Prólogo

El carnaval de la tecnociencia

Otro libro nuevo y, sin embargo, distinto. Es diferente  porque se postula como de crítica de la ciencia. ¿Necesita la  ciencia, como el arte o la justicia, una crítica externa realizada  por ciudadanos que no vivan entre probetas, telescopios y  otros instrumentos de investigación? Aquí, en las páginas que  siguen se aboga apasionadamente por una respuesta afirmativa. No es un texto contra los científicos, sino a favor de los  ciudadanos y la participación. Todo el contenido gira alrededor de tres ejes: las nuevas tecnologías, los nuevos patrimonios y las nuevas formas de ciudadanía. Pero el lector no encontrará un discurso que se despliega como los ríos en su  delta, sino una colección plural de breves historias que exploran el papel actual de la ciencia y que animan a los públicos a  plantar cara: un gesto para asumir nuevas responsabilidades y  para sacudirse el estigma de la modernidad que les condenó a  ser el otro de la ciencia: la representación pública de los que  no saben.

El carnaval de la tecnociencia es un libro que plantea una  resistenciaal presente. Para ser eficaces hemos construido un  argumento en tresetapas. En la primera, hemos colectado  muchas experiencias departicipación ciudadana en ciencia y  puesto en valor el conocimientoamateur y profano. La segunda parte insiste en la creciente importanciaque tienen los expertos en la gestión de nuestro mundo y muestra lasenor mes presiones a las que son sometidos por las grandescorporaciones industriales y las administraciones públicas. En la tercera, nos hemos interesado en la tecnociencia y en su capacidad paraalterar el entorno simbólico y natural que habitamos, amenazando aveces los bienes compartidos que, como  las plazas, la lengua, lasmatemáticas, el aire, las selvas o el genoma, son el fundamento sobreel que se asienta nuestra vida  en común.

Quienes crean que la ciencia es un asunto para científicos noentenderán el título. Pero que no se inquieten, pues basta con unapágina para explicarlo de forma convincente. Y en vez de hacerlo conpalabros de grueso calibre, lo haremos de la forma más natural posible.Quizás debiera haber dicho visual, pues lo que que me propongo esdescribir lo que irá apareciendo en el desfile de los capítulos quesiguen. 

Este libro es la crónica de un carnaval. Hay entradas que hablan de losamateurs y, entre ellos, es fácil distinguir a los pajaristas, losastrónomos y los filólogos; también están los afectados, gentes que seconsideran víctimas del desdén, la rigidez o la insensibilidad dequienes manejan los hilos, unas veces administradores, otrasespecialistas y, casi siempre, una extraña constelación de técnicos,protocolos y máquinas que no logran sintonizarse. La mayoría de lasveces son los damnificados por una perversa combinación de desidia,arrogancia y desconocimiento.  Con los afectados, también circulan losactivistas, los expertos, los banqueros, los científicos, losperiodistas y, desde luego, los funcionarios, los curas y másexpertos.  Todos van arropados con togas, batas, pinks o vendas.  Parahacerse más visibles, usan todos los medios disponibles, desdepancartas y titulares, hasta notas de prensa, cuerpos festivos y galascon premios. Tampoco echamos en falta el ruido que producen lasconspiraciones, las proclamas, las mentiras, los galardonados, loscomisionados y los discursos. 

Lo advertí: estamos de carnaval. Me doy cuenta de que es un poco raro. ¿Postmoderno?  De acuerdo, pero siempre que la palabra no se use paraamenazar a quien la pronuncia, ni tampoco para insinuar que se habladesde la bruma mientras se describe lo que vemos en un espejo roto.Nuestro carnaval es real y, si fuera necesario, diríamos que no es tanreciente. Lo que tiene de novedoso es que todos esos personajes hayandecidido reunirse, desfilar juntos, soportarse.  ¿Pero qué hace el sidapor los consejos de administración, los laboratorios y los organismosque regulan la propiedad intelectual? ¿Qué pinta entre abogados,reporteros, banderas y banderías? ¿A qué viene la carroza del tamiflu?¿Cómo se habrá colado ahí la banda de Elsevier cantando el blue delcoreano Hwan con un coro de farmachifles patrocinado por falsasfundaciones filantrópicas? Es un gran espectáculo. Hay de todo y, aveces, parece el mundo al revés:  Bill Gates paga una carroza endefensa de la cultura abierta,  IBM impulsa un modelo de gestión depatentes a la vista de todos, grandes ingenieros y programadores pasandel poder, los jueces justifican la escasez de lo que era abundante ylos enfermos se independizan de sus médicos.  En medio de la confusión,hay quien trata de que su voz se escuche. Tenemos carrozas(capitulillos, no olvidenmos que es un libro sobre un carnaval) sobrecibercondríacos, hackers, espías y catastrofistas, además de genteprotésica, deprimida, sexy o tatuada. Y, desde luego, no faltan losaccionistas, los profesores o los brokers.  En la carroza de losbuenos, en la que me gustaría estar en cuanto termine este prólogo, vanBruno Latour, Isabel Stengers, Donna Haraway, Sheila Jasnoff, DavidBollier, Karol Rose, Jochai Benkler, Peter Suber, Langdon Winner,Richard Stallman, Tim Berners-Lee y muchos de los que me enseñaron aver este espectáculo tan de nuestro tiempo.

