trabajadores de la prueba

Tras la semana delos Nobel, volvemos a la rutina. Enhorabuena para los galardonados y también para la inmensa mayoría de esos científicos anónimos,ciudadanos de todas las lenguas y en todos lospaíses, que nunca alcanzarán la fama pero que, como el resto de sus colegas, están comprometidos en la dura disciplinadel trabajo experimental.

Estos días la prensa habló muchode los nuevos premios Nobel, las nuevas estrellas del firmamentocientífico. Gentes que han triunfado, investigadores conmucho pasado y mucho futuro. Una vez más, como cada año, nuestroimaginario colectivo se llena con figuras que aluden al éxito. El mundo real, sin embargo, está repleto decientíficos anónimos, que se mueven entreincertidumbres metodológicas, que temen por su futuro laboral, que sueñan con mejorar su índice de impacto y que recelan de los colegas que famosean enla TV. Bachelar los visualizó como una unión detrabajadores de la prueba, resaltando así su identidad corporativa,comunitarista, procedimental y consensual.

Ya hemos tratado aquí lanaturalezaoral de la empresa científica, basándonos elaltísimo porcentaje de textos científicos (papers) quenunca son citados por algún colega. También hemosdedicado más de un post a explorar los muchos rostros queadopta el fraudecientífico, ya sea debido al secretismo, la corrupcióno el falseamientode datos. Igualmente, hemos explorado los problemas que planteanla crisisdel peer review o la excesiva presión sobre loscientíficos para que publiquen rápido o logrenpatentes. Se pueden decir más cosas, pero no queremos ir máslejos. Nos basta con abrir un espacio que de una oportunidad a laimagen de los científicos entendidos como trabajadores.

Está muy bien que se reconozcael trabajo bien hecho. Más aún, sabemos que la economía de lareputación es uno de los motoresprincipales de la empresa científica. Todos los políticos ypolitólogos de la ciencia loadmiten sin rechistar. Pocos científicos, sin embargo, lograrán salirdel anonimato. Empeñarse en presentarlos como si fueran una especie dehéroescivilizatorios sólo puede ser una fuente de problemas y, a mijuicio, contribuye poco a mejorar la expansión de la culturacientífica y casi nada a que arraiguen prácticas dediscusión de los asuntos públicos menos voluntaristas ymejor informadas. Los Nobel pasan por los media, como si se tratarade deportistas, actores o empresarios de moda. Y es dudoso que talesires y venires aporten algo más que ruido.

Hace unas semanas tuve acceso a unaencuesta que se interesaba por saber loque piensan los científicos franceses sobre los organismosgenéticamente modificados (OGM) o el impacto delas antenas de telefonía móvil sobre la salud. Los resultadosmuestran que su reacción ante las nuevas tecnologías essimilar a la de cualquier otro ciudadano. El 43% de losinvestigadores sondeados (frente al 40% de los franceses en general)consideran aceptable la destrucción de plantaciones,experimentales o no, de cultivos transgénicos. Entre el 62% yel 68% de los científicos encuestados apoyan la lucha contralas antenas y el 69% consideran inaceptable el actual desarrollo delas nanotecnologías. Demasiados (75%) son también losque opinan que sería muy mala idea denunciar en la prensa los casos queconozcan de fraude o conflicto de intereses entre sus colegas. Y,para terminar, también es relevante el dato que confirma quela mayoría (58%) creen muy conveniente la intervenciónde algunas ONG en el diseño de la política científicay así mejorar las relaciones ciencia-sociedad. En fin, ya lodecíamos, los científicos, cada uno metido en su nichode especialización, no se diferencian del resto de loshumanos, salvo quizás en que son algo más radicales quelos ciudadanos menos cualificados.

Conceptualizarlos como trabajadores dela prueba, contribuye a alejarlos del rol de descubridores geniales o, peoraún, de oficiantes consagrados a la búsqueda de laverdad, pues dentro de este viejo arquetipo todos perdemos. Primero porque nose corresponde con los hechos (no digo con la verdad para no exagerarla importancia de las encuestas) y, segundo, porque les sitúaen la lógica de las políticas de riesgo cero, unapretensión tan ilusoria como insostenible. Ilusoria, porquelas afirmaciones científicas siempre son provisionales,modestas, frágiles, revisables, incompletas e inestable. Einsostenible porque otorga demasiada influencia a los expertos endecisiones que son tan políticas como científicas.

Contrastar opiniones y reforzar elrigor no son gestos contradictorios con los asociados a la tarea deimplementar la participación y favorecer la corresponsabilidaden la gestión de los asuntos públicos. Ver a losexpertos como detentadores de la verdad puede convertirlos enactores muy peligrosos y fuera de control, pues obligaría alos otros (los públicos, los consumidores, los ciudadanos de apie) a estar callados cuando, en nombre de la ciencia, intervenga unsabio, un experto y hasta un catedrático. Estaríamosentonces en una especie de estado de excepción que cancelaríaderecho constitucional de la libertad de expresión,pues sólo podrían hablar gentes con bata y un altoíndice de impacto.

Etiquetas:

Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios

A muchos les cuesta quitarse los prejucios de su formación en los curas o en las monjas, cuando no de su paso por los seminarios. Su grandeza de ambición no les permite ser menos que predicadores de una nueva verdad revelada, no en la lectura de las Sagradas Escrituras, sino a través de la interpretación los datos de sus maquinas, no menos sagradas.

Algunos, más en nuestro país que en los científicamente consolidados, confunden científismo con progresismo, posiblemente ellos así se sientan en otras facetas de su vidad, y pretenden redimirnos con la verdad de la que solo ellos pueden dar testimonio. Los demás debemos comprender su sacrificio y aceptar la salvación que nos ofrecen felices y sumisos.

Despues de la predica y la regañina, eso si siempre,pasan el platillo.

Escribe un comentario

(requerido)

(requerido)


*