civic science v. citizen science

El sistema de la gobernanza, especialmente en las cuestiones medioambientales, reclama de los científicos mayor sensibilidad hacia los saberes e intereses locales (civic science). Simultáneamente, promueve la aparición de ciudadanos con voluntad de intervenir y profundos conocimientos científicos (citizen science). Las tensiones entre ambos actores, no son entre legos y  sabios, sino entre dos formas diferentes y complementarias de ser experto. [Antonio Lafuente]

Son muchos los acuerdos internacionales que reconocen la profunda relación existente entre supervivencia y medioambiente. En consecuencia, no sorprende que la Declaración de Rio (1992, principio 10) y la World Summit on Sustainable Development Implementation Plan (Johanesburgo,2002, párrafo 26) impulsen la participación ciudadana en ciencia, pues, de una parte, el entorno ya es un problema político de primera magnitud y, de otra, las decisiones medioambientales son más eficaces cuanto mayor sea la implicación de los afectados.

La monitorización de medioambiente (environmental monitoring) por parte de todos los actores presentes (activistas, funcionarios, científicos, empresarios, lugareños) se ha manifestado como una iniciativa tan eficaz como gestionable. En Canada se cuenta actualmente, según Stewardship Canada, 221 iniciativas de monitorización del aire, las especies, las sostenibilidad o las aguas. Y todo indica que la cifra podría ser mucho más grande si se contabilizaran, por ejemplo, los grupos de observadores formados en las escuelas, un mecanismo muy popular, socorrido y novedoso de buscar alternativas al problema de las dos culturas (EMAN).

El asunto es que la gobernanza mediombiental ha abierto la puerta a dos tipos genéricos de implicación ciudadana. En la primera modalidad, los ciudadanos asumen el papel de científicos (citizen science) y tratan de producir y difundir forma independiente (aún cuando busquen el apoyo de científicos, generalmente procedentes del sector público) la información que necesitan. En la segunda alternativa, no son los ciudadanos los que viajan al país de la ciencia, sino que son los científicos los que se desplazan hacia el de la experiencia o, en otros términos, que los ciudadanos obligan a los expertos a no desdeñar sus conocimientos vernaculares sobre el entorno local (civic science).

Tal deriva puede representar un problema, pues no siempre las instituciones están preparadas para administrar formas tradicionales y contingentes del saber. Los protocolos expertos, con frecuencia, son demasiado rígidos y están pensados por gentes que hasta hace muy poco despreciaban cualquier información que no fuera producida con los instrumentos técnicos y conceptuales utilizados en el medio académico.

Pero los tiempos cambian deprisa. Todo parece indicar que las diferencias entre civic science y citizen science serán cada vez más imperceptibles. En la práctica, los debates mediomabientales, ya no escenifican conflictos entre científicos y legos, sino entre grupos de expertos diferentes. Y así, el mayor problema que enfrenta la implementación del sistema de la gobernanza no es el de cómo resolver las tensiones que se crean por la concurrencia de dos estilos de razonar, sino en cómo evitar el colapso de una sociedad en la que los expertos manifiestan profundos desacuerdos.

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