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UNA IMAGEN AMPLIA Y DIVERSA DEL SER HUMANO

 

¿Quién teme a la naturaleza humana? Homo suadens y el bienestar en la cultura: biología evolutiva, metafísica y ciencias sociales. Castro Nogueira, Laureano, Luis y Miguel Ángel.  Tecnos. Madrid, 2008.560 páginas.



 
 

Siempre se ha temido a la naturaleza humana, con la excepción, obvia, del peor Rousseau y de tantas sombras epigonales que se extienden hasta la pedagogía actual. Pero el interrogante que da título al libro, ¿Quién teme a la naturaleza humana?,- aunque también-, no se orienta en este sentido ético, sino en otro bien distinto: ¿por qué las ciencias sociales, incluido el marxismo, han ignorado cualquier asomo de planteamientos psicobiológicos y combatido, como a su peor adversario, a la antropología?: ¿Debemos seguir considerando la experiencia personal, en toda su vertiginosa y polimórfica variedad, como una simple interiorización de estructuras sociales, conciencias colectivas, ideologías, imaginarios o campos... ? (p. 302)

La respuesta no implica regresar a las filosofías del sujeto, cuyos límites y miserias desvelaron quienes concibieron a la subjetividad como el conjunto de las relaciones sociales; ni supone el retorno a las filosofías de la vida que, en su colisión con el positivismo, crearon a su vez un discurso cerrado que ajustaba la compleja configuración de la subjetividad a su propia teoría sobre la naturaleza. Salir de ese callejón es la gran apuesta de esta ingente obra (escrita por un biólogo, por un antropólogo social y por un filósofo).

Es cierto que la posmodernidad, pese a su deficiente y a veces perverso relativismo, nos ha obligado a cuestionar los fundamentos de la modernidad. Pero, salvo honrosas excepciones, todo quedó en una serie de eslóganes y deconstrucciones en donde la vida-sueño del barroco, tras su paso por el romanticismo luterano (Schopenhauer), se mutó en el mundo como simulacro, y el Harry de Woody Allen, en lugar de confesarse o ser psicoanalizado, fue deconstruido. Mientras tanto, la tragedia existencialista se trasformó en lúdico escepticismo posmoderno; el marxismo trasladó los bártulos a un ilustrado progresismo ecologista; y los rígidos códigos estructuralistas se convirtieron en abierta comunicación pragmática. La conclusión era sencilla: Harry no existía. Como había sido una simple copia de otra cosa: de Dios, de la Razón, de la Sociedad, del Deseo o del Lenguaje, al morir todo ello, al desaparecer los originales o convertirse en simple simulacro, el dictamen postmoderno era irrevocable: Harry no existía. Y todo ello, pese al sentido común, pese a Heidegger, que había dicho que "estaba ahí", y pese a las estéticas de la recepción, que lo habían visto de compras en el hipermercado.

¿Entonces, qué caminos seguir? Puesto que el nihilismo conduce al nihilismo, habrá que apostar por la simple creencia (más que idea) de que siempre hay salidas, nuevos senderos por los que transitar. Pueden ser múltiples y uno de ellos, de un vigor enorme, nos lo ofrece este libro, cuyo provocativo título es el punto de partida de una singular y calculada aventura (el oxímoron es justo). He aquí algunos de los trazos bibliográficos de ese cálculo. Primero fue mostrar (denunciar) que la modernidad (Kant, Marx, Weber...) había impuesto la categoría de "tiempo" como medida incuestionable de la realidad humana (Luis Castro Nogueira: Ensayo general para un ballet anarquista, Libertarias, 1986 y Tiempos modernos, La General, 1991). Se habían dejado en el tintero el espacio y con ello esa otra dimensión del hombre constituida por el deseo, la imaginación o la memoria. Era preciso reconstruir teóricamente la subjetividad (su complejo, difuso y variopinto ser) más allá de las enclaustradas filosofías subjetivas o sociales (Luis Castro Nogueira: La risa del espacio, Tecnos, 1997). Siendo evidente que tales teorías no explicaban la diversidad de la experiencia social y subjetiva, no bastaba sólo con mostrar lo heterogéneo (grupos, sectas, clases), sino de ofrecer un anclaje explicativo (Luis Castro Nogueira y Miguel Ángel Castro Nogueira: Metodología de las ciencias sociales, Tecnos, 2005). Y éste no podía ser otro que el de recuperar la noción de naturaleza humana (Laureano Castro Nogueira et alia: A la sombra de Darwin, Siglo XXI, 2004 y, finalmente, el presente libro). Desenlace de la aventura. La experiencia personal, el comportamiento social en las distintas sociedades (desde el mundo tribal de los azande, hasta la polis griega o la modernidad desde Kant a Bourdieu) responde tanto a determinaciones sociales como a mecanismos psico-biológicos de la especie. Y en eso consiste esta magna obra, de la que se puede disentir, por supuesto, pero que es preciso debatir so pena de quedarnos en una sociología de encuestas y estadísticas o de vivir en los invernaderos de los grandes discursos de la historia: la épica del sujeto, del espíritu, del proletariado o de su envés: la antiépica posmoderna.

