Archivo de abril, 2005

Filología colaborativa y genio amateur

Sabemos mucho sobre la contribución de los amateurs a la astronomía, ornitología o botánica, pero muy poco en cambio de su presencia en otras disciplinas como la filología [Antonio Lafuente]

La historia del Oxford English Dictionary, tal como la ha contado Simon Winchester en su magnífico The meaning of everyhing (2003) está repleta de buenas noticias para los que creen en la fuerza del trabajo colaborativo y amateur. Sus promotores, miembros de la Philological Society, acordaron en 1857 la necesidad de un diccionario que, además de contener los nuevos términos con los que la ciencia y la tecnología estaba inundando la lengua, también diera cuenta del inglés fuera de Inglaterra.

Querían entonces -explica Winchester- que el diccionario fuera espejo fidedigno del inglés hablado en los cinco continentes, desde Edimburgo a ciudad de El Cabo y desde Gales a Australia, pasando por Canadá, USA y la India. Y así, más que imitar a Francia, España o Italia, cuyas academias trataron de fijar la lengua y fabricar un canon, los miembros de la FS lo que querían era cosechar tantos usos y vocablos como les fuera posible. No quedaba entonces más alternativa que explorar los nuevos ámbitos de comunicación representados por los periódicos, las revistas, los comics y los folletos, en donde, además de expresarse los escritores, profesores y profesionales liberales, también aparecían otros hablantes de menor consideración literaria pero con creciente presencia pública, como era el caso de los sindicalistas, los higienistas o las feministas. Y eso no fue todo, pues también se quería dar cuenta del inglés hablado, lo que obligaba a tomar registros en pubs, ateneos, talleres, iglesias, hospicios y hospitales.

En fin, que no querían un diccionario que enseñara a la gente cómo usar las palabras, sino otro que mostrara toda la pluralidad de usos del inglés: una empresa descomunal que sólo culminaría involucrando a un ejército de amateurs que leyeran y escucharan con entusiasmo todo cuanto pudiera ser hablado o escrito y que luego redactaran y remitieran sus fichas a Inglaterra para que allí fueran contrastadas, depuradas, clasificadas y, finalmente publicadas. Las cifras que dan cuenta del proyecto son espectaculares: 70 años de trabajos, 12 volúmenes, 16.000 páginas, 414.125 vocablos y 1.827.306 ilustraciones.

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nanotecnología e incertidumbre: la sombra de los ogm

Muchos expertos lamentan que la falta de participación ciudadana en la gestión de la nanotecnología haga que aumente la resistencia a la ciencia [Nuria Valverde]

John Ryan, director del Bionanotechnology Interdisciplinary Research Centre (Univ. de Oxford) y miembro del grupo de expertos que redactó el informe de la Royal Society y de la Royal Academy of Science, resumió perfectamente la cuestión cuando señaló que menos del 30% de la población ha oído hablar de nanotecnología, y que son pocos los que saben qué es. Aún así, advierte Ryan, existe una considerable presión gubernamental para que se incremente la participación de las empresas en los proyectos financiados por los consejos de investigación (el Engineering and Physical Sciences Research Council aspira a alcanzar un 50% de participación empresarial para 2007). Esto no tendría importancia si no fuera por que el interés del público en la ciencia está en declive (EEUU (Task Force on the Future of American Innovation); Europa (Eurobarómetro 55.2), Japón (NISTEP report 72)). Aún se tiene confianza en médicos y científicos, pero en el momento en que éstos reconocen un vínculo empresarial, desaparece (ERSC report, Towards a better map: science the public and the media ).

