Los cuatro entornos del procomún

En los próximos días, la revista Archipiélago sacará un número dedicado al procomún. El texto que incluyo en el post contiene un primer intento de caracterizar/visualizar el plural y elusivo mundo de los bienes comunes (commons).

Bastanunos minutos para entender la inmensa complejidad que tiene la nociónde procomún. Disponemos de muchas definiciones aceptables,aunque las más frecuentes bordean de una u otra manera elproblema de la propiedad y la teoría del valor. Cuando decimosque pertenece al procomún todo cuanto es de todos y de nadie amismo tiempo estamos pensando en un bien sacado del mercado y que, enconsecuencia, no se rige por sus reglas. Los procomunes no sonasimilables a la noción de mercancía. Eso es lo quepasa también con el patrimonio, conformado por todos esosbienes (cuadros, libros, restos arqueológicos, y tambiénrocas o plantas) que preservamos en los museos, las bibliotecas o losjardines botánicos.

Perohay muchos bienes que no caben en un edificio y a los que tambiénhay que otorgar la condición de bien patrimonial, lo queequivale a definir jurídica y técnicamente sus bordespara poder protegerlos contra las prácticas abusivas,incluidas todas las formas de apropiación del bien paraconvertirlo en simple recurso. Estamos ahora aludiendo a los lugaresde la memoria (el yacimiento de Atapuerca, el oratorio de San Felipeen Cádiz o el campo de concentración de Auschwitz),pero también a los ríos, el folclore o los pájaros;es decir, bienes que ni siquiera tiene la condición denacionales o, en otros términos, que ningún estadopuede legislar en exclusiva sobre su naturaleza y preservación.

Y siguiendo por esta línea llegamos a un inmenso paisaje quenos muestra la extrema diversidad de bienes sobre los que se asientala posibilidad misma de una vida vivible y, entre ellos, sólomencionaremos una cuantos para no convertir este texto en un aburridocatálogo de términos más o menos abstractos.Basta con mencionar el aire, la luz del Sol, la biodiversidad, elgenoma, el ciclo de los nutrientes y espacio exterior. A los bienesnaturales, tenemos que añadir un sinfín de bienesculturales como la ciencia, la democracia, la paz, la redinternacional de alerta contra epidemias, la estabilidad financierainternacional, el conocimiento primitivo, el sistema de donaciónde órganos, las semillas o la gastronomía. Nada hemosdicho todavía del nuevo ámbito de actividad humana quese ensancha por Internet, basado en el espectacular desarrollo de lastecnologías de la información y las comunicaciones,pero inimaginable sin la proliferación de innovaciones que lospropios usuarios han introducido. Ningún ejemplo es másclaro para explicar cómo las tecnologías y lascomunidades se coproducen de una forma tan sutil y profunda que elesfuerzo de distinguir entre los aspectos técnicos y lossociales sólo conduce a la melancolía.

Novamos, sin embargo, a continuar esta línea argumental. Lo queaquí nos interesa es subrayar cómo hemos idoapartándonos de la noción de propiedad para adentrarnosen la de comunidad. Y es que es imposible evitar lo que es obvio: elprocomún, los bienes comunes -los commons, en inglés-sostienen y son sostenidos por colectivos humanos. Y, así,salimos de la economía y nos metemos en la antropología.La definición anterior de procomún es claramenteinsuficiente. De la ética de los valores hemos de transitar ala de las capacidades si queremos entender cómo es la dinámicade producción del procomún, pues un bien comúnno es más que una estrategia exitosa de construcción decapacidades para un colectivo humano. A nadie sorprenderáentonces que estemos hablando de bienes compartidos cuya circulaciónestá regulada por la economía del don (Benkler, 2006).

Alhablar de la polinización de las plantas como un bien común,se plantea el interrogante de si podría ser de otra manera.Nadie piensa en la órbita del planeta Tierra hasta que alguiendisponga de la tecnología para modificarla y, entonces habráque declararla un bien común. ¿Y la sensibilidad? Nosreferimos a la capacidad para experimentar gozo ante un cuadro y unpaisaje o dolor delante de la enfermedad o desgracia ajena. Si noscreemos que la polinización es un fenómeno naturalcomparable, por ejemplo, a las leyes de la gravitaciónuniversal o que los principios electrobioquímicos que regulanla miriada de interacciones neuronales son autónomas y noreprogramables, entonces podemos estar muy equivocados.

