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Los Bosques Amazónicos: ¿Paisajes Prístinos o Paisajes Culturales?

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Bosque de Lluvia amazónico. Fuente: World for Travel y Descubriendo el pasado de los paisajes y pueblos amazónicos. Fuente: Mail Online

El ser humano ha modelado prácticamente toda la biosfera. Difícilmente podemos hablar de paisajes prístinos, sino culturales, incluso en los bosques tropicales lluviosos de la cuenca amazónica.

La perturbación por la acción del hombre de los ecosistemas forestales ha sido menormente diversa, desde su total erradicación, hasta el incremento de la biodiversidad de los mismos. Así por ejemplo, en la Europa mediterránea, la denominada por Paco González Bernáldez “frutalización” del bosque viene a recordarnos que, a lo largo de la historia las culturas que habitaron en estos ambientes, eliminaron las especies arbóreas que menos les interesaban, preservando las que les ofrecían mayores beneficios, fomentando en los espacios sabanoides resultantes, la creación de pastos y/o policultivos. En consecuencia las masas forestales perdían biodiversidad de las especies leñosas, pero dando lugar a sistemas agrosilvopastorales, que no agroforestales, muy diversificados. En este post mostraremos la asombrosa historia de los paisajes amazónicos en un pasado no muy lejano.

Ya hemos explicado en numerosos post, como conforme a la geoarqueología, etnoagricultura y etnoedafología progresaban, iba poniéndose en duda el mito de la Amazonía pristina, como fue el caso, entre otros, de nuestra entrega dedicada al explorador Francisco de Orellana y la enmienda actualmente conocida como biochar

Willian Baleé (año 2000) explicaba en un interesantísimo artículo publicado en la Revista Mundo Científico, como a la hora de comprender la biodiversidad del Amazonía se ha soslayado el factor humano, es decir el papel de sus pueblos indígenas con vistas a fomentar la biodiversidad que hoy observamos, y que incluso podría ser mayor de la acaecida hace siglos tras la desaparición/desorganización de muchas de aquellas culturas. Los pueblos aborígenes amazónicos cultivaron extensas superficies de la cuenca amazónica, desde hace al menos 6.000 años, siendo la domesticación de especies, la formación de campos elevados y la creación de suelos antrópicos sobre ellos, prácticas muy comunes que terminaron por aumentar la biodiversidad. Como mínimo,  muchos de los puntos calientes o hotspots de biodiversidad de esta región aparecen sobre antiguos suelos antrópicos, sitos en campos elevados. Hablamos de lo que se ha denominado agricultura forestal, y que tiene que ver con el concepto de reservas extractivas, puesto de moda durante la última década del siglo XX. Se supone que durante los recorridos y cambios de asentamientos, aquellos pueblos indígenas llevaban consigo ciertas especies de cultivo (u otras con distintos fines, como para la obtención de ciertos medicamentos, fibras, etc.). Tales semillas debían ser sembradas tras desbrozar parte de la vegetación natural, aunque dejando intacta en su mayoría. Del mismo modo, o en combinación, los campos elevados resultaban ser nuevos hábitats originados por el hombre, con vistas a mantenerse fuera de los estragos de las inundaciones estacionales de los caudalosos ríos, típicos de la región. Ahora bien, posiblemente también tuvieran cabida algunos manejos que erradicaran toda la cubierta arbórea. Lo mismo puede decirse de las chamiceras, si bien su extensión parecía ser mucho menor que la que se produjo tras la denominada colonización.

Reiteramos que en el mentado artículo se menciona como muchos puntos calientes de biodiversidad se ubicaban en enclaves elevados (frecuentemente con obras para favorecer el drenaje) cuyos suelos se habrían formado por la progresiva acumulación intencional de materiales ricos en carbono orgánico (Antrosoles). Por tanto, las remociones de suelo para formar hábitats no inundables permitían que los asentamientos y los cultivos más importantes no terminaran por ser sumergidos o dañados. Se trata de un tema que aún sigue siendo motivo de debate, aunque, como veremos a continuación, se acumulan numerosas evidencias a favor de que la cuenca amazónica resultaría ser un paisaje cultural y no un paraíso prístino.

