ciencia reguladora y mundo común
Todos los dÃas se hacenencuestas para saber cómo respira la gente y, en particular,cómo perciben el riesgo de introducir la nanotecnologÃaen la vida cotidiana. Y, para sorpresa de los más, nos hemosenterado de que la gente tiene menos prevenciones que los expertos.Todo el mundo está de acuerdo en que hay un futuronanotecnológico preñado de promesas de salud, progresoy bienestar, pero losinvestigadores quieren más cautela de la que se aplicacuando se menciona el impacto sobre el medioambiente. Curiosasituación, pues estamos en un escenario en el que loscientÃficos se verÃan obligados a dar unasexplicaciones que nadie pide.
Pero hay más. Hace unos dÃas,ver nanowerk,se ha podido filmar la intromisión de nanotubos en el interiordel núcleo de una célula, superando asà unafrontera natural que parecÃa suficiente aislante del entorno. Quienes están pidiendo más prevención usaráneste descubrimiento para pedir más regulación y ponercoto a las pretensiones neoliberales del laissezfaire, laissez passer. Tenemos más casos. Cada dÃa,por ejemplo, son más audibles los proyectos de geoingenierÃa,consistentes en modificar las condiciones de geofÃsicoquÃmicasdel planeta para asà combatir el cambio climático. Tenemos proyectos para injectarpartÃculas de sulfuro en la estratosfera para que la luzsolar sea reflejada de vuelta a la estrella y asà evitarmediante ingenierÃa climática una parte estimable de laenergÃa que nos calienta. Otras alternativas con las que ya seestá experimentando es fertilizarlos océanos con hierro para estimular la producciónde fitoplancton, un gran recicladornatural del CO2. Huelga decir que sabemos muy pocosobre las consecuencias a medio plazo de estos experimentos radicalesextralaboratorio.
PodÃamos seguir con nuevosejemplos, procedentes de otros ámbito de la tecnociencia. Yahemos hablado antes de saludmediomabiental o del reglamento REACHy siempre estamos bordeando el problema de la regulación o, enotros términos, la cuestión de si las administracioneshacen dejación de responsabilidades o si puede hablarse de uncompromiso fuera de toda sospecha en defensa del bien común.Pero no es ese el tema del post, pues mi intenciónes explorar las relaciones entre ciencia académica (academicscience) y ciencia regulatoria (regulatory science). Dos conceptosque remiten a prácticas gognitivas que responden a dosfunciones sociales diferenciadas. Ambos colectivos profesionales,juristas y expertos, se manejan con hechos de muy distintanaturaleza: los hechos cientÃficos y los hechos legales. Ymientras la ciencia es una empresa abierta en donde todo esprovisional y sujeto a posteriores revisiones, lajusticia está obligada a cerrar los expedientes y aestabilizar una forma de vida en común.
Si no hubiéramos leÃdo aBruno Latour dirÃamos que a los cientÃficos les toca latarea de fijar la naturaleza (una naturaleza objetiva y, enconsecuencia, común para todos), mientras que a los juristasle asignamos el trabajo de estabilizar el orden social. Sin embargo,esta escisión entre hechos y valores está siendojustamente cuestionada desde muchos ámbitos.
El mundo serÃamuy amable si siempre fuera posible remitirse a expertos que,basándose en experimentos y tradiciones contrastadas,cualificasen las incertidumbres hasta convertirlas en certezas anteslas que nadie pudiera expresas reservas. Pero, ya lo sabemos, no esasà como funcionan las cosas.
Nohay dos orillas que comunicar con puentes. A un lado la naturaleza, loshechos y los cientÃficos; al otro, la sociedad, los valores y lospolÃticos. ¿Y en medio? La vida está en el agua. Corriente abajo, sinpuentes, une ambas orillas tomando al vuelo de una y otra lo que elagetreo le permita y le sea útil. Quien baja en cano, atravesando aveces rápidos peligrosos, es que se ha metido en el lÃo de laregulación.