Las nuevastecnologías pueden alterar, directa o indirectamente, elsistema de orientación de las abejas o el funcionamiento delcerebro humano, al extremo de que lleguemos a considerar que estáen peligro un bien que creíamos inagotable o inapropiable,como está pasando con el aire, las matemáticas, lascalles o el folclore. Hay, en efecto, una profunda relaciónentre nuevas tecnologías y nuevos patrimonios, pues todos losdías aparecen nuevas posibilidades de cercar o de abusar de unbien que sólo comenzamos a valorar cuando empieza a estaramenazado. Si una empresa puede usar los mares o la atmósferapara echar la basura que produce y ahorrase los costes de unaproducción no contaminante o alguien descubre la manera demodificar los genes de alguna especie y patentar nuevas formas devida, la humanidad en su conjunto tiene el derecho a sentirseamenazada y a reclamar la condición de procomún para elaire que respiramos y el genoma que la bioquímica, el tiempo yel azar nos han legado.

Las comunidades que crean y son creadas porlos nuevos procomunes son entonces comunidades de afectados que semovilizan para no renunciar a las capacidades que permitían asus integrantes el pleno ejercicio de su condición deciudadanos o, incluso, de seres vivos. Si la ética de losvalores nos ayuda a entender los movimientos que estánconduciendo a la formación de un tercer sector de la economíay del conocimiento distinto a los tradicionales privado y público,la ética de las capacidades nos permite avanzar en comprensiónde cuáles son las políticas y las acciones a emprender(Sen, 1998; Nussbaum, 2007; Cortina, 2002).

Seríainjusto no reconocer el papel del estado moderno, incluso en paísescon graves déficit democráticos, en la defensa deciertos bienes que, como la salud, la educación y la justicia,son vertebrales en nuestra concepción de la política yel bienestar social. El sector público ha sido, en muchascasos, motor de la equidad y la libertad, actuando en defensa de losdébiles, los trabajadores y los consumidores, por no mencionarsu intervención en favor del medio ambiente y los derechoshumanos. Negar, sin embargo, su implicación en las actividadesmás mezquinas y devastadoras, sería absurdo. Cuandovemos sus muchos titubeos y hasta dejación deresponsabilidades en ámbitos como la paz, la alimentación,la biodiversidad o el conocimiento, no tenemos más remedioque admitir su incapacidad para resistir la presión de lasgrandes corporaciones industriales o financieras (Ostrom et al.,2002).

Ya es redundante hablar de gobernanza, lo que no sóloimplica ensanchar los ámbitos de la democracia, sino tambiénun reconocimiento del fracaso de la tecnocracia en la gestióndel mundo. Sin la presión de ese tercer sector que conforma elcaleidoscopio de las ONG y los movimientos ciudadanos no habríafreno para la barbarie manifiesta del capitalismo global (Bollier,2002; Stiglitz, 2006; Barnes, 2003).

Laconstitución de este tercer sector como una especie decoalición de comunidades de afectados empoderadas choca deplano con la dificultad para reunir y visualizar el procomún.Y es que se trata, como hemos intentado mostrar, de un objetoextremadamente diverso, tanto si pensamos en las distintas escalasdonde puede emerger (barrial, local, nacional, regional o global),como si nos detenemos a considerar la pluralidad de formas degestionarlo, de actores involucrados, de regímenes jurídicosafectados o de tecnologías necesarias para sostenerlo.Admitiendo que semejante diversidad no debe ser vista como unproblema sino, por el contrario, como un rasgo característicode la cornucopia que representan los bienes comunes, no queremosrenunciar al intento de ofrecer una imagen que nos los muestre comoun colorido tapiz de retales, un mosaico que exhiba y sostenga laabundancia, variedad y heterogeneidad que caracteriza el procomún.

