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Prólogo

El carnaval de la tecnociencia

Otro libro nuevo y, sin embargo, distinto. Es diferente  porque se postula como de crítica de la ciencia. ¿Necesita la  ciencia, como el arte o la justicia, una crítica externa realizada  por ciudadanos que no vivan entre probetas, telescopios y  otros instrumentos de investigación? Aquí, en las páginas que  siguen se aboga apasionadamente por una respuesta afirmativa. No es un texto contra los científicos, sino a favor de los  ciudadanos y la participación. Todo el contenido gira alrededor de tres ejes: las nuevas tecnologías, los nuevos patrimonios y las nuevas formas de ciudadanía. Pero el lector no encontrará un discurso que se despliega como los ríos en su  delta, sino una colección plural de breves historias que exploran el papel actual de la ciencia y que animan a los públicos a  plantar cara: un gesto para asumir nuevas responsabilidades y  para sacudirse el estigma de la modernidad que les condenó a  ser el otro de la ciencia: la representación pública de los que  no saben.

El carnaval de la tecnociencia es un libro que plantea una  resistenciaal presente. Para ser eficaces hemos construido un  argumento en tresetapas. En la primera, hemos colectado  muchas experiencias departicipación ciudadana en ciencia y  puesto en valor el conocimientoamateur y profano. La segunda parte insiste en la creciente importanciaque tienen los expertos en la gestión de nuestro mundo y muestra lasenor mes presiones a las que son sometidos por las grandescorporaciones industriales y las administraciones públicas. En la tercera, nos hemos interesado en la tecnociencia y en su capacidad paraalterar el entorno simbólico y natural que habitamos, amenazando aveces los bienes compartidos que, como  las plazas, la lengua, lasmatemáticas, el aire, las selvas o el genoma, son el fundamento sobreel que se asienta nuestra vida  en común.

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emergencia de las criptopolíticas

En la sociedad del conocimiento el acceso a la información (o, por el contrario, su encerramiento) es un reto político, jurídico y tecnológico que convocará los mayores debates públicos y al que tendrán que enfrentarse los desconectados [Antonio Lafuente]

Asistimos a una proliferación de nuevos objetos científicos que demandan ingentes capacidades de computación. En todos los campos del saber, desde la genética a la economía, pasando por la física atómica, la biodiversidad y las neurociencias, se están abordando problemas que exigen el levantamiento de masas extraordinarias de datos, cuya gestión, ya sea que pensemos en la obtención, depuración, almacenamiento, consulta o venta, ya sea que imaginemos las herramientas para garantizar la accesibilidad, propiedad, vulnerabilidad o encriptación, se han convertido en un problema de amplias resonancias políticas, culturales y tecnológicas. Está claro que los movimientos de open source (OSS) y open science (OA) quedarán incompletos si no tienen prolongación en otro movimiento cuya finalidad tendría que ser el open data.

El conocimiento siempre fue un asunto que involucró la movilización de fuertes contingentes de herramientas, personas, recursos y datos. Tantos que nosotros hemos considerado razonable argumentar que el fenómeno conocido como Big Science no es una característica exclusiva del siglo XX, sino que hunde sus raíces cuanto menos en el siglo XVIII.

Baste aquí con pensar en la figura de la ciencia imperial y en su principal instrumento de expansión, las expediciones científicas, para confirmar lo que decimos. En el siglo XIX serían las ciudades y su reforma para convertirlas en máquinas al servicio de la industrialización las que vertebraron una amplia panoplia de saberes, desde la bacteriología al urbanismo, pasando por la ingeniería civil, le higiene pública y el derecho.

Lo que tienen en común los dos procesos aquí señalados es su capacidad para movilizar un conjunto de prácticas dispersas y diversas que hasta entonces tenían un carácter principalmente retórico y una importancia más bien periférica. En ambos casos también se puso a prueba la capacidad del gobierno para gestionar poblaciones, territorios y tecnologías. Son la biopolíticas de las que nos habló Foucault.

La última década del siglo XX, sin embargo, puso de manifiesto que, en lo sucesivo, los datos, así como la amenaza más que probable de que prosiga el proceso de concentración y monopolización de bases de datos a escala mundial, van a ser una circunstancia de fuerte incidencia sobre la autonomía política de los diferentes países, así como en la governaza, incluidas la escala europea e internacional.
Los estados tendrán que destinar crecientes esfuerzos a las políticas de gestión de datos y organizar, junto a las ya mencionadas biopolíticas, nuevas e inseparables estrategias en la dirección de las criptopolíticas.