¿A quién se le ocurriría convocarlos?  ¿Qué los ha reunido? Larespuesta es rápida: la ciencia. Para explicarlo hace falta otro par depárrafos.  Se equivoca quien piense que la palabra ciencia describe unaactividad mental practicada por gentes con bata y poco éxito social,más bien recluida entre libros y sueños. Hay muchos así, pero lamayoría son gentes de acción, capaces de dirigir equipos complejos,gestionar golosas sumas de dinero y tratar con aviesos financieros. Loscientíficos definitivamente son gentes que no desprecian el éxito, nilas cámaras, las entrevistas o los rankings. Son gente muy competitiva,acostumbrada a las evaluaciones, los controles de calidad, lasrecompensas y los fracasos.  Han aprendido a moverse con agilidad porlos consejos de administración, las sesiones parlamentarias, las cortesde justicia, los bufetes de abogados y los salones de sociedad. Yconste que lo han hecho sin perder el desparpajo que ya tenían junto allecho del dolor en los hospitales, delante de las tecnologías mássofisticadas en los laboratorios o frente a la tribu más escondida, elcongreso más cosmopolita o el texto más abstruso. Los científicos, sinduda, son gente muy versátil. Son capaces de controlar simultáneamenteel índice de bolsa y su factor de impacto.  Lamento decirlo, perotambién son demasiado acomodaticios: siempre hay muchos dispuestos atrabajar para dictadores, mafiosos o fundamentalistas, cada uno con suiglesia o su etnia, y todos con un ejército y una verdad. Esta parte,lo reconozco, es la menos simpática del carnaval. Lo se. Hablar deestas cosas es poco sexy y siempre se enfada alguien. Por mucho empeñoque pongan los organizadores, nunca logran tapar las muchas lacrasdetrás de todo buen espectáculo.

Por eso necesitamos otra palabra que recoja en un solo concepto lanovedad que representa la existencia de muy amplias connivencias entreel mundo de los negocios y el del saber, entre los objetivos militaresy los científicos, entre las tecnologías y los descubrimientos, puesalguien debe explicar que los laboratorios ya no caben en el sótano deuna casa y que parecen grandes fábricas; que muchos científicos cotizanen bolsa, que el secretismo es moneda corriente en ciencia y que venderdatos fraudulentos es una práctica que no sabemos cómo controlar.  Perohay más: los objetos científicos ya no caben en el laboratorio.  ¿Quiénpodría encerrar entre cuatro paredes el cambio climático, labiodiversidad, el aire que respiramos, los fondos oceánicos, la gripeaviar, la capa de ozono o el mal de la vacas locas?  Todos estosobjetos son híbridos,. no es sólo que pertenecen de forma simultánea amuchas especialidades científicas, sino que han adquirido tantarelevancia social y mediática que se hace imposible pastorearlos pararecluirlos entre cuatro paredes. Lo diremos de otra manera: no es quelos expertos  disputen cuál es la disciplina que mejor comprende lascosas, como prueban las interminables discusiones (y frecuentesdescalificaciones) entre ecologistas, meteorólogos, médicos oingenieros cuando tratan los diferentes perfiles de cada asunto. Talesenfrentamientos tienen algo de inquietantes, pero el problema seacentúa cuando la nacionalidad de los interlocutores resulta decisiva.Y, así, nos quedamos perplejos cuando los comités escandinavos señalanproblemas donde otros sólo ven agudos ataques  de histeria colectiva.
 