La gran amenaza pues es que la nanotecnología, como ya le pasó a la ingeniería genética, caiga bajo sospecha. Sin amplios consensos sociales, como probaron  las ardientes polémicas sobre los OGM, la nanotec podría tener muchas dificultades para salir adelante. En el International Congress on Nanotechnology, organizado el año pasado por la International Association of Nanotechnology y la American Association of Nanotechnology, ya se oyeron advertencias de este tipo (Nigel M. de S. Cameron); y desde Biotechnology and the Human Future o desde Demos, en su informe See-through Science, se vienen realizando el mismo tipo de análisis. Priorizar es un verbo colectivo y si, por ejemplo, muchos discapacitados opinan que prefieren que se invierta en medidas antidiscriminatorias y en defensa de los derechos humanos antes que en una investigación nanotecnológica, habrá que escucharles.

Pero sin duda de donde no debemos apartar los ojos es de las disputas en el tema de las patentabilidad de los nanoproductos dentro del marco legal actual (Patenting Nanotechnology) y el futuro del open source en nanotecnología (Open Sourcing Nanotechnology; otros del autor, Bryan Burns). Las opciones que se adopten definirán el futuro de bienes tan esenciales como las semillas o los fármacos.

Organizaciones internacionales como ETC Group están siguiendo de cerca la introducción de los nanoproductos en nuestra vida, y han puesto en su página un documento no-oficial de la Environmental Protection Agency (US) en el que se listan 100 de estos productos. Lo importante no es la lista, sino la falta de información e investigación sobre la gestión de los nano residuos, o su impacto ambiental. Si lo que está en marcha es una política de hechos consumados en un tema que ya se considera la próxima “revolución científica”, la iniciativa de gobernaza en la ciencia habrá fracasado antes de empezar. La movilización social producida por los OGM podría entonces quedarse pequeña.

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los otros riesgos de la nanotecnología

Las nuevas preocupaciones en torno a la nanotecnología se distancian del catastrofismo de ciencia ficción para atender a su impacto sobre los valores [Nuria Valverde]

Las noticias sobre nanotecnología nos invaden. Desde la posible cura del cáncer al abaratamiento de los costes de infinidad de productos, los factores positivos del desarrollo tecnológico no dejan de subrayarse. De los 11 riesgos posibles considerados por el Center for Responsible Nanotechnology, (en español en Euroresidentes.com), el de que las nanomáquinas se repliquen e invadan el entorno es el menor, aunque sin duda es el temor más popular.

Lo cierto es que desde que en 1986 el científico Eric Drexler hiciera el ejercicio de imaginar el descontrol de lo que se llamó la “gray goo” (plaga gris), las investigaciones han contribuido a calmar los ánimos en lo que a este riesgo se refiere por una simple razón: la dificultad técnica de diseñar una nanomáquina autónoma y autoreplicante. Otros temores, sin embargo, han cobrado mayor consistencia.

El informe final que el grupo de nanotecnología de la Royal Society y la Royal Academy of Engineering presentó en julio del año pasado manifiesta una preocupación creciente por las implicaciones éticas y sociales del desarrollo de la nanotecnología. Las perspectivas de su efecto sobre el incremento del PIB son positivas, pero no sabemos qué implicaciones podrían tener sobre otros sectores económicos. Se teme que crezca el abismo entre países ricos y pobres; o que los intereses económicos provoquen una suspensión de la inversión en tecnologías de bajo coste, menor complejidad (i.e., más fáciles de expandir) o más sostenibles.

También se advierte que la produción de sensores baratos y prácticamente invisibles podría convertirse en una ameza para las libertades civiles. Por último, se señala que la asociación entre la nanotecnología y sus usos militares puede convertirse en un factor importante de rechazo a cualquier otra aplicación, por útil e inocua que sea. 

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La movilización de los hackers

Los mandos militares estadounidenses afirman haber movilizado al grupo más formidable de hackers del globo [Tiago Saraiva]

La historia de internet (ver, por ejemplo, Manuel Castells, 2001) ya nos había mostrado las raras asociaciones que se pueden establecer entre investigación militar, Big Science, y cultura libertaria. Aunque los diseñadores de ARPANET fueran financiados con fondos del Departamento de Defensa norteamericano, lo cierto es que la idea de conectar (o comunicar) los ordenadores no se pensó para servir estrategias militares, como bien lo demuestra la anécdota de que la lista de correo electrónico más popular de ARPANET fuera SF-Lovers, un espacio para los  devotos de la ciencia ficción.

