La Cuantificación de las Ciencias: Ciencias y Matemáticas

Como ya hemos comentado en otros post incluidos en nuestra CategoríaCurso Básico de Filosofía y Sociología de la Ciencia”, a lo largo de la historia, las disciplinas científicas intentan sobrepasar de unos niveles iniciales descriptivos hacia otros más cuantitativos que den lugar a leyes que puedan formularte matemáticamente. No debemos confundir tal hecho con negar la importancia del pensamiento cualitativo en la actividad investigadora, por cuanto también es formalizable desde el punto de vista matemático, como describimos en nuestra entrega: “Pensamiento Cualitativo y Pensamiento Cuantitativo en la Práctica Científica”. Ahora bien, en filosofía de la ciencia se distingue entre ciencias duras, y ciencias experimentales y ciencias sociales & humanas. Las primeras son aquellas que atesoran unos aparatos modelo teóricos más rigurosamente formalizados, dando lugar, por término general, a las teorías  más rigurosas y predictivas. A estas le siguen las disciplinas experimentales, y en último lugar las humanas & sociales, en un grado decreciente de formalización formal. Tradicionalmente se viene defendiendo que, una materia de investigación es tanto más respetable cuanto más formalizada esté, apelando al uso del lenguaje de las ciencias, es decir las matemáticas. De aquí que la jerarquía de las ciencias parta de esta perspectiva y, a menudo se reclame un reduccionismo epistemológico, como ya incidimos en nuestros post ¿Se Extingue la Edafología?: 3. El Significado de Reduccionismo Epistemológico. Obviamente, en principio, todo este proceso de progreso disciplinar demanda una cuantificación creciente de los objetos de estudio. Sin embargo,  tal hecho no significa que el segundo concepto sea equiparable al primero. A menudo, la cuantificación no aporta mucho de sustancia al corpus doctrinal de una disciplina científica. Lamentablemente, muchos investigadores confunden la velocidad con el tocino. De hecho, en diversas disciplinas se ha equiparado un cambio de paradigma por un acecho insistente contra el pensamiento cualitativo en pro del cuantitativo, dando lugar a resultados espurios. La heurística de las teorías transciende a este proceso. Dicho de otro modo, cuantificar una disciplina previamente muy descriptiva no da lugar a nada de sustancia si no lleva aparejados cambios conceptuales de envergadura. Veamos de qué hablo.

 



Cuantificación de las Ciencias. Fuente: St. Thomas University

 

Como solía señalar el Premio Nóbel Ilya Prigogine, la naturaleza siempre responde a las preguntas apropiadas, bien planteadas. Cabría añadir que, de no ser así, solemos obtener resultados falsos o simplemente ruido. En consecuencia, una mera cuantificación no aporta nada a una teoría científica si no es conducida por unas premisas acertadas. Empero muchas veces no es así. Y como resultado, pasamos de una disciplina descriptiva a otra repleta de datos, algoritmos y ecuaciones  que fracasan a la hora de ofrecer predicciones y posdicciones correctas, que superen a los de su antecesora.  Tal hecho ha ocurrido en diversas ciencias experimentales, como también en muchas ciencias sociales y humanas. Expondremos dos ejemplos, uno extraído de la geografía física (geomorfología) y otra de la edafología.

 

Hasta los años sesenta, la geografía física seguía el denominado paradigma Davisiano (Williams Morris Davis) del ciclo de denudación continental. Se trataba de un modelo teórico que vislumbraba la fisiografía de la Tierra como un ciclo que, comenzando desde la elevación o génesis de los sistemas montañosos, acababa con un relieve, más o menos plano, debido a las fuerzas erosivas, para volver a empezar desde el principio, “once again”. Obviamente, el esquema conceptual resultaba ser demasiado ramplón. La comunidad científica implicada decidió romper tales ataduras entrando en un periodo desenfrenado que pretendía medir casi todo. De este modo, comenzaron a proliferar las parcelas y microcuencas experimentales (entre otras iniciativas) con vistas a estimar las tasas erosivas. Sobre ellas se elaboraban numerosos modelos predictivos. Sin embargo, estos fracasan a la hora de ser aplicados de su lugar de procedencia a otros espacios geográficos. El problema sigue ahí. No hemos sido capaces de elaborar una sólida teoría predictiva. Y es que medir y modelizar, por si mismos, aportan poco o nada si el problema no se plantea debidamente. Obviamente no ha sido el caso, aunque muchos nos digan lo contrario. La cuestión estribaría en averiguar como hacerlo, es decir proponer una solida teoría que de lugar a un verdadero cambio de paradigma. El problema sigue pendiente.

