En medicina, no todo son números y estadísticas. La calidad de vida, puede leerse en The Wall Street Journal, también cuenta. Sobre todo si es el propio paciente quien, a través de objetivos personales factibles, administra su estado de salud. De acuerdo con el rotativo, resulta más saludable plantearse cómo una enfermedad altera mi vida y qué puedo hacer, que un número abstracto en una analítica.

Cómo bien recuerda el reputado medio, en el fondo se trata de algo tan simple pero decisivo como la adherencia terapéutica, es decir, la motivación del paciente por seguir un régimen en el que píldoras, resultados analíticos y objetivos numéricos acaban por introducir un elemento de cansancio que lo aleja de su cumplimiento.
La calidad de vida, o mejor, la aspiración a mejorarla en pacientes aquejados de enfermedades crónicas, se está viendo como un método enormemente eficaz para enmendar estados de salud deteriorados. Se trata, según defienden expertos de la Universidad de Michigan, de incidir en aquellos aspectos que merman la movilidad, afectan el bienestar o alteran un desenvolvimiento adecuado del día a día.
En este contexto, plantear programas específicos de prevención, con objetivos visibles y factibles para el paciente, especialmente el crónico, da mejores resultados que el comentario sobre datos como el colesterol o los niveles de glucemia que, por lo general, resultan abstractos.
Por consiguiente, los expertos se decantan por programas de seguimiento en el que se combine el consejo de vida saludable con la administración de fármacos o ejercicios prescritos sin olvidarse de los controles periódicos. El problema, pese a los mejores resultados, es el de siempre: el elevado coste que supone un sistema de estas características. No obstante, según los expertos, la mejora del estado de salud compensa suficientemente.