rancière, los cualesquiera y el procomún
Todas las organizaciones humanas puedendescribirse mediante un cuadro que muestre las jerarquías,dependencias y funciones de cada una de las partes que las conforman. Cuando se tiene a la vista el organigrama se puede ver la estructuramaquínica de la vida humana, es decir, los automatismos conlos que contamos para que las cosas funcionen. Pero hay algo que nopuede captar un diagrama de flujos y que tiene que ver con lasinteracciones entre la gente, al margen de las que se dan entre actores humanos y no humanos.
Esta parte informal de las relaciones,proliferativa y cotidiana, de baja intensidad y mucha densidad, y quees esencial para que las cosas funcionen debería ser puesta envalor y considerada como un bien común construido entre todosque, en consecuencia, no pertenece a los jefes, ni a comitéalguno de representantes. Desde luego no funciona como una instanciade poder (que siempre pueden ser captadas e integradas al cuadro)sino como un ámbito de habitabilidad.
Este sábado últimoapareció en Babelia una entrevistaa Jacques Rancière realizada por Amador Fernández-Savater. Entre las respuestas, he encontrado la inspiración parareivindicar la necesidad de explorar lo que de commons (procomún)hay en todas esas estructuras a las que pertenecemos, como el club,la empresa, la urbe o la democracia misma.
Amador le preguntaba por la definiciónde lógica de policía, un concepto clave en sufilosofía: “La lógica de policía, diceRancière, piensa y estructura las colectividades humanas comouna totalidad compuesta de partes, con funciones y lugares quecorresponden a esas funciones, con modos de ser y competencias quecorresponden asimismo a esas funciones, con un gobierno como gobiernode una población, que divide esa población en grupossociales, grupos de interés, y se presenta como árbitroentre los grupos, distribuye lugares y funciones, etcétera.”Es inevitable asociar esta caracterización de la lógicade policía a lo que antes llamábamos lógicainstrumental y que ahora, de la mano de Deleuze, Latour y Sloterdijk,calificamos como dispositivosmaquínicos.
Y me parece obvio que lo que Rancièretiene en la cabeza mientras habla es un organigrama que sintetiza elfuncionamiento de una estructura funcional. Lo que ve es un cuadroque fragmenta según criterios de operatividad paramostrarnosla como una constelación de máquinas máso menos eficiente.
La respuesta de JacquesRacière avanza para desbrozar una noción depolítica que “comienza precisamente cuando se sale de esemodo funcional. [...] Mi idea es que la política comienzacuando nacen sujetos políticos que ya no definen ningunaparticularidad social, sino que definen, por el contrario, el poderde cualquiera”. Estos cualesquiera a los que se refiere no son lospobres, los emigrantes, las mujeres, los enfermos, los okupas, losparados o ningún otro segmento poblacional que puedaintegrarse en el organigrama y visualizarse como un objeto social(problemático, resistente, marginal, excluido, redimible osubversivo).
Los cualesquiera somos todos y ningunoal mismo tiempo y, según Rancière, estánllamados a ser sujetos de otra política, pues “laemancipación política no consiste en lasconstituciones, las leyes, los modos de gobierno, sino que es lacreación de una especie de mundo común, que es ademásun mundo de la capacidad común”. Los cualesquiera no sontodos esos actores políticos, ya reconocidos en nuestrasleyes, que intentan ser más visibles o lograr mayor capacidadde negociación.
Los cualesquiera no pueden sercaracterizados por su pertenencia a un club, un partido o unsindicato, ni tampoco por tener una hipoteca, una ONG o un blog. Los cualesquiera conforman y son conformados por el procomún,pertenecen a un ámbito nuevo de sociabilidad que tiene quereinventar lo que significa ver, oir, escribir lo que (nos) pasa. El mundo de los cualesquiera se muestra quizás a losantropólogos y los poetas, pero se hace casi invisible paralos sociólogos y los historiadores. Aunque no quepan en elorganigrama, la fábrica no sobreviviría sin suconcurso. No habría sector público ni privado si noestuvieran manteniendo cada día el bien común queproducen y por el que son producidos.
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Comentarios
Muy agudo Tiago. Gracias por mostrarme las tensiones que voy sosteniendo. No tengo una respuesta nítida, pero lo que estoy tratando de hacer es darle una oportunidad a un tercer sector y, por tanto, no acepto tu crítica de que estoy restaurando las dicotomías de la modernidad.
Me he subido al carro de Racière para mostrar que en las organizaciones humanas siempre hay algo inaprensible para las retóricas funcionales y los dispositivos técnicos (que siempre son tácticos) y que debe ingresar al procomún o, en otros términos, que son un bien construido entre todos y que nadie debería intentar apropiarse. Hay un procomún convivencial del que hablan los antropólogos de la urbe que está formado por todos esos contactos ocasionales, informales, cotidianos, entre los cualesquiera y en los no-lugares (tengo en la cabeza el último libro -y como siempre repleto de ideas y de esperanza- de Manuel Delgado), que son la sustancia de la urbe y que siempre están amenazados por quienes quieren que esas trayectorias tengan (más o mejor) sentido, según las lógicas del mercado y/o del partido.
