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¿Afectará el calentamiento climático de forma similar a los suelos y la vegetación?

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Una Violeta recogiendo Violetas. Los ramitos de Violetas son un clásico de la cultura tradicional madrileña. Con diferencia el mejor contenido de este post. Febrero 2017 Madrid. Foto: Juanjo Ibáñez

 Cuando lee uno noticias como la de hoy  (Future climate change will affect plants and soil differently), en una revista de la categoría de Nature, se pregunta si  una buena parte de los investigadores implicados saben lo que realmente es un suelo, ya que parece que no. ¡Ni idea! No he leído el texto original completo, empero si alguien se ha atrevido a leerse los post de esta bitácora sobre geografía de suelos, comprenderá que los resultados son obvios, triviales, mientras que las conclusiones expuestas ponen los “pelos de punta”. Yo casi vomito, lamento decirlo, pero es así.  Trabajos hechos para engrosar los CV, ya que en lo que respecta al progreso de la ciencia ¡nada de nada!. Lo único que ha avanzado en los últimos años en la materia sobre la que versa la nota de prensa, es la gran suma dinero dispendiado con la moderna tecnología. Las Nuevas botellas cuestan más que el vino viejo que contienen. Del mismo modo, lo que ha retrocedido dramáticamente resulta ser el conocimiento de los denominados expertos en materia de cambio climático y suelos. Y cuando se es ignorante se espetan preguntas estúpidas. Todo lo dicho en “Nature Reports”, o al menos en la nota de prensa debe tirarse a la basura (que además resulta ser muy confusa y confundente: contrastar con el resumen de la publicación científica), por cuanto es tóxica pra los lectores habituales de esta humilde bitácora. Hablaremos del efecto de un calentamiento climático y/o sequia sobre la vegetación y suelos en un gradiente climático del continente europeo.

 Pero aclaremos antes de todo, que resulta imperativo que los autores de los artículos exijan a los periodistas el manuscrito previo a su publicación, como lo hago yo, pues de no hacerlo son responsables tanto unos como otros. Pero en este mundo en donde la imagen vale más que el contenido…. La auto-complacencia por salir en la foto de los medios de comunicación, deviene en uno de los peores enemigos del pensamiento crítico que a los científicos nos presupone (pura leyenda urbana, al parecer).

 En primer lugar, comparar como responderán dos recursos naturales tan dispares como suelos y vegetación, aun que unos influyan en los otros, resulta absurdo. ¿Cómo se comparan dos estructuras tan distintas?.

 Abajo he traducido el texto en inglés mediante el traductor google, sin esmerarme lo más mínimo, ya que con los dedos de una mano me tapaba la nariz, de puro asco. Como veréis abajo una de las autores del estudio, nos habla de suelos encharcados y con formación de turba. Hablamos pues, ya sea de Gleysoles, ya de Histosoles. Por el contrario en el gradiente estudiado por los firmantes del artículo nos informan de suelos “secos” (¿?). En las zonas más áridas de este continente, como en los demás, dominan los Calcisoles, Gypsisoles, Solonchaks y otros edafotaxa que podéis ver en el siguiente post: Paisajes con Suelos Desérticos en Europa. Hablamos de dos mundos distintos desde cualquier punto de vista “racional”.

