


Reconozco que he tardado en reaccionar, si bien podría perfectamente achacarlo al estupor que me produjo su lectura. Me refiero a una columna del suplemento Mercados de El Mundo del pasado 12 de julio. Tras la pregunta sobre si el crecimiento que ha mantenido la economía española en los últimos 7 años era bueno, se llega a la conclusión de que da igual de dónde venga el dinero, que siempre será bueno si cada día hay más. Y reflexiono sobre ello, y he de decir que sorprendido. Seguir leyendo »

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