Si bien en Inteligencia Artificial la imaginación todavía le puede a la realidad, son muchos los expertos que entienden que los conceptos están asentados y que ahora su progreso depende más de innovaciones tecnológicas y de metodología que no de nuevas y revolucionarias teorías. Por decirlo de algún modo, es como si lo fundamental, como ocurre con tantísimas ramas de la ciencia, ya estuviera escrito y se estuviera viviendo un momento en el que deben ser probadas.
Tal vez esto sea así por la idea desarrollada ya en origen, a mediados de los años 50 del pasado siglo, cuando se visualizaban máquinas, dotadas de caracteres androides, capaces no solo de emular lo que hacía un humano, sino de pensar cómo él. Es un sueño compartido con la robótica que por aquel entonces se antojaba como lejanísimo, pero en ningún caso improbable. La transformación de la informática vivida a lo largo de los años 60, aún con todas sus limitaciones, alimentó aún más ese sueño.
La realidad, como en todo, se ha acabado imponiendo y ni la robótica ni la informática han conseguido ir más allá de la puesta a punto de reglas para el autoaprendizaje, la simulación de situaciones en las que se debe tomar una decisión y artilugios más o menos animados que, pese a sus notables avances, hoy por hoy no superan el calificativo de juguetes carísimos. Otra cosa es la industria, donde el robot, la visión por computador y determinadas reglas de decisión están facilitando enormemente tareas rutinarias o incluso de riesgo.
En cualquier caso, decir que la Inteligencia Artificial no ha avanzado o no ha encontrado soluciones, sería una barbaridad. Dos de los grandes objetivos que se persiguen, como son que un sistema sea capaz de aprender de la experiencia y tomar decisiones racionales que vayan más allá de la pura aplicación de las matemáticas o de las probabilidades, como podría ser el caso del ajedrez, empiezan a vislumbrarse como realidades que parecen condenadas a crecer. Las posibilidades de cálculo, en este territorio, de la mano de ordenadores con más capacidad y potencia, aumentan aún más las expectativas.
A todo ello hay que añadir un fenómeno imprevisto en los orígenes, pero que redunda aún más en las expectativas de la Inteligencia Artificial. Peter Norvig, director de investigación de Google, y Eric Horvitz, científico de ganada reputación en Microsoft Research, lo apuntaban en una reunión reciente convocada por el MIT: Internet y sus aplicaciones están proveyendo una enorme cantidad de datos antes imposible de coleccionar, sobre las que elaborar nuevas reglas, nuevos algoritmos, y con ellos evolucionar aún más esta rama de la ciencia.
De forma sutil, que no explícita, ambos se refirieron a las redes sociales y a la enorme cantidad de información aparentemente intrascendente que circula por ellas, pero de las que pueden extraerse razonamientos (es decir, reglas) a partir de los internautas, introducir aspectos semánticos y sintácticos que favorezcan la generación de frases siguiendo lógicas humanas o incluso prever traducciones no mecanizadas, y por tanto humanizadas, en múltiples idiomas.
En opinión de algunos expertos, la red alberga inteligencia. Y no sólo eso: en la red y su enorme potencial de interacción están escritas la reglas a través de las cuales se expresa esa inteligencia. De lo que se trata es de dar con fórmulas para descodificar la información, algo que puede lograrse mediante algoritmos, y aplicarlo a la toma de decisiones. Tal vez eso no sea exactamente Inteligencia Artificial, pero ya hay quien apunta que con esa información sería más que posible emular conversaciones con alguien que en realidad no existe o que existió hace muchísimo tiempo. La construcción de identidades digitales, un campo en auge, lo haría posible. Y con eso tal vez nos ganaríamos la inmortalidad o el don de la ubicuidad: hablar con múltiples personas a la vez manteniendo nuestra personalidad y reputación aún incluso después de muertos.
Todo esto metido en el cerebro electrónico de un robot humanoide, hay que reconocer que genera una imagen inquietante. Y yo ya me veo hablando conmigo mismo, razonando mejor que yo y dando soluciones más lógicas a los mismos problemas. Lo más parecido a unas conversaciones conmigo mismo en las que, desde una perspectiva racional, siempre voy a salir perdiendo. Ahí, la capacidad de improvisar, tan humana como mediterránea, es lo único que me permitiría superarme a mí mismo como adversario. Me reconocerán, no obstante, que sería un lío increíble. |