cuadro/tapiz_de_la_cornucopia_de_los_bienes_comunes

Loscuatro entornos

Parala construcción del tapiz nos hemos inspirado en la nociónde entorno que propusiera hace unos años Javier Echeverríapara inscribir lo humano el mundo de las TIC, entendido como unsistema técnico que, además de ensamblar unaconstelación de tecnologías, conforma un sistema socialen el que tenemos que aprender a adaptarnos (Echeverría,1999). Y ciertamente este llamado tercer entorno, una propiedademergente del sistema de las TIC, ha adquirido una presencia tandecisiva en nuestra vidas que merece un tratamiento antropológicocomparable al que han recibido las otras dos grandes adaptacioneshumanas en la historia: la que le ha permitido desarrollarse comoente conectado al territorio (el medioambiente) y la que lo convirtióen un ente conectado a otras personas (la ciudad). El entorno digitaladquiere así la misma relevancia antropológica,económica, y política que los historiadores y filósofosasignan el entorno natural y al urbano.

Hay un cuarto entorno que aquíquisiéramos sugerir como imprescindible para entender eldespliegue de lo humano en el tiempo: el cuerpo, un ámbitoirreductible a las leyes de la naturaleza o de la moral, y siempreresistente a los muchos intentos de convertirlo en una abstracciónteológica, jurídica, médica, estadísticao, genéricamente, biopolítica. El cuerpo no sóloes una maquinaria única capaz de procesar ingentes cantidadesde información, ya sea que digiera alimentos, ya sea quecapture luz o sonido exterior, por no mencionar todas las formas deextraer, modificar, almacenar, transportar y exhudar datos yestructuras, lo mismo da que hablemos de la bioquímica delagua contaminada, que de los procesos de fecundación ydesarrollo de un embrión, sin olvidar, claro está, todocuanto tiene que ver con el habla, las herramientas y las redes quefabrica y por las que es fabricado.

El cuerpo enfermo y el cuerpogozoso no son naturaleza, ni tampoco cultura, sino otro entorno alque remitir y en donde contrastar lo que (nos) pasa. El cuerpo, endefinitiva, es el sensor que alerta de la existencia de sustanciascontaminantes u otras amenazas para su integridad, sin ser unamáquina que responda en todos los humanos de forma homogéneani unánime, aún cuando estemos hablando de cuerposextendidos o mediados por la tecnología (Ihde, 2004). Suespecificidad es un escándalo, un lugar estratégicoabierto a las contingencias, resistente a las formalizaciones ysiempre amenazado por las múltiples normas, prohibiciones,discursos que intentan contener su realidad inabarcable, que tratande descorporeizarlo (disembodiment) (Val, 2006).

Sila vida se ha desplegado en los cuatro entornos mencionados, tambiénserá necesario defender en cada uno un conjunto de bienescomunes que garanticen su sostenimiento dentro de unos márgenesmínimos de dignidad y libertad. Con ánimo de concretaralgo y reconocer los distintos niveles de complejidad que vertebran los procomunes en cada entorno, hemos elaborado un artefactoconceptual que en su versión más simple tiene elsiguiente aspecto:


cuerpo

medioambiente

ciudad

digital

sensibilidad

corporalidad

biosfera

geosfera

doméstico

cultural

urbano

código

estructuras

Cuerpo

Losprocomunes del cuerpo tiene que ver con el hecho de que en términoshistóricos nunca tuvo un propietario claro y siempre estuvo ysigue estando amenazado. Eso de que cada uno es dueño de sucuerpo es una idea o un derecho muy reciente. No sólo nosestamos refiriendo al largo recorrido de la esclavitud o a lamultiplicidad de discursos que quieren someter su individualidad alos intereses de una comunidad religiosa, política o natural(étnica, médica o genética), sino tambiéna la posibilidad cercana de que pueda manipularse nuestrasensibilidad u organizar un mercado floreciente con las partesseparadas del cuerpo (embriones, tejidos u órganos).

Másaún, los datos clínicos o genéticos que resultande las pruebas a las que somos sometidos cuando acudimos a unhospital, pertenecen en exclusiva, al igual que los órganos,al cuerpo de origen. Y, si por el motivo que sea, han de serdesagregados o separados, entonces debieran integrar el procomún.

Medioambiente

Estees el entorno más obvio, pero que sea fácil admitirnuestra extrema dependencia del medioambiente, no significa que losacuerdos para gestionarlo lleguen más deprisa. Las fuertespolémicas que seguimos manteniendo sobre el impacto de losresiduos radioactivos o las emisiones crecientes de gases de efectoinvernadero dan cuenta del largo camino que nos queda por recorrer,como también de la incapacidad de las instituciones públicaspara buscar equilibrios tan necesarios como urgentes.

