No estoy fabulando. Al contrario. Estoy seguro que mi futuro, a medida que logre acompañarlo de años, estará marcado por lo que hoy nos dicen las estadísticas. El resumen es simple: probablemente voy a vivir más años que mis padres, pero no estoy nada seguro de que el periodo de vida ganada a las expectativas sea de mejor calidad. De la mano del envejecimiento, esto es ya algo harto sabido, voy a padecer, estadísticamente, las enfermedades que le son propias. Las más probables, cáncer y procesos neurodegenerativos. A ver cómo las evito.
Con respecto a la primera de las grandes patologías, el cáncer, se han hecho avances más que notables en los tres últimos decenios. Aunque en alguna de sus casi 200 manifestaciones clínicas puede acabar afectando a uno de cada tres individuos en el mundo occidental (que es donde se cuentan), es cierto que desde hace un tiempo (menos de cinco años) el número de casos nuevos contabilizados tiende a disminuir. Y no sólo eso: el porcentaje de curaciones supera el 50% y, para el resto, el volumen de personas para las que su forma de cáncer pasa a ser equivalente a una enfermedad con tratamiento crónico, es cada vez mayor. Es decir: hay buenas y esperanzadoras noticias pese a que las posibilidades de nuevos casos debido al envejecimiento de la población sean mayores.
En las enfermedades neurodegenerativas, sin embargo, todavía no se ha experimentado esa curva positiva. Y lo que es peor: hoy nadie apostaría por que vaya a hacerlo en los inmediatos años que siguen. Existe todavía un enorme déficit en el diagnóstico de estas enfermedades, en su tratamiento y, por más que nos esmeremos, todavía en el área asistencial, da lo mismo que sea en centros más o menos especializados o en el domicilio.
¿Qué hacer en estas circunstancias? Obviamente, una línea es seguir con lo que se está haciendo: investigar, investigar e investigar. Y, al mismo tiempo, tratar de implementar ideas para mejorar la asistencia sea cual sea el ámbito, puesto que por ahora no es posible hablar de cura. Ni el alzheimer ni el parkinson ni cualquiera de las enfermedades neurodegenerativas que conocemos pueden curarse. Y todas ellas están mayoritariamente asociadas a la vejez y cada vez vamos a ser más viejos en el mundo.
Otra línea, como defiende Jordi Camí, es atreverse a formular nuevas preguntas y trabajar duro en busca de respuestas. En el diagnóstico, en el tratamiento, en una eventual cura o en el cuidado de enfermos. Camí lo defiende postulándose para lograr "un mejor envejecimiento".
Jordi Camí tuvo, en un pasado reciente, un papel destacadísimo en el IMIM (Institut Municipal d'Investigació Mèdica), dependiente del Ayuntamiento de Barcelona. Posteriormente, hizo posible un pequeño gran sueño: el Parque de Investigación Biomédica de Barcelona (PRBB), una interesante propuesta arquitectónica que cobija iniciativas científicas tan notables como el Centro de Regulación Genómica (CRG) que dirige Miguel Beato o el Centro de Medicina Regenerativa a cuyo mando están Anna Veiga y Juan Carlos Izpisúa.
De un tiempo a esta parte, otro reto se le ha metido entre ceja y ceja: hacer posible un centro de referencia internacional dedicado a enfermedades neurodegenerativas, en particular, a la enfermedad de alzheimer. Es su respuesta personal a la petición de Pasqual Maragall, aquejado de esta enfermedad, para hacer una contribución "diferente" en la batalla que ambos están librando para formularse nuevas preguntas y hallar respuestas adecuadas.
Hace unos pocos días, Camí presentó la propuesta de la Fundación Maragall en sociedad. Y a fe que había ya varias preguntas nuevas. Por ejemplo, apostar por la investigación de riesgo con el objetivo de romper esquemas pre-establecidos. ¿Cómo? Pues atrayendo investigadores brillantes jóvenes que busquen líneas de investigación que se escapen de la obviedad y que representen alternativas a lo existente. Otra: instaurando mecanismos que favorezcan líneas de investigación trasnacional con un contacto más directo con empresas. El objetivo es mejorar diagnóstico y tratamiento cuando sea posible. Más: iniciando estudios prospectivos con cohortes amplias y de larga duración en el tiempo para aprender más de la enfermedad y de sus signos. Y ya puestos: abriendo las puertas del que va a ser el nuevo centro a experimentar con tecnologías médico-sanitarias de apoyo a enfermo y cuidador o diseñando estrategias para que el entorno del paciente pueda mejorar en la asistencia.
Los objetivos trazados van a visualizarse en un edificio de nueva construcción, fruto del taller del arquitecto Ricardo Bofill, de 30.000 metros cuadrados construidos. El proyecto está dotado con 70 millones de euros en una iniciativa que Camí define como "privado-pública".
El día de la presentación de la iniciativa, llamada Barcelona Beta (Barcelona Research Complex for Better Aging), estaban casi todos: el presidente Montilla, la ministra Trinidad Jiménez, el alcalde Jordi Hereu y el empresario Ricardo Fornesa. Todo fueron parabienes a la iniciativa y halagos con altas cargas de emotividad a un Pasqual Maragall a quien la enfermedad todavía respeta. Jordi Camí va a tener ahora el doble reto de conseguir hacer realidad el sueño científico-social al que se ha comprometido y vencer en las luchas intestinas que generan iniciativas de este tipo. Se merece ganar en los dos frentes de batalla. |