 La mayoría de los microrganismos unicelulares y pluricelulares (nematodos, colémbolos, etc., etc.) que habitan en el msuelo son acuáticos (aunque la tierra nos parezca bastante seca), por lo que si no hay agua desaparecen o pasan a formas latentes con diversas estrategias hasta que les rocíe el oro azul, y su actividad renazca, como florecen las flores. Del mismo modo, la temperatura del suelo disminuye rápidamente en profundidad, amortiguándose severamente, en contraste a las fluctuaciones que padece el mundo aéreo, tanto a lo largo del día, como de un ciclo anual. Confundir sequía con aumento de temperaturas se me antoja otro dislate desde un punto de vista científico. Sin embargo, el exceso de agua (anegación, encharcamiento) es tan dañino como su carencia. En otras palabras, la aridez resulta ser tan dañina como la paludificación (encharcamiento y acumulación de carbono) en el medio edáfico. Si en condiciones de sequedad extrema el ecosistema suelo casi paraliza su actividad,  siendo la materia orgánica escasísima, debido a la también pobre  biomasa vegetal,  lo mismo ocurre en los suelos encharcados de agua, si bien allí la materia orgánica no se descompone y como corolario se acumula. Por lo tanto en los de Gleysoles, e Histosoles del norte de Europa el descenso de la capa freática, permite la existencia de un suelo aireado y con humedad, favoreciendo el metabolismo biosférico (por ejemplo, la productividad primeria de la vegetación), es decir sacando al ecosistema suelo de su letargo, y facilitando pues la descomposición de la materia orgánica allí acumulada. Por el contrario, conforme el clima se hace más seco,  la falta de agua o una sequía prolongada, frenera la producción de la biomasa aérea, dando lugar a una ralentización extrema en la actividad biológica del suelo, tanto por falta de alimento, como de agua. Así pues, ya sean sequías prolongadas o un incremento de aridez, mejorarán la producción de los ecosistemas encharcados (que no húmedos) y una drástica reducción en los “secos”. Ya os expusimos diversos mapas y proporcionado abundante información sobre todos los tipos de suelos en Europa. En nuestras categorías (i) Taxonomías y Clasificaciones; (ii) Geografía de Suelos y megageografía y (iii) Curso Básico: Tipos de Suelos del Mundo, disponéis de toda la información necesaria para llegar a las mismas conclusiones vosotros mismos. Por lo tanto, resulta ridículo ¿descubrir?, como se alega en la nota de prensa, que: “ha quedado claro cómo la presión de los factores del cambio climático puede actuar de manera diferente y a veces incluso opuesta a través de estas condiciones” (refiriéndose al gradiente climático analizado). Obvio, trivial y banal. Afortunadamente el comentario del otro autor, en este caso español, al menos no son horripilantes, tan solo banales. Veamos dos ejemplos hilarantes.

 Del mismo modo, una tal Sabina, autora del estudio defiende que:. “Soil water plays a critical role in wet soils where water logging limits decomposition processes by soil biota resulting in a build-up of soil carbon as peat”. Traducido del suajili: El agua de los suelos tiene una importancia crítica en los “suelos húmedos ¿? (quiere decir encharcados, (pero su formación no da para tanta sutiliza) en donde el encharcamiento (ahora sí) limita los procesos de descomposición de la biota edáfica, y como corolario la materia orgánica se acumula en forma de turba. Lección de parvulario. Sin embargo la superficie de suelo cubierta por de Gleysoles, e Histosoles, incluso en el norte de Europa, a no ser que nos acerquemos al círculo polar ártico es ostensiblemente menos que la de los “secos”, es decir “no anegados por el agua”. Por lo tanto este ejemplo no me vale, ya que deviene en sacar conclusiones banales de los extremos de un continuo. Empero aquí entra en juego el gran Pope, al ilústranos en que 2 + 2 = 4, al clamar: “These results emphasise how sensitive soil processes such as soil respiration are to environmental change”. Os lo traduzco por cuanto este sí es un verdadero hallazgo precolombino: “Estos resultados enfatizan hasta qué punto son sensibles procesos tales como la respiración del suelo a los cambios ambientales”. Y el sabio se quedó tan orondo y satisfecho.  Si, el gran cerebro de este ejemplar acaba de rizar el rizo de la obviedad, alcanzando lo sublime, ya casi una divinidad digna de ser esculpida en oro y adornada de diamantes.

Si deseáis una información más sencilla y clara sobre esta iluminada investigación os recomiendo que leáis tan solo estos dos post de nuestro blog: (i) Desertificación en el Sur de Europa y en el norte ¿Qué?: Polvo versus Barro; (ii) Meta-Análisis: Suelos y Cambio Climático (Un Nuevo Estudio).

 En mi opinión, y al menos en lo que se refiere a la relación entre ecología, suelos y cambio climático, Nature y Science, han caído tan bajo que resulta difícil imaginarse algo tan rastrero. ¡Triste, lamentable! Al parecer confunden el suelo con “tener la creatividad por los suelos”.

 Juan José Ibáñez (más…)

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Árboles, Bosques, Suelos y Erosión: El Efecto de las sequías persistentes: Un ejemplo Ilustrativo en Aragón España

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Paisajes de robles marcescentes. Colaje de Google imágenes al poner en el buscador Quercus subpyreneica

Hace algún tiempo, mi amigo Juan Botella, de la comarca de los Serranos en Valencia, me envió un artículo de la “Revista Aragón Turístico y Monumental” que llevaba por título: “¿Un indicio de cambio global? Clima y suelo modulan la vida del quejigo prepirenaico en Aragón”. Tal publicación me dejó bastante sorprendido. Ojalá una buena parte de los “papers” publicados en revistas indexadas (incluidas Science y Nature) trataran los temas de una forma tan sencilla, directa y exitosa.  Sus autores, Domingo Sancho José Javier Peguero y  Eustaquio Gil, pertenecientes  a la Unidad de Recursos Forestales del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA), han realizado un gran trabajo, por lo que debemos felicitarles efusivamente. Debido a que afortunadamente su estudio se encuentra en acceso abierto, abajo hemos realizado un extracto del mismo, aunque insistimos que siempre es mejor leer el artículo original que, en este caso afortunadamente, evita todo tipo de extravagancias y tecnicismos. Por lo tanto, también os proporcionamos el encale para que lo podáis leer el documento entero y visionar sus imágenes, ya que la nomenclatura del género Quercus, es harto complicada y las imágenes que os proporcionamos pueden pertenecer a este u otro roble marcescente. Pero vayamos al grano.

