varapalo para las políticas de cultura científica
La revista Science declaró que el evolucionismo había sido el principal asunto científico del año 2005. La decisión fue adoptada al margen de las polémicas, las guerras de la ciencia, que suscitaron las declaraciones Bush favorables a la consideración del diseño inteligente como un teoría verosímil y alternativa al evolucionismo, como tampoco influyó la decisión del estado de Kansas de introducirlo como obligatorio en la enseñanza.
Estas y otras noticias parecidas fueron recibidas en Europa, con una mezcla de rabia e ironía, como si confirmaran que Bush era un líder sectario y la América profunda un territorio irredento. Es como si pensáramos que una cosa así no podía suceder en la culta Europa. Los hechos, sin embargo, demuestran que no hay motivo para que nos sintamos tan distintos y mucho menos superiores.
Los entusiastas de las políticas de promoción de la cultura científica acaban de recibir un jarro de agua fría. Una encuesta para Horizon (BBC) realizada por Ipsos MORI concluye que más del 40% de la población en Gran Bretaña piensa que el creacionismo o el diseño inteligente deberían ser enseñados en la escuela. De los 2000 encuestados, el 22% pensaban que el creacionismo era la teoría que mejor explicaba el origen de la vida, mientras que el 17% eligieron el diseño inteligente. El 48% apostaron por la evolución. Una encuesta parecida fue llevada a cabo en EEUU por Gallup en noviembre de 2004 y los resultados también fueron descorazonadores.
El asunto es grave y seguramente cuestiona la forma en la que se está enseñando la ciencia en Gran Bretaña. Los defensores de los programas de cultura científica (museos de ciencia, ferias de la ciencia, oficinas de prensa institucionales,…) se han apresurado a decir que los resultados demuestran la importancia de los proyectos en curso y la necesidad de incrementar los recursos. Pero, seguramente, lo mejor sería repensar el conjunto de todas estas acciones, con frecuencia basadas en lemas tan facilongos como “la ciencia es divertida” o “prohibido no tocar”.
Hay mucho negocio (y mucho perezoso!) detrás de ideas tan simples y aunque hace dos décadas contaran con el aplauso general, parece que llegó la hora de revisar las políticas de promoción de cultura científica.
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Comentarios
¡Y tan grave que es! A ver si se enteran de una vez, educar en la escuela y fuera de la escuela tiene poco que ver. Es patético ver a académicos acostumbrados a dar clases a alumnos cautivos, creyéndose que solo por eso pueden meterse en el campo de la divulgación científica. ¿Como pueden contribuir a la cultura científica de gente que se pierde, o se duerme, a su segunda frase?
Salvo excepciones, divulgar ha sido casi siempre cuestión de aficionados, por muchos títulos académicos que tengan detrás. Científicos muy competentes en su campo creen que solo por eso, porque saben mucho de ciencia y han dado muchas clases, son buenos comunicadores. Ala! A dar conferencias! A formar parte del comité científico de un museo! Consecuencia: la mayor parte de la gente a la que logran acceder, se pierde a la tercera idea compleja o a la segunda vitrina de museo y pasa de ellos.
Por el contrario, los seudocientíficos suelen ser buenos comunicadores porque no tienen otra arma. Entienden mucho mejor a sus públicos objetivo que los científicos puestos a divulgadores. No es de extrañar que sus seudociencias tengan más gancho entre la gente común que la profunda ciencia de los científicos.
No es problema de la ciencia, es problema de los comunicadores. Rodriguez de la Fuente o Carl Sagan llegaban sin problemas a todo tipo de gente e incluso se reeditan en fascículos sus creaciones. Lo que falla es la capacidad de comunicación de la mayoría de los científicos que se ponen a divulgar. ¡Aficionados!
Lo malo es que esos mismos científicos dominan los resortes de poder en el establishment académico e incluso social. Ellos imponen casi siempre los modos de comunicación. Así los vemos llenar ciclos de conferencias o diseñar exposiciones en museos, de los que la gente, en principio interesada, sale deprimida o cabreada, creyendo que es inútil o ignorante porque no entiende nada… y se acerca a las seudociencias porque al menos ahí se entretienen.
A ver si se enteran: la comunicación científica no puede ser terreno de aficionados. Es una actividad tan honorable como las clases de los académicos… y con mucha más repercusión social. Si los poderes públicos no entienden esta cosa tan simple, destierran los viejos tópicos y apuestan por formar buenos comunicadores científicos, cada vez más gente dará la espalda a la ciencia.
Pero claro, si ser buen comunicador científico fuera un valor académico, eso dejaría con las verguenzas comunicadoras al aire a muchos pretendidos sabios…



¿hay algún estudio hecho sobre la influencia que tiene
en general, y en España en particular, el estar integrado en ciertas
organizaciones acientíficas para medrar en instituciones científicas?.
Sería interesante el llevar a cabo un estudio de campo estadístico
en España sobre esta cuestión. Seguro que podría dar lugar a una
buena publicación sobre el tema de redes complejas, y sobre la
verdad de la cultura científica de este país.