Lo social, y todavía mejor lo ciudadano, son palabras que vienen asocorrernos, porque la gente no sólo está, estamos, confundida, sinoque quiere ser escuchada. Si vamos a seguir echando residuos al aire, alos acuíferos y a los mares; si el mercado de organismos genéticamentemodificados va a ensancharse con el de los nanomateriales. Si vivimosenvueltos entre cosméticos, alimentos, abonos y tejidos fabricados conmiles de sustancias químicas cuyo impacto sobre la salud esdesconocido.  Si además estamos hablando de problemas cuyo abordaje nopuede hacerse en clave nacional, si por cada experto al servicio de lasinstituciones públicas hay otro que trabaja para las grandescorporaciones: Si no está claro a quién creer, ni quién defiende elinterés común. Y, por fin, si la naturaleza política de los objetoscientíficos es tan evidente, ¿cómo referirnos a todos estos vericuetoscon la misma palabra que usaron los ilustrados, la ciencia? Para hablarde todos estos vericuetos, hacemos lo que ya hizo mucha gente antes:nombrar con el término tecnociencia este enjambre novedoso deprácticas, actores, intereses, tecnologías y protocolos.

Diario de una navegación

El carnaval de la tecnociencia es también un esfuerzo tan plural ycolorido como el objeto mismo del que se ocupa.  Si no hubiera pordetrás un blog que lo respaldase, diríamos que se trata de un libro quereúne una colección de artículos de prensa. Pero  equivocaríamos allector.  Entonces, digamos ya que este no-libro contiene una selecciónde post (artículos) que han ido apareciendo en el blog (o bitácora) tecnocidanos.  Y no es asunto menor explicar qué significa estatraslación entre dos soportes tan distintos.  Los blogueros son genteque escribe sobre lo que (les) pasa, inspirándose en lo último que hanescuchado, leído o visto. Todas las fuentes son válidas, porquecualquiera puede evocarles un tema que desean compartir. Para publicarno necesitan pedir permiso a nadie; cualquier asunto, no importa lahora o el lugar,  puede ser publicado de forma inmediata, sin controlni censura.  Y así, un post es un empeño muy personal a la vez quepúblico. 

La blogosfera, en consecuencia, viene para ensanchar el ámbito de laslibertades y, aunque sea el entorno más liberal imaginable, tieneciertas reglas que hay que respetar.  La tecnología que emplea obliga atodos los escritores/editores, los blogueros, a ordenar sus escritoscronológicamente. Todo es posible, pero es de muy mal tono no admitircomentarios, no dejar rastros concretos personales de la navegación porla vida  y no incluir los enlaces a las fuentes empleadas comoinspiración o fuente de información.  El respeto a esta etiqueta, porlaxa que sea la exigencia de aplicarla, es el fundamento de eso quellamamos blogosfera, un espacio público construido por la convivencia(crítica) de una pluralidad de puntos de vista (la huella personal) quese reconocen entre sí (los enlaces).  Cada bloguero tiene sus blogspreferidos (blog roll), sus temas prioritarios (categorías) y, entérminos generales, opera como alguien que quiere sostener una formasingular de mirar el mundo, objetivo que le obliga a filtrar(seleccionar) la información  que usa y, por tanto, recomienda.