Este tipo de roble marcescente, al que los autores denominan Quercus subpyrenaica, comenzó a comportarse anómalamente durante un periodo de sequía extrema, en una masa forestal formada por esta especie y su hermana la encina (Quercus ilex), de hoja perenne. No es nada usual que los árboles caducifolios de tipo marcescente pierdan las hojas en verano, meses antes del periodo habitual, es decir el otoño. Con independencia del calentamiento climático, al que se apela siempre, sea necesario o no, estos investigadores observaron que tan solo ocurría en ciertos individuos mientras que otros ejemplares mantenían sus hojas hasta la común caída otoñal. Sospecharon acertadamente que algún que otro factor debía influir en tal dicotomía. ¿Pierdo las hojas ya o espero al otoño?. Y como deben ser muy espabilados, en lugar de mirar al cielo, bajaron la vista hacia el suelo. Y pronto salieron de dudas: cuando el suelo era poco profundo y por lo tanto almacenaba poca agua se generaba el “marchitamiento precoz” de las hojas de los robles, empero si el medio edáfico era profundo y susceptible de mantener más recursos hídricos durante mayor tiempo, no; es decir la fenología seguía siendo la habitual. Abajo os lo explican con mayor detalle.  Se trata de una adaptación a la sequía extrema poco o nada conocida hasta la fecha.

 A menudo pensamos que para que crezcan las plantas se necesitan unas condiciones climáticas muy concretas, y en parte llevamos la razón, pero la naturaleza es mucho más sabia y compleja que nuestros simples modelos conceptuales. Las especies que habitan en un lugar determinado y más aún si su clima es tan variable como el mediterráneo, han sobrevivido a casi todo tipo de avatares y cambios climáticos naturales, por lo que pueden sorprendernos con estrategias adaptativas que solo emergen  cuando se produce una perturbación determinada que ya sufrieron en el pasado y para la cual tienen respuestas adaptativas, para nosotros desconocidas, por no ser visible durante muchos años o decenios.

 Obsérvese, que en estos individuos con marchitamiento precoz, la actividad biológica, es decir excluyendo tanto los paros vegetativos invernales, como los provocados por una aridez intensa, puede llegar a reducirse a poco más de tres meses, permaneciendo los casi nueves restantes sin realizar actividad fotosintética alguna. Se trata de un hecho sorprendente, al menos en la Europa mediterránea y templada.

 El hecho de que tal “extravagancia fenológica” tan solo se produzca en suelos someros nos indica que la erosión histórica de los recursos edáficos desempeña un papel tan importante como el clima.  Ya os he comentado en varios post previos que mi entrañable amigo y compañero José Luís González Rebollar (nótese que su segundo apellido de cuenta de otro tipo de roble) ha desarrollado un modelo de simulación numérica denominado  Diagramas Bioclimáticos. Al testarlo, en alguna ocasión, con mi más que prescindible colaboración, constatamos que la perdida de suelo produce, como el calentamiento climático, el denominado efecto pinza”, del que podréis aprender más en los enlaces que os muestro abajo o pinchando sobre este: “Cambio climático y Paisaje Vegetal. Se trata de que ambos factores (erosión y aridez) inducen a que los pinares que se encuentran en cotas altitudinales superiores vayan ganando extensión en detrimento del roble caducifolio/marcescente, ocurriendo lo mismo a menores cotas altitudes, en donde la encina lleva a cabo la misma acción de abajo a arriba. De este modo, en paisajes montañosos muy erosionados, o si el clima se aridifica, la franja del bosque caducifolio puede terminar por desaparecer, como así ha ocurrido en ciertos espacios geográficos de la Península Ibérica. Ahora bien, el estudio realizado por estos investigadores que trabajan para el Gobierno de Aragón, muestra como la pelea por persistir es feroz, acaeciendo estrategias singulares que despliegan las plantas en su lucha por la supervivencia, es decir en este caso para no desaparecer del espacio geográfico que ocupaban. No obstante, y en cualquier caso, queda patente como los efectos simultáneos de las cambios climáticos y perdida de suelos, pueden ser sinérgicos al caminar en la misma dirección.