Dentro de unautomóvil nos sentamos encima de varios centenares de patentesque afectan a la estructura, disposición, seguridad,salubridad y estética de todos y cada uno de los materiales. Todo está experimentado, contrastado, catalogado, registrado y sentenciado. La postura en la que viajamos es objeto de análisisanatómico, como también deben intervenir médicos para decidir sobre la calidad ambiental de la cabina, la toxicidad de losgases o la disposición de los cinturones y airbags. No medetendré en el problema del combustible o de la combustión,o del engrasado, visibilidad y adherencia de en los neumáticos. Decimos ciencia y vemos probetas y nobeles, cuando todo lo que nosrodea está saturado de objetos tecnocientÃficos y, enconsecuencia, de cosas cuya producción, innovación,financiación y apropiación fue ejecutada por miles decientÃficos, diseñadores, gestores, juristas,comerciales y publicitarios. Y, lo más importante, lostrabajos de unos y otros se interpenetran, de forma que sólose investiga lo que se vende y sólo se vende lo que gusta,pero es que sólo gusta lo que se difunde que, además,ha de ser legal, funcional, barato y accesible.Para que algo sea legal, debe haberpasado múltiples y complejos trámites. Pero, en fin, acaballegando al mercado y, a veces, siendo objeto de conflicto, ya seaporque tuvo efectos imprevistos, ya sea porque es insalubre ofue mal confeccionado. Y asÃ, ante el juez, en la fasecontradictoria del juÃcio, expertos de uno u otro signo, algunos de ladefensa y los otros de la acusación, presentan pruebas paradesacreditarse entre sÃ. Las pruebas parecen disolverse comoazucarillos en agua. La pretendida robustez de los hechos se diluye yel mundo deja de ser tan estable como creÃamos. El argumentoque manejo es simple. No necesitamos ser rebuscados para mantener latesis de la incertidumbre estructural que caracteriza a los datos. No hay relativismo en decir que los hechoscientÃficos son provisionales, precarios y consensuales. Noson caprichosos, sino inestables.
Como afirma Sheila Jasanoff, nohay necesidad de mencionar el constructivismo, como tampoco lacrisisde los expertos, dos estrategias discursivas que agregarÃanmás peso al argumento que aquà estamos construyendo,podemos volver a hacernos la pregunta de cómo se construyecertidumbre jurÃdica a partir de tanta incertidumbrecientÃfica o, dicho con otras palabras, cuál es larelación entre conocimiento normativo y conocimientocientÃfico. O, como ya lo dijimos antes, entre hechosexperimentales y hechos legales.
La respuesta hay que buscarla en dosámbitos diferenciados: la sentencia judicial y la regulaciónjurÃdica. En el primero de los casos, explican Gutwirthy Desutter a propósito de Lafabrique du droit de Latour, el eje de esa constelaciónde prácticas que llamamos juicio, es el dossier, el expedienteque se instruye y en donde se acumulan elementos de muy distintanaturaleza: testimonios orales, peritajes expertos, objetosprobatorios, sentencias previas, leyes promulgadas y, en medio de esecaos de papeles y actuaciones, también nos encontramosactores humanos (los testigos, los familiares, los peritos, losabogados, los culpables, las vÃctimas) y no humanos(protocolos de actuación, instrumentos forenses,recopilaciones legales, cuerpos profesionales y códigoséticos).
El cómo, quién, porqué,dónde y cuándo de cada pieza llegada al expediente sonlas preguntas clave del procedimiento. Lo que no llegue alexpediente no existe y sólo vale aquello que siguiótodos los trámites exigidos. Cuando llegue el veredicto, eljuez tendrá que coser todos estos elementos dispersos y, aveces, disparatados para reconstruir el orden quebrado. La sentenciase hace consistente, ata lo minúsculo a lo trascendente, loÃntimo a lo institucional y lo incidental a la historia. Unabuena sentencia, como explicaHildebrandt en la excelente web Imbroglio,restaura el sentido común o, mejor, el mundo común quehabitamos. La decisión entraña mucho conocimiento, peroes superficial para poder ser consistente. A un juez le pedimos queimpida la fragmentación del mundo y, en definitiva, que losostenga como un espacio de convivencia común. Los hechoslegales se basan también en pruebas contrastadas, pero debenser definitivos. La principal preocupación no es que seanobjetivos, sino que además de (juridicamente) consistentesdeben ser (socialmente) asimilables. En este punto, hay que reconoceren los actos jurÃdicos una modestia de la que no siempre hacengala los expertos.
La regulación. argumentaconvincentemente AlfonsBora, produce escenarios de intersección entre la cienciay el derecho. Es un error decir que estamos ante dos ámbitosautónomos del conocimiento, uno conectado al mundo de loacadémico y, el otro, al de lo normativo. Todo apunta a queuno y otro contienen elemento de ambos ámbitos. Pensemos enel peritaje. Ahà vamos a encontrarnos con cientÃficosque en la práctica están sometidos a a una tripledemanda. Primero, la más obvia y arquetÃpica:veracidad, lo que significa poder acreditar una buena posiciónen el mercado de la reputación (papers de impacto, puestos deprestigio, experiencia no cuestionada). Pero además deprestigio académico, cada dÃa es más frecuenteque los académicos estén sometidos a la exigencia derentabilidad, lo que implica contratos con empresas, patentesaprobadas o asesorÃas externas. La tercera exigencia podemosdescribirla con la palabra legalidad, pues nadie puede investigaraquello que está prohibido o que es peligroso. La regulaciónentonces orienta la vida en el laboratorio, como tambiéninfluyen las cotizaciones en bolsa, las prioridades polÃticaso las demandas sociales. Los expertos, y ahora sólo estamospensando en los bienintencionados, viven en una encrucijada deintereses, requeridos por valores públicos y negociosprivados, como también por su propia hambruna dereconocimiento y el inevitable sesgo caracterÃstico de cada especialistas.