Un caso ejemplar que muestra cómo la intervención de los militares, necesaria por las enormes inversiones involucradas en el proyecto, no afixió la creatividad de los científicos informáticos. Parecería entonces que en EEUU, la movilización de los científicos pudo realizarse en el marco de un notable equlibrio entre creatividad individual e intereses de estado. Tal circunstancia ha sido decisiva en la derrota infligida  a la Unión Soviética y su pesada ciencia de burócratas durante el período dev la guerra fría.

Esta semana, sin embargo, Wired nos da cuenta de una movilización de hackers bien distinta a la de los gloriosos padres fundadores de Internet.  Los mandos militares estadounidenses revelaron la existencia de un Joint Functional Component Command for Network Warfare, un  programa de muchos millones de dólares (no dicen cuantos) capaz de movilizar, según sus palabras, al grupo más formidable de hackers del globo. Y reconocen que más que ocuparse de los cerca de 75.000 intentos de intrusión anuales en el sistema de defensa norteamericano, se encargarán de desarrollar técnicas de ciberataques capaces de inutilizar las redes enemigas, incluida la red eléctrica o el sistema de radar, una táctica que ya fue empleada por la OTAN en un ataque contra Serbia (Paul Virilio, 1999).

En la nueva movilización, asistimos también a una guerra sorda de palabras, pues más que de hackers, los nuevos actores que quiere intsrumentalizar el ejército amrericano se comportan como crackers.  Lo raro es que una revista como Wired no quiera distinguir entre unos y otros. La prensa en general no se manifestado demasiado sensible a estos matices, difundiendo una confusión cuyo único destino es criminalizar los valores y las prácticas promovidas por dos colectivos  cuyo origen y propósitos son muy diferentes.  Ahora, es el mismo gobierno estadounidense quien patrocina la identificación de los hackers con quienes desarrollan virus destinados a destruir redes enemigas. En fin, todo indica que  estamos muy lejos de aquél tipo de relaciones entre informáticos y militares que, se nos dice, fueron tan importantes en la victoria sobre la Unión Soviética.

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Radioaficionados, radio-made y cultura hacker

Los radioaficionados fueron los primeros hackers y crearon la primera comunidad virtual de base tecnológica [Antonio Lafuente]

Hacia 1900 comenzó con la transmisión sin cables (wireless), una técnica que veinte años más tarde ya se había convertido en la radio emisión. La uniformidad del ready-made (el “para todos lo mismo” que permitía la producción en cadena), anticipaba la sincronía global del radio-made (el nuevo “todos en lo mismo” que hace posible la transmisión a partir de 1910 del tiempo de Greenwich desde la Torre Eiffel.

Los inventores de la radio emisión no supieron restringir el acceso a la señal, y así se convirtió en una tecnología de uno para muchos, incapaz de asegurar el secreto de las transmisiones. Para los radio amateurs, sin embargo, como explica Dieter Daniels, tal circunstancia fue un un poderoso estímulo que empujó la formación de una comunidad de oyentes antes de que comenzaran a emitirse programas de radio. Hacia la década de los 20, en medio de un auténtico boom por el espacio electromágnético, los radioaficionados estaban inventando una utilidad, escribir en el éter (taping into the eter), insospechada para esta tecnología de la comunicación sin cables.

Los manuales de instrucciones no tardaron en aparecer. Scientific American explicó ya en 1902 cómo construir un aparato de telégrafo eficiente y de bajo coste. Cualquier historia ofrece cifras de expansión que son espectaculares.  En 1909 los club de radio amateurs mantenían audiencias de cientos de miles de muchachos por todos los Estados Unidos. Hacia mediados de los 30 ya había en USA más de 40000 estaciones de radio afacionados. Y aunque desde 1912 había leyes que exigían una licencia para emitir, lo cierto es que los amateurs fueron capaces de mantener 8.562 puesto de emisión. Hacia 1916, había ya 5000 licencias concedidas y 150.000 receptores en uso.  Así que los radioaficonados fueron la primera comunidad virtual de base tecnológica, engrosada por una multitud de adolescentes que sostuvieron una emergente industria de revistas especializadas (Modern Electrics, The Electrical Experimenter y Radio Amateur News) y que fueron tratados por la prensa general como héroes que estaban abriendo nuevos espacios de libertad.

