ciudadanía en una urdimbre de humanos y no humanos
Esta mañana estuve en una mesaredonda coordinada por Pilar Tigeras sobre “Ciencia para jóvenes” en el marco delcongreso Ciudadaníay políticas públicas en ciencia y tecnología. El tono general de la mesa fue complaciente con la idea de que a losniños hay que ilusionarlos con la ciencia o, mejor dicho, conla aventura de la ciencia. Entre los varios motivos que se alegaban para explicar el creciente apoyo gubernamental para todo tipo de proyectos divulgativos, los distintos ponentes alegaron el alarmante descenso de vocaciones científicas entre los más jóvenes.
Cada presentación era máscómplice con la idea de que la ciencia es lo mejor que nos(les) puede pasar y, de ahí, que nuestra sociedad trate dehacer lo que sea necesario para acercársela a los muchachos. Cuando llegó el turno de los participantes como público,no como meros oyentes, se sucedieron varias intervenciones en las quese recordó a los más entusiastas la conveniencia de noocultar los males directamente atribuibles a la miríada deobjetos tecnocientíficos que nos invaden. Alguno mencionó que el citado descenso de estudiantes en las carreras cienticas podría estar relacionado, no sólo con la complejidad de las materias, los bajos salarios o la dificultad para compatibilizar vida profesional y vida familiar, sino con alguno de los desastres que, como Hiroshima, Chernobil o Bhopal, nos trajo la ciencia.
Es verdad que la palabra tecnologíacasi ni se pronunció y que dicha ausencia tenía que vercon un intento explícito de separar el conocimiento de losmedios para producirlo, reproducirlo, aplicarlo o transformarlo. Eranormal entonces que protestaran gentes que se declararonhistoriadores y sociólogos de la ciencia, pues la pretendidaseparación ni está autorizada por lo que encontramos enlos archivos, ni tampoco es recomendable regresar a esa viejapretensión de aislar la ciencia de su contexto: un gesto que,no por repetido es inocente, y que nos devuelve de lleno al manido debate de las dos culturas, además de desmovilizar alos ciudadanos de cualquier ilusión de querer intervenir enasuntos tan sublimes como distantes.
En fin que la gente puede opinar dederecho, economía, urbanismo, cine y política, perosólo lo más ignorantes se atreven con la ciencia. Yesta disyuntiva que ha funcionado durante siglos, cuenta cada díacon menos defensores. Los dos motivos aludidos, el secuestro de laciencia y la exclusión de los públicos, son suficientespara provocar el rechazo de los asistentes, pero es que ademásel segundo cuestionaba abiertamente la pertinencia del congreso,dejaba a los congresistas sin tema del que discutir.
Las respuestas que llegaron de la mesafueron razonables y sólo hubo una persona entre el centenar delos presentes que negó las muchas connivencias entre losconceptos y los artefactos o, en otros términos, entre lasideas y los negocios o entre las demostraciones y las regulaciones.Una vez más tuvimos que escuchar esa vulgaridad un poconarcotizante de que una cosa son los conceptos y otra susaplicaciones. Quien lo dijo presumía de educador, aunquehablaba como los forofos de Bambi y la cultura de Walt Disney.
¡Claro que no son lo mismo! Nadie puede estar tan ciego o sordo que no reconozca muchasmediaciones entre una molécula química y una depresiónanímica o entre el motor diesel y la batalla de Seattle. Cadavez hay más familiaridad entre unos y otros, tanto de los losteóricos con los productores, como de los ingenieros con losparlamentarios. Trabajan cerca, se entienden, comparten un mundo quecalifican de inevitable, con la misma convicción de quieneseran visionarios del destino manifiesto. Pero no era de eso de loque, me parece, se quería hablar. No es que se eludiera latentación del juicio sumario, es que era otro el moto. Y,mucho menos, se pretendía un alarde de fast thinking.
