celebrar la ciencia
Esta semana se inaugura la IXFeria de la Ciencia de Madrid, un evento que ya cuenta con unanotable presencia en la vida de colegios e institutos y que arrastradurante tres días a más de cien mil visitantes. Elambiente es extraordinario y está dominado por gente joven,pues desde el principio se optó por un modelo de Feria pensadopara bachilleres y por profesores de enseñanza media. Setrataba de movilizar la cantera y de insertar la ciencia entre lasprácticas culturales ordinarias. Una operación ligadaa la modernización del país y destinada a mejorar laimagen social de la ciencia y de los científicos.
El reto no era fácil, aunque sudiseño se hizo con acierto, porque los hechos demuestran quelos colegios son un público cautivo que garantiza el éxitosi se mide en términos de audiencia. Había ademásmuchas, variadas y convincentes declaraciones que demandaban a loscientíficos y a sus organizaciones salir de la torre de marfily acercarse a las preocupaciones comunes. Ahora se les pide que seaneficientes o, en otros términos, que logren patentes y seinserten en el sistema productivo. Entonces, hace una década,se les reclamaba visibilidad, tanto para mejorar su impacto yreconocimiento en la comunidad científica internacional, comopara desmontar los baluartes que les aislaban de la sociedad en suconjunto. La administración, la prensa y los mismosorganismos públicos de investigación se pusieron a latarea. Y hoy, con el esfuerzo de muchos, tenemos un reguero deeventos por todo el territorio nacional que celebran la ciencia.¿Feria? ¿En qué sentido feria? ¿Es unmercado o es una fiesta? Creo que la IX Feria de la Ciencia deMadrid nos está convocando a una fiesta. ¿Fiesta?¿Necesita la ciencia fiestas? ¿Qué se estáfestejando?
La inspiración para esteartículo me llegó con la lectura de un conocido textode Lévy-Leblond publicado el año pasado en Alliage.El argumento es fácil de recrear. La imagen de la ciencia esambigua, pues siendo indudable su contribución al desarrolloeconómico y al bienestar social, no es menos cierta suimplicación en procesos tan poco píos como los decolonización, militarización, racialización ovivisección. Hiroshima, Chernobil o Bhopal son hitosinolvidables, como también serán duradera en elimaginario colectivo la memoria de las vacas locas, las dioxinas, elamianto o el DDT. Durante mucho tiempo las instituciones científicashan hecho todo tipo de piruetas dialécticas para minimizar eldeterioro de su imagen pública. Desde afirmar que lasconductas fraudulentas o perversas son excepcionales, hasta recurriral viejo recurso de decir (disimular) que una cosa es la ciencia yotra sus aplicaciones.
Ambas estrategias pierden crédito,especialmente cuando se conoce que la ciencia ya es una empresa deunas dimensiones descomunales en donde, además de científicos,cada día son más influyentes los gestores de recursosfinancieros, de patentes o derechos de propiedad intelectual, deimagen corporativa y de personal. La consecuencia es que, en efecto,las instituciones científicas cada vez están máspenetradas por el capital privado y, en consecuencia, por su modos defuncionamiento y, entre ellos, es inevitable hablar de la prácticadel secreto, la mercantilización del saber (también elconectado a la salud y el medio ambiente) o la valoración delos descubrimientos según su cotización en bolsa.
Hayempresas que invierten más en i+d que muchos estados. A suservicio, hay una constelación de oficinas de prensa,gabinetes jurídicos o think tanks que intentan influir en laspolíticas energéticas, alimentarias, sanitarias, decomunicación o seguridad y no siempre los ciudadanos saben aqué carta quedarse. Los gobiernos tampoco parecen muy ágilesen esta batalla por controlar la opinión pública. Haymucha confusión y cada vez será más difícilseparar la información de la opinión, el interéspúblico del privado, la excelencia de la popularidad y losaccidentes de los atentados.
Así las cosas, entre tantoproblema por delimitar cada año nos llega la Feria de laCiencia. Está muy bien que sepamos encontrar en elconocimiento el espectáculo de las maravillas y gozar con loque de aventura hay en la exploración de lo nuevo, de lodistinto o de lo genuino. Sin duda, la pasión del saber mereceuna fiesta. Tampoco es un argumento menor el de quienes defienden lanecesidad de buscar asuntos de mucho consenso, como la ciencia, parapaliar de alguna manera la crisis de representación quepadecen nuestras sociedades. Este razonamiento vale tambiénpara la oleada de ferias, fiestas o festivales de la música,el arte o el patrimonio. Nuestras ciudades no saben ya quéinventar. Y, desde luego, hay mucho negocio turísticoalrededor de estas exultantes industrias culturales.
