las guerras de la ciencia

Los sectores más conservadores norteamericanos ven en la evolución y el cambio climático dos teorías izquierdistas que amanezan la integridad moral y la salud económica del país. [Antonio Lafuente]

Todos los días vemos cómo la ciencia se está situando en el centro de los grandes debates políticos de nuestro tiempo. En efecto, muchos de los debates que nos ocupan (alimentarios, sanitarios, energéticos o medioambientales), incluyendo nuestra capacidad para prevenir y gestionar los riesgos (naturales, tecnológicos o terroristas), están demandando la presencia creciente de expertos de toda calaña. Los medios se están llenando de gentes cuya opinión, se nos dice, está avalada por prestigiosas instituciones académicas.

En estos días estamos asistiendo a dos debates que han convertido en científica una discrepancia que sólo es ideológica. El primero tiene que ver con la polémica evolucionismo-diseño inteligente. El segundo se relaciona con el cambio climático.

Chris Mooney y Matthew C. Nibert nos cuentan en Columbia Journalism Review cómo los partidarios del creacionismo, siempre tan cercanos al púlpito como alejados del laboratorio, ahora lo llaman diseño inteligente, están logrando que una mera ocurrencia, sin base científica alguna, sea presentada en los media como una alternativa a la teoría de Darwin. Así, lo que hasta ahora era un polémica entre gentes de ciencia y gentes de religión, se está trasladando a la opinión pública como una querella entre científicos.

El mismo New York Times aceptó que Michael Behe, un conocido creacionista, publicara un texto para explicar los fundamentos empíricos. Un ejemplo lamentable que luego imitaría USA Today. Algo difícil de entender si tenemos en cuenta que la National Academy os Sciences y la American Association for the Advancement of Science, las dos principales organizaciones científicas del país, se habian manifestado en términos muy enfáticos a favor de la evolución, tanto por la abrumadora cantidad de pruebas a su favor, como por la carencia absoluta de evidencias que pudieran sostener la llamada teoría del Diseño Inteligente.

Las estadísticas son muy inquietantes porque, según una encuesta de Gallup la desinformación avanza al galope, pues en noviembre de 2004 sólo 35% de los norteamericanos creían que la evolución es una teoría científica confirmada, mientras que hay otro 35% que opina que se trata de una más entre las varias teorías en disputa.

El otro asunto tiene que ver con las duras batallas que se están librando en Estados Unidos para que los partidarios del cambio climático puedan expresar libremente sus ideas. Los autodenominados escépticos, hablan del cambio climático como de una teoría catastrofista, sin suficiente base experimental, y que está amenazando la economía del país, así como su imagen exterior. Así, los partidarios del software libre, del evolucionismo y del cambio climático serían, como ya acusó Bill Gates a los hackers, los nuevos comunistas, gentes que buscan la destrucción de Estados Unidos.Antes de la reciente cumbre de Escocia, las Academias de Ciencias del G8 se pronunciaron en términos inequívocos, recordando a los líderes políticos del mundo que el cambio climático no era una hipótesis de moda, ni un artefacto mediático de mucho gancho, sino una teoría que cuenta con un masivo consenso científico. Pero la derecha norteamericana no se resigna y está sosteniendo fundaciones, revistas científicas o columnistas que jalean las posiciones escépticas. Hay otra historia que no tiene desperdicio.

Vía Bouphonia, no enteramos por Environmental Science and Technology cómo se fabricó un experto en el clima a partir de un canadiense desconocido. La historia es chusca, pues cuenta que los escépticos van de víctimas y afirman estar perseguidos por los partidarios de la teoría dominante, viéndose obligados a publicar en revistas de segunda fila y a pulular por las periferias del saber y sus instituciones.
 
Los hechos se cuenta rápido. Una revista desconocida, Energy & Environment, publica un artículo de Stephen McIntyre, quien a continuación lo usa como un aval ante los los sectores políticos más reaccionarios de Washington. El senador James Inhofe, presidente del Comité de Obras Públicas y Mediomabiente, le abre las puertas a la gran política, siendo conferenciante en el Marshall Instiute, una ONG cuyo jefe es un alto empleado de la petrolera ExxonMobil, o mencionado como una autoridad en Financial Times. No seguimos con todos los detalles, pero hay más y todos jugosos.

Sólo contaremos uno más. El congresista republicano Joe Barton, presidente del comité de Energía y Comercio, basándose en algunas publicaciones de tan escaso crédito como la de McIntyre, se dirigió por carta a uno de los científicos más prestigiosos del mundo en el área, Michael Mann exigiéndole que diera explicaciones de todo tipo sobre el contenido y conclusiones de sus trabajos. En defensa de Mann han salido Nature, EGU, AAAS, NAS, además de  algunos parlamentarios norteamericanos.

Real Climate está informando puntualmente de un debate que, como el evolucionista, es falsamente científico, pues no se discute sobre el alcance experimental y teórico de los hechos obtenidos en el laboratorio, sino que se establece entre gentes de la academia y gentes de la política (o quizás deberíamos decir, si es que todavía tiene sentido la diferencia, del politiqueo).  En todo caso, los sectores conservadores, que ya han perdido el debate en las Universidades, están logrando trasladarlo a la calle y esperan sustituir el actual consenso científico por otro nuevo consenso  mediático.

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