En tales circunstancias, nada hay másrazonable que preguntarse cómo podrÃamos mejorar elperitaje experto, incluyendo formas de democratizarlo, lo quesignifica hacerlo más transparente y más participativo. Los motivos son obvios, pues hay que dar por hecho que en cadainforme especializado hay siempre elementos tÃpicamentenormativos que se basan en una hibris entre hechos y valores. Ningúnejemplo es más claro que las dificultades habidas en lasnegociaciones entre entre UE y USA para adoptar una polÃticacomún de OGM. El talante regulador europeo ha tenido queenfrentarse con la voluntad liberal norteamericana y, desde luego, cada parte implicada contaba con sus cientÃficos, susevidencias, sus hechos, sus papers, sus laboratorios y suscomités.
Conjuguemos ahora la ecuacióndesde el otro punto de vista, el que nos lleva desde lo normativohasta lo cognitivo. Esta parte del argumento es más fácilde desarrollar, porque es obvia la influencia que las leyes depropiedad intelectual están teniendo en el incremento decapitales privados en los centros de investigación. Una revolución queexplica el actual tránsito desde la Big Science a la BizScience. Pero hay más, porque la definición de loque es un transgénico, una minusvalÃa o un tóxicopuede condicionar de forma inequÃvoca el tipo de ciencia quese realiza. La conclusión es la misma: las fronteras queseparan los laboratorios de las audiencias, los tribunales de lasplazas y las normas legales de los hechos naturales se hacen porosasy el contrabando más frecuente. Lo vemos todos los dÃas:el conocimiento cientÃfico se transforma en legal, yviceversa. Pero, las sospechas saltan a internet. Y somos muchos losque queremos saber cómo se etiquetan las cosas y quéestándares gobiernan el mundo de la alimentación, de lasalud o de las comunicaciones. Lo peor es que sabemos muy poco decómo se hace lo que se hace.
La polÃtica del conocimientodebe ser reflexiva. De hecho ya lo está siendo, pues ¿noes ya la gobernanza una forma acordada de politizar el peritajeexperto? En una sociedad tan compleja como la nuestra en la que cadadÃa nos desayunamos con noticias que aluden a catástrofesmedioambientales, crisis energéticas o colapsos sanitarios, necesitamos menos una demostración que una negociación.Las pautas que deberÃa respetar este tránsito hacia laconstrucción de un mundo habitable se resumen con trestérminos: participación, multinaturalismoe incertidumbre. Participación para reconocer lanecesidad de nuevos actores en la dirección de una democraciadeliberativa. Multinaturalismo para reclamar legitimidad para lasdistintas culturas epistémicas o, en otros términos,para reconocer que hay muchas maneras de producir conocimiento yautoridad en una democracia plural. Incertidumbre porque hemosde ponernos de acuerdo sobre cómo gestionar todo lo que nosabemos y tenemos que aprender antes de decidir en una democraciadel riesgo.
Lo urgente es reconocer que hemos sidosorprendidos por la tenacidad e intensidad con la que emergen estosproblemas y el drama es que tenemos urgencia de verdades que nosayuden a enfrentar con garantÃas (con más regulación)los conflictos que se derivan del cambio climático, asÃcomo los que proceden de la expansión abusiva de los derechosde propiedad intelectual (con más investigación).
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Comentarios
Ningún juez puede aceptar que gestiona desde lo que no sabe. Lo tiene que saber todo. Va contra la esencia de lo que ha aprendido y le exigimos. Aceptar el desconocimiento está en contra de la esencia del Derecho, construido para dar seguridad por encima de cualquier otro valor, por supuesto de la justicia. No tiene tiempo para desconocer.
Además de que hechos le habla usted. El crea la realidad cada día, cada palabra que escribe es la realidad. Que más da, si es todos comprobamos con normalidad que la apariencia formal creada por el juez vive con naturalidad con otras incompatibles, igualmente sancionadas por otros jueces o por el mismo. El mundo es un parche.
Sino que se miren al tribunal supremo y su reiterada jurisprudencia contradictoria e incompatible. A todos nos lo cuentan, ir a los juzgados es aceptado como un juego de azar por los profesionales.
Como vamos a pedir la humildad necesaria para aceptar que se gestiona desde el desconocimiento y la buena fe. Con esos valores no se gobierna ni tu hogar. Como vamos a conseguir que se haga el esfuerzo de poner más carga de trabajo en el proceso, más información, más conocimiento científico para luego argumentar desde la probabilidad. No hay tiempo, ni ganas.
El juez, o el médico, o el arquitecto, necesitan un punto de apoyo, un trozo de tela que aguante para zurcir el roto que le haya tocado. Y que pase el siguiente.
Quién ha dicho que el juez se puede fiar de una herramienta estimativa, contingente e inestable. Quién dice que la justicia necesita a la ciencia.



De interés posible:
http://www.vivagora.org/spip.php?article136