Más allá del Jardín del Edén    

Recientemente, nuestro colaborador Régulo León Arteta, me envió un trabajo recientemente aparecido en una revista de las denominadas de prestigio, publicado por investigadores brasileños que ponía cabeza abajo y patas arriba hasta las perspectivas más osadas sobre la naturaleza prístina/cultural de la región amazónica en su sentido más extenso (incluyendo desde el Orinoco hasta la  parte norte de la América Austral, etc.). Tal material se encuentra en acceso abierto, por lo que al final de este post os dejo el enlace con vistas a que lo podáis leer con detenimiento. Clement y colaboradores, el año de gracia/o desgracia de 2015, parecen demostrar, haciendo uso de una bibliografía extensísima, una perspectiva diametralmente opuesta a la que sostenía la naturaleza prístina del paisaje amazónico. Según estos autores, desde el Holoceno medio, los pueblos indígenas de esta maravillosa región comenzaron a desarrollar una agricultura que, a la postre, culminó en una insospechada hasta ahora revolución agraria y cultural, que dista mucho del panorama que han venido ofreciendo, tanto  la prensa científica como la divulgativa. Y así se culminó con una estructuración político-social de gran alcance que vinculaba a diversos pueblos aborígenes de etnias distintas. En consecuencia, el Amazonía debiera entenderse como un paisaje cultural y centro de domesticación de diversas plantas y animales, en cuya transformación intervinieron numerosos pueblos (pertenecientes, entre otras, a las familias lingüísticas Arahuaca, Pano, Tupi-Guaraní, Caribeñas y Tipití). De nuevo, según estos autores, aquellos paisajes culturales debían/podían alimentar a bastantes millones de personas, estando repletos de los más diversos tipos de gestión del suelo y el vuelo. La extensión de las terras pretas llegó a alcanzar el 3,2% del territorio, aunque  también crearon otros suelos antrópicos con menor contenido de materia orgánica, obras hidráulicas, canales, lagunas con fines piscícolas, extensas redes viarias que facilitaban los intercambios comerciales y un largo etc. Si bien los asentamientos más sofisticados bordeaban las grandes arterias fluviales, no es menos cierto que otros de menores dimensiones alcanzaron los interfluvios de las cuencas de drenaje. La gestión del territorio, como también acaeció y aun lo hace en otras muchas culturas y regiones del mundo, era de naturaleza centrípeta, es decir cerca de las aldeas se ubicaban los cultivos más productivos (sobre los suelos antrópicos más oscuros por su enriquecimiento en carbono), siendo la gestión más laxa (y menores las enmiendas de materia orgánica aplicadas al medio edáfico), conforme se alejaban del poblamiento.  De hecho, la Península Ibérica y otros paisajes los paisajes culturales atesoran estas mismas y lógicas características.

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Los Paisajes Culturales: Ecología del Paisaje y Geografía Regional

La noticia que vamos a exponer hoy rememora en mi mente varios hechos acaecidos al inicio de mi carrera científica y que la marcaron para siempre. Por un lado, los autores del estudio pertenecen al departamento en el que actualmente presto mis servicios con consentimiento del CSIC. Más aun estamos a la espera de poder colaborar en futuros proyectos. Debo agradecer a Mari Fe Smith y a Paco que me acogieran en su equipo. Paco también fue el tutor (que no director) de mi Tesis Doctoral y presidente del tribunal que la juzgó. Por aquél entonces comenzaba a calar en España la novedosa ciencia de la ecología del paisaje, procedente de EE. UU., de la mano de Fernando González Bernáldez (UAM). Sin embargo, no debemos olvidar una línea de investigación Española cuyos máximos exponentes procedían del Instituto Pirenaico de Ecología en Jaca, y especialmente la figura de Pedro Monserrat Recoder Sin embargo, yo defendí mi Tesis partiendo de los estudios  y metodologías desarrolladas por la Escuela Alemana del Este y la Francesa de Estrasburgo. El debate tras mi defensa fue un tanto “calentito”.  A la postre, Antonio Gómez Sal (UAH), procedente de mi antiguo Instituto del CSIC, y que había comenzado su formación en la Escuela de Jaca se unió al equipo de González Bernáldez, comenzando un mestizaje muy fructífero. Empero mentiría si no os narrara las siguientes líneas. El área de estudio que había escogido (por aquellos tiempos aun era frecuente que un doctorando aun pudiera elegir) resultaba ser el Macizo de Ayllón (aunque no quede constancia en Wikipedia; peor para ellos). Cuando comencé tales estudios  no lograba entender lo que veía en el campo. Hablando con mi entrañable amigo José Luis González Rebollar, también del CSIC, me recomendó que leyera un libro sobre “la España Atlántica” (yo trabajaba en ambientes mediterráneos). Sin embargo, él me ofreció la llave para abrir un tesoro que no había explorado. Se trataba de un libro de geografía regional en el cual, como en todos los demás de esta rama de la geografía, casi extinguida actualmente en nuestro país, se analizaba la historia de un territorio, a partir del momento en el que se tuviera notica del mismo en los archivos históricos. Posteriormente, comencé a visitar bibliotecas y a recopilar información sobre los libros escritos a cerca de mi área de estudio y otras aledañas. A partir de aquél momento todo fue mucho más interesante, a la par que liviano.  Ya abundare sobre este tema. Pero hablamos de los paisajes culturales (…)

