María Zambrano.

AUTOR  | Sánchez-Gey Venegas, Juana. Editorial Fundación Emmanuel Mounier. Madrid. Colección Sinergia, 2016. 113 páginas.

DE LA OBRA Y VIDA DE UNA PENSADORA UNIVERSAL
Reseña realizada por Bartolomé Lara Fernández
Catedrático de Filosofía
IES Ángel Ganivet, Granada

Parece que la vida nos lleva antes o después a regresar. A regresar a una patria de la que nos vamos alejando, patria que posiblemente ya no existe y que, sin embargo, va creciendo y revelándose imperceptiblemente en cada uno de nosotros. Nos cuesta descubrirla, cuando tal vez esté tan cercana. Y en ocasiones, en ese sentirnos lejos de ella, puede que nos suceda como el agua que añora el manantial, y en la nostalgia encuentra un remanso entre los anhelos, un estado de quietud en medio de los cambios tumultuosos, y el agua se decanta, deja que las impurezas se depositen, se purifique y aparezca con transparencia. En ese instante, que puede ser eterno, aparece prístina e incluso aún más vivificada que las aguas que manaron, porque atesoran la vida que siempre supone el crecimiento de lo recibido. Quizás la obra de María Zambrano constituya un ejemplo de quietud contemplativa en la que se manifiestan y decantan las grandes ideas de la tradición filosófica occidental, en su forma más abierta, de par en par, en la que se registran todos esos procesos: el fluir, el recuerdo, la purificación...; y en la que todos ellos logran construir una unidad.

La obra de esta pensadora de la revelación requiere, como el propio asunto del que se ocupa, un guía que nos permita descubrir su pensamiento que versa sobre lo 'sumergido', sobre el alma, obra la de Zambrano que constituye en sí mima la narración de su aventura vital que actúa como una personal invitación. Y la obra de la profesora Juana Sánchez-Gey cumple esa misión con creces. Actúa como una auténtica guía, que no quiere ser mirada desvivida, objetiva, con pretensión de ecuanimidad, es más bien una guía amable, compañera que derrama experiencia y reflexiona sobre la vida, de la que surge ese saber de salvación que es la filosofía, como la entendía María Zambrano; pero que deja al lector con la indicación apropiada para que transite por ese camino que nadie más que él puede crear y recorrer. Hace fácil lo que es difícil, pues no podemos negar la complejidad de muchos textos zambranianos. Es un libro bien escrito, claro, cortés, muy pensado, en el que se nota que se pretende que cada palabra sea precisa y rigurosa hasta dónde ello es posible, ya que es sabedora de que el lector debe alumbrarlas finalmente, no dejándose atrapar por la imitación sino que constituye una invitación al estilo propio. Cada una de las ideas que expresa las avala con textos de las obras más importantes de María Zambrano y de otras menores que las iluminan. El libro consta de cuatro capítulos y de una selecta bibliografía.

En el primer capítulo, titulado María Zambrano: una vida itinerante, realiza una reflexión sobre su biografía, que se convierte en el reconocimiento de las claves de su pensamiento, imposible de descontextualizar sin traicionarlo: circunstancias que ella sabrá leer e interpretar en un sinfín de variaciones que nos llevan desde el detalle de lo cotidiano, hasta la idea vivificada que aparece y reaparece constantemente y que la autora de esta obra ha sabido reconocer y ofrecer para hacer entendible el pensamiento de esta pensadora de la experiencia: la tradición. Heredada en su relación con su abuelo y la mirada que viene de muy lejos de su madre; la conciencia filial, representada por su padre; la infancia como paraíso perdido y la exigencia constante de la búsqueda de lo originario; la conciencia de viajera; el fracaso; el descubrimiento del amor; y por supuesto la condiciones históricas, sociales y políticas (la República); las lecturas que la marcan (Don Quijote, modelo de convivencia); sus maestros, Ortega, Zubiri, Unamuno, Machado; el institucionismo, la escuela de Madrid; y el exilio como paradigma de la condición humana, en el que pasa cuarenta y cinco años, nada menos; exilio, "condición del ser humano", que se convierte en el regreso a esa patria que en él se construye, cuando todo parece perdido, solo desde esta óptica se puede entender la afirmación "Amo mi exilio", que no es sino la búsqueda permanente del eje central de su obra y de su vida que Sánchez-Gey reconoce en la idea de trascendencia.