Tampoco se trata de teatralizar elproblema de las consecuencias imprevistas o el de los malesinjustificables. El problema es que cada día entran ennuestras vidas más actores, humanos y no humanos, con los quetenemos que convivir sin que en nuestra Constitución, en esoque llamamos el contrato social, esté prevista su presencia. Pronto tendremos que hablar del virus H5N1 y la gripe aviar, igualque ya convivimos con las células madre, el motor de gasoil,las etiquetas RFID, los cognoceúpticos y el maíztransgénico. Todos estos entes, como también lospesticidas, los satélites, los implantes y las aguas potablesrecicladas, adquieren la condición de actores decisivos ennuestras vidas y no sabemos quién y cómo losrepresenta.
Su condición de cosas, productosde consumo, como también lo son los postes eléctricos,las gasolineras, los libros, los navegadores GPS, las búsquedasen Google, las bienales o el cronometrado de una marathon, nominimiza la fuerza de las ligaduras que atan nuestro destino al suyo.
La cuestión no es si vienen aliberarnos o a esclavizarnos, el problema no es liquidar de unplumazo la tensión histórica entre el conocimientoexperto y el conocimiento profano. La inquietud procede de que nosabemos qué estatuto político otorgarle a todos estosseres, pues está claro que no podremos vivir sin ellos y sonparte de lo que ya no podremos dejar de ser. Y este es el mayorproblema, que la ciencia no para de traer al mundo mil y másactores, sin que sepamos si son compatibles entre sí o con elmundo que queremos construir. Y ya terminamos. Basta con recordar queno es de sentido común poner todos los huevos en el mismocesto y dar al mismo grupo de personas las tres legitimidades, la política,la técnica y la administrativa. Actuar así implicaarriesgar mucho en un mundo demasiado incierto.
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Comentarios
Gracias Juanjo, siempre tan próximo y generoso conmigo. Estoy de acuerdo en la tendencia a confundir información con propaganda. Si esta tendencia sigue en aumento habrá que cuestionar globalmente las políticas de comunicación de la ciencia y considerar los gabinetes de prensa, las webs oficiales y los ciclos de conferencias otro negocio más del que viven un puñado de impostores.
Del artículo de Savater, una persona que admiro desde hace mucho tiempo y por más de una manita de motivos, no me gusta esa distinción académica tan vacía entre racional y razonabale. Es molona y tiene mucho pedigrí, lo reconozco, pero no sirve para entender lo que está pasando, porque los que razonadores, como sucede en el caso que comentas de la divulgación, son muchas veces pensadores a sueldo.



Muy buen post (como siempre) con fuerte sabor a Latour, del que sabes mucho más que yo (que no me ayudas con el tema ¿eh?). Soslayando el importantísimo problemas de los "no humanos". El problema de nuestros popes de la ciencia es que confunden la divulgación con la evangelización y adiestramiento. Y como dice Latour, al analizar las Gorgias (tu lo sabes mejor que yo), es que ningun ciudadano debe opinar de la ciencia, como en su momento del evangelio. Por eso tenemos una nueva religión, nuevos sacerdotes, nuevos dogmas, nuevas cruzadas y ahora evangelizaciones. Pero si no estás de acuerdo (………).
Todo lo convierten en publicidad y a través de ella en consumo y evangelización. Y así (…) y más aun para adolescentes (y su innata rebeldía)…… Ellos no quieren que el ciudadano sepa más de ciencia, sino que crea más en la ciencia, sus productos, sus personajes y sus negocios. Y luego nos llevegan ciertos periodistas acólitos para decir que los blogs no son fiables para saber de ciencia. Obviamente lo que se desean son soldados de la ciencia (que se lo crean todo sin rechistar), y no personas que sepan los pros y los contras de las nuevas tecnbologias etc. El artículo hoy de Sabater en mi+d no debes perdertelo. Resumiendo de lo que Latour nos informa.
Un abrazo
Juanjo Ibáñez