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tecnología y amenaza

El despliegue de las tecnoogías gana en intensidad. Los media no dejan de corear el momento como si se tratara de un nuevo milenium, pero la gente se siente amenazada. [Antonio Lafuente]

El mundo cambia deprisa y la ciudadanía espera las mayores beneficios de la ciencia. Todos los días vemos instituciones que proclaman la importancia de la innovación tecnológica o exigir de los ciudadanos que el debate público se base en evidencias contrastadas. A nadie sorprenden ya las continuas referencias en los media al papel de la ciencia y la tecnología en la aceleración con la que se suceden los cambios culturales o políticos.

Lo sabemos. Siempre fue así, pero nunca fue un proceso tan intensivo ni popular. Todo el mundo habla de la emergencia o consolidación de la sociedad del conocimiento. Nadie niega la importancia de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) y no falta quien se siente amenazado cada vez que alguien le habla de nuevas especies, nuevos materiales, nuevos alimentos o nuevas enfermedades.

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producción distribuida del conocimiento

Las nuevas tecnologías y las nuevas formas de sociabilidad, unidas a la creciente complejidad de los objetos científicos, están forzando un nuevo régimen de producción  del saber. [Antonio Lafuente]

Los objetos científicos ya no están bajo el control de los especialistas. La interdisciplinariedad, desideratum político de los 70, ha sido sustituida por la convergencia de tecnologías y la concurrencia de actores diversos. El cambio es profundo y por eso, en el sistema de la gobernanza, debemos hablar de un nuevo régimen de produccion distribuidad del conocimiento (Rammert, 2002), caracterizado por

  • la diversidad de administraciones involucradas en la gestión y financiación de la ciencia;
  • la complejidad adquirida por los nuevos objetos científicos que para ser abordados reclaman complejos procesos de modularización, simulación computacional y sincronización de culturas epistémicas (explícitas o tácitas) (Giere, 2002);
  • las distintas funciones que le asignan a los agentes sociales: de las OPIS se espera que actúen como gestoras de patentes y suministradoras de conocimiento; las empresas son empujadas para incorporar estructuras académicas y acudir por fondos competitivos;
  • el nuevo protagonismo adquirido por los movimientos ciudadanos que, al margen de los partidos políticos, reclaman participación en ciencia (Leach & Scoones, 2003) y mejor evaluación de los riesgos tecnológicos.

La consecuencia de cuanto decimos es que la producción del conocimiento se realiza en entornos donde interactúan una notable heterogeneidad de actores, lo que explica el continuo choques de pareceres y de agendas. Ninguna organización presente en la toma de decisiones puede hoy manejar eficientemente semejante pluralidad de culturas y diversidad de interlocutores. Ni siquiera el estado que debe renunciar a su tradicional hegemonía o, en otros términos, a su centralidad política.

La alternativa es muy esperanzadora: el estado debe involucrarse activamente en la articulación del sistema de la gobernanza. Nuestro momento es de grandes cambios, pero también de grandes oportunidades. Y creemos que todavía puede el estado desplegar su obligación de liderazgo, lo que en términos prácticos debe significar capacidad de convocatoria (es decir voluntad de preservar la diversidad) y capacidad de consenso (es decir habilidad para favorecer la confianza).

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El acceso público al saber

El mundo de la ciencia encierra muchas paradojas. ¿No es extraño que los científicos, expertos en la captación de recursos y en el control de la calidad de lo que producen, tengan que pagar para leer lo que ellos mismos han redactado? [Antonio Lafuente]

Si dividimos lo que las haciendas públicas de todo el mundo gastan en ciencia por el número de artículos, cada texto nos cuesta unos 400.000? ¿No es escandaloso entonces que los beneficios de este negocio sean para un puñado de cuasi monopolios editoriales que, además, han incrementado el precio de las subscripciones entre 1986 y 2002 cuatro veces por encima de la inflación? (Eisen, 2003) Pero la información, segun dijo Stewart Brand y reza uno de los principios de la cultura hackers, quiere ser libre. Y, si no cambian mucho las cosas, lo será.

En enero de 2004, la OCDE proclamó la necesidad de asegurar el libre acceso de la ciudadanía a la información científica. Una decisión que reforzaba las muchas adhesiones cosechadas por el movimiento open access. Asi, por ejemplo, son ya 33.826 los científicos procedentes de 180 países que han firmado una open letter coprometiendose a boicotear “las editoriales que restringen el acceso a sus fondos”. La Declaración de Berlín (2003) es otro de los instrumentos de consenso que invitan a romper con la actual situación y que ha sido firmada, entre otras instituciones, por la Fundación Max Planck, el CNRS, la Academia China de Ciencias, la Academia India de Ciencias y el Wellcome Trust.

