el parlamento de las cosas
El suplemento culturas(190) de La Vanguardia (08.02.2006) traducía al castellano unmagnífico y provocador artículo de BrunoLatour (cache)que resuena con los actuales debates sobre el impacto social de lasnuevas tecnologías y que invita a discutir la necesidad deensanchar nuestras instituciones democráticas. Aquíreproducimos un extracto del texto que cuestiona la prácticahabitual de asignar a la ciencia la tarea de fijar los hechosnaturales y, a partir de ellos, encomendar a los políticos lagestión de los valores, las pasiones y los intereses.
Laprincipal propuesta de Latour consiste en defender la necesidad deotorgar representación a las cosas. Todos los díasdesayunamos con un nuevo actor en nuestras vidas, unas veces es elvirus H5N1, el chapapote o el huracán Katrina y otras laencefalopatía espongiforme, el ozono atmosférico, losasbestos, las dioxinas, el maíz Bt11 o el mejillóncebra. Estos actores están mudos, se meten en nuestra casa,condicionan nuestras vidas, pero no sabemos qué hacer conellos, cómo tratarlos. Hasta ahora, lo que vemos de continuoes que los científicos actúan como si fueran portavocesvicarios de la naturaleza, un rol impropio que no es más queuna de las imposturas de la modernidad.
La consecuencia de estasuplantación es que los tecnócratas (expertos alservicio de la Administración) adquieren una desproporcionada centralidad enlos debates que, en muchos casos, les permitehegemonizar el discurso técnico y, por tanto, el político. Latour no está de acuerdo con esta deriva y solicita unareforma del parlamento que permita a las cosas expresarse en toda sucomplejidad, lo que equivaldría a revitalizar la democracia,manteniendo a raya la tecnocracia.
¿Cómoabordar este problema? Antes que disolver las diferencias y losconflictos en la supuesta (o inventada) homogeneidad del génerohumano, Latour defiende que es justamente ese fondo común queKant daba por probado, explicaSerge Gutwirth, lo que está en cuestióny, así, lo que necesitamos segúnIsabel Stengers es pensar el mundo como un agregadoheterogéneo de fragmentos difícilmente reconciliables.O, en otros términos, que no estamos en un universoregido por sus propias leyes (naturales), sino en un pluriversoque debe alcanzar pleno estatuto jurídico. Veamos cómolo explica Latour:
El parlamento de las cosas no es una invención visionaria que deba imponerse a sangre y fuego contra el estado de cosas existente, se limita a tener en cuenta lo que ya está entre nosotros.
¿En qué difiere ese parlamento de los precedentes, convocados desde hace mucho tiempo por la filosofía política y la historia social? Extiende a las cosas el privilegio de la representación, la discusión democrática y el derecho. [...]
Ese doble sistema de representación ha caracterizado durante mucho tiempo la definición democrática del debate: en el interior del parlamento, los representantes de los intereses humanos debaten; en el exterior, los expertos, que saben lo que son las cosas en su verdad, aconsejan. En el interior del recinto parlamentario, los valores. En el exterior, los hechos.
El vínculo entre esos dos órdenes de cosas se establecía con una institución mediadora, la burocracia o la tecnocracia, que derivaba la legitimidad de su saber, y la autoridad, de su designación por el poder político de los representantes elegidos. Los inconvenientes de semejante definición de la democracia se plantearon mucho antes de la crisis ecológica, pero ha sido ella quien la ha convertido en caduca.
Los expertos deben poseer la certeza y actuar en nombre de una legitimidad superior de naturaleza epistemológica que los aisla por completo de disputas, intereses y valores. Los políticos deben decidir en función de esos mismos valores y esos mismos intereses, pero sin poseer ninguna de las razones o los conocimientos que permiten a los expertos saber. Deciden sin saber, mientras que los otros saben sin poder decidir.
Y los tecnócratas que participan en las dos legitimidades del saber y la elección pueden, en la práctica, acaparar todo el poder haciendo pasar por saber unas decisiones políticas o, a la inversa, haciendo pasar por un arbitraje político unos saberes que las ciencias por sí solas no habrían podido alcanzar. Ante semejante acaparamiento, el poder político se reduce como papel de lija.
Lo que Latour está tratando dedecir es que nuestro mundo se ha vuelto ingobernable si seguimosnegando para los hechos una constitución política. Nose trata (ver la excelente entrevista que le hizo Jorge Pontual en suNewYork on Time) de organizar un escenario asambleario enel que todo el mundo discute de todo con/contra todos. Una estructuraasí sería incapaz de jerarquizar los problemas o, enotros términos, de cerrar debates e institucionalizar (almenos provisionalmente) algunos acuerdos.
