|
«Cuando te metes en ingeniería informática y software como lo hice yo, el hecho de que el cerebro humano funcione de forma tan distinta a los ordenadores y a la vez haga tantas cosas mejor que ellos, resulta fascinante», explicó en una ocasión el confundador de Microsoft Paul Allen. Para el sexto hombre más rico del mundo, la decisión de convertirse en filántropo y ayudar a que se desentrañe el misterio era relativamente sencilla: «¡Hay tanto que descubrir! Reuní a un grupo de científicos y les pregunté qué podíamos hacer que no se hubiera hecho todavía. Algo que se pudiera lograr en un número razonable de años y que supusiera un gran avance».
De las deliberaciones con los investigadores salió la idea de elaborar el mapa genético del cerebro de las ratas, donde el 90% de sus 3.000 genes activos recuerdan extraordinariamente a los del ser humano. El socio de Bill Gates creó entonces un instituto científico con su nombre en Seattle y lo dotó con 100 millones de dólares, de los que en estos tres años se han destinado 41 al proyecto. Terminado el atlas genético, el genio de la informática lo ha subido a la red para que todos los científicos del mundo tengan acceso fácil y gratuito, con la esperanza de que les ayude a desarrollar curas para tantas enfermedades cerebrales y conductas erróneas, desde el Alzheimer hasta las adicciones.
Se trata de un gigabite de análisis por cada uno de los 21.000 genes estudiados, ilustrado con 85 millones de fotos. El siguiente paso será el ser humano, campo en el que los experimentos resultan mucho más costosos y las muestras bastante más difíciles de conseguir. Por eso, el Allen Brain Institute se centrará sólo en la neocorteza, una de las capas externas en la que se producen emociones y los pensamientos más elevados.
|