Tecnocidanos es un blog y trata de respetar las reglas del género. Peroal trasladarse de medio, al llegar al libro se transforma. Desaparecenlos comentarios, los links y la organización cronológica.  No es porfastidiar, sino por exigencias del guión.  Siendo el libro unatecnología tan versátil, capaz de todo y de todos, también tienefronteras difíciles de atravesar.  Pondré un ejemplo. Uno de losartículos del blog, Satélites y contraespionaje ciudadano, da cuenta dela existencia de una comunidad de hackers que ha descubierto la manerade rastrear los satélites de los servicios de inteligencia y, paraprobar la resistencia de la gente a ser espiados, publica las órbitas yposicionamiento de tales artefactos invasivos. Dejo de lado algunosdetalles suculentos, porque lo que me interesa es recordar que  estepost ha recibido cientos de comentarios de gentes de todo el mundo quedicen querer espiar a su novia o ver su pueblo desde el cielo. Estáclaro que en la red el coste de publicar es casi cero y por eso no esdifícil decidir que todos los comentarios son relevantes. En un libro,sin embargo, su publicación sería infumable.
Navegar es ir de un link a otro, de una página a otra, mientras se vauno documentando.  Al final, con mucha frecuencia, se lee sobre cosasque nada tienen que ver con los intereses iniciales. Abrir un blog esarriesgarse a una aventura nómada.  La gente curiosa está perdida.  Elbloguero mantiene una red invisible de vínculos que conectan unos postcon otros, incluidos los suyos propios. En términos generales, cabedecir que el orden que vertebra el blog no es causal o procedimental,sino conectivo o panorámico. Si uno mira un paisaje lo que ve es larelación que se da entre colores, formas, arquitecturas y cultivos. Cuando luego, más tarde, lo piensas, aprendes a ver las jerarquías quelo conforman y a obtener respuestas para preguntas del tipo ¿qué fueprimero y qué después?, ¿por qué esto o  aquéllo? ¿de quién es eso o lootro? ¿cómo llegaron allí, de qué viven, con qué sueñan?  La soluciónparcial a estas cuestiones crea un paisaje completamente nuevo quecambia para siempre nuestra manera de mirar y, desde luego, de ver. Vemos como si estuviéramos leyendo. El blog, sin embargo, entroniza lamirada fragmentaria, singular, espontánea, cotidiana, colorista ydescentralizada. En esa frescura, en su amateurismo iconoclasta, estásu luz y, cómo no, su cruz. Como en un libro no hay link (las notassólo son pálido remedo de la hipertextualidad), el orden no puede sercronológico, salvo que trabajemos con aforismos.

Esta es la reflexión que hemos elaborado para acabar tomando variasdecisiones.  Entre ellas, suprimir los comentarios porque su calidad esdiscutible y su contenido demasiado errático. Tampoco están los enlacespor dos motivos: primero, porque mi ilusión es que el libro no seindependice por completo del blog y que el contacto con el papelconduzca al uso del ratón y, segundo, porque personalmente creo quenunca copié una dirección url encontrada en un impreso para escribirlaen el navegador y creo que habrá muy poca gente que lo haga.  Así, paraquien quiera llegar más lejos se ha incluido un subrayado que adviertede la existencia en el blog de un enlace donde se puede encontrarinformación complementaria y/o contradictoria.  El cambio más notableha sido introducir un título y un índice.  Uno y otro expresan lavoluntad de hacer el producto más inteligible a primera vista. Más aún,quieren también dar cuenta la existencia, todo lo contingente que sequiera, de un proyecto.  Me confiese un bloguero concienzudo, o sea,tenaz en el esfuerzo y consciente de sus potenciales consecuencias. Escribo como si alguien fuera a leer los post y luego tomárselos enserio.  En fin que me esfuerzo en documentar bien las cosas, sintampoco renunciar a mis propias convicciones.  Aunque no intento hacerbalances políticamente correctos, tampoco renuncia a la pretensión deser veraz. Tecnocidanos contiene un subtítulo: en defensa de lagobernanza, la participación en ciencia y el procomún. O, en otrostérminos, que asume su condición militante.  Proponer la lectura de lospost, los capítulos (capitulillos) de este libro, según un orden,transforma sin traicionar gravemente el espíritu del blog, y hace másfácil la lectura del libro. Baste decir que lo que el lector tieneentre las manos supone un tercio del contenido del blog y dos años detrabajo ininterrumpido desde abril de 2005.

En fin, voy a decir ya las tres secciones en las que están divididostodos los textos.  El desfile carnavalesco, ya lo dijimos, tiene quever con la exploración de las mil un lugares en los que se enreda y lasformas que adopta en nuestro mundo la ciencia y la tecnología. Es unlibro para entender algo mejor cómo funciona la ciencia y es tambiénuna guía de emplazamientos, embrollos, atuendos y personajes quepululan por este nuevo teatro (científico) universal. Para resaltar losgestos, flujos y roles que más me interesan, el lector encontrará tresgrandes apartados: nuevos actores, para identificar los muchos einesperados papeles del reparto; nuevos procesos  para mostrar la formaimprevisible en la que se entremezclan las máquinas, los dineros, laspersonas y las instituciones; y, nuevas prácticas.  para hacerevidentes que con tantos novedades en el reparto y tantas reescriturasde la trama, la obra ha cambiado mucho y, si no me equivoco,  todavíatendrá que cambiar más para que la ciencia pueda ser identificada comouna empresa al servicio del bien común.

