la ciencia como cultura oral
Abundan los estudios que han explicado los muchos recursos que nuestras sociedades invierten en ciencia, y no faltan quienes hablan de despilfarro cuando piensan en la carrera espacial, en los computadores de tercera generación, en los remedios milagrosos contra el cáncer y más recientemente en la fusión nuclear. Los muchos casos recientes de fraude en ciencia hacen plausible la sospecha de que hay demasiada algarabía de premios, demasiado vedetismo científico y demasiadas promesas incumplidas.
La sexy science (esa hibris entre espectáculo conservador y descubrimientos revolucionarios) y los star scientists (gentes que famosean y cuya imagen cotiza en Bolsa) pueden no ser la vía para acercar la ciencia a la sociedad, ni tampoco para conseguir que sigan creciendo los recursos que la sociedad invierte en ciencia. En tanto que famosos, cumplen la misma función que los grandes atletas o los nuevos tenores de la restauración respecto de la industria del deporte o de la comida. Un papel, por lo tanto, nada desdeñable, pero también inquietante, pues podría suceder que los niños acaben odiando el futbol o que las amas de casa se pierdan en la cocina. Quien lo dude que piense en el caso Hwang y, como dice Javier Sampedro, en sus manejos para obtener el Nobel.
Hace apenas unos días, Harry Collins publicaba en Nature la reseña de un libro de David Berube sobre Nanotecnología (Nano-Hype) en donde insinuaba que tal vez el próximo bluf, tras el enredo organizado por Hwang alrededor de las células madre falsamente obtenidas a partir de embriones clonados, venga del nanomundo. La prensa y también las instituciones no dejan de hablar de fallos lamentables en el sistema peer review (control de calidad de los contenidos de un artículo mediante la revisión por pares, por otros científicos de prestigio). Se da por hecho que la ciencia es una actividad literaria o, al menos, que todo cuanto cuenta en ciencia es porque ha sido contado por escrito. Pero, tal vez, habría que revisar esta especie de “verdad heredada” y contrastarla con los datos.
Lo que Harry Collins afirma sin paliativos es que las enormes masas de dinero invertidas en ciertas áreas científicas, la nanotecnología en particular, sólo pueden entenderse por la convergencia de dos factores: de una parte, la presión mediática (seguramente pagada por el lobbing corporativo correspondiente) y, de otra, por la certeza de que la ciencia es una actividad menos literaria y más oral. Lo que quiere decir que para controlar los fraudes, además de revisar los papers, habrá que vigilar otras prácticas comunes en la ciencia.
Y, desde luego, los datos parecen confirmar (al menos desde la II Guerra Mundial, el período que suele denominarse Big Science) esta naturaleza oral de la ciencia. A comienzos de la década de 1990 se hizo un estudio para determinar las dimensiones que tenía el fenómeno de los artículos científicos nunca citados, empleándose como muestra empírica los textos publicados en las revistas indexadas por el International Scientific Information (ISI), una empresa que en términos generales puede decirse que analiza las más prestigiosas revistas del mundo en todos los ámbitos del saber.
El estudio probó que en física y química el porcentaje de artículos nunca citados alcanzaba el 37% y el 38%, respectivamente. En biología y medicina subía hasta el 41% y 46%, respectivamente. En el ámbito de las ingenierías se llegaba hasta el 72%. Otro texto muy conocido de Eugene Garfield de 1998 concluía que los índices de trabajos no citados eran variados, pero inquietantes: ciencias experimentales (47,4%), ciencias sociales (74,7%) y artes y humanidades (98%). También se decía que entre 1945 y 1988 el 56% de todos los textos científicos sólo había sido citado una vez. Pensando exclusivamente en las ciencias duras y entre 1969-1981, el porcentaje de textos citados en sólo una ocasión llegó al 42%.
Podríamos continuar con las cifras, pero la conclusión no variaría: “la gran mayoría de los artículos publicados, revisados o no por pares, son masivamente ignorados por los científicos.” Tanto que, continúa Collins, si un alienígena usara las revistas científicas para hacerse una idea del estado de la ciencia en la Tierra, se enfrentaría al mismo problema (¡y con tan malos resultados!) que cualquiera de nosotros que quisiera hacer lo mismo leyendo cuanto encontrara en Internet.
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Comentarios
Es vergonzoso tener que soportar que investigadores cuyos trabajos no son a penas o nunca leídos, ascienden en el escalafón de Universidades y OPIs como el CSIC frente a coleguas que publican menos pero son altemante citados (verdaderos científicos de éxito). La mediocridad promueve la mediocridad. Personalmente he denominado el fenómeno como el "dilema de la mediocridad cualificada". Por esta regla, Marcial Lafuente Estefanía sería el Rey y quizás Cervantes hubiera sido llamado mediocre. Assí nos va. Juan José Ibáñez
Los datos son de verdad sorprendentes. Pero si es cierto que el peer review no garantiza por si solo la fiabilidad de los resultados, qué otros mecanismos son esos que sugieres que pueden controlar la cultura oral de la ciencia?
Hay varias respuestas posibles que deberían ser exploradas.
En primer lugar, debe hablarse del peer review como una actividad tan académica como política. Siendo académica está sometida a las mismas tensiones que experimentan los científicos (individuos o grupos) presionados por el dictum del publicar o morir: dedicarse a temas sobre los que hay mucha expectativa, forzar las conclusiones, buscar coautores que den credibilidad a la investigación o, simplemente, “mejorar” el contraste de las imágenes para que muestren lo que se espera ver.
Siendo política, las revistas son empresas que deben ser muy visibles (consultadas) para sobrevivir y, en consecuencia, proclives a publicar los textos de los científicos estrella (o simplemente de los que suelen tener muchas citas) o sobre temas de impacto mediático.
Las instituciones también podrían hacer algo más y, en lugar de predicar exclusivamente el compromiso de los investigadores con la innovación (es decir con la solicitud de patentes y creación de empresas), podrían hacer mayores esfuerzos en la defensa de la ciencia como un bien común, recuperando así el discurso sobre compromiso de los investigadores con valores éticos. Los científicos también podrían hacer mucho, pues como coautores deberían implicarse en la revisión de los datos, y como maestros deberían ser más enfáticos al enseñar (mediante buenos ejemplos) a los doctorandos a luchar contra cualquier forma de autoritarismo (todos, empezando por los jefes, deben ser revisados con los mismos estándares de calidad).
Y, ya por fin, la sociedad en su conjunto y los científicos en particular, deberían reflexionar sobre esta deriva hacia el famoseo y el el espectáculo, amparada incluso por los media de más prestigio, de muchos científicos.
En conjunto, la suma de todos estos argumentos, creo que autorizan otra reflexión de fondo que venimos sosteniendo desde el principio en tecnocidanos. Antes de que se descubriera el caso Hwang había en la red un rumor sobre la casi segura naturaleza fraudulenta de sus trabajos. Simultáneamente, hay muchos periódicos que están reproduciendo una queja de los partidarios de la investigación con células madre (prohibida por la administración Bush en los centros públicos de EEUU) en el sentido de que si hubiera más científicos buenos en el área (supuestamente, los jóvenes habrían abandonado el campo por las dificultades para publicar) el fraude no habría llegado tan lejos. En fin, los dos argumentos, me llevan a plantear si en un régimen extendido de open access, aunque no fuera tan abierto como la Wikipedia, la dinámica de la ciencia enfrentaría como más éxito estos casos de fraude. El debate está abierto.



Sorprendente, ¿y los nunca leidos?