Los científicos, forzados al publicar o morir, tienen motivos para estar felices con esta deriva. Es un hecho que florecen las publicaciones open access y que además son un 89% más usadas que las difundidas por suscripción y que su impacto es 2,5 veces mayor, un factor decisivo a la hora de conseguir recursos para investigar (Harnad & Brody, 2004). Lo importante, en medio de tantas presiones productivistas, utilitarias y corporativas, es que los científicos tienen la oportunidad de confirmar que sigue vigente su compromiso con el universalismo y el bien común.

Las primeras revistas científicas, el Journal de Sçavants (1665) y las Philosophical Transactions (1666), nacieron de la necesidad de los académicos de, primero, compartir sus conocimientos y, después, reclamar la prioridad en los descubrimientos. Y así debería seguir siendo, porque cualquier impedimento al acceso de los ciudadanos a la información científica, ya sea por su condición de supuestos iletrados, ya sea porque su familia, institución o país no dispone de recursos suficientes, es una opción por completo inaceptable que retrasa el avance del saber y cuestiona los fundamentos mismos de la democracia.

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tecnocidanos

tecnocidanos es un neologismo que se forma de la hibridación entre tecnociencia y ciudadanos. Los tecnocidanos son todos esos ciudadanos expertos que proliferan en esta era tecnocientífica.

No es sencillo conceptualizarlos, aunque sea muy fácil visualizarlos. Son tecnocidanos, entre otros, los miles de hackers que dominan las TIC, como también todos los ciudadanos cuyas preocupaciones medioambientalistas o sanitarias les han conducido hasta la lectura y discusión competente de temas especializados y hasta muy recientemente reservados al mundo académico.

Siempre hubo gentes con una enorme afición por la astronomía, la ornitología o la arqueología, por sólo citar algunos ejemplos muy conocidos. Sabemos que estos colectivos son muy diversos, además de celosos defensores de su identidad amateurs, lo que no impide que podamos decir que su contribución a la expansión de la ciencia ha sido más decisiva de lo que los historiadores les han reconocido.

Durante las primeras fases del desarrollo de la radio, la electricidad o el teléfono, aparecieron numerosos grupos de ciudadanos que lucharon para impedir que el desarrollo de estas tecnologías derivase hacia su monopolización financiera, centralización administrativa y privatización tecnológica. Sus luchas de entonces nos recuerdan las batallas más recientes a favor del software libre, el copyleft y el wireless.

También tenemos otras lecciones que aprender de los movimientos antinucleares de la década de los 60 o de los afectados por el SIDA en los 80. En ambos casos, surgieron ciudadanos que no aceptaron dejar en manos de los expertos asuntos de tanta trascendencia política y social. Aparecieron colectivos que lograron apropiarse del lenguaje técnico y expresar sus inquietudes en unos términos que no pudieran ser ignorados por los propios ingenieros o médicos. Y así es como algunos ciudadanos trataron de compatibilizar la necesidad del rigor con la voluntad de ser solidarios.

Pero hay más. Todos los días brota en la red una nueva página que vertebra a familias afectadas por una enfermedad calificada de incurable. El origen de estos grupos de afectados es muy parecido. Siempre hay una primera persona que no acepta el ultimátum de un diagnóstico fatal y que acude a Internet buscando información para alimentar su esperanza. Nunca falta tampoco quien, emulando la deriva emprendida en la década de los ochenta por los enfermos del SIDA, pierde el miedo al lenguaje y decide profundizar en las bases de datos médicas. Y como el interés agudiza el ingenio y espolea la voluntad, el amateur se convierte en experto y así comienza a discutir con científicos sus propias hipótesis sobre la enfermedad.

¿De qué hablamos? De la citizen science, de las sciences citoyennes, de un cataclismo que está socavando las estructuras del saber y que, en definitiva, anuncia un mundo en el que ya no tendrá cobijo la vieja imagen de la ciencia que creaba barreras infranqueables entre los sabios y los legos o entre la academia y la urbe.

De todos los nuevos mecanismos de participación ciudadana en ciencia, ninguno es más espectacular, ni cuestiona con mayor fuerza el dominio sobre el saber de las corporaciones, académicas o empresariales -si es que todavía pueden hacerse estas discriminaciones tan características del siglo pasado-, que el movimiento vinculado al open source, el open content y al Open Access.

Mucho se discute acerca de si estas iniciativas son el germen de un nuevo contrato social, basado en ideales comunitaristas, filantrópicos, descentralizados, horizontales, abiertos, como los únicos valores capaces de restaurar en toda su amplitud las nociones de bien común, libre acceso al conocimiento, y gestión coparticipativa en los proyectos.

En fin, tecnocidanos nace para darle importancia a estos procesos y con la clara voluntad de convertirse en una referencia en lengua castellana para quienes estén interesados en los distintos movimientos que reclaman mayor participación ciudadana en ciencia. (más…)

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