La Ciencia de los Inversores
Hace unos días en “El Faro de Vigo”, (http://www.farodevigo.es/opinion/2010/09/25/galicia-ciencia-rey-midas/475772.html) del 25 de septiembre, leía un artículo publicado por un Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Santiago de Compostela. El título ya era preocupante porque “La Ciencia del Rey Midas” parece hacer referencia al mito, frente a lo que entiendo por Ciencia, la capacidad para comprender las leyes que rigen la naturaleza y poder aplicar esta comprensión.
Como siempre, los caminos hacia este objetivo de comprensión son desconocidos; muchos de ellos no llevan a ninguna parte y otros no son tan buenos como esperaríamos, pero eso no depende de la ciencia, sino de nuestra capacidad para plantear el problema de forma adecuada y darle la solución más fehaciente.
En fin, leí el artículo y sinceramente me causa que desde la Universidad se transmita esta idea. Solo comentaré algunos aspectos del artículo porque si entramos en otros, nos meteremos en la historia de la España académica e industrial y su presente competitivo. No es tema ahora, pero es quizá el más importante si queremos que algún día cambie.
Para empezar, el artículo parece poner en duda que la economía actual se base en el conocimiento. Desde luego, el uso de la Ciencia y la Tecnología no evita el trabajo y mucho menos el del capital. Y no me sorprende tanto por la duda sobre la economía actual como por la duda sobre la economía a lo largo de la Historia. La economía, desde la metalurgia, la agricultura o la navegación con ballestilla, siempre se ha basado en el conocimiento.
Un conocimiento empírico, sin duda, y no es sino hasta, pongamos que Galileo que experimenta para demostrar, cuando la Ciencia da respuestas, permite comprender y hace avanzar la tecnología y con ella la economía.
Esa, creo, es la Ciencia triunfante: la comprensión del fenómeno hasta tal punto que permite predecir y aplicar soluciones. He de suponer que el Catedrático de Historia Antigua de una Universidad con más de 500 años de historia, no ha escrito sobre pergamino con pluma de ganso. Desde luego, y si así fuese, a mi me ha llegado su pensamiento en formato digital. Física cuántica y aplicación de la física cuántica a la escritura y transmisión del conocimiento.
El conocimiento que tenía el Beato de Liébana sobre el Apocalipsis fue transmitido, claro, aunque sobre pergamino y escrito a mano con plumillas y demás enseres necesarios. Con paciencia y una hermosura que nos asombra aplicaba la tecnología de su tiempo.
Yo creo que la discusión sobre si la economía se basa o no sobre el conocimiento está obsoleta. No sigo. Que la Ciencia tiene mucho que ver con la economía tampoco me parece un tema de discusión. La economía ha ido acompañada siempre por nuevos conocimientos científicos y/o tecnológicos y en los últimos dos siglos y medio el avance ha sido absolutamente espectacular en su incremento. Yo todavía recuerdo los teléfonos de bakelita y la solicitud de una conferencia, por poner un solo ejemplo. Hoy hablo con Chile desde cualquier lugar, a la hora que quiera, siempre que no despierte a mi interlocutor. Esto es Ciencia triunfante.
Estoy convencido de que quien escribe el artículo ya casi no maneja originales de los manuscritos, sino reproducciones digitalizadas, que intercambia con colegas en cualquier lugar del mundo de manera casi instantánea. Esto también es Ciencia triunfante, por supuesto compuesta de pequeños trocitos de Ciencia, a veces aparentemente sin sentido, pero que dan soporte al entendimiento global.
Para hacer Ciencia es no solo necesario, sino imprescindible, invertir en Ciencia. Cuando hablo de inversión, hablo de rentabilidad, pero no se me pongan nerviosos: la rentabilidad podemos medirla de muchas formas: desde la rentabilidad por el conocimiento que genera, quizá ahora sin aplicación, o para la pura comprensión de nuestra historia y nuestro yo individuales o colectivos, hasta la rentabilidad en bolsa porque la empresa, la universidad o el catedrático ha solicitado una patente con la que abordar el mercado.
La inversión en Ciencia ha de ser rentable la haga el Estado o la haga la empresa. La mediremos de diferente manera, pero ha de ser rentable porque en caso contrario no sería inversión. Habría que titularla de aportación a fondo perdido, regalo, donación sin retorno…. Cualquier cosa menos inversión y no creo que ninguna de las instituciones esté para regalar dinero, menos si es público.
Dice el Catedrático de Historia Antigua que la crisis económica no ha podido ser frenada por la inversión en Ciencia. Me pregunto qué tendrán que ver los mercados y quizá la avaricia humana con la Ciencia. Desde mi modesto punto de vista, absolutamente nada. Y desde luego, bien consciente soy de que la economía española se ha apoyado (y sigue) en exceso sobre la generación de escaso valor añadido. Quizá a ello hemos contribuido todos.
De lo que no me cabe ninguna duda, tampoco a ningún organismo internacional dedicado a estos asuntos, es que la inversión en Ciencia hace más ricos a los países. La inversión la hace la sociedad en su conjunto, bien a través del Estado vía impuestos, bien a través de la inversión empresarial.
Ambos están tan íntimamente relacionados que la Ciencia financiada por los Estados tiene oficinas para trasladar a la sociedad el conocimiento científico derivado de su inversión en investigación científica a través sus instituciones y los estados e instituciones compran tecnología desarrollada por las empresas.
