ciencia y literatura


Gabriel Celaya

BETA-2
Aunque no sea muy estimulante, pensemos en lo que dice
Charles de Koninck: «¿Qué sabíamos del hombre antes de
averiguar que era un conjunto de cargas eléctricas?»

No hablemos de como hombres, sólo como elementos,
quizá micro-sujetos,
y aun así pasajeras fijaciones de un campo
de ondulación perpetua.
No más cordialidad, sinceridad en ascuas,
no más humanidad supuesta, ni mentiras.
Tratemos de entender la minúscula parte
que somos en el todo.
No vayamos a los otros comiendo corazones.
No ofrezcamos el nuestro.
Tratemos de entendernos con menos humanismo,
con menos porquería,
y mucha más asepsia de lirismo.
¡Muerte a las hinchazones del bello sentimiento!
Ocupemos el puesto
efímero en el campo magnético e imprevisto
que vivimos un momento,
y ya no es nada o sólo movimiento perpetuo.

Está bien; nos volvimos,
no el contrario del que amamos por ampliamente humanos,
sino lo no pensable,
lo que con nuestra mente no podía pensarse
pues ¿qué sabe el nucleón de los mesones pi?
Parecemos puntuales y somos, colectivos,
un enjambre que cambia sin salir de sí mismo,
mas a veces, es raro,
salta a un mundo distinto.

Salto cualitativo.
Y entonces ya no hay tema, ni poema, ni enjambre
o vértigo explicable según una constante;
sólo una relación matemática por bella
que quizás algún día sea calculable.

El hombre ha muerto, decimos.
Pero ¿no fue siempre un mito?
¿Tiene acaso usted noticias de que en serio haya existido?
Alguien me dijo: «Si, Mozart».
Y casi empiezo a dudar.
Pero todo terminó con un tonto tararear
que era el de las estrellas
en la igualdad sin más.
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