En el segundo capítulo, titulado Sus maestros y el contexto intelectual, sitúa al lector en el contexto filosófico en el que cobra sentido y significación su pensamiento, su pertenencia a la Escuela de Madrid y, al mismo tiempo, es la filósofa de la generación del 27. Y cómo ese reconocimiento a sus maestros, ese sentirse inmersa en una tradición, constituye, como diría Gadamer, "un momento de la libertad y de la historia", idea que surge a cuento del abandono de los apuntes que tomó de sus maestros, especialmente de Ortega, "seré discípula siempre", que explica "si hemos sido en verdad sus discípulos, quiere decir que ha logrado de nosotros algo al parecer contradictorio; que por habernos atraídos hacia él, hayamos llegado a ser nosotros mismos" (Sueño y Verdad). Recala en algunos de sus maestros e inspiradores de su pensamiento reconociendo la diversidad del concepto de racionalidad, desde la razón vital orteguiana, pasando por la razón cordial de Unamuno y la poesía de Machado, "símbolo más genuino de la razón poética de Zambrano" con su "religión de la comunión", en todos los casos supone una ruptura de las fronteras con el otro que se concreta en el sentimiento amoroso y de piedad, superando así una concepción racionalista del sujeto encerrado en sí mismo.

En el tercer capítulo, titulado Los grandes temas en su vida y en su obra, Sánchez-Gey revive el viaje intelectual y contemplativo de Zambrano, respetando el orden de tratamiento de los temas en sus obras, eligiendo textos cortos de una centralidad indiscutible que permiten al lector tomar el pulso del discurso zambraniano. Parte de la crítica al racionalismo y ofrece la razón poética que se revela y se autoconstituye ante las exigencias de su propia experiencia a la que pretende responder y trascender. La autora destaca como eje central del pensamiento de María Zambrano una afirmación que hizo en su obra El sueño creador: "El ser humano es aquel que padece su propia trascendencia". Esta idea la reconoce la autora de esta obra como un elemento constitutivo de la condición humana.

Comienza resaltando su vocación política, ya que 'vivir es convivir' y recalca que la actividad política "es la actividad más estrictamente humana", que debe nutrirse de una razón ética y de una razón compasiva y misericordiosa, acompañada por la humildad teresiana frente a una razón violenta; su apuesta por el liberalismo ético que destaca el valor central de la dignidad de la persona, defendida con razones cordiales frente a las frías del deber, que se concreta en el mandato de reconocer que 'el otro es hermano'. La dignidad de la persona reside en ese 'ser un más'. Aspira a una reforma del entendimiento para convertir a la persona en el centro de la actividad política, como lo expresa en su obra Persona y democracia, idea que se ofrece como propuesta frente a la crisis de Occidente, que va más allá de una simple crisis económica, para coincidir con el personalismo en que es una crisis de valores, y se ocupa especialmente de este tema en su obra La Agonía de Europa, en la que repasa el devenir del racio-idealismo occidental que nos ha llevado al totalitarismo en política, al escepticismo en filosofía y al agnosticismo en el tema religioso, panorama en el que alza la noción de esperanza.

El sistema democrático permite humanizar a la sociedad, siendo la democracia una invención comunitaria, el sistema propio de la filosofía, que requiere de la persona para su construcción. Es el ámbito comunitario en el que debemos compartir pan y esperanza y, a su vez, la democracia actúa de límite que obliga al estado a respetar la 'integridad de la persona humana', y a respetar su diversidad. Es decir, la democracia es consecuencia de la persona y espacio en el que ella misma se hace posible, mediante su desarrollo y participación.

Respecto a la filosofía, la autora, después de hacer constar la fidelidad a la ética del pensamiento y su compromiso con la filosofía, caracteriza la aportación fundamental de Zambrano: la razón poética. Cita textos breves que le permite dibujarla con trazos luminosos: mediadora; compasiva; misericordiosa; creadora; 'razón de amor'; abierta a la esperanza; mirada creativa; síntesis de razón e intuición, de episteme y nous; razón que aúna el pensar y la emoción, la filosofía y la poesía, la mística y la poesía; siempre abierta a la escucha; y también la caracteriza expresando todo lo que ella no es: nunca es violenta, ni soberbia, ni orgullosa, ni impositiva, ni obsesiva, ni fatalista. Se trata de una razón que se autoconstituye con voz propia (de ahí la importancia concedida a la confesión), que hunde sus raíces en la experiencia y que reconoce la heterogeneidad del ser, de la que hablara Machado, y es conocedora de las limitaciones de los artificios conceptuales que creamos para dominarla. De ahí que esa humildad nos permita escuchar la revelación que la misma realidad nos ofrece como un don, como un regalo, como una gracia abierta al misterio, a lo sagrado, a lo concreto y vital, que se nos ofrece como ese secreto que tenemos que desvelar y revelar y comunicar al otro que vive y va conmigo.

