¿dos culturas o dos naciones?

La ciencia está cada día más presente en el debate sobre las alternativas políticas que enfrentamos y, así, las luchas por la opinión pública en asuntos como, por ejemplo, el cambio climático, se harán cada vez más crudas.

Quienes se dedican a la divulgación/comunicación de la ciencia actúan como si creyeran que cuando los legos entiendan los argumentos científicos acabarán pensando como los científicos. Tal mentalidad se asienta sobre el llamado paradigma del déficit (también aquí y aquí) o, dicho con otras palabras, en la convicción de que la gente debe ser motivada/seducida/atraída a la ciencia para paliar el problema que platea la enorme y creciente distancia que existe entre la cultura experta y la cultura ciudadana.

Este debate, a veces confundido con el de las dos culturas siempre tuvomucho eco entre los educadores, pues abundan quienes piensan que sin unmayor esfuerzo de las instituciones educativas para trasladarcontenidos científicos a los estudiantes estamos condenando a losjóvenes a la condición de analfabetos funcionales. El problema podríacrecer algo más si lo situamos en el contexto de algunos de los debatesmás visibles que dominan la actualidad política.  El cambio climático,la salud medioambiental o los debates sobre alternativas energéticas,reproductivas, alimentarias o urbanísticas, son asuntos que no puedenser tratados como si sólo fueran de la incumbencia de los científicos olos profesores.

Todos deberíamos tener algo que decir.  Paraempezar, nada nos obliga a aceptar el modelo del déficit (y aquí sobrela experiencia europea) como la única manera de articular lasrelaciones entre ciencia y sociedad. Va siendo hora de que nosplanteemos con más seriedad los distintos modelos de participaciónciudadana en ciencia. Y es que los hechos son tercos. Hay encuestas queconfirman que el éxito de las políticas de difusión de la ciencia esmuy discutible. Sabemos, ver The Peripatetic Naturalist, que sólo el 23% de los republicanos y el 75 % de los demócratas en Estados Unidoscreen que el cambio climático está provocado por nuestro modelo dedesarrollo económico e industrial. Igualmente, es conocido que losnorteamericanos  descreen masivamente del evolucionismo (sólo el 42% delos demócratas y el 27% de los republicanos lo consideran una teoríacientífica probada).

Estos dos ejemplos creo que sonsignificativos y más que evocar el mencionado debate sobre las dosculturas, estarían remitiéndonos a otro que podríamos caracterizar comouna escisión en dos naciones. Pongamos otro caso.  En 2001 el 60% de lapoblación aprobaba la política de Bush de impedir la investigación concélulas madre, pero hoy la opinión pública ha dado un vuelco.  Alparecer, según M. Nisbert, el cambio se ha producido por la habilidadque han tenido los partidarios del cambio de asociar este campo deinvestigación con el desarrollo de nuevas terapias y la curación deviejas enfermedades.  Así, mientras los conservadores lograron que elproblema apareciera ante la opinión como un debate moral, las vocesdigamos progresistas tuvieron poco eco. Una situación que se invirtiócuando la disputa dejó de ser ética para trasformarse en una decisiónmédica.

Estos tres casos, entre otros posibles, están dandomucho que pensar. Hace unas semanas aparecieron dos artículos enScience (cache) y en The Washington Post, de Matthew C. Nisbert y ChrisMooney, ambos conocidos por los lectores de este blog, en donde sereconocía la necesidad de mejorar las estrategias comunicación de loscientíficos.  El argumento principal de ambos textos se resume rápido:dado que la batalla por la opinión pública en asuntos como el cambioclimático afecta a cuestiones de la mayor relevancia política yeconómica, los científicos no pueden seguir actuando como si lo quedemandasen las gente fuera más y mejores datos. Lo que tienen quehacer, explican Nisbert y Mooney, es abordar los asuntos en unostérminos que conecten rápidamente con las preocupaciones ciudadanas.Tienen que aprender a situar los problemas en un contexto retóricoadecuado (framing science), sin perderse en complejas especificacionestécnicas, como tampoco olvidar el necesario compromiso con el rigor.

Elproblema es que se está usando la ciencia para fragmentar la sociedad,pues lo que la gente opine sobre la urgencia con la que deben adoptarsemedidas para frenar el cambio climático o regular eficazmente elvertido de sustancias químicas, puede tener inmensas consecuenciassobre el modelo de desarrollo económico e industrial. Una informacióncientífica de mala calidad (insuficiente, anticuada, errónea omanipulada) es un asunto grave. El problema que aquí estamos tratando,la preocupación que quieren compartir Nisbert y Mooney, tiene que vercon el escaso compromiso de los científicos en la tarea de comunicarsus conocimientos a la sociedad. 

No es sólo la desigualdad que secrea si se tolera la escisión entre las llamadas dos culturas (la delos científicos y las de los humanistas), sino que se cede a lasgrandes corporaciones la capacidad para crearun estado de opinión pública que favorecerá sus intereses en detrimentodel bien común.  El debate sobre las dos culturas se transformaasí en una reflexión sobre las dos naciones, la que se atiene a losvalores del republicanismo cívico y la que se organiza según la regladel máximo beneficio.

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