neurosociedad

El paso del Noroeste que comunica los dos hemisferios, el de la ciencia y el de la cultura, lo han encontrado los neurocientíficos en el cerebro.

Para muchos neurólogos sólosomos lo que hay en nuestro cerebro, una convicción que sehace más radical cuando se escucha que nuestromundo más que real es cerebral. Cabe entonces preguntarsesi podríamos introducirnos en la circuitería neuronal ymanipular las conexiones o introducir chips electroquímicospara modificar el digamos normal funcionamiento del sistema nervioso.Un asunto que hasta no hace mucho pertenecía al ámbitode la ciencia ficción pero que hoy comienza a estar en elhorizonte de la neurotecnología.

Cada día aparecen másnoticias que hablan del cerebro como de un territorio colonizado queya sabemos cartografíar y por el que podemos movernos concierta familiaridad. Queda mucho por explorar, pero con lo quesabemos se podrían escribir muchas y fascinantes historias deneuroantropoplogía, neuroteología, neuroestéticay, desde luego, de neuromerketing y neuroética. Y es que, enefecto, como explica Zack Lynch, la neurocultura expande sus tentáculos por toda laesfera de lo simbólico y pronto será difícilhablar de cualquier cosa sin hacer claras referencias a los hallazgosque publican los neurólogos.

Si la biotecnología, lainformática y, más recientemente, la nanotecnologíahan venido produciendo titulares que parecían sacados del cinemás que de los laboratorios, lo que llega de las neurociencias tampoco va a defraudar a los devotos de la cultura delas maravillas. Hace unos años Benjamin Libet hizo unosexperimentos que cuestionaban la existencia misma del libre albedríoo, lo que es equivalente, que la decisión de hacer las cosasla toma nuestro cerebro sin consultarnos y luego, para tranquilizar asu portador o a esa abstracción que llamamos conciencia,fabrica una secuencia de acontecimientos que da al “yo” unprotagonismo que no tuvo.

Los filósofos están quetrinan y los economistas inquietos. Los primeros porque lamentan elregreso triunfal de quienes siempre quisieron ver el cuerpo como unamáquina, ya sea en la forma de un artilugio mecánico,ya sea con la apariencia de un enjambre de tubos y hornos o de unaintrincada red de cables y corrientes electroquímicas. Lossegundos cuentan con una teoría del mercado basada en la libredecisión del consumidor y que, de ser cierto lo que se dice,tendrían que reconsiderar lo que saben sobre el consumo y, enconsecuencia, reescribir capítulos clave de la teoríaeconómica.

El cerebro está hecho con unmaterial muy plástico. Es un objeto muy cambiante yadaptativo. Cada nueva experiencia provoca la activación dezonas o la creación de conexiones previamente inexistentes loque hace que gane en complejidad, lo que no siempre supone una mejoraevidente, sino que por el contrario se traduce en una disfuncióntipificada como enfermedad mental. Lo más espectacular es quetodos los cerebros son piezas de orfebrería únicas, loque no impide que, como sucede con las enorme diversidad botánica,se puedan ordenar como por especies o grupos. ¿Familias decerebros? ¿Cómo se producen tales asociacionesvarietales? La respuesta es fascinante, pues son las culturas las quese crean un cerebro a su medida.

Hay experimentos que dicen probarque el cerebro de un occidental es distinto al de un asiático,o que el de un urbanita no coincide con el de alguien que habita enun medio rural. Sabemos también que la consecuencia dedeterminadas lesiones del cerebro (en la región llamada VMPC) es la pérdida de escrúpulossociales o, con otras palabras, de esos valores que nos impidenactuar en función de los intereses más pragmáticos, egoístaso mezquinos para darle importancia a las conductas solidarias queprotegen los bienes comunes. Pero si todo esto es cierto, si la moralidad está en un sitio, entoncesestá más que justificado que se desarrolle laneuroética y la neurojusticia, pues no basta con reconocer lapluralidad de culturas como un atenuante moral, sino que hay queplantearse hasta qué punto nuestras conductas sólo sonuna excrecencia neuronal.

Quizás muchos piensen que todo esto no es más que un juego de palabras más o menos divertido. Deben saber, sin embargo, que desde el martes pasado, el 25 de septiembre de 2007, existe ya un (neuro)índice en NASDAQ, el mercado o bolsa de empresas de alta tecnología, que monitoriza los movimientos de la pujante neuroindustria, un sector que no deja de crecer debido al aumento de las enfermedades neurodegenerativas y de la depresión, por no hablar de una nueva generación de sustancias químicas llamadas neurocéticas, cognicéuticas o cosmeticéuticas, las soñadas píldoras de la felicidad, el conocimiento o la belleza. Los dineros que mueve este sector de la producción no deja de crecer cada año y las cifras son ya espectaculares. La neuroeconomía y las neurofinanzas no son un asunto para académicos ociosos y periodistas caza titulares.

Se puede explicar de muchas maneras lo que está sucediendo y es inevitable mencionar que, junto a las nuevas terapias contra las enfermedades mentales o, por ejemplo, las prótesis contra la tetraplegia, avanzamos a toda velocidad hacia la medicalización extrema de toda nuestra conducta. No hay que ser un filósofo refinado para percibir la disolución de la frontera entre la terapéutica y la cosmética, como también la cada vez más porosa divisoria entre lo natural y lo artificial. Muchos hablan también de la inmediata emergencia de una clase subprotésica formada por las gentes que no podrían costearse un cuerpo de diseño.

La creciente precisión de las técnicas de escaneado cerebral que nos permiten ver un cerebro en acción, así como los rápidos avances en la implantación de chips electrónicos, hacen cada vez más plausible la convergencia de las tecnologías del átomo, los bits, las neuronas y los genes. Los ejércitos de todo el mundo tiene planes para desarrollar la neuroguerra mediante armamento que pudiera modificar la conducta de las tropas.

Los tecnoentusiatas fanáticos de un destino posthumano están de enhorabuena y sueñan con un cerebro de capricho o con la posibilidad de descargar la información que contiene desde su ubicación húmeda y arraigada hasta un soporte de silicio y deslocalizado que garantizaría la inmortalidad electrónica. La neuropolítica también tiene un campo insospechado por delante, pues los principios constitucionales que habilitan la libertad de expresión tendrían que ampliarse para garantizar la libertad de pensamiento.

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Comentarios

Portanto, faz muito sentido olhar com atenção para a "ontologia das neurociências"…

Interesante artículo. A pesar de que me inquieta el mecanicismo, el reduccionismo que acompaña la tecnoliberación.

Saludos y felicidades por el blog

http://www.blogtaller.com

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