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02/02/2011  
Revolución twiteada

La chispa que prendió la llama se atribuye a Mohamed Bouazizi, un joven informático tunecino en desempleo que trataba de ganarse la vida vendiendo frutas en la calle. Su inmolación desató la mayor revuelta popular en el mundo árabe desde su independencia. Muchos creen que sin Internet su propagación habría sido imposible.

AUTOR | Xavier Pujol Gebellí


El régimen tunecino de Ben Ali tardó días en caer. Ahora parece tocarle el turno al de Hosni Mubarak, en Egipto. Y todo va deprisa, muy deprisa. Quien sabe si después seguirán Jordania, donde ya se ha forzado un cambio de gobierno, o si van a ser Yemen o Marruecos. El caso es que la chispa que prendió Mohamed Bouazizi con su inmolación despertó la ira de las clases más populares de Túnez hasta forzar la caída de su líder y está ocurriendo algo similar en Egipto. ¿Por qué la llama se propaga con tanta rapidez?

Los analistas no dudan en este aspecto. A pesar de que en ambos países el umbral de pobreza es elevadísimo, especialmente en Egipto, el acceso a las tecnologías de la información no es un coto vedado al alcance de unos pocos. El teléfono móvil existe, y los jóvenes, muchos de ellos con formación, ya lo han incorporado a sus rutinas diarias. Y aunque más dificultoso, algo similar ocurre con Internet, desde donde se accede al mundo exterior con suma facilidad pese a los obstáculos que plantean los regímenes autocráticos.

La noticia del joven inmolado en Túnez, informático de profesión y que trataba de ganarse la vida con un carro callejero de frutas, corrió como la pólvora gracias precisamente a estos medios, al teléfono y a Internet a través de dos de sus aplicaciones más populares, Twitter y Facebook. Con ellos se convocaron las primeras protestas y se extendió un sentimiento unánime: el régimen debía caer. Y cayó.

El movimiento se ha contagiado a Egipto siguiendo prácticamente los mismos pasos. Jóvenes que se autoinmolaron para transformar la indignación que sienten muchos de los egipcios en sonoras protestas. El mecanismo de transmisión ha sido calcado: las protestas y las concentraciones empezaron canalizándose a través de la red y de la telefonía móvil en un país en el que se estima que se gradúan cada año cerca de 200.000 jóvenes. Pese a la precariedad de su economía, estas herramientas están a su alcance.

Mubarak, en un intento de frenar las protestas, ordenó "silenciar" el país. Durante unos días, los accesos a Twitter o a Facebook han estado bloqueados, y la telefonía móvil, restringida. La única información disponible ha sido la oficial, la retransmitida por la televisión, afín al régimen, o por la prensa escrita o la radio, del mismo signo. Pero esta es una práctica que se ha demostrado ineficaz, propia de otros tiempos. En la era de la globalización es impensable que nadie disponga de televisión por satélite y que, por consiguiente, pueda contrastar a través de medios internacionales qué está sucediendo. Por otro lado, las tácticas de desinformación se están revelando igualmente poco efectivas. Hoy en día los mecanismos para contrastar hechos y datos son extraordinarios.

Hay ejemplos que ponen de manifiesto la velocidad e incluso la capacidad de convocatoria de estos nuevos medios. Sucedió en España en el trágico atentado del 11-M, está sucediendo en China, donde pese a las cortapisas de su gobierno para acceder a la información hay quien logra saltárselos, se ha visto con el fenómeno Wikileaks y se está viendo ahora con las revueltas del mundo árabe.

En todos estos y otros fenómenos aparece un denominador común. Sus principales protagonistas son ciudadanos digitales, han nacido sabiendo cómo y para qué usar la red. Y son igualmente propietarios de las principales aplicaciones. Además, son mayoritariamente jóvenes y, por ende, rebeldes, atrevidos y hasta cierto punto impertinentes y desobedientes para con los poderes establecidos. Una herramienta como Internet en sus manos representa, si así se tercia, una fórmula perfecta para socavar los intereses del más pintado.

Llegados a este punto, probablemente deberíamos concluir que los que se han educado en otra esfera de la comunicación, por más que inmigrantes digitales, al final les acabe faltando la visión de su alcance. Por ello no es de extrañar que ambas revueltas hayan pillado de sorpresa a Ben Alí y a Hosni Mubarak y a sus respectivos aparatos, que desdeñaron el potencial movilizador de las nuevas tecnologías. El tiempo dirá, pero incluso para la movilización y la revuelta, Internet y su mundo se han vuelto ya imprescindibles.



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