Si nos remontamos medio siglo atrás las cifras son aún más llamativas, aunque más difíciles de obtener y de utilizar como comparación. Recojo las que citaba Francisco García Olmedo (en su magnífico libro "La tercera revolución verde"), procedentes de la FAO, que indicaban que tres cuartas partes de los habitantes de los 130 países en desarrollo en 1960 (cuando el mundo contaba con 2.659 millones de habitantes, muy lejos de los 6.700 actuales) no alcanzaban a ingerir las 2.000 kilocalorías por persona y día que se consideran el mínimo necesario. Esa situación cambió radicalmente durante esa década gracias a lo que se conoció como la revolución verde. Sin su concurso es muy difícil imaginar cómo sería el mundo actual, aunque se puede aventurar que la cifra de hambrientos sería muchísimo más elevada y la de la población mundial probablemente mucho más reducida. El principal artífice de aquella revolución, que volvió a posponer el cumplimiento de los negros presagios de Malthus y sus descendientes, fue el agrónomo y genetista estadounidense Norman Borlaug, que acaba de fallecer a los 95 años.
La noticia apenas ha merecido alguna pequeña necrológica en algunos medios; escasa remuneración para saldar una cuenta impagable. Y es que, como decía la del New York Times, en su haber contaba con haber salvado la vida de cientos de millones de personas. Probablemente su labor solo sea comparable, en este aspecto, con la que llevaron a cabo los grandes científicos que abrieron el camino a las vacunas, como Jenner y Pasteur, y a los antibióticos, como Fleming. El reconocimiento de su trabajo tuvo su punto álgido con el Nobel de la Paz de 1970, y también mereció la Medalla de Oro del Congreso estadounidense y la Medalla de la Libertad, otorgada por el presidente de Estados Unidos. Comparte este triple reconocimiento con tan solo otras cuatro personas en el mundo, la Madre Teresa, Martin Luther King, Nelson Mandela y Elie Wiesel.
Descendiente de inmigrantes noruegos, Borlaug estudió ciencias forestales en la Universidad de Minnesota, mientras trabajaba para costearse la carrera, hasta doctorarse en 1942. Apenas dos años después ya estaba trabajando en México, el país donde realizaría sus principales aportaciones, dentro de un grupo de científicos locales dedicados a la erradicación de plagas en el trigo y en otros cultivos. También consiguieron desarrollar las primeras variedades de alto rendimiento y resistencia a las plagas, que fueron utilizadas en México y también en otros muchos países. En 1964 fue nombrado director del Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo (CIMMYT), donde siguió desarrollando su trabajo y puso en práctica su idea más celebrada, la creación de híbridos de trigo a partir de variedades procedentes de lugares con características (suelo, clima, orografía, latitud, altitud...) muy diferentes, dando lugar a semillas mucho más resistentes y productivas, que fueron utilizadas en todo el mundo y abriendo procesos para la mejora de otros muchos cereales, incluido el maíz, en el que también trabajó, y el arroz. Su visión del problema partía de una simple cuenta de la vieja: cantidad de tierra cultivable en el mundo, productividad por hectárea y población mundial. Y con la agricultura tradicional las cuentas no le salían; resulta muy difícil incrementar el primer factor y controlar o reducir el tercero, así que la solución debía venir, en su opinión, de mejorar el segundo.
Hombre de eterna inquietud creativa, continuó trabajando hasta bien entrada la vejez. No sé exactamente hasta cuando, pero a finales del año 2001, cuando le entrevistamos para un documental en Houston, aún estaba activo, hablando de su trabajo y de nuevos proyectos... a sus 87 años. Y hace apenas dos meses, el 30 de julio, aun le quedaban fuerzas y claridad mental para publicar un artículo en el Wall Street Journal, en el que continuaba su particular campaña vital, bajo el título de "Los granjeros pueden alimentar al mundo. Mejores semillas y fertilizantes, no mitos románticos, les permitirán hacerlo". En él se hacía eco de la reunión del G-8 en L'Aquila, Italia, para celebrar la decisión tomada por los países más ricos del planeta de destinar 20.000 millones de dólares durante tres años para que los agricultores de los países pobres puedan adquirir mejores semillas y fertilizantes para alimentar a sus conciudadanos. También recordaba en este artículo que para el año 2050 habrá 3.000 millones de bocas más que alimentar, y mostraba su preocupación por el problema del cambio climático, que reducirá la superficie de tierra disponible para cultivo y, según un estudio de Oxfam que cita, puede llegar a anular los efectos de la revolución verde.
Una de sus batallas predilectas fue siempre la de defender el papel esencial de la ciencia frente a quienes, ya sean ecologistas, políticos o economistas, creen que el hambre se puede erradicar con buenas palabras dictadas desde cómodos despachos en las sociedades del derroche. "Vengan a vivir un mes en medio de la miseria de los países pobres, como yo he hecho durante cincuenta años, y acabarán pidiendo a gritos tractores, fertilizantes y sistemas de riego" decía para intentar eliminar prejuicios y como respuesta ante las recriminaciones que recibía por parte de algunos ecologistas por el aumento que su revolución verde supuso en el consumo de productos químicos para la agricultura y sus efectos ambientales. Pero lo suyo no era el debate ni la divagación teórica sobre lo que había que hacer, sino el ofrecimiento al mundo de soluciones concretas mediante nuevas formas de cultivo y semillas progresivamente mejoradas, tarea a la que dedicó más de medio siglo de trabajo. Nunca como en su caso fue más cierto el viejo refrán: "Una cosa es predicar y otra dar trigo". |