El apartado dedicado a la religión tiene un tono muy vívido, en él la autora acomete la difícil tarea de precisar, hasta donde ello es posible, la reflexión zambraniana del asunto más decisivo, como ella misma lo expresa, la relación entre El hombre y lo divino, título de una de sus obras más importantes y que podría sintetizar el tema y el esfuerzo de toda ella. Desgrana con acierto y claridad a través de los símbolos su aproximación al sentimiento de religación que el ser humano experimenta, entre ellos recrea "el deseo, la búsqueda del sentir originario, el nacer de nuevo, el agua, el perdón, la piedad" en el que se plasma la condición ontológica de lo humano respecto a Dios, relación desde la que se abre un horizonte con múltiples registros de lo humano.

Recrea otros símbolos para hallar el centro de lo que estima el núcleo de toda su obra, con la que en este caso la autora se identifica abiertamente: "El ser humano es aquel ser que padece su propia trascendencia" (El sueño creador). Tesis la de este libro panorámico en el que la reconocemos como la melodía de la que encontramos muy diversas y ricas variaciones. Como afirmaba Mounier, la identidad de la persona se forja con sus compromisos, que a veces hay que explicitarlos en vez de que aparezcan de forma oculta, en esto también la autora es clara, hace referencia a Fernando Rielo y a la coincidencia entre ellos en ese núcleo, coincidiendo con la sabiduría clásica de la escuela del padecer, en el que cruza los umbrales que le dan acceso a su secreto que no siendo suyo se revela en su interior, en sus entrañas, "el hombre es el ser que tiene la vocación de transparencia...". Acaba este apartado con una serie de hechos respecto a la filiación cristiana de María Zambrano, que estimamos que son significativos fundamentalmente como reconocimiento de la tradición a la que pertenece y de la que siente deudora, pero tal vez convenga también señalar el atractivo de un discurso que permite una multiplicidad de registros en la experiencia del trascender.

Respecto a la educación analiza una serie de ideas que son una lógica consecuencia de su planteamiento. Esa fidelidad a la actitud filosófica le lleva a comunicar con el otro, realmente pensar es co-pensar, como llamaba la atención Kant, por eso la obra de María Zambrano quiere lectores, no solo estudiosos, lectores a los que revelarles, pues la filosofía no tiene solo una vocación libresca sino trasformadora "para que vivan de otro modo después de haberlo sabido; para librar a alguien de la cárcel de la mentira, o de las tinieblas del tedio, que es la mentira vital" (Hacia un saber del alma). Después repasa la profesora Sánchez-Gey una tras otra las características de su concepción educativa: la diversidad; la vida escolar y a la propia institución educativa; la referencia a las aulas como 'espacio humanizado', repara en un estado esencial de todo decir con verdad, el silencio que debe precederlo, en su palabra podemos reconocer a esta pensadora del silencio; recoge un texto bellísimo del papel mediador del maestro, y el hecho de considerar la acción del maestro como una conversión y el inicio del pensar común que se encarna en el diálogo (Manuscrito 127) así como la importancia que concede a la escritura como espacio de desvelamiento de la verdad, la guía, la confesión, la educación de la sensibilidad. Y destaca una obviedad que adquiere en este momento categoría de descubrimiento, como subraya Sánchez-Gey, !sin filosofía la educación no sería más que una técnica y, a su vez, la filosofía acoge la misión de orientar la conducta humana, por tanto el acto educativo de profundizar, ampliar el horizonte cognoscitivo, enseñar a mirar..." (65).

Otro apartado se lo dedica a la estética, y se ocupa, en su reflexión sobre la expriencia artística, especialmente de la poesía, la música y la pintura. No se trata de un apartado complementario, viene obligado por el carácter de conocimiento e investigación que el arte posee. De todas estas manifestaciones artísticas tiene un valor prioritario la poesía, como exige la propia formulación de su original razón poética. Además de la búsqueda de la belleza, en ella encuentra cualidades fundamentales, entre otras tal vez recoger de algún modo los "estados de ánimo", como expresara Heidegger en Ser y Tiempo, también el reconocerla como espacio de acercamiento a lo originario, "al encontrar y consumirme en los lugares decisivos de la poesía me encontraba con la filosofía" (72). Ella misma es poeta y mantiene una estrecha relación con muchos poetas. Tematiza las relaciones entre filosofía y poesía siguiendo las obras Filosofía y Poesía y Pensamiento y poesía en la vida española, remitiéndose a la tradición española que entronca con la tradición universal que hallamos ya en Grecia. Repasa la inspiración de Machado con la metafísica de poeta, a Unamuno, al que supo entender María Zambrano. Insiste en la concepción de la filosofía como saber de salvación, especialmente en este momento de crisis, y se inspira en estos pensadores que proponen la piedad para abrirse al otro y salvando al otro salvarse ellos mismos.