Nuevos actores

Me encuentro entre los que venimos argumentando que hay paralelismosentre la cultura de la Ilustración y el momento actual. Si se puedehablar de una revolución de la lectura en el siglo XVIII, también hoyvale decir que la facilidad para publicar y crear redes, la rapidezpara difundir y validar, unido a la proliferación de tecnologíassociales, la revalorización del saber profano y la construcción denuevas formas de autoridad, están provocando una segunda revolución dela lectura. Lo novedoso no es que se multipliquen los textos, sino quecualquiera puede producir contenidos, así como todos podemos controlarla calidad de lo que aparece.  Wikipedia es el ejemplo más popular,pero no el único. El más espectacular es el software libre y la culturahacker (colaborativa, distribuida, competitiva y basada en la economíadel don) a la que ha dado origen.

Si eres hacker, como si eres antiviveseccionista, homeópata, tienescáncer de mama o padeces electrosensibilidad, la web ha creado para tí(y, pronto, contigo) una colección de sitios en dónde intercambiardatos, miedos, combates y soluciones. Los amantes de la astronomía, lospájaros o las matemáticas están de fiesta: internet es lo mejor quepodía pasarles.  Entre los nuevos actores hay que contar a quienes,como los enfermos de SIDA o los afectados por una miopatía, decidierontomar la responsabilidad de su propia enfermedad, ponerse a estudiar,intercambiar síntomas y terapias, y obligar a los médicos aescucharles. En su conjunto, todos estos movimientos han logrado darleun vuelco a la relación médico enfermo, como también han sidoejemplares las luchas de Pugwash contra la proliferación nuclear, deErin Brocovich contra la contaminación ambiental o de Bird Life endefensa de los pájaros de Europa. Cada una en su asunto, pero entretodas han logrado modificar de forma significativa la relación de losciudadanos con la ciencia  y la de los científicos con los poderesestablecidos.  No sólo hablamos de nuevos actores, sino también nosreferimos a nuevos valores de los que, pese a ciertas resistencias, yano podremos prescindir.  Así que su tránsito desde la marginalidad  alprimer plano de la escena política y cultura está garantizado.

Nuevos procesos

La corrupción es algo antiguo, pero puede variar la intensidad, lamagnitud y sus formas.  Si el 61% de los diez mil expertos que trabajanpara la norteamericana Food and Drug Administration, FDA declaraconocer casos de interferencia en sus dictámenes, entonces estamos anteun fenómeno que, por converger con otros muchos, nos permite hablar decrisis en el sistema de los expertos.  El asunto es grave porque unagran parte de eso que llamamos estado de bienestar está asociado a lacapacidad de las instituciones públicas para resolver los conflictos deintereses entre productores y consumidores, o entre las corporaciones yla ciudadanía. Si los expertos están corrompidos la democracia estáamenazada. Además de corrupción, también hay que hablar de secretismo yfraude, por no mencionar toda la parafernalia de bufetes jurídicos,agencias de prensa, falsas fundaciones, empresas de marketing ocientíficos a sueldo, dispuestos a trabajar coordinadamente para eludirel control de la administración pública o el de los editores en lasrevistas científicas.  Su principal táctica es sembrar incertidumbre,ofrecer documentos, datos, testimonios y demás trucos retóricos paradecir que las evidencias no son sólidas, que hacen falta más datos, quelos científicos no se ponen de acuerdo. Y así ganan tiempo y, mucho,muchísimo dinero.

El proceso de privatización del conocimiento es abrumador.  La cienciava camino de ser otro de los recursos que manejan las grandesmultinacionales para conquistar mercados, imponer gobiernos o intoxicarla opinión.  Bastará con que lo digamos una vez: no todos loscientíficos están comprados o están dispuestos a venderse, como tambiénes cierto que hay muchas instituciones  que se han dotado conobservatorios para vigilar la conducta de sus empleados. Acepto de buengrado que la mayoría de los investigadores y profesores son gentehonesta y comprometida con el bien común. Pero hay datos que nosobligan a no mirar para otro sitio cuando hablamos de estos asuntos. Enel carnaval de la tecnociencia hay sitio para los mentirosos, lospseudoexpertos, los científicos comprados y los terceros actores asueldo. El sistema de control de calidad de la ciencia, el llamado peerreview, está en crisis, como también el que se utiliza para asignarpatentes. Sobre todos estos asuntos encontrará el lector pistassuficientes. Obviamente, tampoco se nos olvidó tratar de las muchasformas de abordar una problemática tan compleja.
 