No es menos cierto, sin embargo, quepese a las muchas sospechas de mercantilización que merecensemejantes eventos, sigue habiendo en la música valores quefavorecen la cohesión social. La música es un ejemploque nos ayuda a entender lo mucho que le queda a la ciencia porrecorrer para que las ferias se conviertan en fiestas. Todo el mundosabe cantar, y nadie puede decir que no se ha involucrado en algún“Cumpleaños feliz” o en un “Asturias patria querida”.La música recorre todo el espectro social, desde el virtuosoanónimo al gran tenor, pasando por un baile de pueblo y laorquesta de chin-chin-pun, las nanas y el “We are de Champions”.La música es un asunto popular y plural, divertido ycomercial. Todos los mundos caben en la música y, seguramente,en la literatura y en la pintura, pues nadie se escapará sinescribir o garabatear un papel.
La ciencia está lejos todavíade la gente. Los científicos se comportan como posesos,siempre celosos y vigilantes de quién usa y para qué sujerga. Si alguien “canta” mal es inmediatamente arrojado al pozode los ignorantes, un pozo que nada tiene que ver con elpozo de Tales. Una conducta que tiene poco de divertida, y quemás bien adopta los perfiles de lo profesoral, lo peripatéticoo lo fúnebre. Mientras la música es global y local, laciencia sólo parece hablar lo universal y lo distante. ¿Sabenhablar los científicos? ¿Podrían soportar unaconversación sobre lo que (nos) pasa sin perder los nervios yquitarnos la palabra o, peor aún, todas las palabras? ¿Lessomos necesarios o, simplemente, sólo funcionamos como gente aquien adoctrinar?
Lo peor de las Ferias de la ciencia noes que las instituciones las utilicen para hacer propaganda de susactividades, tratando de evitar la pérdida de imagen quepaulatinamente se va apoderando de los científicos. Lo peorno es que nos traten de analfabetos, como si fuéramos unterreno baldío que hay que arar y luego cultivar. Tampocosabemos solfeo y, sin embargo, viene una soprano e interpreta sulieder sin quejarse de tener un público ignorante. Y es quela música, al fin y al cabo, habla de lo que nos pasa. Unainterpretación no es sólo un acto de comunicacióny de creación, sino también una negociación queinvolucra a todos los presentes, salvo quizás en lossantuarios del virtuosismo.
Lo peor de la ferias es que confundenciencia con descubrimientos. Sólo interesa lo último,lo más sexy y, a veces, hasta lo más raro. Las feriasde la ciencia son de triunfadores. Las grandes ideas, y losdescubridores brillantes, las organizaciones ricas y los problemasmediáticos. ¿Dónde están lo amateurs ylos activistas? ¿Qué se ofrece a las marujas, losrockeros y los alérgicos? ¿Cuál es la fiesta quese ha preparado para los que sufren de ansiedad, los que saben depájaros o quienes se trabajan el software libre? Hay muchosprofesores, pero se ve poca presencia de los colectivos que, desde laciencia y la experiencia, nos protegen de los abusos contra el medioambiente, la salud, la privacidad o la privatización alarmantede nuestras aguas, costas, calles o cultura.
No voy a decir que la Feria ha caídoen manos de mercaderes: los expertos en marketing corporativo. He visto a muchos niños y muchachos con el brillo en los ojosde quienes saben gozar sabiendo. Pero como hay tanto listillo quesabe sacar partido de todo, nadie lamentaría que cada Feriatuviera un defensor de esa candidez amenazada -defensor de lanostalgia de (otra) ciencia-. Se puede decir que la feria no rompedel todo la condición de compartimento estanco reservado paralos científicos. Los niños se disfrazan de científicos,pero no vemos a científicos disfrazados de legos, aún cuando con lo que saben se escriben unos cuantos papers y con lo que ignoran se hacen bibliotecas nacionales.