Subrayamos en este apartado lo que denomina la autora una "filosofía de las identidades" en el que juega un papel esencial hallar la voz propia, nuestra propia identidad, mediante la confesión, pues "todo en el que hace una confesión es en espera de recobrar algún paraíso perdido" (La confesión, género literario y método), y en esa búsqueda de la identidad coadyuva la guía, que está orientada al destinatario. Respecto a la novela como género, resalta sus cualidades, que constituya una recreación que nos permite comprender la vida y en la que la filosofía aparece como orientadora. Le interesa especialmente Galdós porque defiende una razón misericordiosa frente a la razón totalitaria y violenta. Y respecto a Don Quijote reconoce en la obra de Cervantes el coro de la vida que cuando es convivencia se entona su melodía en sus numerosas y diversas variaciones. Una obra en la que aparece la “razón soñadora, que tiene una doble virtualidad, "inventa y al inventar crea la realidad", obra en la que vuelve a aparecer la idea de salvación, Don Quijote salva y salvando a los demás se salva él. Libera a los demás y solo así puede gozar del don más preciado del que puede disfrutar un ser humano. Luego le dedica unas páginas a la música, refiriéndose a las dos tradiciones: una marcada por el número, la órfico pitagórica; y otra por la palabra. Perteneciendo a la segunda, reconoce que el número conduce al alma, y, al fin y al cabo, ambas conducen a la palabra originaria luz, "música y filosofía son dos formas del pensamiento originario". Y termina con la pintura, en la que destaca la diferencia de la imagen frente a la visión más intuitiva y abierta de la imagen, en la que encuentra el sueño u horizonte privilegiado.

El capítulo último lo titula Una intelectual para el futuro, capítulo que viene a proyectar el pensamiento de María Zambrano en una dimensión de futuro, en él hallamos tres apartados: uno breve que muestra las raíces del vivir y cómo la razón poética puede ayudar a recrearlas; el segundo aborda su condición de mujer, de cómo su propia escritura la hace en muchos casos como mujer. Enfatiza las cualidades de lo femenino, la necesidad de su reconocimiento en la igualdad y pretende no caer en discursos que acentúen "un tratamiento genérico dualista"; y en el tercer apartado realmente condensa el centro de gravedad de todo el libro: la concepción de la persona, la autora partiendo del deseo de María Zambrano de huir de los ismos, defiende una posición personalista, incluso se reconoce como lo hiciera el personalismo, que la crisis profunda de occidente viene motivada por un una concepción devaluada de la noción de persona y que solo en el reconocimiento de su diversidad, riqueza y visión esperanzadora se puede abordar un tiempo futuro. Que focalizar nuestra atención en ella constituye pensar más que en lo impensado, sería pensar en todo aquello que la persona entraña y que se ha olvidado hasta el extremo de considerar que no existe. En este sentido la autora dibuja con hondura las definiciones o mejor las caracterizaciones que ella hace del ser personal, en una doble dimensión y compromiso, comunitaria, "no quiero salvarme sola", el ser humano es un ser abierto a los demás, en permanente comunicación, precisa de la piedad, pero también esa proyección pasa por su viaje hasta la interioridad, hasta el alma. Este exposición la realiza fundamentalmente con tres obras De la Aurora, Notas de un método y Los bienaventurados, a través de ellas esboza su concepción antropológica que parte de lo concreto alzándose a un pensamiento metafísico que intenta superar ese concepto reduccionista de lo humano que ha formulado el pensamiento moderno abriéndose a una concepción integral, a través de un pensamiento metafísico que supera las distinciones entre disciplinas y que aúna filosofía, religión mística... y por destacar una de esas dimensiones, quizás responda a aquel requerimiento de don Miguel de Unamuno de que tendríamos que volver a la mística para salir de ese camino sin salida de la modernidad: viene a ser la tesis de la autora que reconoce a través de la idea del destierro y el exilio real que María Zambrano padeció, pero también como una invitación simbólica que se traduce en la aceptación de su condición mística, realidad que lejos de eludir el tema de nuestro tiempo lo asume y lo proyecta.

Acabamos con un aviso a los lectores de María Zambrano, en los que ha pensado Juana Sánchez-Gey Venegas: cuando termine de leer este libro, téngalo a la vista o recuerde dónde lo dejó. Volverá a él cuando se pierda en el bosque. Y comprobará que le espera amablemente en uno de sus claros.

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