La primera parte se dedica a recorrer los caminos últimos de la sociobiología y la psicología evolutiva para acabar mostrando los substratos biológicos de la vida social. La cuestión se desarrolla en la segunda y tercera parte en las que se revisa críticamente el "modelo standard" de la ciencias sociales. En la cuarta parte se analizan las aportaciones y deficiencias de las metafísicas y sus sombras: desde Platón y Epicuro hasta Nietzsche, Heidegger, Deleuze, Althusser, Lacan, Derrida y Sloterdijk. Sólo que aquí nos encontramos con una nueva sorpresa: ambas funcionan y han funcionado, -desde los pitagóricos hasta los freudianos-, de igual modo. Instaladas en la denuncia social (el malestar en la cultura) han vivido confortablemente en el bienestar en la cultura. Pero además, en su origen y sentido, no defieren de las restantes prácticas sociales. Se entra en flujo- se nos dice en el libro-, en trance, no sólo con los rituales mágicos, religiosos o cualquier práctica de las nuevas tribus urbanas, sino de igual modo, con las seductoras atmósferas de las filosofías del deseo, de la razón o de lo social. Más allá de los contenidos, su variado esplendor responde a su capacidad de seducir, de fascinar, de permitirnos vivir en "burbujas" (existencialistas, revolucionarias, feministas, nacionalistas, futboleras o rockeras), en "envolturas" grupales que son las que realmente constituyen, producen, la subjetividad y la estructura social. No estamos -baste añadir por nuestra parte- ante una difusa constatación, sino ante planteamientos cuyo alcance crítico obliga a repensar las teorías heredadas.

Estuve en la primera presentación del libro (en La Tarde, una librería de viejo, del viejo Malasaña) y junto a las alabanzas, que eran de esperar, se produjeron las discrepancias, que también eran de esperar. Lo sorprendente, bueno, no tanto, fue que éstas se orientaran a plantear que la noción de naturaleza humana era histórica. Yo creo que la noción "naturaleza humana" lo es, y se puede estar conforme con el presentador, que dijo que él podía fecharla en los libros de Indias, y conforme también con quien en el debate final expresó que aparece con Descartes. Pero una cuestión es que la modernidad haya establecido un concepto de naturaleza humana y otra distinta es que ésta no exista o que en otras sociedades no se haya reflexionado sobre ella. De no ser así carecerían de sentido aquellos versos del Arcipreste de Hita que contrastan la naturaleza animal y la del hombre:


Que dice verdad el sabio claramente se prueba;
hombres, aves y bestias, todo animal de cueva
desea, por natura, siempre compaña nueva
y mucho más el hombre que otro ser que se mueva.

Digo que más el hombre, pues otras criaturas
tan sólo en una época se juntan, por natura:
el hombre, en todo tiempo, sin seso y sin mesura,
siempre que quiere y puede hacer esa locura.

El Arcipreste no temió a la naturaleza humana y quizá por ello sufrió prisión. Tampoco nuestros autores la han temido, y si sufriesen prisión, no estarían solos. Se encuentran a gusto con cierto Hume, con Darwin, sin duda, aunque rescatado de su proyección en los racismos nacionalistas o en la lucha capitalista por la vida, o también con el primer Nietzsche o con el Foucault que, más allá de sus epistemes, habla de las microfísicas del poder o de los deleites del cuerpo.

De momento han recuperado para las ciencias sociales al "homo suadens", según le llaman nuestros autores, el "jovencito mono de Darwin", como le llamaba César Vallejo, para que, más allá de cualquier psicobiología elemental, siga informando sobre aspectos clave del comportamiento social. Y también, de momento, como pretendió César Vallejo, -irreducible a cualquier burbuja existencial o marxista-, nos han devuelto una imagen amplia y diversa ("ser sintiente") del ser humano, pues no son separables (salvo metodológicamente) sus dimensiones históricas: socius, corpus y animus, y sus dimensiones psicobiológicas: habitus y fluxus. He aquí algunos versos de Vallejo:


Oye a tu masa, a tu cometa,
no gimas de memoria, gravísimo cetáceo.
(...)
¿La muerte? ¡Oponle tu vestido!
¿La vida? ¡Oponle parte de tu muerte!
Bestia dichosa, piensa;
dios desgraciado, quítate la frente.
Luego hablaremos.

Y de eso se trata: de hablar. No de crear al superhombre, sino de seguir hablando de la naturaleza humana y de la historia. Y si la sociología y el marxismo no quieren hacerlo, simplemente peor para el marxismo y la sociología. Ignoramos si nuestro entrañable Harry agradecerá tantos esfuerzos a contracorriente para sacarlo (del bosque), liberarlo (de la fábrica), rescatarlo (de la consulta) y, fragmentado, reconstruirlo.

Pablo César Moya
UNED

 

 
  


 




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