Explorar lo que queremos decir con el término gobernanza, precaución oincertidumbre es uno de los ejes que vertebran el texto. Por suscapítulos van desfilando  muchos conceptos complejos y necesarios. Entre ellos, gobernanza anticipatoria, catastrofismo ilustrado,parlamento de las cosas, guerras de la ciencia o tercer sectorcientífico.  No hemos eludido referirnos a la biz science, lamanufacturación de incertidumbre, la producción de escasez, lapropiedad intelectual , el tráfico de enfermedades, la responsabilidadde los científicos y las alternativas a la privatización del saber.  Unguión, creo, tan suculento como inquietante.

Nuevas prácticas

No todo el mundo quiere hacer del conocimiento un/su negocio. Nitampoco cabe eludir la responsabilidad individual de cada uno echándolela culpa de todo a los imperialistas o al demonio. Por supuesto haygrados y cada quien, si quiere, que piense cómo situarse en la dinámicade las soluciones. Llegados a este punto, lo más desagradable es lagente que dice tener soluciones rápidas, desprecia el problema y rehuyeel diálogo.  Tampoco me siento cercano a toda la corte de lostecnófobos y, en el otro extremo, de los tecnoentusiastas.  En todocaso, mi admiración por los hackers y los defensores de la culturaabierta me ha enseñado que un gesto reaccionario ante las nuevastecnologías sólo sirve para ceder todo el terreno a quienes ya lasdetentan.  Soy, en definitiva, muy favorable al lema que hicieron suyolos creadores de Indymedia:  “Don’t hate the media… be the media”  (No odies los media… se tú el media”), Y, con todas las reservas quese quiera, sigo con el mayor interés todo cuanto viene diciéndose sobrela cultura ciborg y nuestro destino posthumano. Hay muchos post quetratan de pensar lo que de mediado y, por tanto, filtrado por máquinas,hay en nuestra conducta, nuestra mirada, nuestros valores y nuestrosdiscursos. Para quienes se sienten amenazados por las nuevastecnologías se les invita a considerar el alfabeto, la imprenta y ellibro como formas de codificar, transformar y difundir lo que pensamosy sentimos que, entre sus muchas consecuencias, nos trajeron formas másabiertas de gestionar lo público, como también cabe  achacarles ladestrucción de la cultura oral.

El respeto a otras maneras de valorar la tecnología, no me impidedefender la importancia de que avancen tanto como puedan nuevas formasabiertas de gestionar la autoridad. En esta tercera parte no faltanunos cuentos artículos para argumentar la necesidad de implementar elopen access, el open peer review, el open data y, en fin, el peer topaten.  El eje de la argumentación es simple: todo cuanto se pague confondos públicos (la ciencia, por ejemplo, pero también los datosgeográficos, meteorológicos o catastrales) debe ser público también. Hace una década esta exigencia aunque válida  era impracticable, perolas cosas han cambiado mucho y hoy ni tiene un coste desmesurado, ni estécnicamente imposible. Más aún, si queremos unos ciudadanos implicadosen los problemas y en las soluciones no hay más remedio que poner adisposición de todos información de calidad. Nos jugamos mucho en todasestas iniciativas destinadas a mejorar la transparencia de lainformación y de los procesos de toma de decisiones.

Ya lo hemos dicho, explícita e implícitamente, nos estamos refiriendo ala calidad de la sanidad, la alimentación o el medioambiente, y tambiéna los muchos peligros que amenazan el aire que respiramos, labiodiversidad, el clima o el conocimiento primitivo. Estamos hablando,en una palabra, del procomún, es decir de esos bienes que son de todosy de nadie al mismo tiempo. Unos bienes que, por otra parte, sonimprescindibles para la vida en común o, más aún, son el soporte de lavida misma. Por eso el blog y el libro militan a favor del procomún, unconcepto fácil de entender y extremadamente difícil de gestionar. 