Ya voy a terminar. A las ferias de laciencia les falta espesor cultural, histórico y cívico.
Nadie se esfuerza en contar lo difícil que fue montar leyesestables, las polémicas que necesitó identificar lasvariables con las que encajar la realidad en un modelo. Parece que elmedio ambiente siempre estuvo ahí, cuando el concepto mismo esun alarde de creación colectiva, distribuida eintergeneracional. Hay que ser más valiente en el tratamientode los problemas que hay en la calle y mostrar que no son el caprichode unos arrebatados, sino una construcción social de la que esimposible separar las dimensiones políticas e ideológicasde las tecnológicas y comerciales. La ciencia no es una cosade genios: es una empresa colectiva e histórica, de máquinase inversiones. Hay que hacer un gran esfuerzo para que elprotagonismo excesivo que se concede a lo fácil (lo abstractoy lo brillante) se compense con lo complejo (lo local y lo incierto).
Seguramente pasarán añosantes de que las ferias logren arraigarse en la urbe. Levy-Leblond habla de estos eventos como síntoma de un mal de culture,concepto que ayudó a popularizar un texto de Castoriadis, Enmal de culture (Esprit,octubre de 1994), también publicado bajo el título Laculture dans une societé démocratique. La cienciaque estaría frente al vértigo de ser otro recurso máscon el que hacer negocios (como le pasa al arte o al deporte) puedeestar despidiéndose de su origen ilustrado al servicio de lopúblico y en lucha contra la superstición. Nuestrasociedad entonces mira a la ciencia como si todavía quisieraser símbolo de emancipación, autonomía, libertady progreso. Cuando la ciencia sólo sea una forma más deinstitucionalizar los discursos dominantes (los que abanderan lascorporaciones multinacionales), nuestra sociedad padecerá unagudo mal de culture del que deberíamos protegernos.
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Comentarios
Gracias Marcos. También soy un defensor y pertinaz usuario de la Feria de la Ciencia. Mi reflexión quería ser abierta y no precipitar ninguna conclusión. Me parece que criticar la Feria es una manera de apoyarla, de que no pase como otro objeto de consumo más apoyar, de impedir que se utilice como mero instrumento de propaganda.
No es la pureza, me parece, al anhelo que explora la nota, sino algo más cívico: una voluntad de combatir la tendencia a ver como natural o inevitable la presencia creciente (y, a mi juicio, abusiva) de intereses privados en la práctica cotidiana de la ciencia. Y, dado que un porcentaje relativamente grande de los asistentes tiene más de 6-10 años es normal y deseable que el menú que se les sirva incluya algo más que nocilla. Es como si nos empeñáramos en un festival de cine que sólo proyectara películas de Walt Disney.
Acepto su crítica sobre la apariencia no muy optimista que se da de la ciencia. A veces, uno piensa que los lectores de una entrada lo son también del blog y que no es necesario decir todas las veces que la ciencia es una empresa humana admirable en la que los ciudadanos razonablemente tenemos depositadas muchas esperanzas. Justo por eso, es tan necesaria una verdadera crítica de la ciencia, como la hay del arte, la economía o las obras públicas. ¿Y no me diga que no sería inquietante que la prensa sólo se publicara para hacer elogios de la política del gobierno? Entiendo muy bien que una Feria del calzado o de la construcción sean un instrumento de propaganda y mercantil, ¿pero no le parece raro que este espíritu se apodere de las ferias del arte, del libro y… de la ciencia?



Vengo de la feria de la ciencia y llego a su artículo sin querer.
Le escribo porque no entiendo lo que quiere decir. Todas las contradiciones que usted señala que existen en la ciencia están en presentes en la feria, pero también más bondades de las que usted predica de la propia ciencia.
Al leerle tengo por momentos la sensación que maximizar su pensamiento parece conducirnos a un anhelo de pureza. La pureza mata.
La feria es una fiesta, no se lo que serían en sus primeras ediciones, razonable y asumible, aunque mejorable, por casi todos, posiblemente menos por lo que creen que esto no es ciencia, que sólo es ciencia lo que se hace en los altares blancos de los laboratorios, y por los que creen que por nada real merece la pena luchar. Pero nunca despreciable o miserable.
En la feria hay de todo lo que usted habla sobre la ciencia, de lo malo, pero también de lo imposiblemente bueno.