Políticas de creación de empresas. ¿Y por qué no consolidar las que ya tenemos?
No oigo hablar y no leo más que sobre la necesidad de crear nuevas empresas. Sin embargo, me gustaría más oír hablar del tipo de empresa que se quiere impulsar. Tampoco estoy muy seguro de si se miden, o no, de la manera más objetiva posible, las expectativas de supervivencia y crecimiento de las empresas que puedan crearse.
La creación de nuevas empresas siempre ha sido un proceso imprescindible en sociedades avanzadas. Así lo demuestran los países más ricos, con mercados muy abiertos y activos, y los países que empiezan a serlo. La creación de empresas enriquece el tejido productivo incorporando conocimiento y creatividad, ofrece servicios y productos mejorados, ya sea en coste o prestaciones y, si la empresa va bien, genera empleo, paga impuestos y da trabajo a otras empresas.
La creación de nuevas empresas debe ser, pues, un proceso continuo porque siempre surgen oportunidades de mercado, que si no se crean, para empresarios creativos.
Soy un ferviente defensor de las políticas de creación de empresas, pero tengo la impresión de que éstas, a veces obsesivas, nos deslumbran y distraen de otras tareas que en mi opinión son ahora más importantes, como son las de consolidación y apoyo al crecimiento de las empresas que ya existen.
Las políticas de creación de empresas son más eficientes cuando el entorno es muy activo, condicionante esencial para su desarrollo, ya sea de empresas jóvenes o maduras. Este entorno tiene mayor influencia en las primeras, porque demandan más recursos y presentan más incertidumbres. Vivimos ahora momentos en los que las incertidumbres, propias y de entorno, no faltan.
Unas 300.000 PyMEs han desaparecido en el último año, en plena crisis. Me surgen una serie de preguntas sobre ello, como por ejemplo cuántas de ellas tendrán más de dos años, cuánto valor añadido aportaban al crearse, cuál o cuáles son las empresas y sectores que desaparecen con mayor rapidez…. Evidentemente, cuanto más valor añadido aporten desde un principio, mayores serán sus posibilidades de sobrevivir.
El hecho de que una empresa desaparezca es una auténtica tragedia, porque ¿sabe alguien cuántas empresas van a crear los trabajadores que quedan desempleados?; ¿se puede estimar cuántas empresas nuevas se necesitarán para recolocar a los trabajadores despedidos?
Se pueden estimar los recursos necesarios para emplear de nuevo a estos trabajadores y crear nuevas empresas. Fondos de desempleo, formación para los trabajadores despedidos que quieren crear su propia empresa, infraestructuras de soporte, financiación para aguantar las primeras etapas en el mercado, hacerlas crecer y dotarlas de una masa crítica que las permita no ya sobrevivir, sino hacer mercado, crecer, internacionalizarse….En definitiva, transformarse en una empresa viable.
Porque el fin último de la creación de empresas es crecer y crecer para generar más recursos, crear más empleo, ganar más mercados y dar trabajo a más empresas. No es otro el fin de una empresa sino crear más valor que aquel con el que nació, para el empresario, para los trabajadores, para la sociedad.
En las circunstancias en las que estamos ahora, creo que sería mucho más eficiente apoyar la consolidación y crecimiento de las empresas que todavía sobreviven. Y por supuesto, será mucho más eficiente apoyar a aquellas que tienen capacidades razonadas de supervivencia, lo que implica un apoyo selectivo: los recursos son limitados y no se puede estar en todas partes.
Indudablemente, los riesgos de crear o consolidar una empresa no son comparables sino diferentes. El de una empresa nueva es siempre mayor que el de una que está en el mercado, que tiene talento acumulado y recursos en el entorno.
Existe otro fenómeno que me preocupa. España se caracteriza por un tejido empresarial especialmente pequeño. De hecho, tenemos la mitad de empleados en grandes empresas y el doble de empleados en micropymes que en Alemania, Francia, Gran Bretaña, Suecia… Esta escasa masa crítica empresarial hace difícil alcanzar la necesaria estructura competitiva para innovar, para internacionalizarse, para financiarse. Y tenemos, además, una estructura del PIB que asimismo nos diferencia por el escaso peso del sector industrial y por su capacidad innovadora.
Con todo lo anterior no quiero decir que no haya que impulsar políticas de creación de empresas. Insisto, sin embargo, en que es más eficiente consolidar que crear, especialmente cuando los recursos no sobran, y sí digo que en las políticas de creación de empresas hay que ser muy cauteloso y exigente con los proyectos que se impulsan.
Tampoco quiero decir que haya que salvar a todas las empresas que están en apuros. Sí digo, en cambio, que hay que analizar estos casos y tratar por todos los medios razonables, que se salven aquellas que razonadamente puedan salvarse. Habrá que apoyarlas en su financiación, su innovación, su internacionalización, en su estrategia de crecimiento, en su I+D…
Y sí digo que es necesario tener una mezcla lo más eficiente posible de ambas políticas. Cada momento tendrá más componentes de uno que de otro y ahora me da que el componente esencial debería ser el de consolidación. Tenemos que impedir la desaparición de empresas.
Creo, además, que hay publicitarlo tanto o más que el esfuerzo que se hace para fomentar la creación de nuevas empresas para transmitir un mensaje de confianza.
Porque no se trata solo de una cuestión de recursos. Se trata también de generar confianza: se apoya a las empresas que tienen experiencia, capacidad de lucha, esfuerzo e innovación y, por ello, de supervivencia. Esto genera confianza no solo en los empresarios activos, lo que es imprescindible, sino en los que quieren serlo.
Creo tenemos que consolidar lo que tenemos y, además, hacer que crezca, tanto en número de empresas como el tamaño medio de éstas. Cuesta mucho esfuerzo al empresario, a los trabajadores, a la sociedad, alcanzar la necesaria masa crítica que las haga competitivas para sobrevivir a momentos malos, como los que pasamos.
Insisto, por ello, en que es necesario exigir el máximo valor añadido a las empresas que se crean y a aquellas a las que se apoya, como garantía de una mejor supervivencia. Sin ese valor añadido, sin esa capacidad competitiva no superarán la más mínima brisa. No digamos ya una tormenta ni mucho menos una crisis.
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