 

Tal situación se repite casi en los mismos términos en el ámbito de la ciencia del suelo. Los edafometras (pertenecientes a cierta escuela de la edafología matemática) construyen modelos cuantitativos con vistas a obtener escenarios de la variabilidad de las propiedades de suelos en el espacio. ¡Perfecto!. Ahora bien, con vistas a cumplir tales objetivos, demandan una cantidad de información (datos de campo) desproporcionada. Cuando esta se les suministra, pueden llegar a obtener productos que, efectivamente, dan cuenta de tal variabilidad con mucho más detalle que los obtenidos con anterioridad. Sin embargo, al partir de modelos geostadísticos, que no son asociados a una teoría edafológica heurística (que de lugar a desarrollos realmente novedosos), no obtienen patrones extrapolables a otras porciones de la edafosfera, ni teorías predictivas que conformen un nuevo corpus doctrinal de la edafología. Dicho de otro modo, la cuantificación tampoco ha dado lugar a un cambio de paradigma basado en aparatos modelo-teóricos con mayor poder de predicción que los precedentes bajo una razonable economía muestral. El problema deviene en que cuantificación y predicción no son vocablos sinónimos.  El status de una teoría deviene de tales constructos modelo teóricos con un alto poder de predicción, no de acumular muestras con vistas a que los productos obtenidos se ajusten mejor a la realidad que observamos en el campo sin saber porqué tal hecho ocurre.

 

En el ámbito de las ciencias humanas y sociales, se generó en las últimas décadas del siglo pasado, una cierta envidia del cientifismo de las disciplinas más formalizadas, empero en la mayor parte de los casos, los resultados no han sido mejor que los previamente aludidos. De este modo, muchos expertos en tales materias reclaman el valor del pensamiento cualitativo despreciado durante decenios.

 

Adicionalmente, la cuantificación tampoco acarrea necesariamente mejorar nuestra comprensión del árbol de la ciencia, conforme a los mandatos del reduccionismo epistemológico: Como ya escribimos en su momento (segundo enlace desde el comienzo del post):

 

Reducción es el acto de deconstruir una disciplina y reducir sus elementos modeloteóricos a los de otra(s) epistemológicamente más elementales(s). De este modo, por ejemplo, “en principio“, la biología sería reducible a la química, y esta, a su vez, a la física (la más básica de todas). Según el prestigioso filósofo mexicano C. Ulises Moulines (y cito textualmente de su libro Pluralidad y Recursión: Estudios epistemológicos; Alianza Universidad, Madrid, 1991): (….)

 

Y es que en ciencia, sin buenas teorías, la cuantificación puede ayudar, pero jamás reemplazar a los constructos modelo teóricos de calidad. Sin ellos, la primera jamás llega a generar saltos cualitativos en la comprensión del objeto de estudio. Una teoría resulta ser tanto mejor cuanto más simple y predictiva sea, no por acumular muchos números y algoritmos matemáticos. Por esta razón, los estudios sobre cambio climático están dando lugar a revisar la veracidad ciertos conocimientos previos a cerca de numerosos procesos biogeosféricos (descubrimientos más o menos colaterales al objetivo principal), pero muy poco a mejorar como cambiará el clima en el futuro, a causa del efecto de invernadero antropogénicamente inducido. Cuanto tal hecho ocurre, deberíamos reconocer que algo falla en la base o cimientos de las materias analizadas.

 

Para finalizar señalemos que muchos estudios mediocres se esconden bajo una avalancha de matemáticas, con vistas a vestirse de cientificidad. Empero no aportan, ni predicen con acierto, nada de nada. La belleza y poder de la matemática dimana de su simplicidad, no de su abuso.     

 

Juan José Ibáñez 

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