Oda a Felipe Ruiz II

Oda a Felipe Ruiz II


Oda a Felipe Ruiz II

AUTOR  | Fray Luis de León, (1527-1591)

A mediados del siglo XVI, un hombre de Dios, agustino, se preguntaba el porqué de una serie de fenómenos naturales cuya bases científicas no serían desveladas hasta mucho tiempo después. La maravilla del poema es su orden y claridad en la exposición, la precisión en la descripción de los fenómenos, la serenidad que transmite y la magnífica adecuación de texto y estructura métrica del poema, con esas liras espléndidas; posiblemente las mejor escritas en castellano en todos los tiempos. Es la segunda Oda a Felipe Ruiz de Fray Luis de León que hoy, casi 15 años después de subir su texto a poesía y ciencia, recordamos.

Más información en el blog La Alegría de las Musas 2.

     ¿ Cuándo será que pueda
libre desta prisión volar al cielo,
Filipe, y en la rueda
que huye más del suelo
contemplar la verdad pura sin duelo?
     Allí, a mi vida junto,
en luz resplandeciente convertido,
veré distinto y junto
lo que es y lo que ha sido,
y su principio propio y ascondido.
     Entonces veré cómo
la soberana mano echó el cimiento
tan a nivel y plomo,
do estable y firme asiento
posee el pesadísimo elemento.
     Veré las inmortales
colunas, do la tierra está fundada;
las lindes y señales
con que a la mar hinchada
la Providencia tiene aprisionada,
por qué tiembla la tierra;
por qué las hondas mares se embravecen;
dó sale a mover guerra
el cierzo, y por qué crecen
las aguas del océano y descrecen;
de dó manan las fuentes;
quién ceba y quién bastece de los ríos
las perpetuas corrientes;
de los helados fríos
veré las causas, y de los estíos;
las soberanas aguas
del aire en la región quién las sostiene;
de los rayos las fraguas;
dó los tesoros tiene
de nieve Dios, y el trueno dónde viene.
     ¿ No ves cuando acontece
turbarse el aire todo en el verano?
El día se enegrece,
sopla el gallego insano
y sube hasta el cielo el polvo vano;
y entre las nubes mueve
su carro Dios ligero y reluciente;
horrible son conmueve,
relumbra fuego ardiente,
treme la tierra, humíllase la gente;
la lluvia baña el techo;
invían largos ríos los collados;
su trabajo deshecho,
los campos anegados
miran los labradores espantados.
     Y de allí levantado,
veré los movimientos celestiales,
ansí el arrebatado,
como los naturales;
las causas de los hados, las señales.
     Quién rige las estrellas veré, y quién las enciende con hermosas
y eficaces centellas;
por qué están las dos Osas
de bañarse en la mar siempre medrosas.
     Veré este fuego eterno,
fuente de vida y luz, dó se mantiene,
y por qué en el ivierno
tan presuroso viene;
quién en las noches largas se detiene.
     Veré sin movimiento,
en la más alta esfera, las moradas
del gozo y del contento,
de oro y luz labradas,
de espíritus dichosos habitadas.

Fray Luis de León

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