Crítica de la ciencia

A nadie le extraña que la prensa incluya secciones de crítica musical yliteraria, como también de arte, de cine o de exposiciones.  Es normalque siendo, como son, empresas humanas contingentes, sometidas a laspresiones del entorno y a los caprichos del autor,  merezcancomentarios que califiquen el acierto, pertinencia, belleza uoriginalidad del producto que se presenta ante al público.  Además, ensu conjunto, conforman una parte significativa del entorno simbólicoque sostiene nuestra vida social. No es solo que podemos dialogar conla obra de otros, sino que queremos explorar las condiciones deposibilidad para otras formas de construir el mundo y habitar la urbe. ¿Cabe una relación de ese tipo cuando hablamos de la ciencia?  O, dichoen otros términos, cabe una relación con la palabra científica que nose limite al dictamen sobre su veracidad o falsedad?  Si así fuera, siel único gesto posible ante la ciencia fuera asentir o,alternativamente, rechazar, entonces sólo podrían tomar la palabra loscientíficos mismos, pues son los únicos capacitados para manejar losdispositivos lingüísticos, tecnológicos y disciplinarioscaracterísticos de las ciencias.

Los hechos, sin embargo, contradicen esta tesis beata sobre elfuncionamiento de la ciencia. Todos los días, en los laboratorios y enel ministerio, en la prensa y en el Parlamento, se habla del carácterapropiado, prioritario, solidario, estratégico, competitivo, europeo ocostoso de los proyectos científicos. Tampoco faltan debates sobrepatentes, retornos, contrataciones, evaluaciones, innovaciones,premios, privatizaciones y desarrollos sostenibles. Seguro que quedapoca gente  que todavía no han oído hablar de secretismo, fraude ocorrupción en ciencia.  Y todo esto es nada si pensamos en nuestracondición de conejillos en medio de experimentos de alcance planetario,como los que están en marcha una vez que nos pusimos a alimentar vacascon piensos de origen animal o que no sabemos cómo controlar lasemisiones de CO2 a la atmósfera.  Espero que nadie se sorprenda sirecordamos que la sucesión de crisis alimentarias, sanitarias omedioambientales tiene mucho que ver con, para decirlo suavemente, unainsuficiente evaluación de los riesgos asociados a las nuevastecnologías.  Y si esta crisis del peritaje experto es manifiesta, seao no provocada por la existencia de conflictos de intereses, entonceshemos de admitir que todos formamos parte de un sin fin de experimentosque suceden en tiempo real y fuera del laboratorio.

¿Cómo no vamos a hablar de ciencia?  Si cada día se toman decisionesorientadas a minimizar los riesgos, conservar la naturaleza, gestionarlos recursos o equilibrar el reparto de los males, y todas estasiniciativas que acaban llegando al Boletín Oficial del Estado (opublicación equivalente) tiene que pasar antes por los laboratorios,los seminarios, los papers, los comités, los congresos, los foros y lospaneles internacionales, ¿cómo no aceptar la necesidad de una críticade la ciencia? Los partidarios de hablar de nuestro sistema deorganización política en términos de una democracia técnica otecnodemocracia se sorprenden de que revistas a las que se asoman losintelectuales y los políticos sigan reservando para estos asuntosespacios residuales y que los Suplementos culturales que encartansemanalmente los periódicos de más alcance solo sepan hablar de laciencia para rendirse ante las maravillas del emblemático “Y es que lasciencias avanzan que es una barbaridad” que ya proclamara la zarzuelaLa del Soto del Parral. 

Vamos a concluir, porque este largo argumento nos vale para decir queEl carnaval de la tecnociencia puede tomarse como un libro de críticade la ciencia y que, por tanto, ensaya una distancia al objeto queautorice y dignifique el género. Los amantes de la ciencia sufrirán unpoco cuando se enteren de algunas conductas indecentes.  He tratado,sin embargo, de ser cuidadoso con los sentimientos ajenos, pero sialguien se enfada mucho puede dejar constancia de su enojo en el blog einiciar un diálogo conmigo y los otros lectores. Dos palabras más: hubolectores, como Nuria y Adolfo, que me acompañaron de cerca y les estoymuy agradecido. Mi deuda mayor es con el sistema madri+d que no solo medio la oportunidad (un verdadero privilegio) de escribir (casi) todoslos días, sino que se empeñaron en hacerme creer que se trataba de unesfuerzo que lo merecía. Y, desde luego, debo decir que cuando estabamás cansado o perdido me dejé convencer. Gracias Alfonso. GraciasCarlos.

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Comentarios

hola antonio,

esta Tarde estuve en la libreria, hoJeando Tu Libro, que me llamó la atención… Después de leer on-line el Prólogo,decirte que en adelante seguiré tus palabras, en PaPel o en formato electrónico.enhorabuena.

Gracais Jordi. Seguimos pues la conversación.

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