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Ramón y Cajal hecho arte

Ramón y Cajal hecho arte

Reflexiona el neurocientífico Javier de Felipe que el puente que une el arte con su creador es el cerebro. Y suele añadir este investigador del Instituto Cajal del CSIC en Madrid que la observación de nuestro órgano más humano proporciona imágenes sorprendentemente bellas que podrían ser firmadas por Renoir, Miró o Picasso. Y tiene razón.

Arte y ciencia se conectan por la neurología, es decir, por el cerebro (© Javier de Felipe)

XAVIER PUJOL GEBELLÍ | mi+d
Martes, 12 de abril de 2011

La creación es un proceso del que apenas sabemos nada. Poco sabemos, igualmente, del placer que sentimos cuando observamos una pieza artística. Tan sólo eso, que nos causa una sensación placentera que, en los mejores aparatos de resonancia magnética, se traducen en zonas del cerebro que se iluminan. Pero los mecanismos, por ahora, se nos escapan.

No es que lo diga yo: Javier de Felipe, neurocientífico reputado, investigador del Instituto Cajal de Madrid, lleva toda una vida profesional escudriñando las interioridades de nuestro órgano supremo, aquél que nos hace humanos, en busca de ideas que nos ayuden a entender su funcionamiento, su bioquímica, las razones de nuestra forma de ser y funcionar y, en paralelo, de nuestro propio ser.

La tarea, como bien sabe todo neurocientífico, es ardua. Tal vez porque, a pesar de los avances, que los ha habido y han sido notables, todavía no existen las herramientas adecuadas para lograrlo y apenas las hay para entenderlo.

De Felipe, como todo investigador que siente pasión por el estudio del cerebro, fijó un día la vista en el padre de las neurociencias modernas, Santiago Ramón y Cajal. Nuestro Nobel científico (con un siglo con el premio a cuestas) aunó conocimiento, habilidad, algo de tecnología (la existente entonces), un mucho de intuición y unas dosis de saber artístico para ilustrar su ciencia, sus conocimientos, nuestro cerebro.El arte y la ciencia activan nuestro centro del placer

¿Había arte en su ciencia? "Mi tarea comenzaba a las nueve de la mañana y solía prolongarse hasta cerca de la medianoche. Y lo más curioso es que el trabajo me causaba placer. Era una embriaguez deliciosa, un encanto irresistible. Es que, realmente, dejando aparte los halagos del amor propio, el jardín de la neurología brinda al investigador espectáculos cautivadores y emociones artísticas incomparables. En él hallaron, al fin, mis instintos estéticos plena satisfacción." Lo escribía Cajal en 1917. Arte y ciencia conectados por la neurología y, en definitiva, por el cerebro. La cita de Cajal la emplea de Felipe como preámbulo a su nota introductoria de una exposición del artista Cristóbal Guerra dedicada a "lo bello y el cerebro" que se presenta en Canarias estos días.

No es la primera vez que el neurocientífico madrileño recurre al arte para tratar de explicar el cerebro, su estructura y sus procesos. Coincidiendo con el centenario del Nobel a Cajal, de Felipe se metió de lleno a recuperar para el público general una parte de su obra gráfica, en particular, dibujos que describían con una precisión sorprendente para la época la estructura de las neuronas. Este trabajo sirvió luego como parte de la exposición "Paisajes neuronales" que de Felipe dirigió para CosmoCaixa en la que diversos autores reflexionaban acerca de lo que les sugerían imágenes del cerebro obtenidas mediante técnicas modernas de microscopia. Con el tiempo, el esfuerzo de de Felipe se acabaría transformando en un libro profusamente ilustrado y -déjenmelo decirlo- magníficamente editado. Hoy, su labor se combina de manera clara y precisa con artistas de distinto signo que se atreven a explorar el cerebro, como es el caso de Cristóbal Guerra.

La cuestión, en todo caso, es que ciencia y arte forman, como diría el británico Martin Kemp, un todo del que resulta difícil desgranar sus partes. Y si eso es así, significará que la ciencia, además de activar nuestro centro del placer gracias a que nos proporciona una mejor comprensión del mundo, en lo más pequeño y en lo más grande, también nos invita a reflexionar sobre el proceso de creación y sobre como el artista es capaz de pulsar los botones adecuados para que nuestro cerebro reaccione.

La expresión artística es consustancial a la existencia humana. Y la necesidad de entender el mundo, de darle una explicación a sus fenómenos, lo es igualmente. De todo ello hay pruebas más que suficientes. Hoy sabemos que el proceso creativo, bien sea en arte, bien sea en ciencia, sigue algunos patrones similares. Hoy sabemos también que el cerebro es el instrumento para expresar emociones que ya detectamos en una máquina, y que el cerebro es en sí mismo un objeto bello con una estructura que recuerda sorprendentemente las creaciones de artistas plásticos. Hoy sabemos, en fin, que arte y ciencia están conectados y que expresión artística y expresión científica se interrelacionan. A eso, muy a pesar de muchos, incluidos algunos de nuestros gestores e intelectuales, le llamaría cultura.