sachs y la tragedia global de los bienes comunes

El procomún, según la revista Time y Jeffrey Sachs, es una de las diez ideas que van a cambiar el mundo.

La semana pasada Daniel Ben-Ami en sublog Ferrarisfor all se hizo eco de un artículo de GeoffreySachs, autor de El fin de la pobreza y miembro deColumbia University. Un economista varias veces nombrado entre las100 personas más influyentes del planeta y siempre atento alos problemas derivados del desarrollo desigual, ilegal e injusto. El artículo aludido apareció en un especial de Time,Future revolutions, dedicado a describir las próximasdiez ideas que van a cambiar el mundo.

El texto de Sachs, CommonWealth for a Crowded Planet está basado enla hipótesis nada arriesgada de que todos compartimos un mismodestino si es que aceptamos la convergenciade tres procesos: el primero tiene que ver con la convicciónde que la ciencia y tecnología ejercen un dominio casi total ysin precedentes sobre el entorno, un hecho que tiende a considerarsecomo una parte de las soluciones que se necesitan, pero tambiéncomo una parte del problema que enfrentamos. El segundo recrea elviejo argumento maltusiano que nos remite al problema de la sobreexplotación de los recursos, algunos de los cuales parecenimprescindibles para la supervivencia de la especie. El últimoproceso señalado tiene que ver con la existencia de bolsas deextrema de pobreza que afectan a inmensas áreas del planeta yque acabarán siendo factores decisivos de desestabilizaciónsanitaria o política.

“La idea conmayor potencial de cambio del mundo -explicaSachs- es simple: superar el cinismo, terminar con la desatinadavisión de un mundo condenado a una interminable lucha de“nosotros” contra “ellos” y, en su lugar, buscar solucionesglobales, pues tenemos la capacidad real de salvarlo para todos, parahoy y para el futuro. Si acabamos la lucha de unos contra otros y sitrabajamos juntos para enfrentar las amenazas comunes: nuestrodestino, nuestra riqueza común, está en nuestrasmanos.”

El alegato principal a favor desoluciones globales constituye una invitación al optimismo y ala acción, pues todavía habría tiempo paraevitar una tragediaglobal de los comunes. El argumento es tan sencillo que podríahacer imperceptible la necesidad de que estos bienes que desbordanlas competencias de los estados-nación sean gestionados eninstancias supranacionales cuya representatividad actual estámuy lejos de ser democrática.

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Ariel Vercelli estará presentando el texto “Repensando los bienes comunes” [en su versión 1.1] en el ‘VI encuentro de filosofía e historia de la ciencia del Cono Sur: pensar la ciencia, la tecnología y la innovación con responsabilidad social‘ que se desarrolla durante toda esta semana en Montevideo, Uruguay. Va a presentar el texto el martes 27 como contribución al evento y el miércoles 28 como parte del workshop 8 “Tecnología y democracia: de las propiedades de los artefactos a la política del diseño” moderado por Fernando Tula Molina. El evento servirá para discutir y re-pensar nuevas líneas de investigación sobre los bienes comunes.

Ariel Vercelli estará presentando el texto “Repensando los bienes comunes” [en su versión 1.1] en el ‘VI encuentro de filosofía e historia de la ciencia del Cono Sur: pensar la ciencia, la tecnología y la innovación con responsabilidad social‘ que se desarrolla durante toda esta semana en Montevideo, Uruguay. Va a presentar el texto el martes 27 como contribución al evento y el miércoles 28 como parte del workshop 8 “Tecnología y democracia: de las propiedades de los artefactos a la política del diseño” moderado por Fernando Tula Molina. El evento servirá para discutir y re-pensar nuevas líneas de investigación sobre los bienes comunes.

Son numerosas las debilidades que se le han señalado a la utopía de la aldea global. Entre ellas, se destacan dos que tienen una particular relación con la ciencia: la que critica la creencia en una fusión armónica entre lo público y lo privado, y la que presupone que la tecnología asegura un acceso igualitario a la información y a la comunicación1. En el mundo de la ciencia, la última década ha sido rica en investigaciones y debates que señalan el progresivo estrechamiento de los espacios públicos de la ciencia, y la profundización de la brecha tecnológica que dificulta el acceso de la mayoría de las naciones del mundo al conocimiento científico. En la discusión sobre lo público y lo privado en la ciencia, la analogía con la aldea se ha profundizado y hoy incluye un elemento esencial de la aldea tradicional: los baldíos. Los baldíos o ejidos (“commons” en Inglaterra), eran los terrenos comunes de la aldea tradicional europea, que se sustraían a la apropiación privada y que todos podían aprovechar en común, aunque en forma regulada, para llevar a pastar sus ganados o para adelantar ciertos cultivos. Los ejidos cayeron en tragedia por los grandes cambios económicos y sociales que se dieron en Europa en el siglo XVIII. La concentración de riqueza con capacidad para llevar la agricultura más allá de la parcela individual indujo a su sobre-explotación y agotamiento, en un proceso en el que la sobre-población también jugó un papel. Los baldíos fueron cercados y apropiados individualmente o por el Estado, primero en Inglaterra entre 1770 y 1790, luego en el resto de Europa y más tarde en América y otros continentes.

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