Hace unos pocos meses, la revista American Journal of Psychiatry, una de las referentes del sector, publicaba lo que cada vez empieza a ser más evidente. La depresión, en sus formas más severas, guarda una estrecha relación con la activación o con el funcionamiento anormal de un determinado grupo de genes. El tipo de relación, por el momento, no ha podido probarse que sea directamente causal ni tampoco se ha visto un único fenómeno desencadenante, pero parece claro que el mal funcionamiento de estos genes tiene que ver, y mucho, con la enfermedad.
El estudio describe la identificación de la región cromosómica 3p25-26, situada en el brazo corto del cromosoma 3, en la que hay un total de 214 genes. Dos equipos independientes, estudiando vínculos igualmente distintos con la depresión, han coincido en señalar la desregulación de esta zona como la causante de la aparición de la enfermedad.
El primero de los estudios trataba de hallar vínculos genéticos en grandes fumadores que padecían depresión mayor. El segundo, entre parejas de hermanos con antepasados próximos (padres y abuelos) que habían padecido depresiones recurrentes que parecían haberse transmitido de una generación a otra. La coincidencia en la misma región cromosómica lleva a pensar a los investigadores que resulta plausible pensar que alguno de los 214 genes que contiene esta región cromosómica podría estar relacionado con la enfermedad.
Sin embargo, no es este el único vínculo genético con la depresión. De hecho, el primer hallazgo relevante se dio a conocer en 2002 cuando se identificó una variante del gen responsable de regular el transporte de la serotonina, considerado un neurotransmisor esencial en la regulación del estado de ánimo. Luego se han sucedido otros en los que la vinculación con los factores ambientales, particularmente el estrés, está en la raíz de la enfermedad.
El cúmulo de resultados es comparable, por el mecanismo de acción, con lo que se está viendo en otras patologías. En el fondo, y si sucesivas investigaciones lo corroboran, no sería en absoluto inesperado: un determinado grupo de genes, cuando recibe un estímulo dado, dejan de funcionar correctamente o se activan de un modo que desencadenan la enfermedad. Así pues, determinar esos genes, su expresión y qué factores ambientales provocan su desregulación, resulta útil para pensar tanto terapias farmacológicas como acciones preventivas. El principio vale tanto para el cáncer como para la depresión.
Es perfectamente plausible pensar que con el tiempo van a seguir identificándose genes o áreas cromosómicas implicadas en la depresión. Por tanto, la vieja polémica sobre si existe una raíz genética en la enfermedad, desaparecerá al mismo ritmo. Lo que también va a desaparecer es la creencia de que existe un único gen asociado. Como ya ha ocurrido con otras patologías, podría suceder que hubiera un gen estadísticamente significativo, pero eso no implicaría necesariamente la aparición de la enfermedad. Solo indicaría un número de probabilidades siempre y cuando se dieran determinadas circunstancias. Y, en todo caso, la idea de que ese gen fuera el único responsable, está ya suficientemente diluida. Más bien se piensa que son acciones conjuntas de algunos genes las que propician este efecto, por lo que actuar sobre uno solo carecería de sentido.
Despejadas estas incógnitas, que nos retrotraen a preguntas del estilo de si la depresión nace o se hace, las expectativas que se abren sobre los investigadores aumentan la complejidad del estudio de la enfermedad pero aclaran lo que muchos ya intuían: existe una base genética que puede actuar como desencadenante en función de los factores ambientales; pero existe también una clara influencia del ambiente en la desregulación genética. Lo importante, pues, es que existe una vía molecular (o Bioquímica, si se prefiere) que puede ser abordada farmacológicamente, al tiempo que desde la perspectiva de salud pública pueden definirse acciones preventivas claras.
¿Por ejemplo? Difícil respuesta. Pero tal vez podría llegarse a la conclusión de que un gran fumador compulsivo con su mecánica está señalando su predisposición a la depresión; o que alguien altamente estresado por motivos laborales, familiares o sociales, puede caer en el mismo problema. O que si el abuelo ha sucumbido a la enfermedad, el nieto también tiene probabilidades de hacerlo.
Todo ello adquiere un altísimo valor por cuanto no estamos hablando de una patología con una incidencia menor. El consenso científico tiende a tratarla ya como una enfermedad neurobiológica que poco o nada tiene que ver con el concepto social de personalidad abatida o débil. Aunque suene exagerado, el peso de los genes también influye en las conductas y sus manifestaciones patológicas. |