La ya casi olvidada Estrategia de Lisboa de 2000, formulada por la Unión Europea, fijaba que Europa debería ser un área esencialmente volcada en la generación de conocimiento, financiado en un tercio por el Estado y en dos tercios las empresas (y no olvidemos que una parte sustancial del presupuesto del Estado está financiado por las empresas)
Sin duda una buena gestión de la investigación, y da igual que sea en Historia Antigua que la desarrollada en el LHC (el enorme acelerador de partículas europeo), en antropología o en nanotecnología es cosa de todos: de los científicos, de los universitarios, de los administradores públicos y de las empresas.
Las empresas, si han son las que han de hacer la inversión, y esto es muy deseable, se encargarán de que sea rentable: su cuenta de resultados, sus accionistas así se lo van a exigir. No estoy tan seguro de que eso se haga siempre con la financiación pública de LA I+D, ya sea esta pública o privada.
Decía un científico-profesor-empresario norteamericano de la Universidad de Stanford (algo bastante común por otra parte en esas latitudes) que “el mundo de la ciencia acepta menos el riesgo que el empresarial”. Viene a decir que si un empresario fracasa en su inversión, empezará de nuevo y se le llama para saber qué ha fallado, que tan importante es saber qué hacer como qué no hacer. Si un académico falla en los planteamientos científicos que hace, que se vaya olvidando de la financiación. Allí es altamente competitiva porque los recursos, a pesar de su dimensión, son limitados.
Y en Estados Unidos hay efectivamente una importantísima financiación por parte de las empresas, algo que aquí desgraciadamente estamos lejos de alcanzar. Pero también las empresas compiten encarnizadamente por los recursos del Estado, enormes, dedicados a investigación en todas áreas de conocimiento.
Se cita en el artículo de Faro de Vigo que “afirmar que como las empresas punteras generan investigación, consecuentemente la investigación genera empresas es una falacia basada en la confusión entre causa y consecuencia”. Doy dos ejemplos para la meditación sobre la inversión en Ciencia en, por ejemplo, Estados Unidos y que creo que dan respuesta a la afirmación anterior.
Research- and technology-intensive universities, especially via their entrepreneurial spinoffs, have a dramatic impact on the economies of the United States […]. A new report on just one such university, the Massachusetts Institute of Technology, indicates conservatively that, if the active companies founded by MIT graduates formed an independent nation, their revenues would make that nation at least the seventeenth-largest economy in the world. A less conservative direct extrapolation of the underlying survey data boosts the numbers to 25,800 currently active companies founded by MIT alumni that employ about 3.3 million people and generate annual world sales of $2 trillion, producing the equivalent of the eleventh-largest economy in the world (“Entrepreneurial Impact: the role of MIT”. www.kauffman.org/uploadedFiles/MIT_impact_brief_021709.pdf
Otro, con la filosofía de lo que ha de ser la inversión en ciencia.
Stanford University’s spirit of innovation and entrepreneurship has always played an important role in the university’s history. Our faculty and students are immersed in entrepreneurship as well as its natural extensions to industry.
Research and teaching at Stanford are synergistic: research intimately intertwines the professor with his or her subject material; teaching sharpens and broadens students’ minds as their research approaches. The result of this dynamic is that research funding bears fruit in the lab and its benefits spill over to the classroom. Research drives innovation and empowers education.
The entrepreneur then benefits from a research-driven university through a myriad of ways: direct research, classroom lessons, discussions with faculty, the cross-fertilization of ideas from different disciplines, and even the entrepreneurial spirit of Stanford.
In the last several decades, over 4,668 companies were founded by 4,232 members of the Stanford University community. That figure includes grads as well as non-grads and faculty. (See methodology page for further details).
Companies such as Cisco Systems, Google, Hewlett-Packard, Sun Microsystems and Yahoo! saw their technical beginnings here and their commercial prosperity in nearby Silicon Valley. Understanding these successes, codifying that knowledge and disseminating it to future generations of entrepreneurs is an opportunity and an obligation that we must seize. (Stanford University, www.stanford.edu/group/wellspring/)
Yo recomendaría unas lecturas sobre el desarrollo de la industria occidental (y me refiero a Europa y Estados Unidos fundamentalmente) a partir de la segunda mitad del Siglo XVIII, basada en el desarrollo de la ciencia básica y de cuya comprensión y resultados surge la industria que hoy nos permite tener la vida que tiene Occidente.
Yo creo que no es necesario seguir insistiendo en este asunto. La ciencia, se haga donde se haga, habrá de hacerse bien, lo que implica universidades y empresas competitivas, que gestionen bien los recursos, siempre escasos. Ello implica, inevitablemente, una relación de “negocio” entre el mundo académico y el empresarial.
Sé que hablar de negocio en el mundo universitario o de la investigación es un anatema cuando se escribe desde el mundo de la empresa. Pero yo también creo que las universidades saben, unas mejor que otras, que la investigación es un negocio: aplicar recursos para obtener algo, “aunque solo sea conocimiento sobre el Beato de Liébana” nuevo y de calidad.
Las Universidades saben que esto es así, que tienen que ser más mucho más competitivas, como desde el mundo empresarial español sabemos que tiene que haber más empresas interesadas en la ciencia y la tecnología y que tomen esta inversión como tal: rentable y por ello bien planificada, con objetivos claros y con la aplicación de los recursos necesarios en tiempo y forma. Por cierto, vía fundamental, aunque no la única, para ser más competitivas.
Lo sabemos las dos partes, pero como decía Mariano José de Larra, “es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas“.
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