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La diversidad de las dehesas Mediterráneas. Fuente: José Luis GonzálezRebollar

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Vegetación, Suelos y Paisaje Antes de la Aparición de los Seres Humanos

Ley hace unos años leí un estudio que mostraba como el número de especies forestales de Europa disminuyo paulatinamente durante el cuaternario. La interpretación más ramplona es achacar tal hecho a los efectos de las glaciaciones (cambios climáticos). Sin embargo, se cumulan evidencias alrededor del mundo acerca del papel modelador del ser humano (moderno, pero también pre-sapiens) sobre ecosistemas, regiones biogeográficas, ecozonas e incluso biomas. Por mucho en que se insista en que el propuesto periodo Antropoceno debiera comenzar en los siglos XVIII o XIX, las evidencias empíricas nos informan de que, de poderse defender (dar por buena) tal división geológica, esta debería retrotraerse mucho más atrás. La noticia que abordamos hoy, así como cierta información procedente de la Agencia Europea de Medio Ambiente y otra de nuestra propia cosecha, nos servirá de base para mostrar nuestra conjetura. Al menos desde hace cientos de miles de años, gran parte de la biosfera ha sido modelada al antojo de los intereses humanos.  Por ejemplo, la Región Panónica de Europa, conocida principalmente por sus estepas, principalmente las húngaras denominadas Puszta, estuvo cubierta tras la última glaciación, y antes de la llegada masiva del hombre, por dos tipos de bosques. El primer lugar, estos consistieron de una masa pluriespecífica (arbolado mixto) de robles, tilos, olmos, frenos y avellanos. Seguidamente el clima se torno más húmedo y al menos parte de los mismos fueron reemplazados por hayas y carpes. Y aquí entra en acción el hombre con contundencia, sustituyendo tales ecosistemas forestales por las conocidas estepas húngaras, muy aptas para el incremento de las manadas de herbívoros silvestres  o para la cría del ganado (tal vez una detrás de otra). Debe discernirse entre estas formaciones circunscritas a la región panónica (una isla rodeada de montañas en el interior de la región biogeográfica continental de Europa) y las genuinas estepas ucranianas y rusas, que forman parte de otra bioregión del continente. Lo curioso del tema estriba en que en ambos paisajes pastorales dominan los mismos tipos de suelos, los Chernozems y los Phaeozems. Ahora bien, mientras en los paisajes pristinos de las verdaderas regiones esteparias citadas en último lugar, existen varios suelos endémicos, las húngaras no albergan ninguno. Dicho de otro modo, toda la edafosfera y flora albergada en la primera parece corresponder a una degradación antrópica milenaria propiciada por las culturas atávicas que allí moraban. Los tipos de suelos mentados, no suelen acaecer bajo bosques, siendo típicos de las grandes praderas, pampas y estepas del mundo. Los escasos relictos actuales de bosques que atesora la región panónica albergan  suelos muy distintos, como Luvisoles y Cambisoles. Ya hablamos de un proceso de humanización del paisaje en la Peninsula Ibérica en nuestro post sobre las probables sabanas mediterráneas. También hemos abordado otros cambios de los modelados fisonómicos del territorio, por las culturas aborígenes de Latinoamérica. Del mismo modo os comentamos la pérdida de especies arbóreas de los bosques inducidas por el procedo denominado frutalización, que de este modo se tornaron casi mono-específicos. En otras palabras, desconocemos realmente la vegetación que podría existir en Europa de no haber intervenido el hombre. Al combinarse su acción, con los cambios climáticos, surgieron ensamblajes singulares que evolucionaron hacia otros en el contexto del mencionado binomio. Lo que hubiera podido ocurrir de no entrar en juego las “manazas” del hombre es un tema especulativo, por no decir de ciencia ficción, debido a que no disponemos de pruebas fehacientes de cuales hubieran sido tales ensamblajes de suelos y vegetación, al menos para inmensos territorios de la biosfera y edafosfera. Se trata de un tema que merece nuestra atención.

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Estepas Húngaras Fuente: Flickr Galería de claudiacsandor

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