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03/12/2008  
Investigar en tiempos de crisis y... redes

La OCDE, el organismo de los países industrializados, ha emitido una clara recomendación en los albores de esta crisis que se barrunta profunda y de largo recorrido: la mejor forma de capearla y salir vivo y vitaminizado de ella es promover la ciencia y la innovación. Es una recomendación a los países, claro. Los ciudadanos poco podemos hacer ante la conmoción bancaria por más que queramos protegernos con la ciencia. O no. Y esta es la cuestión, la gran cuestión, sobre la que la OCDE no dice mucho, en realidad nada.


AUTOR | Luis Ángel Fernández Hermana



Los encargados políticos de la ciencia y la innovación sin duda tratarán de defender su feudo ante el ataque de los buitres del sector económico de las administraciones, que tratarán de quedarse hasta con los restos más degradados de los presupuestos con tal de salvar los muebles. Esta es una pelea que conocemos de sobra, con mayores o menores tensiones dependiendo del ciclo económico y el temperamento de algunos políticos. Mucho me temo que esta investigación e innovación amparada por el paraguas público y completada por el entramado empresarial (o viceversa) va a sufrir considerablemente en la actual coyuntura económica. La patrulla de convencidos del valor medular de la ciencia, ya sea con vacas gordas o con vacas flacas, no tiene mucho peso en el ajedrez político a pesar de la contundencia de su discurso. El valor dinamizador de la ciencia es algo que o se percibe a primera vista, o es que se está mirando para otra parte.

Donde no cabe despiste posible, porque se ve por doquier, es, por ejemplo, en la conmoción inmobiliaria. Allí, al parón de las empresas y la consiguiente pérdida de puestos de trabajo, se une la necrosis previsible del tejido social local. Los ayuntamientos saben que sus libros se van a poner más rojos que el de Mao, y no precisamente por contener las máximas del Gran Timonel. Con presupuestos menguantes, el futuro inmediato no lo salva ni la apuesta por convertir a las fiestas tradicionales en parques temático. Ese es un jolgorio de una vez al año y listo. ¿De dónde habrá que sacar lo que ahora comienza a faltar? Aquí es donde la investigación y la innovación pueden acudir al rescate. Pero, lógicamente, no cualquier investigación, ni cualquier innovación. Como he señalado en otros artículos, Internet ha puesto de relieve el inmenso catálogo de investigaciones e innovaciones elaborado por el talento, la imaginación, la audacia y la inteligencia de los ciudadanos usuarios de la Red. Llevamos más de 15 años viendo y viviendo sorprendentes experiencias en red, diseñadas, realizadas y ejecutadas por los ciudadanos de a pie, en la vasta mayoría sin mayor formación en lo que se ha venido a denominar la ciencia de las redes que su inagotable capacidad para aprender haciendo.

Ahí reside, sin duda, una de las respuestas más significativas a la crisis. La ciencia de las redes supone la emergencia de nuevas áreas de conocimiento en busca de los profesionales que las pongan en juego, que las conviertan en servicios, en mercados, en ejercicios de ocio y esparcimiento, en estructuras de formación en red aplicadas a los quehaceres más impensables en estos momentos. En una palabra, en procesos de virtualización que empiecen a ponerle músculos, órganos, piel, extremidades, a lo que hasta ahora amenaza con convertirse en un eslogan congelado: la economía del conocimiento.

La pregunta, por supuesto, es: ¿dónde están esos profesionales? ¿dónde la sistematización de esos conocimientos que permita la preparación y formación de esos profesionales? ¿dónde la continuidad de la iniciativa ciudadana desplegada en redes? Sin dar los pasos pertinentes que respondan a estos interrogantes, seguiremos atados, por un lado, a un uso elemental de la Red sin extraerle el jugo y dependiendo por tanto de lo que hagan otros (modelo industrial bastante conocido). Y, por el otro, asistiremos impotente al deterioro progresivo de la vida local en muchas partes y no necesariamente de manera simultánea.

Esta investigación e innovación no es la que pregona la OCDE, ni la que proponen los portavoces oficiales o de los partidos políticos. Ellos no son usuarios, o lo son por la zona basal del metabolismo virtual. No están preparados ni digital ni culturalmente para comprender lo que está en juego. Pero los gobiernos locales, más cerca de todo como suele decirse, sí que deberían asumir el riesgo. Tienen a la gente, disponen de recursos y deben alterar las prioridades para agrandar y mejorar los dos términos anteriores. En los últimos dos años, hemos visto cómo en diferentes partes del país (Cornellá, Segovia, León, Orense, Murcia, Madrid, Málaga, etc.) han surgido nuevos centros tecnológicos. Son entidades de nuevo cuño, con la mirada puesta en la Internet social, es decir, en la potencialidad de la actividad ciudadana. Se trata tan sólo de una de las tendencias más prometedoras en estos momentos complicados.

Pero el hecho de que existan estos centros no garantiza nada. Aparecen, entre otras razones, porque universidades y organizaciones públicas de I+D no han logrado dar respuesta a los nuevos desafíos planteados por la ciencia de las redes, sobre todo a la investigación y formación de los nuevos profesionales de la Red. Y deben resistir la tentación de convertirse en un parque temático donde aparcar gente "porque algo hay que hacer con ella". Si asumen, entre otras cosas, la formación de los nuevos profesionales, pondrán en manos de estos la capacidad de cartografiar nuevos territorios y determinar la forma de explorarlo, de roturarlo y de ponerlo a producir, en la Red y en el mundo presencial; así como descubrir que las redes sociales no son sólo un juego para el encuentro inesperado y sorprendente, sino espacios virtuales organizados para desarrollar proyectos, integrar comunidades de otra manera, poner en pie servicios que de otra manera no existirían, tomar decisiones en tiempos complejos y proyectarse hacia el mercado global usando toda la potencia de la virtualidad.

Éste es uno de los desafíos que nos trae la crisis económica, aunque, en este caso, sus semillas hace tiempo que habían germinado, pero como somos tan, pero tan mediáticos, no mirábamos hacia ese lado porque los focos no alumbraban los problemas que ahora tendremos que resolver con una inversión mental, anímica, intelectual y energética (y financiera, claro) que bien podríamos calificar como descomunal.



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