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Comercialización de la Ciencia: Riesgos y Contradicciones

Somos muchos los investigadores preocupados por los derroteros que está tomando la investigación científica bajo el imperio del neoliberalismo económico (ver nuestro post Ciencia y Neoliberalismo Económico). A la antigua presión por publicar cuantos más artículos mejor, en la revistas indexadas, que se inició a finales del siglo XX, se le suma actualmente una exigencia de inmediatez con vistas a que sus resultados de las investigaciones sean rápidamente asimilados por los tejidos industriales. Se trata pues de extraer beneficios económicos lo antes posible. Venimos defendiendo que la denominada Investigación Traslacional puede generar más perjuicios que beneficios. Paralelamente las Retrodemocracias propiciadas por la Escuela de Chicago también pretenden privatizar todo lo que encuentran a su paso y entre otras actividades la propia ciencia. Se trata de una ceguera de gran calado, como intentamos mostrar en nuestro post “Tecnologías de Primera y Segunda Generación (Un Riesgo Social en Ciernes)”. Las inversiones públicas a largo lazo son  imprescindibles con vistas a lograr dar pasos de gigante en la investigación científica, a partir de los cuales se desarrollan las que denominamos tecnologías de primera generación. Ala postre, la industria saca provecho de las mismas al operacionalizarlas en tecnologías de segunda generación. Empero sin las primeras no pueden prosperar las segundas. Y en este tesitura anda la relación entre Ciencia y Neoliberalismo Económico. El 28 de mayo de 2012 la revista The Scientist publicaba un artículo en la cual un investigador canadiense se preguntaba preocupado varias preguntas sobre este tema que podréis leer abajo. Nadie en su sano juicio cuestiona que la ciencia no deba traducirse en prosperidad y bienestar ciudadano. Las cuestiones que realmente deben preocuparnos son otras: ¿Cómo?, ¿cuando? ¿Por qué y por quién?; ¿A que precio?, etc. Ahora bien, el mundo empresarial busca esencialmente beneficios económicos, relegando cualquier otro aspecto a su segundo plano. Sin embargo, a los investigadores se les coloca entre la espada y la pared, mediante con una serie de directrices que atentan contra los cánones de la indagación científica, a demás de ser contradictorias. Por un lado les impelen a publicar, por otro nuestras autoridades en un acto de hipocresía supina también “alegan desear” que los resultados de las indagaciones científicas sean públicas y de libre acceso a todos los ciudadanos. Sin embargo, también presionan para que los investigadores colaboremos con la industria firmando contratos que generalmente contienen clausulas de confidencialidad, dejando al margen las patentes. Y al hacerlo, los tradicionales e imprescindibles criterios de objetividad y replicabilidad de los resultados también se diluyen. Dicho de otro modo, se obliga al científico que permanezca y avance cada vez más rápido por la cuerda floja. El autor de la nota de prensa aparecida en The Scientist, es decir Timothy Caulfield reconoce acertadamente que la ciencia siempre ha estado sujeta a los controles estatales, las demandas sociales y presiones del mercado. De este modo, ha evolucionado a modo de un equilibrio puntuado, en el que alternan periodos en los cuales la investigación avanza rápidamente, con otros en las que sus progresos se ralentizan. A menudo, el tránsito entre un estado y otro procede de cambios sociales, geopónicos y económicos siendo un caso tristemente palmario, el impulso que dan las guerras a la ciencia y la tecnología.  “Timoteo” también reconoce que tales presiones están cambiando el vocabulario de los científicos, la manera de redactar sus proyectos y artículos, así como sus relaciones con los políticos e industriales etc. Y todo ello sea acelerado en los últimos 10 años, es decir en el siglo XXI. ¿Hacia donde nos dirigimos?

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Fernando Zóbel. Fuente: Michelle Rumney

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