 Comentando este asunto con Gonzalez rebollar, horas antes de redactar este post, me ha anunciado que en esta Autonomía ciertos investigadores utilizan los diagramas bioclimaticos en un proyecto internacional sobre este género de árboles que tantos y amplios espacios ocupa en el hemisferio norte del planeta (Quercus). Me alegro mucho por el autor y esta nacionalidad del Estado español, ya que el mentado modelo numérico es una de las mejores herramientas fitoclimáticas predictivas que conozco para los climas mediterráneos. Os dejo con la información de los mentados diagramas y la preciosa nota o artículo de divulgación de los doctores Sancho, Peguero y  Gil. No hay belleza mayor en la ciencia que la sencillez, como defenderían los colegas matemáticos.

Juan José Ibáñez

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La Decadencia de las Civilizaciones y su Complejidad

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El Colapso de las Civilizaciones. Fuente: Collapse of the Modern Civilization by Jay Simons

Se habla muy alegremente sobre el ocaso de las antiguas civilizaciones apelando al cambio climático, salinización de los suelos, mala gestión, desastres naturales, etc. Sin embargo mirar retrospectivamente, a la luz de nuevas evidencias científicas, sin otear nuestros ombligos es adoptar la postura del avestruz. Resulta que nuestra civilización se encuentra cometiendo los mismos errores y aún otros más graves que las que le precedieron. En lugar de vanagloriarnos de nuestros avances tecnológicos, deberíamos comparar los datos de que disponemos y percatarnos que, como seres humanos no hemos avanzado nada. ¡Nada de nada!. Dicen los ¡sabios!, por ejemplo, que la salinización de los suelos pudieron ser la causa de la decadencia de Mesopotamia. Otros apuntan a que los cambios climáticos y una sobrepoblación propiciaron el colapso de la Maya. Y así podíamos seguir “ad nauseam”. Nuestro mayor pecado estriba en solernos considerar ajenos a aquellos ¿errores o vicisitudes?, cuando en realidad vamos avocados en la misma dirección a pesar de que debiéramos haber aprendido del pasado. Si los pueblos antiguos salinizaron sus suelos, nosotros también. Si ellos fueron presa de cambios climáticos naturales, nosotros además los propiciamos, aunque no estemos preparados para afrontarlos. Si antaño se sobreexplotaron los recursos naturales a escalas regionales, el ser humano moderno tropieza en la misma piedra, pero con una furia inusitada y dimensiones globales. Cuando se argumenta que algunos imperios sobrepasaron la capacidad de carga humana (sobre-población) con las tecnologías que empleaban, nadie puede dudar que actualmente tal problema persiste y aumenta. La mayor estupidez del ser humano reside en considerar siempre que lo que sucedió, no puede volver a ocurrir ya que atesoramos una tecnología portentosa. Empero los riesgos son aún mayores y por nuestra “sabiduría,” menos justificables. A penas queda suelo fértil por explotar, mientras que nosotros lo sepultamos bajo las ciudades, contaminamos, erosionamos, salinizamos, acidificamos, etc. Peor aún más, si en la antigüedad aquellos esquilmadores hubieran podido desplazarse a otros lares tras alguno de estos problemas, resulta que ya no. Incluso como indicaremos más abajo, la sobreexplotación de los acuíferos tampoco resulta ser un problema moderno.

Mientras que la evolución cultural conduce a la complejidad social, esta última padece tantos problemas como resuelve. Sin embargo fue el propio incremento de la complejidad sociocultural la que marcó tanto el auge de aquellas culturas como su propio declive. Cuando una cultura crece, puede hacerlo de forma sustentable, si, y solo sí, sus estructuras socioculturales y de poder son también responsables, es decir sustentables, ya que sin la una no puede darse la otra. Cualquier (o al menos muchos) cambio brusco e importante en la sociedad actual puede acarrear su colapso. Un poblamiento humano pequeño y sencillo puede maniobrar más rápida y flexiblemente (por ejemplo, emigrando y cambiando de hábitats) que otro enorme y complejo, repleto de estructuras sociales en sempiternos conflictos y ansias de poder desmesuradas.

La evolución biológica nos muestra que somos un mero ejemplo de unos patrones repetitivos. Tras cada gran extinción, en general los organismos complejos fueron los más mermados en su biodiversidad, mientras que los simples evolucionaron e incrementaron su adaptación con vistas a ocupar aquellos que quedaron vacíos.

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