Cuandohablamos del clima, las selvas, el espacio exterior o la fotosíntesispercibimos la profunda dependencia que estos procomunes mantienerespecto de las nuevas tecnologías. Es difícil no verla ciencia como el más poderoso mecanismo de fragmentación,modularización y, sin solución de continuidad,mercantilización y privatización de la naturaleza.

A tal extremo, que muchos bienes que se consideraban inagotables hancomenzado a estar amenazados y ser sustraibles (subtractability),es decir agotables y, lo peor es que como explicó Ostrom(1999), siempre es extremadamente costoso restringir el libreacceso/uso a los abusones (polizontes, free-riders).

Hoyque es tan fácil citar negocios que incorporan altas dosis deconocimiento científico, no necesitamos extendernos sobre laimportancia que tienen las patentes (principal mecanismo de declararexcluible un bien) en el desarrollo espectacular de la industria delas prótesis (químicas, genéticas, electrónicaso mecánicas) y la producción de quimeras en el ámbitode la vida humana y no humana. Por supuesto que la discusiónsobre lo que puede o no puede ser patentado es importante, aúncuando aquí sólo queremos recordar que el procomún,los bienes comunes, no son un hecho objetivo, sino fruto de unadecisión política necesariamente conectada a lastecnologías circulantes.

Ciudad

Laadaptación a la urbe constituye la construcción de unasegunda naturaleza que se escala en las diferentes formas de vidasocial, desde las más primitivas y reducidas (clanes ycomunas) hasta las más abstractas y gigantescas (megalopolis ynaciones). La naturaleza de la que hablamos es simbólica y sehace con todos los flujos de personas, palabras y mercancíasque recorren las redes que sostiene la vida en común. Incluyelas calles de nuestras ciudades, pero también las fiestas, lasleyes, las semillas y el conocimiento, bienes que han sido producidospor la humanidad a lo largo del tiempo y que no pueden serprivatizados.Viviren sociedad ha dado origen a un sinfín de formas deorganización que pueden describirse mediante un cuadro quemuestre las jerarquías, dependencias y funciones de cada unade las partes que las conforman.

Cuando se tiene a la vista elorganigrama se puede ver la estructura maquínica de la vidahumana, es decir, los automatismos con los que contamos para que lascosas funcionen. Pero hay algo que no puede captar un diagrama deflujos y que tiene que ver con las interacciones entre la gente, almargen de las que se dan entre actores humanos y no humanos. Estaparte informal de las relaciones, proliferativa y cotidiana, de bajaintensidad y mucha densidad (Delgado, 2007), y que es esencial paraque las cosas funcionen debería ser puesta en valor yconsiderada como un bien común construido entre todos que, enconsecuencia, no pertenece a los jefes, ni a comité alguno derepresentantes. Desde luego no funciona como una instancia de poder(que siempre pueden ser captadas e integradas al cuadro) sino como elámbito de lo común, de la capacidad común(Rancière, 2006).

Digital

Lairrupción del movimiento que condujo al software libre y alcopyleft, como también a la defensa de los estándaresy los protocolos abiertos sigue siendo el motor de Internet o, enotros términos, la vis que mantiene el proyecto de una redconcebida como un ámbito de libertades y no sólo uninmenso mercado. Pero es que además habiéndosereducido a prácticamente cero los costes de edición,copia, reproducción y transmisión de datos, el mundodel conocimiento y de la creación han sido sacudidos porprofundos cambios que van a transformar para siempre la relaciónprofesionales/aficionados, productores/consumidores yautores/públicos.

Lasduras batallas por los derechos de propiedad intelectual o depatentes que están permitiendo que un sector pequeño dela población se apropie de lo que hasta ahora era consideradofruto de una creación colectiva e histórica, haceevidente la existencia entre los intelectuales y artistas deprofundos movimientos resistencialistas frente a las nuevastecnologías, así como la necesidad de abrir un debatesobre qué ámbitos de la cultura se pueden o noprivatizar y qué nuevas prácticas de sociabilidad enred se pueden o no criminalizar.

