ciencia y literatura


LA TRASCENDENCIA SOCIAL DE LA CIENCIA

 

Historia de la ciencia, 1543-2001. Gribbin, John.  Crítica, Barcelona, 2003. 552 págs.


La historia como instrumento del conocimiento de la ciencia y sus repercusiones


 
 

La historia de la ciencia cumple varias funciones. La primera, contribuir a entender la historia en general, de la que es una parte necesaria desde el Renacimiento y de manera acentuada a partir de la Ilustración. Resulta completamente imposible intentar siquiera aproximarse a la evolución de la cultura o de la economía en los últimos siglos sin analizar los cambios en las ideas y en los modos de producción debidos a la ciencia y la tecnología.

Es, además, un instrumento para que las opiniones públicas entiendan mejor la ciencia, de modo que apoyen con su voto a los políticos que puedan usarla mejor, para estimular la economía por ejemplo, o que no la vayan a emplear de modo perverso, impulsando una carrera acelerada de armamentos con base tecnológica, como se hizo durante la Guerra Fría, y se sigue haciendo. Esto es lo que se suele llamar "la doctrina Conant". James Conant fue catedrático de química y presidente de la Universidad de Harvard además de embajador en Alemania tras la guerra. Fue también presidente del Comité Nacional de Investigación para la Defensa durante la segunda guerra mundial. Su experiencia en este cargo le hizo pensar mucho en el uso que se pudiera hacer en el futuro de las armas nucleares, pues veía muy probable que habría que tomar decisiones importantes sobre ellas y sobre otras cuestiones con base científica cuyas consecuencias podrían ser muy graves en caso de equivocarse. Los ciudadanos deberían decidir con sus votos la opción ganadora y ahí veía un serio problema: la mayoría de los ellos "tiene una ignorancia fundamental sobre la que la ciencia puede o no puede hacer". Llegó a la conclusión de que, para resolver ese problema, es imprescindible integrar bien la ciencia en la cultura, lo que le parecía difícil pues no es cosa simple elevar el nivel de los conocimientos científico-técnicos de la población general. Pero se podría conseguir algo equivalente haciendo que los ciudadanos comprendan mejor las relaciones entre la ciencia y el resto de la sociedad, en especial el papel que aquella ha jugado en el desarrollo cultural y económico. En su opinión "más bien que comprender los frutos de la ciencia, conviene entender cómo se han conseguido esos frutos", lo que se podría explicar en los cursos de historia de la enseñanza media, pues "un poco de historia es esencial para comprender a la ciencia". Una sociedad que conozca el papel que ha jugado la investigación científica en el mundo de las ideas y en la elevación del nivel de vida estará mejor preparada para hacer juicios sobre su uso y desarrollo. Pensemos en los debates actuales y la constante presencia en los medios de temas tales como la clonación, las células madre, los problemas de la energía, el efecto invernadero o el deterioro del ambiente. La propuesta es interesante pero no prosperó en aquel momento porque los profesores de historia no se sentían preparados para ese tipo de cursos, y tampoco los de ciencias. Era necesaria una reforma educativa, nada fácil por las inercias y los intereses de los gremios de profesores ya acostumbrados a los límites de sus disciplinas. Pero en algunos países se han tomado medidas en ese sentido, por ejemplo en España con la asignatura "Ciencia, tecnología y sociedad.

John Gribbin es uno de los grandes divulgadores de esa ola que desde hace un par de decenios anima la discusión social de la ciencia, especialmente en Gran Bretaña y EEUU. Cabe recordar que la Universidad de Londres empezó hace ya más de quince años a organizar cursos en Comunicación social de la Ciencia, algunos como parte de los programas de licenciaturas en Ciencias, otros conducentes a un título específico. Gribbin empezó trabajando en Astrofísica en la Universidad de Cambridge, puesto que abandonó por una carrera de escritor científico con más una docena de libros exitosos en su haber, algunos escritos en colaboración con su esposa Mary. Entre ellos cabe citar sus biografías de Richard Feynman, Stephen Hawking y Albert Einstein o "En busca del gato de Schrödiger, sobre mecánica cuántica, "En busca del big-bang", sobre cosmología o "El agujero en el cielo" sobre la destrucción del ozono estratosférico.

Su "Historia de la ciencia" no es un tratado para especialistas, de los que priman sobre todo la preocupación por el dato exacto o el análisis exhaustivo de las influencias mutuas. Por contra y sin dejar de ser riguroso, es un libro dirigido a personas no especializadas pero cultas e interesadas en el tema. Pero estoy seguro de que muchos especialistas también disfrutarán leyéndolo, como me ha ocurrido a mí, pues es una obra muy bien escrita y de gran amenidad. Considera con cierto detalle las vidas de los grandes científicos, contadas de modo atractivo, lo que tiene el interés de mostrar el lado humano de la investigación. La imagen social de la ciencia es la de algo necesario e importante, pero también frío y árido, mero producto de secos razonamientos encadenados, de tal modo que los científicos que la vivieron o la crearon no se distinguen bien tras las explicaciones técnicas, a pesar de que todo descubrimiento llega tras años de lucha y compromiso personal de una o varias personas. La ciencia se debe al entusiasmo y la emoción con que los científicos se dedican a ella. Bohr decía, "Al llegar a los átomos, el lenguaje debe ser usado como en poesía. Como al poeta, al científico no le interesa tanto describir hechos como crear imágenes". Y Einstein: "A los grandes descubrimientos científicos no se llega en ciencia mediante razonamientos puros, sino gracias a la imaginación creadora, aunque luego para desarrollarlos sea necesario hacer muchos razonamientos".

En resumen, una obra muy recomendable y de fácil lectura para quienes deseen entender mejor la ciencia y, con ella, la aventura humana en su totalidad.

Antonio Fernández-Rañada
Universidad Complutense de Madrid

 

 
  


 




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