
Durante
muchos millones de años, el efecto invernadero natural ha mantenido
el clima de la Tierra a una temperatura media relativamente estable
y permitía que se desarrollase la vida. Los
gases invernadero retenían el calor del sol cerca de la superficie
de la tierra, ayudando a la evaporación del agua superficial para
formar las nubes, las cuales devuelven el agua a la tierra.

La
lluvia y el calor del sol permitían a las plantas crecer, al suelo
formarse y mantenían todas las formas de vida en el proceso. Las
plantas y el suelo absorbían el dióxido de carbono y otros gases
invernadero del aire. Una compleja mezcla de sistemas biológicos
e hidrológicos desprendían la cantidad justa de dióxido de carbono
para mantener un equilibrio estable de estos gases en el aire. En
los últimos 160.000 años, la tierra ha pasado dos períodos en los
que las temperaturas medias globales fueron alrededor de 5ºC más
bajas de las actuales. El cambio fue lento, transcurrieron varios
miles de años para salir de la "era glacial". Ahora, sin
embargo, las concentraciones de gases invernadero en la atmósfera
están creciendo rápidamente, como consecuencia de que el mundo quema
cantidades cada vez mayores de combustibles fósiles y destruye los
bosques y praderas, que de otro modo podrían absorber dióxido de
carbono.
Si las
predicciones de la ciencia del clima son correctas, en menos de
un siglo el resultado será una elevación de la temperatura global
muchas veces más rápida que ningún incremento de la temperatura
en la historia de la humanidad. Hay unos LÍMITES
ECOLÓGICOS que no debemos sobrepasar.
Los informes
del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) han
hecho estimaciones de algunos de los posibles
IMPACTOS
de un rápido calentamiento global.
La
respuesta de los gobiernos es todavía mucho más lenta e ineficaz,
a través del Convenio del Clima y
su Protocolo de Kioto. Estos acuerdos han de ponerse en práctica
y reforzarse con urgencia, para que se conviertan en un instrumento
eficaz para detener el cambio climático
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