Pronto, sin embargo, fueron percibidos como una amenaza, y se les acusó de invadir el espacio hertziano o de contaminar con groserías o con  proclamas radicales o revolucionarias el éter, un nuevo dominio que ya comenzaba a privatizarse y militarizarse. Algo que sin duda recuerda lo que pasó con los hackers a mediados de los ochenta y el uso que le dieron a las redes de comunicación entre computadoras. Esta analogía es explorada con jugosos detalles por Candis Callison. En pocas palabras que la radio fue inventada por lo receptores y no por los emisores. Porque ciertamente las primeras señales recibidas eran señales horarias, de temperatura o de índices bursátiles, además claro está las que venían de otros radio aficionados o eran SOS procedentes de barcos. Y así fue como primero aparecieron los receptores y luego algunas emisoras que emitían para los muchos oyentes anónimos distribuidos por todo el mundo. 

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La amateurización de las masas

El creciemiento vertiginoso de los blogs convierte a millones de ciudadanos anónimos en escritores y editores, un fenómeno que súbitamente transforma a la ciudadanía en amateur del periodismo [Antonio Lafuente]

La blogosfera trabaja como el cerebro, otra entidad muy compleja que se asienta sobre la versatilidad y conectividad de una infinidad de pequeñas entidades, las neuronas, tal como le ocurre a los blogs que se van expandiendo por la red.  Cada día aparecen unos 40 mil blogs nuevos. Technorati tiene hoy mismo registrados 8.796.972 weblogs que, a su vez, mencionan o remiten a 1.046.308.644 links. Según MSN Messenger, cada mes hay 155 millones de “chateadores” que usan sus servicios; entre ellos, y sólo en los últimos seis meses, están los 3 millones de nuevos usuarios de MSN Spaces, nuevos blogs en la terminología de Microsoft, que se han creado desde 11 de enero de 2005, es decir en unos 90 días.

Las cifras, se cuente como se cuente, y nosotros recomendamos usar blogcount.com son espectaculares. Resulta difícil saber cuántos hay activos pero, sea cual sea la cifra, estamos hablando de millones de reporteros dando cuenta de su personal y/o cooperativa visión del mundo. Cierto, son amateurs pero con frecuencia hacen su trabajo con más entrega que muchos profesionales.  Una reciente encuesta en USA ofrece resultados contundentes: el 52% de los norteamericanos opina que los bloggers deberían tener los mismso derechos que los periodistas. Y aunque un 39% cree que los periodistas tiene más credibilidad, hay un 32% que no se quiere decantar al respecto.

En efecto, un blog da a cualquiera la posibilidad de escribir, editar, diseñar y publicar. Un blog es una herramienta muy dinámica que permite interactuar a muchos niveles. Más aún, Weblogins (“bloguear”) simplifica tanto el concepto de Publishing (publicar) que cualquiera puede hacerlo. Publicar entonces es un asunto al alcance de las masas. Según Ton Coates, periodista de BBC Radio, los blogs funcionan en el ciberespacio como el puente entre los individuos y la comunidad, un instrumento para dar cuenta del entorno y narrarse a uno mismo, pero también para aprender, debatir e implicarse en empresas colectivas.