Lasanteriores consideraciones han sido elaboradas después dehaber tomado la decisión de producir una imagen capaz decontener el procomún en su conjunto. Y, desde luego, elcuadro que presentamos aspira a mostrar de un golpe de vista laextraordinaria complejidad que tiene la trama que forman los bienescomunes. Fabricar una imagen, lo sabemos, no es una operaciónsin mucho riesgo e implica, al menos, dos decisiones delicadas:primero, asumir que el procomún puede hacerse visible como unente externo y abstracto, al margen de las comunidades y losconflictos en los que está envuelto; segundo, ensanchar lanaturaleza profundamente tecnológica del procomún, puescompartir una imagen de algo requiere una cadena de movilizacionesque incluyen procesos de fragmentación, modularización,simulación e inscripción en uno o varios media. Y sí,lo hacemos para dar nueva legitimidad a la reclamaciones sobre elprocomún, sin ocultar la extremada complejidad de actoresimplicados. No en vano conocer algo siempre fue una operaciónque tiene mucho que ver con iluminar, desvelar, descubrir y, endefinitiva, mostrar. En el régimen escópicocaracterístico del conocimiento en la modernidad sólopuede ser creíble lo que sea visible.

Bibliografía

Barnes;Peter (2003), Who Owns the Sky? Our Common Assets And the Futureof Capitalism, Washington: Island Press.

Benkler,Yochai (2006), TheWealth of Networks: how social production transforms markets andfreedom,Yale University Press.http://www.benkler.org/wealth_of_networks/index.php/Download_PDFs_of_the_book

Bollier,David (2002), Silent Theft: The Private Plunder of Our CommonWealth, New York: Routledge.

Bollier,David (2003), “El redescubrimiento del procomún”, http://biblioweb.sindominio.net/telematica/bollier.html

Cortina,Adela (2002), Por una ética del consumo, Madrid: Taurus

Delgado, Manuel (2007), Sociedades movedizas. Pasos hacia una antropologíade las calles, Barcelona: Anagrama.

Echeverría,Javier (1999), Los señores del aire y el Tercer Entorno,Barcelona: Destino.

Ihde,Don (2004), Los cuerpos en la tecnología, Barcelona:UOC.

Nussbaum,Martha (2007), Las fronteras de la justicia. Consideraciones sobrela exclusión, Barcelona: Paidós.

Ostrom,Elinor (1990), Governing the Commons: The Evolution ofInstitutions for Collective Action, Cambrigde University Press.

Ostrom,Elinor; Dietz, Thomas, Dolsak, Nives; et al. (2002), The Drama ofthe Commons, Whasington, DC.: National Academic Press.

Rancière,Jacques (2007), El odio a la democracia, Buenos Aires:Amorrortu.

Ridgeway,James (2004), It’s All for Sale: The Control of Global Resources,Durham, NC.: Duke University Press.

Sen,Amarthya (1998), Bienestar, justicia y mercado, Barcelona:Paidós.

Sen,Amarthya (2000), Desarrollo y libertad, Barcelona:Planeta

Shiva,Vandana, Manifiesto para una democracia de la Tierra. Justicia,Sostenibilidad y Paz, Barcelona: Paidós.

Stiglitz,Joseph E. (2006), Cómo hacer que funcione la globalización,Madrid: Taurus.

Val,Jaime del (2006), “Cuerpos frontera. Imperios y resistencias en elpos-postmodernismo”, en Organicidades(UOC), Artnodes, 6,http://www.uoc.edu/artnodes/6/dt/esp/val.pdf

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Comentarios

La verdad es que se me hace raro (muy raro) ver incluido el cuerpo bajo el epíteto de "procomún". Desde un punto de vista estrictamente económico, procomún y bien público van de la mano, y el cuerpo se me hace muy difícil de encajar en la definición de bien público:

- no rival: por más que yo consuma tú puedes seguir consumir lo que quieras (por más que yo mire un paisaje, no "se gasta" y tú puedes seguir disfrutándolo)

- no exclusivo: me resulta imposible evitar que tú disfrutes del bien (no puedo tener un escudo antimisiles a nivel estatal y que no te proteja a ti si no pagas tus impuestos)

Que los derechos de propiedad del cuerpo no los haya tenido siempre el "alma que lo habita", eso es harina de otro costal. Así, no encuentro gran diferencia (técnica, no moral) entre poseer un coche o poseer un esclavo.