La democracia, por ejemplo, cabe también en un organigrama (casi) perfecto de leyes, consejos, elecciones, partidos, cuotas de pantalla, juzgados, índices del coste de la vida y de contaminación, cámaras de seguridad y policías. Un dispositivo gigantesco para gestionar las biopolíticas que, sin embargo, parece muchas veces funcionar al margen de las contingencias de la vida y de la calle, y que se nos impone como un monstruo insensible e ingobernable. Lo que quiero explorar es lo que en la democracia hay perteneciente al procomún y que no puede ser confundido con lo que es propiamente público. Por ejemplo, la ciencia, las partes separadas del cuerpo (órganos) y la vida urbana.
Estoy de acuerdo con la idea de los parlamentos crecientemente inclusivos. Pero, insisto, la construcción de un tercer sector, el procomún, que garantice la existencia del privado y el público, es para mí un prioridad mayor, aún cuando sólo sea porque hay muy poca gente intentando hacer estos deslindes y mucha luchando para que la emergencia del procomún nunca ocurra, y todos sus fragmentos se queden en manos de las burocracias/administraciones que trabajan para los sectores empresariales o gubernamentales.
Te sirve de algo todo esto. En cualquier caso, gracias por tus palabras de áliento.
Claro que me sirve de mucho. A mí me tienes convencido después de casi dos años de blog que la construcción de un tercer sector (el del procomún) es un proyecto fundamental. El problema que veía no era tanto eso, sino con qué y como hacerlo. Yo no estoy tan cierto que lo que vienes describiendo post tras post no sea aprensible por la ‘retórica funcional y los dispositivos técnicos’. Me gusta mucho cómo siempre insistes que el genoma o las matemáticas hacen parte del procomún. Más, las mismas bibliotecas las has convertido en algún post en un grán dispositivo técnico. Me temo que al describir el asunto como Rancière o como los antropólogos de la urbe uno caiga en una especie de nuevo humanismo en que las ciencias no son capaces de apreender la complejidad de las cosas. Para la expansión del procomún en forma de Antartica, Amazonia o el globo hacen mucha falta todos esos dispositivos técnicos indeseables e invisibles a los ojos de mucho antropólogo de barrio. Como siempre nos recuerdas, para que Amazonia sea algo más que una fuente de materia primas hace falta un ejército de biólogos, de abogados, de antropólogos, de activistas… que hagan emerger el procomún.
En la sociedad se instalaron muy fuertemente los intereses puramente corporativos, y todo aquel que solamente reivindique sus intereses estrictamente sectoriales, en realidad es quien quedaría al margen de lo que Ranciere llama política. Los cualesquiera o los sin parte son aquellos sujetos capaces de exceder su interés inmediato, y por lo mismo capaces de pensar el interés general, es decir el interés de todas las partes. Esto creo que no es una invención de Ranciere sino principalmente un subrayado de él, en un tiempo donde es realmente válido y propedéutico, enunciar esto.
Saludos



No he leído nunca a Rancière y lo que sigue resulta tan sólo de tus referencias y de la entrevista de Amador Fernández-Savater. Me parece raro que de repente volvamos a partir el mundo como lo hacían los modernos en lo maquínico/funcional/polícia vs procomún/cualesquiera/política aislando las dos esferas. Mi lectura de Sloterdijk y de Latour, y de mucho de tus posts, me sugiere justamente que eso que es caracterizado de forma negativa como el modo funcional es lo que ha entrado en política por la mano de esos dos autores. O sea que el reto de Sloterdijk de que ahora ya solo discutamos cuestiones de aire acondicianado, o las reglas del parque humano, parece ir en sentido contrario a lo de Rancière: para discutir la urbe como procomun la única forma de hacerlo es tener en cuenta su infraestructura. Solo quien discute por donde pasan las tuberías está discutiendo el cuidado del procomún.
Tampoco entiendo muy bien la idea del poder de cualquiera puesta en oposición a las particularidades sociales, es como si Rancière sugeriera unos actores políticos del estilo Habermas desnudos de intereses y preconceptos. A mi me gusta la idea de parlamentos progresivamente más inclusivos (mujeres, negros, pobres, portugueses…) desde que eso no signifique que solo nos definamos por ese rótulo. Esas identidades más que inmutables son elementos que solo van surgiendo mientras discutes cosas, causas, issues, pragmata que muchas veces (siempre?) dicen respecto al procomún. Así es como entiendo yo lo que dice Latour por ejemplo en atmospheres of Democracy.
Gracias una vez más por posts tan provocadores.
Tiago