En otras palabras, son el signo definitivo que marca el rumbo hacia la amateurización a gran escala pues, de una parte, facilitan un espacio de creación de estructuras de distribución de información y, de la otra, promueven la formación de comunidades de creación de prácticas, valores y autoridad.  (más…)

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El canon hacker

¿Hay también hardware en el movimiento hackers? [Tiago Saraiva]

Una crítica politicamente correcta a la bibliografía hacker en la Technology Review (92 mil ejemplares), el órgano de expresión oficial de los tecnofilos del MIT. Me parece interesante el argumento de que McKenzie Wark en su Manifiesto Hacker ignora por completo el papel de los  hackers del hardware. Mckenzie es acusado de tratar de purificar (vinculándolo sólo con el software) un movimiento que siempre ha sido mucho más material que lo que vienen admitiendo sus líderes. 

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Feminismo y Tecnología

El presidente de Harvard se atreve a sugerir que hay menos ingenieras porque las mujeres están menos capacitadas para las matemáticas [Tiago Saraiva]

Todavía no se han cerrado las heridas provocadas por las declaraciones del presidente de Harvard, Lawrence H. Summers, quien a principios de año afirmó que no es descartable la posibilidad de que la menor participación femenina en las ciencias duras tenga que ver con sus menores capacidades innatas para las matemáticas.

En un ambiente tan militante como el de la academia norteamericana, las reacciones fueron duras y, a mediados de marzo, miembros de la Faculty of Arts and Sciences votaron una moción de rechazo al presidente, algo que sucedía por primera vez en la historia de tan respectable Universidad. Esta misma semana, Evelyn Fox Keller, un auténtico icono para los iniciados en los estudios de género y ciencia, declaraba en una concurrida sesión en Harvard que el debate “is over… but it does not go away” (New York Times 12/4/2005).

Keller, más que preocuparse con las reducidas cifras de mujeres en las facultades de ingeniería, se planeaba la necesidad de volver a pensar la construcción social de lo masculino, lo femenino, así como de la ciencia y sus mutuas interrelaciones:  “Why exclude feelings from science and reason from women’s domain?”

Ahora bien, la sociedad de la información fue percebida desde muy pronto como una gran oportunidad para los movimientos feministas. Contra aquellos que sólo ven el ciberespacio como un nuevo wild west, una amenaza de la hay que proteger a las mujeres (y a los niños), se habla de la multiplicación de los vínculos (cuanto más conectados más activos, dice Castells) entre los ciberactivistas  y el ciberfeminismo y, lo peor, de sus propuestas/provocaciones al alcance de todos para emprender experimentos radicales con la identidad. En la estella de Fox Keller y otros icono(clasta)s como Donna Haraway, se ponen en cuestión las más vetustas categorías en nombre de la nueva proclama: todos somos cyborgs.

Una vez más, sin embargo, nos enfrentamos a un problema más terrenal: el ambiente masculino de la mayor parte de las facultades de ingeniería. ¿Cómo usar una tecnología para experimentar con nuestra identidad sin dominar el lenguaje de las máquinas? Al final, l@s ciberfeministas corren el riesgo de convertirse en híbridos hechos de partes pret-a-porter, tan radicales como los consumidores de los “más vanguardistas” retail centers.

Como se defiende en la editorial de este blog, la cultura hacker encierra la utopia de la technology by the people. Todos recordamos, sin embargo, que el nosotros del histórico We the People, estaba formado por unos respetables señores blancos que dejaban fuera de sus reuniones, como también de sus buenas intenciones a mujeres, negros, pobres e indios. Quizás los heroes de la cultura hacker vengan a ser tan reconocidos como Jefferson o Washington, pero lo cierto es que de momento parecen, si no tan blancos, sí tan machos como aquellos próceres del republicanismo. Según una investigación de finales de los 90, el 99,5% de los hackers eran hombres. ¿Cabe entonces decir que la cultura hacker es machista? ¿Sigue vigente el estereotipo del hacker nerd?