De hecho, me remito a la "prueba del nueve" para verificar si el cuerpo es procomún o no, intentando dirimir si puede haber una "tragedia del procomún" (Hardin, 1968, http://ictlogy.net/bibciter/reports/projects.php?idp=723) en la "gestión del cuerpo". Y, honestamente, no me sale.

Se me escapa, lo reconozco, tu reflexión sobre los datos clínicos, genéticos. Si con ello te refieres no a "un" cuerpo sino, en general al "diseño" del cuerpo… ¿no estaríamos hablando, aunque de forma particular, del medio ambiente? ¿De la physis?

Gracias Ismael por tu comentario. Tienes razón en que hacer del cuerpo un entorno de habitabilidad común -mezclar lo más cercano y exclusivo, la carne, con lo más genérico y compartido, el procomún- suiena muy raro. El paso lo he dado animado por dos décadas de estudios feministas sobre el desembodiment.

Lo que me propongo es crear un aparato conceptual que permita combatir las mil y una forma de mercantilizar el cuerpo, de convertirlo en el campo de batalla de nuevos negocios. Estoy pensando en el tráfico de órganos (y, más recientemente, de datos "sensibles" para nuestra integridad física y moral o política). Los defensores de este mercado floreciente afirman que la única manera de frenarlo (como ocurre con las drogas) es regularlo, lo que en su lenguaje significa suprimir el problema de la escasez. La lógica es simple: un exceso de regulaciópn produce una inmensa escasez que propicia la emergencia de mercados clandestinos y criminales. Obviamente no comparto esta línea argumental y, por el contrario, defiendo que las partes del cuerpo separadas ingresen al procomún o, en otros términos, que el mercado de órganos sea regulado por la economía del don.

Sobre los datos clínicos y/o genéticos vale la pena pararse un ratito delante de una realidad inquietante. Nuestros sistemas sanitarios están externalizando la gestión de estos datos en empresas que los utilizan, dicen, para mejorar la producción de fármacos. Sabemos también que podrían ser usados en el diseño de nuevas bipolíticas de exclusión que, en el mercado laboral o en el financiero, favorezcan la contratación de unos empleados frente a otros o la concesión o no de créditos. Yo creo que podemos perder mucho, hablo de libertades públicas y de soberanía corporal, a cambio de unos beneficios más que discutibles.

Otro punto. No es imprescindible que bien público y bien común, incluido el punto de vista económico, se fundan en una misma cosa. Cuando uno ve los desastres urbanisticos o mediomabientales por todas partes, se comprueba la necesidad de pensar en un tercer sector, el del procomún, que defienda la gestión de lo de todos y de nadie y que contribuya a mejorar la frecuentemente desastrosa gestión de los público (y de lo privado!). Además, hay muchos bienes que por su propia naturaleza no pueden ser instalados en el estado, como por ejemplo los fondos marinos, el genoma, la paz o la Amazonía. El estado/nación son una organización y una estrategia de gestión que se quedan cortos. Sus defensores tienen muchos motivos para sentirse orgullosos, como tampoco le faltan motivos para sentirse perplejos. Por eso hablamos desde hace muchas décadas de modernidad reflexiva, gobernanza, democracia deliberativa y crisis de la representación.

Creo que este comentario se hizo largo. Creo que debido a lo mucho que me gustó tu intervención. Saludos y gracias.

Totalmente de acuerdo con tu último párrafo y la cuestión de las jurisdicciones, las externalidades y demás. Interesante tu propuesta de que sea el tercer sector – y no organismos (gubernamentales) internacionales, como las agencias del sistema de Naciones Unidas – quien defienda aquellos aspectos donde las administraciones tienen problemas competenciales.

Comparto también contigo la inquietud por la mercantilización que se está haciendo de la Ciencia, especialmente aquella que explica el "diseño del ser humano" y todas las implicaciones morales, éticas, jurídicas, políticas, etc. que puede tener que dichos conocimientos sean de propiedad privada.

