manufacturar incertidumbre
La organización científica más grande del mundo (262 sociedades afiliadas que agrupan a 10 millones de individuos), la American Asociation for the Advancement of Science (AAAS), editora de la revista Science (1 millón de lectores), celebra estos sus días su congreso anual en Saint Louis (Missouri).
Como todos los años otorga un puñado de premios en varias especialidades. El que aquí queremos recordar es el Award for Scientific Freedom and Responsibility otorgado a David Michaels, profesor en el Departamento de Salud Ocupacional y Medioambiental de la Universidad de Washington. Su mérito es doble: probar que legal no es lo mismo que seguro y explicar que las convicciones científicas se alcanzan por consenso.
El Dr. Michaels es bien conocido por sus muchas intervenciones públicas a favor del bien común y, en especial, por haber descubierto la estrategia seguida por las grandes corporaciones industriales para manufacturar incertidumbres (manufacturing uncertaintly), una práctica que ha denunciado en repetidas ocasiones en el blog Confined Spaces (ver el post sobre la Data Quality Act) y en numerosos artículos (ver el publicado en el Journal of Law and Policy.
La mencionada estrategia se explica con pocas palabras. Siempre que se plantea un problema de agresión a la salud pública o de contaminación ambiental, las empresas, entre otras formas de manipular la opinión, argumentan que los datos en los que se apoyan los afectados para formular sus reclamaciones son inestables y, en consecuencia, poco concluyentes. Los científicos, por su parte, dado que, siendo honestos, nunca pueden sostener que la certeza de sus conclusiones sea absoluta, tras ser desacreditados en los media, pueden ser apartados del proceso público de discusión. Entre tanto, mientras las discusiones se prolongan, las corporaciones ganan tiempo para retrasar normas reguladoras (regulatory science) basadas en el principio de precaución.
La manufactura de incertidumbres se ha convertido en una verdadera industria en la que están implicados científicos corruptos, agencias de propaganda (prensa), periodistas de alquiler, despachos de abogados y, por supuesto, las corporaciones que los financian. Entre todos han creado la moda de llamar junk science (ciencia basura) a los estudios que vienen subrayando el agravamiento del cambio climático, el envenamiento por subtancias químicas o la peligrosidad potencial de los transgénicos. Su objetivo es impedir la redacción de normas, tratando de convencer a los consumidores de que las regulaciones, además de destruir empleo y riqueza, se basan sólo en convicciones de carácter ideológico.
Hay otro asunto por el que el Dr. Michaels merece tan preciado reconocimiento: haber contribuido decisivamente, como se explica en el Bulletin of the Atomic Scientist, a que se hiciera justicia a las reclamaciones de los trabajadores en instalaciones nucleares (las víctimas de la Guerra Fría) que se quejaban de graves dolencias por su exposición a altas dosis de radiactividad. El gobierno, por supuesto, siempre negó la veracidad de tales acusaciones, así como el rigor de los datos que las soportaban. Pero Michaels, entonces funcionario en el Department of Defense, DOD, desclasificó algunos documentos considerados secretos y encargó nuevos estudios que, no sólo sirvieron para probar que los daños existieron, sino para que se aprobara la histórica Energy Employees Occupational Illness Compensation Act (2000) que garantiza una compensación económica para todos los trabajadores expuestos a cualquier forma de riesgo laboral.
En fin, las políticas de ocultación de datos o de intoxicación de la opinión han logrado desplazar la discusión de muchos problemas serios desde el ámbito de la política al de la ciencia. Unos y otros, sin embargo, políticos y científicos, deberían actuar según las mejores evidencias disponibles. No extraña entonces que Gilbert Omenn, presidente de la AAAS y conocedor del profundo descrédito de los políticos en todo el mundo (una deriva que podría también empezar a afectar a los científicos), afirmara enfáticamente en su discurso inaugural del congreso que “el pensamiento científico es absolutamente esencial para preservar la democracia”. Y es que admitir que las evidencias nunca son completas o definitivas, no significa que sean caprichosas o que debamos quedarnos quietos.
Adenda
Cierto, el tema de este post es de los que pueden alegrarle al día a quienes crean que luchar por el bien común no es escribir en la arena. Sin embargo, los temas que trata son antipáticos. Además, habrá quien piense que se trata de un planteamiento demasiado teórico. Quienes así piensen, deberían leer el excelente artículo de Paul D. Thacker en Environmental Science & Technology (22.02.2006) sobre The Weinberg Group, una empresa consultora de Washington que ofrece sus servicios a la industria química para manufacturar incertidumbres, es decir para ayudarles a seguir fabricando productos que nos están envenenado sin piedad. El artículo analiza varios casos y presenta documentación y testimonios originales.
También tenemos inquietantes noticias acerca de la Greenhouse Mafia, según la nombra Tim Lambert en su blog Deltoid, una sucia constelación de corporaciones que fabrican informes contrarios a la tesis del cambio climático para confundir al gobierno de Australia y retrasar cuanto puedan las normas que regulen las emisiones de CO2 a la atmósfera.
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En realidad me resulta muy interesante el analisis que haces de todo lo que escribes, justamente acabo de terminar una tesis de posgrado donde se estudia que la cuestion de la ciencia no es menester de expertos, ni tampoco exclusivamente de politicos, es de actores tan diversos, como lo podria ser la propia tecnica, que sin dudarlo influye en que se cambie los objetivos inicialmente pensandos para la creacion de nuevos artefactos. El mundo es de quien piensa que los sue;os pueden volverse una practica cotidiana.