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tecnología y patrimonio

Los vínculos del patrimono a la noción de patria/nación han sido tan cacareados que se ha silenciado su dependencia de origen con la tecnología [Antonio Lafuente]

Hay mucho mérito en saber lo que debemos mandar a un museo. A veces, sin embargo, los museos presentan sus fondos como si todo lo allí mostrado, desde el edificio al último objeto, pasando por las vitrinas y los catálogos o los visitantes y sus gestos, todo decimos, cualquier cosa sin excepción, no hubiese alcanzado su significación tras un largo proceso de construcción del valor.

¿Cómo sabemos que el destino de un meteorito, de los anmonites o el de los penachos, las probetas, los códices y las estelas, es un museo? Desde luego hace falta mucha sensibilidad, pero nada podríamos hacer sin las muchas herramientas necesarias para objetivar esas cualidades que convierten un documento en un monumento o cada pieza en un vestigio.

Y así, cada objeto patrimonializado es un teorema y un tesoro. La relación entonces entre patrimonio y tecnología, como vemos, es profunda. Tanto que no puede haber patrimonio sin las múltiples técnicas necesarias para sostenerlo, desde los aparatos de calibración a los de datación, por no mencionar todos los gadgets que aseguran la representación, reproducción, exhibición y otras movilizaciones que permiten a estos entes transitar desde las prensas a los museos y desde los yacimientos a las marcas.

Sea como fuere, lo cierto es que las prácticas científicas, a la par que otorgan o quitan objetividad, crean o hacen visibles los objetos. Dicho proceso, siguiendo con las obviedades, no sólo tiene un carácter público (debe ser publicitado y compartido), sino que es comunal (debe ser coproducido y consensuado). 

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museos y procomún

Todos los dias se abren nuevos museos, algunos para preservar viejos patrimonios, otros para mostrar cosas con apareiencia de nuevas. Es difícil, sin embargo, no verlos como nuevos pasos en su deriva hacia la irrelevancia, la estetización,  la espectacularización y la mercantilización de la cultura. [Antonio Lafuente]

Durante el siglo XVIII, en muchas ciudades de Europa y no pocas americanas, fueron apareciendo Jardines Botánicos, Galerías de Máquinas, Gabinetes de Historia Natural, Museos Numismáticos, Bibliotecas Públicas,… Un tipo de institución que, además de hacer públicas y reordenar las viejas colecciones antes reservadas a la aristocracia, también las mezclará con los objetos más nuevos y ordinarios, desde una roca basáltica a un petroglifo, incluyendo astrolabios medievales, dibujos de montañas volcánicas, muestras de la platina, colecciones de mariposas, ceroplastias, porcelanas, osamentas y maquetas.

Los museos y sus estanterías se expanden por la urbe a la misma velocidad que la ciencia moderna y sus públicos. Lo que hacen es presentarnos el mundo según las categorías de lo observable, de ahí la nueva intimidad que se crea entre las vitrinas y los instrumentos. Es decir, acentúa las diferencias y, por tanto, todo cuanto es medible, pesable o escindible (Benett, 1990).

El museo moderno entonces quedó configurado como una institución cuya función no es presentar objetos únicos, sino fragmentos significativos de series unificadas. ¿Qué series, qué objetos? ¿puede haber museos que no busquen lo excepcional? Sí y no. Sí, porque lo único no tiene necesariamente que coincidir con lo extravagante o lo mistérico, sino con lo armónico, lo transparente o lo universal. ¿Y a quién pertenecen estos valores? ¿Quiénes deben ser de origen los propietarios de los objetos que los representan y sostienen? Fueron creados mediante nuestras tecnologías, y sólo pueden ser bienes comunales.

Nacieron para ingresar en el fondo que conforman los commons, el procomún. En pocas palabras: los ilustrados descubrieron a la par el papel de las tecnologías en la formación de consensos y la necesidad de convertir fragmentos de realidad en bien común. Y para garantizar la continuidad de los comunes y de los consensos, la fórmula más decente que encontraron fue ensanchar lo público hasta apropiarse de lo común, y de ahí surgió un colectivo de expertos cuya misión era entretejer con los hilos de las nuevas tecnologías y de los nuevos comunales las formas modernas de la sociabilidad.

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