Ahora bien, utilizar estas consideraciones como pasarela hacia un concepto del cuerpo como procomún todavía lo veo… ¿forzado? Es el único punto que no veo claro: el resto lo comparto a pies juntillas. Pero sigo viendo el cuerpo como algo corpóreo – valga la redundancia – donde es difícil aplicar temas como las externalidades (por construcción, todo lo que ocurra en un cuerpo no es una "externalidad").

Te invito – te reto, jeje – a que caiga otra entrada con este tema. Igual la relación que haces con la economía del don es un hilo del cual tirar. Prometo hacer lo mismo yo en casa :)

Estoy en ello, Ismael. Llevo muchos meses acumulando información que permita desarrollar nuevas formas políticas de gestionar el cuerpo propio. Para el ajeno, ya tenemos tres siglos de biopolíticas y tres décadas de biosociabilidades.

Mi argumento dialogará con varias experiencias que ya he tratado en el blog (mipotaías e innovación ciudadana en genética, Sida y la revuelta de los enfermos y, también. electrosensibilidad y la epidemiología popular.)

Dejo los liks:

http://weblogs.madrimasd.org/tecnocidanos/archive/2005/12/06/10475.aspx

http://weblogs.madrimasd.org/tecnocidanos/archive/2006/06/01/27252.aspx

http://weblogs.madrimasd.org/tecnocidanos/archive/2006/05/09/21586.aspx

Gracias otra vez por los comentarios.

hola, lo que nunca funciona es ver los bienes comunes (procomunes) desde un punto de vista estrictamente económico. Solemos diferenciar procomunes de bienes públicos desde diferentes perspectivas: la de su generación, la de su "funcionamiento económico", la de su finalidad, por ejemplo: El cuerpo nadie en particular lo creó. Es herencia. Mientras un bien público clásico suele ser producto de una decisión de alguien (de un ente social, del Estado etc), alguién tiene que hacer que exista.

etc…

Antonio, me encantó tu reflexión. Y me encanta el cuadro. Es super útil (vaya los quinimil intentos de clasificación que existen, el cuadro nos da una idea rápida de lo embarcador y a la vez delimitado del concepto) .

Te comento que estoy compilando un libro con muchos autores internacionales (entre ellos Ariel Vercelli, Elinor Ostrom, Richard Stallman, Pat Mooney, Yochai Benkler)… pero me falta precisamente esta parte del cuerpo humano … Me gustaría platicarte más al respecto.

mis mejores saludos

Silke

http://www.commonsblog.de

Gracias Silke. Suena suculento el plan de autores que mencionas para el libro. Cuando quieras charlamos, mi mail es lafuente@ih.csic.es.

Saludos y mucho ánimo

Sigo con atención lo que se hace. Leí Archipiélago. Opino que todo esto del procomún, es socialismo disfrazado. Lo que no entiendo es por qué, cuando el proletariado se ha duplicado en todo el mundo, desde 1960, tenemos miedo a llamar a las cosas por su nombre.

Todavía más preocupante es que este neoconcepto del procomún, que no es más que una manera nueva de llamar a viejas cosas como "política" en la tradición de la filosofía griega, creo que sólo logra confundir a las fuerzas vivas y antagonistas que luchan por el "procomún" "sin saberlo".

No veo la utilidad de hablar de viejas cosas que ya tienen un nombre reconocido por la tradición, con nuevos conceptos.

¿Por qué no integrar los antagonismos bajo la bandera del socialismo?

Porque para utopía la del neoliberalismo.

¿No os parece?

Por lo demás, en el número de Archipiélago que mencionas, se echa en falta a mucha gente que creo que tiene mucho que decir sobre esto.

E insisto: la mayor parte del proletariado mundial se inscribe bajo las coordenadas del socialismo, no del procomún. No veo por qué hemos de no subsumir tan viejas discusiones, que quizá empezaron ya con Pisístrato, bajo la bandera más añeja y potente del socialismo.

El objetivo es el socialismo. El procomún es una vertiente de él.

Así es tal como yo lo veo.

Para la persona que quiere información sobre el cuerpo, que lea a David Harvey:

-Espacios de esperanza

Y en una perspectiva más global y conveniente para orientar nuestros esfuerzos:

-Breve historia del neoliberalismo

Por último y perdón:

Imprescindible la lectura de Antonio Negri y Michel Hardt:

-Imperio

-Multitud

para el tema de la corrupción ontológica del valor.

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