El tipo de cosas alas que se refiere Latour son el aire, los virus, los bosques, laAmazonía, los animales, la polución, el genoma o elclima, entes que siempre están en la escena pública,aunque con una representación minúscula. Nuestraexistencia, la vida misma, depende de ellos y, por tanto, sudefinición y/o cualificación es un asunto conectado ala (cualquiera que sea) noción de soberanía. Mantenerlos fuera de lapolítica es inútil y peligroso. Más aún,es imposible. Primero, porque los hechos, las llamadas pruebas, nuncacierran ya los debates y, segundo, porque el ejercicio de la retórica(la apelación a los valores y la moral) demanda cada díamayores y mejores argumentos técnicos. El sujeto retóricode la política tradicional se adapta a las nuevas situacionesy adopta la forma de un sujeto técnico, pues los elementos deconvicción que se le exigen son tablas, gráficos,balances, experimentos, estadísticas y sondeos.
¿Cómoevitar que las tensiones provocadas por la aparición de lasvacas locas, el agotamiento de los recursos energéticosfósiles, la contaminación de los acuíferos o ladesaparición de las abejas, nos conduzca a la tiranía yel caos? Latour lo tiene claro y niega que con el sistema tradicionalse puedan gestionar las encrucijadas que enfrentamos. Las políticaseuropeas basadas en el principio de precaución no sonsuficientes. Incluso es dudoso que estén ayudando a gestionarlos problemas como sucede, por ejemplo, las controversias ecologistas.Pues mientras unos quisieran no hacer nada hasta que las evidenciassean incuestionables (lo que en la práctica conduce a lamarginación de los criterios científicos), otrosquerrían imponer los principios conservacionistas (lo que estanto como entronizar los criterios científicos). En fin estáclaro que caminamos hacía formas de soberanía que debenaprender a negociar sobre objetos descomunales, ya sea porque sontransfonterizos o transculturales, ya sea porque son estructuralmenteinciertos, esquivos, múltiples y polémicos.
Paraconstruir sociedades más fuertes necesitamos, explica Latour,una constitución política que otorgue representatividada las cosas. Casi todo el contenido de su libro Politiques de lanature fue destinado a explicar (y, a juiciode Alain Caillé, con poco éxito) estanueva suerte de bicameralismo que al politizar la naturaleza cesa denaturalizar la política. La cámara dónde sediscuta el estatuto de cada uno de estos objetos debe otorgar la voz(es imposible saber a priori cuantos portavoces habrá) a quienquiera hablar en su nombre y el propósito de las discusioneses alcanzar un acuerdo sobre su identidad. Hablando, por ejemplo, dela Amazonía menciona a los gusanos, los bosques, los pioneros,los indios, los madereros, el clima,… A continuación, trasla discusión en el parlamento de las cosas, entraría enjuego la cámara de los valores, la tradicional, cuya finalidades explorar la forma en la que todos esos actores (humanos y nohumanos) podemos vivir juntos.
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Comentarios
Alguien que me explique esta delirante propuesta. Me imagino un debate para aprobar una ley en el famoso parlamento de las cosas de latour en el que se escuche: "bueno, tiene la palabra el virus de la viruela", mientras el asistente le pasa el micrófono a un frasco dentro del cual hay un par de copias del virus en cuestión.
Gracias Nacho por el comentario, pero no es necesario ironizar ante cualquier cosa que resulte novedosa o distinta. Entender la problemática (esta o cualquier otra) que se platea no equivale a saber gestionarla. Ambas acciones (conocer hechos y administrar valores) tienden a converger cuando el debate es abierto y el tiempo suficientemente largo. Por ejemplo, ya aceptamos que las emisiones de CO2 son un problema complejo que nos obligará a modificar muchos estándares de vida, desde las pautas de consumo a las de producción y distribución.
Darle la palabra a las cosas es una invitación a construir un debate en donde no se entremezclen los hechos con los valores o, en otros términos, en donde se mezclen con pleno conocimiento de causa, obligando a sus portavoces (los especialistas del campo, obviamente) a compartir sus incertidumbres y a renunciar al cierre parcial o unilateral de los conflictos. Un debate así permitiría discriminar entre hechos y valores y, en consecuencia, situar a científicos y políticos en el lugar que les corresponde, unos consensuando el alcance elusivo de los hechos y otros consensuando el alcance incierto de las políticas.
No se si te parecen convincentes estos argumentos, en todo caso agradezco que te animaras a compartir tus dudas con los demás. Al hacerlo todos comprendemos que el mundo es difícil y que cada día lo será más. Una de las claves de su gobernanza me parece que está conectada a nuestra capacidad (la de todos, incluida la tuya) para distinguir entre hechos y valores.



brillante